(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Ensayo histórico sobre el clima de Chile: (desde los tiempos prehistóricos hasta el gran ..."

Google 



This is a digital copy of a book that was prcscrvod for gcncrations on library shclvcs bcforc it was carcfully scannod by Google as parí of a projcct 

to make the world's books discoverablc onlinc. 

It has survived long enough for the copyright to expire and the book to enter the public domain. A public domain book is one that was never subject 

to copyright or whose legal copyright term has expired. Whether a book is in the public domain may vary country to country. Public domain books 

are our gateways to the past, representing a wealth of history, culture and knowledge that's often difficult to discover. 

Marks, notations and other maiginalia present in the original volume will appear in this file - a reminder of this book's long journcy from the 

publisher to a library and finally to you. 

Usage guidelines 

Google is proud to partner with libraries to digitize public domain materials and make them widely accessible. Public domain books belong to the 
public and we are merely their custodians. Nevertheless, this work is expensive, so in order to keep providing this resource, we have taken steps to 
prcvcnt abuse by commercial parties, including placing lechnical restrictions on automated querying. 
We also ask that you: 

+ Make non-commercial use of the files We designed Google Book Search for use by individuáis, and we request that you use these files for 
personal, non-commercial purposes. 

+ Refrainfivm automated querying Do nol send automated queries of any sort to Google's system: If you are conducting research on machine 
translation, optical character recognition or other áreas where access to a laige amount of text is helpful, picase contact us. We encouragc the 
use of public domain materials for these purposes and may be able to help. 

+ Maintain attributionTht GoogXt "watermark" you see on each file is essential for informingpcoplcabout this projcct and hclping them find 
additional materials through Google Book Search. Please do not remove it. 

+ Keep it legal Whatever your use, remember that you are lesponsible for ensuring that what you are doing is legal. Do not assume that just 
because we believe a book is in the public domain for users in the United States, that the work is also in the public domain for users in other 
countries. Whether a book is still in copyright varies from country to country, and we can'l offer guidance on whether any specific use of 
any specific book is allowed. Please do not assume that a book's appearance in Google Book Search means it can be used in any manner 
anywhere in the world. Copyright infringement liabili^ can be quite severe. 

About Google Book Search 

Google's mission is to organizc the world's information and to make it univcrsally accessible and uscful. Google Book Search hclps rcadcrs 
discover the world's books while hclping authors and publishers rcach ncw audicnccs. You can search through the full icxi of this book on the web 

at |http: //books. google .com/l 



Google 



Acerca de este libro 

Esta es una copia digital de un libro que, durante generaciones, se ha conservado en las estanterías de una biblioteca, hasta que Google ha decidido 

cscancarlo como parte de un proyecto que pretende que sea posible descubrir en línea libros de todo el mundo. 

Ha sobrevivido tantos años como para que los derechos de autor hayan expirado y el libro pase a ser de dominio público. El que un libro sea de 

dominio público significa que nunca ha estado protegido por derechos de autor, o bien que el período legal de estos derechos ya ha expirado. Es 

posible que una misma obra sea de dominio público en unos países y, sin embaigo, no lo sea en otros. Los libros de dominio público son nuestras 

puertas hacia el pasado, suponen un patrimonio histórico, cultural y de conocimientos que, a menudo, resulta difícil de descubrir. 

Todas las anotaciones, marcas y otras señales en los márgenes que estén presentes en el volumen original aparecerán también en este archivo como 

tesümonio del laigo viaje que el libro ha recorrido desde el editor hasta la biblioteca y, finalmente, hasta usted. 

Normas de uso 

Google se enorgullece de poder colaborar con distintas bibliotecas para digitalizar los materiales de dominio público a fin de hacerlos accesibles 
a todo el mundo. Los libros de dominio público son patrimonio de todos, nosotros somos sus humildes guardianes. No obstante, se trata de un 
trabajo caro. Por este motivo, y para poder ofrecer este recurso, hemos tomado medidas para evitar que se produzca un abuso por parte de terceros 
con fines comerciales, y hemos incluido restricciones técnicas sobre las solicitudes automatizadas. 
Asimismo, le pedimos que: 

+ Haga un uso exclusivamente no comercial de estos archivos Hemos diseñado la Búsqueda de libros de Google para el uso de particulares: 
como tal, le pedimos que utilice estos archivos con fines personales, y no comerciales. 

+ No envíe solicitudes automatizadas Por favor, no envíe solicitudes automatizadas de ningún tipo al sistema de Google. Si está llevando a 
cabo una investigación sobre traducción automática, reconocimiento óptico de caracteres u otros campos para los que resulte útil disfrutar 
de acceso a una gran cantidad de texto, por favor, envíenos un mensaje. Fomentamos el uso de materiales de dominio público con estos 
propósitos y seguro que podremos ayudarle. 

+ Conserve la atribución La filigrana de Google que verá en todos los archivos es fundamental para informar a los usuarios sobre este proyecto 
y ayudarles a encontrar materiales adicionales en la Búsqueda de libros de Google. Por favor, no la elimine. 

+ Manténgase siempre dentro de la legalidad Sea cual sea el uso que haga de estos materiales, recuerde que es responsable de asegurarse de 
que todo lo que hace es legal. No dé por sentado que, por el hecho de que una obra se considere de dominio público para los usuarios de 
los Estados Unidos, lo será también para los usuarios de otros países. La l^islación sobre derechos de autor varía de un país a otro, y no 
podemos facilitar información sobre si está permitido un uso específico de algún libro. Por favor, no suponga que la aparición de un libro en 
nuestro programa significa que se puede utilizar de igual manera en todo el mundo. La responsabilidad ante la infracción de los derechos de 
autor puede ser muy grave. 

Acerca de la Búsqueda de libros de Google 



El objetivo de Google consiste en organizar información procedente de todo el mundo y hacerla accesible y útil de forma universal. El programa de 
Búsqueda de libros de Google ayuda a los lectores a descubrir los libros de todo el mundo a la vez que ayuda a autores y editores a llegar a nuevas 
audiencias. Podrá realizar búsquedas en el texto completo de este libro en la web, en la página |http : / /books . google . com| 



ENSAYO HISTÓRICO 



SOBBE EL 



CLIMA DE CHILE 



(DESDf! LOS TIOIPOS PREHISTÓRICOS 
HASTA EL GRAN TEMPORAL DE JULIO DE 1877). 





POR 



I 



B^VICUfiA-MACKENNA. 






t té • - • • 



VALPARAÍSO. 

IMPRENTA DEL MERCURIO. 

±BT7, 



THE NEW YORK 

PÜBIIG LIBRARY 

340235 

ttJBKN rOUNOATIONBi 

1904 



• • • 



••• 






• • < 



k t • •• » 



, . • . 

• • • « • * 



• « r 



• : • 



• "• ♦• »'•« • 



A MIS QUERIDOS AMIGOS 

Félix Echeverría, 

Domingo Concha i Toí^o, 
Juan de Dios Mor,andé, 

domo a lejitimos representantes de los agrónomos mo- 
dernos de Chile que no hacen depender la prosperidad i 
desarrollo de la agricultura nacional^ del viejo sistema^ es 
decir, del aguaceí^o, la rastra i la rutina, sino del trabajo 
que es virtud, del estudio que es progreso, de la industria 
que es riqueza, i especialmente de la protección i bienestar 
del labriego productor i cooperador, que es la solución 
del mas arduo, importante i antiguo problema social^ 
político i económico a qite está ligada la emancipación 
moral e intelectual de nuestra amada patria. 

Viña del Mar, Julio de 1877. 

B. Vicuña Mackenna. 



y^ 



TJM PEOMESA CUMPLIDA. 



■♦»•«» 



**La influencia del importante feHtSineuo 
de la lluvia es tanto mas importante eu 
Chile, cuanto que sin exajeracion, la.mitad 
de sus productos son debidos únicamente » 
las aguas del cielo.'* 

(Lauro BAnnoa.^-'Estudios sobre kt» 
lluvias, — Bolel'm de hi sociedad de afjri* 
cultura de G de febrero de 1S7J.J 



Si este pequeño libro hubiera sido dado a 
luz cuarenta dias antes de su fecha, es de- 
<5Ír, "antes del diluvio»», se le habria tomado 
talvez por una profecía. Mas, hoi que ha 
vuelto ya a su nido del arca la paloma men- 
sajera, pasará al menos por lo que es, — »»un 
libro de buena fe»», como el de Montaigne. 

Hablamos anticipado el alcance, el signi- 
ficado i las demostraciones prácticas pro- 
fundamente consoladoras de esa publica- 
x3Íon venidera en una reunión pública de 
ciudadanos, que se condolían sobre la pre- 
caria suerte que cabia a la agricultura 



VIII 

\ 

es el sustento diario i la savia rica, viva i 
jenerosa qujB atesora el pais i lo engrande- 
ce, impresionados aquellos hondamente, 
después de una serie de años sin humeda- 
des i sin lluvias que amenazaban convertir 
la mejor parte de nuestro territorio en un 
ingrato eriazo. 

»»E1 desierto nos invade! II era la fórmula 
de ese pánico moral que comenzaba ya a 
tomar la consistencia i la tenacidad de una 
idea fija. — ''¿Cómo combatir el desierto?'' 
era el eco de ese pánico í el tema de las 
preocupaciones públicas i privadas, en 
aquella i en todo j enero de reuniones. 

En la ocasión temprana a que hemos he- 
cho alusión (ocurrida en abril o mayo últi- 
mo) prometimos a nuestros colegas de traba- 
jo, hombres de ciencia algunos, agrónomos 
otros, ciudadanos de sincero patriotismo 
todos, evidenciar en breve ante el pais mis-^ 
mo, con la crónica, local del pais en la mano, 
que aquella alarma profunda era infunda- 
da, que ese malestar, a|l parecer sin cura, 
de la labranza i de la industria agraria, era 
solo un accidente pasajero, repetido con fre- 
cuencia en la historia de nuestro blando 



IX 



oielo, cuya se cuenta no por años, ni por es- 
taciones, ni por aguaceros, sino por siglos. 
Hoi, luchando con agudas dolencias físi- 
cas, hijas de los temporales que han venido 
empero en socorro de nuestra revelación i 
nuestra promesa, cumplimos esta, no sabe- 
mos si con énfasis o con humildad, pero cier- 
tamente con la mas profunda buena fe. 
Por esto no erijimos ningún sistema. 
Por esto no llegamos a ninguna conclu- 
sión empírica i absoluta. 

Por esto no nos hacemos jueces de polé- 
micas, sino simples espositores de doctrinas, 
llanos cronistas de acontecimientos mete- 
reolójicos o simplemente naturales. 

Nos limitamos a rejistrar los hechos, a 
compulsar las fechas, a medir la intensidad 
de los períodos históricos de sequías i hume- 
dades, a esplicar sus causas como las com- 
prendían los antiguos i como las entienden i 
las esplican los agrónomos i los sabios de la 
presente época, a hacer, en una palabra, la 
historia del clima del país con la mayor 
abundancia de comprobaciones inéditas i 
auténticas que nos ha sido posible acopiar. 
I en seguida hemos conft'ontado todo <^^^ 



pasado, lleno de útiles lecciones con el pre- 
sente indeciso i vago; i como si se nos hu- 
Hera permitido invocar, en calidad de tes- 
tigos contestes, la historia ya antigua, i la 
ciencia moderna, hemos hecho lo que los ju- 
ristas llaman el ^^careo'' de una i otra, para 
acercarnos cuanto sea^dable a la verdad. 
• Más no era posible hacer. 

Foresto, de ese interrogatorio i de esa 
confrontación, esperamos que emane una 
luz segura de consejo i de consulta para el 
estadista como para el agrónomo, i que ella 
sea en bien i estímulo jener al de la clase la- 
bradora del pais, la mas numerosa, la ménos^ 
socorrida, la que mas necesita enseñanza 
para guiarse, ejemplos para fortalecerse. 

Por lo demás, este breve ensayo es suma- 
mente modesto en sí mismo, es decir, en su 
preparación i en sus formas. 

Un sabio habría podido dar sin duda al- 
guna a sus lectores un grueso volumen a 
dos columnas, de obseivaciones barométri- 
cas, tan laboriosas como son por lo jen eral 
inintelijibles al común de los que consultan 
los fenómenos del tiempo i las leyes regu- 
ladoras de la naturaleza. 



ENSAYO HISTÓRICO 



SOBEE EL 



CLIMA DE CHILE 



(desd? los tioipos prehistóricos 

SASTA EL GRAN TElttPORAL DE JULIO DE 1877). 



»* POR 



f 
n 



Bt VICUÍiA-MACKENNA. 



* '1 . ^. V • » ' c r 



VALPARAÍSO. 

IMPRENTA DEL MERCURIO. 

1877, 



— 4 — 

es la heredad del indio, i en sus orillas, estrechas 
como gargantas o dilatadas, como valles, corren 
esparcidas en caprichoso desorden sus rucas i las 
tolderías de los caciques principales, de la cordillera 
al mar. 

Si el clima de Chile hubiese sido en esa época, 
ya remota de la historia, diferente del que hoi nos 
rije, habida sido sin duda diversa la ubicación de 
la vivienda del indíjena, mas densa su población, 
distintas i menos fieras sus costumbres. Pero es la 
verdad que cada tribu vivia como encerrada en el 
valle en que naciera, como dentro de un granero 
emparedado, sin vecinos, sin envidiosos, sin coope- 
radores, sin enemigos, sin fronteras. De aquí el fu- 
nesto aislamiento de aquellas jentes contra la di- 
minuta hueste castellana que ensangrentó su lanza 
de conquista solo por lujo, antes de badear el gran 
rio militar de Chile: — el Maule. 

De aquí también la escasísima población del te- 
rritorio, porque asombra saber hoi con certidumbre 
que en sus siete valles setentrionales, del Mapocho 
a la lengua del Desierto, no existían en los primeros 
diez anos de la conquista ni tres mil indios, esto es, 
lo que hoi sobra a la población de cualquiera de sus 
ciudades mas modernas, como Freirina o la Ligua. 

Es el níismo Pedro de Valdivia quien lo afirma, i 

rega que en todo el pais conquistado, que a la sa- 
yi^-Oi rayaba en el Maule, no existían quince mil ín- 
-iios de trabajo, es decir, yanacomas de servicio de 



_ 5 — 

ambos sexos, que comenzaban su triste servidumbre 
desde la edad de ocho o diez años. 

Mas, doble o cuadruplo que hubiese sido el nú- 
mero de los pobladores del pais antes del desmedro 
del oro, de la viruela i las matanzas, no habria ca- 
bido a cada valle, incluso el magnífico i fértil de 
Aconcagua, el valle de Chile, hacia el norte, i al 
ameno i anchuroso Mataquito hacia el mediodía, 
mas de mil i quinientos o dos mil habitantes por 
kho. Tan era así, que Pedro de Valdivia, que habia 
repartido aquella esparcida masa en encomienda a 
todos sus capitanes i soldados, que no llegaban a 
doscientos, hubo de pasar por la contrariedad, el do- 
lor i la injusticia de quitar sus indios al mayor nú- 
mero de aquellos i favorecer apenas a setenta de 
sus compaiSeros de armas, que de esta suerte po- 
dían labrarse su sustento/ Los otros quedai'on 
sumidos en la miseria, en la desesperación i en las 
revueltas, cuyo remate era el cadalso en la plaza 
de Santiago. 

Nos detenemos en estas minuciosidades de la 
población orijinaria del territorio porque ellas for- 
man en su conjunto una comprobación exíicta de 
la teoría cuya primera revelación debemos al des- 
cubridor castellano, esto es, la bonanza del clima, 
el dulce i uniforme temple de su estío, de su otoño 



— 6 — 

i prima vera; i la exigüidad de sus lluvias inver- 
nales. 

Los chilenos prehistóricos no eran, en efecto, 
ganaderos, ni eran siquiera pastoi'es. Vivian esclu- 

Bivamente de sus cultivos locales, i aun el sitio de 
«US sembradíos indicaba en su nombre, conservada 

todavía con característica exactitud, la naturaleza 
del suelo que los nutria. Las siembras del indíjena, 
aunque ocuparan el fondo de los valles hoi irriga- 
dos, llamábanse rulos. El nombre de chácara e» 
quichua i traido posteriormente, junto ]con la irri- 
gación artificial, por los colonos del Inca. En cuan- 
to a sus guapis, que hoi llamamos vegas, tenían 
mas bien el aspecto i el carácter jeolójico de char- 
<308 de agua que de lugares apropiados a su ruda 
labranza La mas bella i la mas ignota de las lagu- 
nas andinas de Chile lleva todavía en la composi- 
ción indíjena de su nombre aquel vocablo — Nahuel- 
guapi — n laguna del tigren. 

* * 

Naturalmente, los conquistadores peruanos, eu 
primera línea, i en seguida los de Castilla i Estre- 
madura, hubieron de someterse a las exijencias de 
aquellas condiciones climatolójicas de antiguo po- 
derosas. 

Trajeron los primeros en su auxilio la irrigación 
nr^ifimlTite^yas obras han quedado tan maravi- 
Hosos restos eiiSCajamarca i en la Nasca, i abrieron^ 



— 7 — 

con toscas lampas o asadas de madera endurecid 
4C\i&l la lumai los canales del Salto i las acequias d 
JPeñcLflor i Talagante, este último sitio llamado 
la sazón Ilabe, donde los Incas tuvieron un ohrag 
de tejidos, cómo en Paine. 






XjOS cristianos, por otra parte, lejos de constituir 
se, como el vulgo ha supuesto, en señores de vastísi 
mas comarcas i' cuanto la vista alcanzaba desde 1 
«nmbre de un alto cerro, n viéronse con mal ceño foi 
zados a aceptar, cual mezquinas migajas, los estre 
-ches panizos que el agua de los arrojos empapabí 
-escasamente. 

Dos pagos de gran nombradla i arrebatada codi 
<5Ía hubo en el primer medio siglo de la colonia ei 
las vecindades de su capital, i allí los afanosos enco 
menderos apiñaron sus predios. Fueron esos distri 
tos los de Quilicura i de ííuñoa, que fertilizabí 
^1 escasísimo Mapocho, a aquella planicie dando ui 
salto por la espalda de los cerros, i la última, a taje 
abierto en su propia hoya jeolójica. Ambas comar 
jcas estaban »»en primeras aguas, ti i a la verdad qu( 
la dotación de las vertientes no alcanzaba pan 
mas. 

Arqueábase el Mapocho en esos años no por re 
^[adores sino por bateas, de las que el 5 de juni< 
de 1577 tenia, medidas por adarmes, 1453, segvii 



— 8 — 

una acta inédita del cabildo. I aun así, i por razón 
misma de su escasez irremediable, su reparto era 
cuestión de litijios, de turnos i de hurtos, como hoi 
en los mas empobrecidos valles de nuestra zona del 
norte. 

Desde los primeros dias de la conquista, creóse 
por esto no solo el alarife, que repartia con equi- 
dad el agua de los solares de la ciudad, sino que 
por meses se turnaban, conforme a reglamentos fi- 
jos, los mas señalados caballeros de la colonia con el 
nombre peculiar de diputados de aguas, para aten- 
der a las querellas i a la justicia del reparto. El 19 
de setiembre de 1547, seis años apenas después de 
la fundación de Santiago, cupo aquel cargo por el 
mes de octubre, que era i es el primer mes de los 
riegos, nada menos que a Fra\icisco de Villagra i a 
Jerónimo de Alderete, ambos gobernadores de 
Chile por el rei algo mas tarde. 






Castigábase, por los estatutos de la distribución 
del rio, con peculiar severidad toda violación de 
las mercedes i derechos del agua destinada a los rie- 
gos de las chácaras i aun de los solares, donde era 
permitido únicamente el cultivo de la vid i de las 
menestras caseras. — nQue ninguna persona sea osa- 
da, decia una ordenanza del 25 de octubre de 1549,. 



— 9 — 



de quebrantar las aguas de como el alarife las mar- 
care, 80 pena de cien azotes. »» El que desbaratase 
una toma perdería su turno de agua i sufriría ade- 
mas la pena de diez días de ciírcel. 



* 



Cuidaban también los castellanos, mas previso- 
res que sus descendientes, con empeñosa vijílancia 
de los bosques vecinos a la ciudad, cuya sombra 
favorecía las vertientes, i de las providencias que 
en ese sentido tomaron, sí bien con poco fruto, 
como hoí día, están llenos los archivos del cabildo 
en el siglo XVI. 



* * 



Fué también la parsimonia de los riegos la que 
impuso la cortedad de las medidas que se observa 
todavía en el padrón de las chácaras vecinas a la 
capital, cuyo frente al Mapocho no pasaba nunca 
de tres a cuatro cuadras, prolongándose únicamente 
hacia el llano de Maipo, que a la sazón era el de- 
sierto. Las chácaras de los Tajamares, separadas por 
angostos callejones, mantienen todavía su primiti- 
vo tipo, no obstante haber venido mas tarde el 
Maipo en auxilio de sus escuálidas tomas. 






Este conjunto de hechos históricos, todos análogos 
entre sí^ i en ahundancm comprobados, testáSva^T^ ^ 



— 10 — " 

nuestro juicio con una evidencia completa sobre las 
condiciones que hemos atribuido al clima de Chile 
en su época prehistórica i durante el primer siglo 
de la ocupación española, esto es, su benignidad, 
el curso regular de sus períodos de humedad i ca- 
lor no alterados con frecuencia por bruscos cambios, 
la cortedad de su invierno, que es su señal caracte- 
rística en contraposición a la dura i prolongada 
estación de los hielos en los otros hemisferios, i 
especialmente la moderación i concentración de sus 
lluvias a una corta porción, fija e invariable del año^ 
sujeta, como hoi, solo a la alternativa de sus lunas- 

* 

Aun en la locución familiar de los antigaos po- 
bladores i agrónomos, rudos pero sagaces observa- 
dores de los secretos del cielo, han quedado huellas 
de la manera especial como caracterizaron los fenó- 
menos de nuestro clima, porque, en oposición al de 
España, ríjido i tenaz, denominaban aguaceros y es 
decir golpes de agua, súbitos, impetuosos i cortos, lo 
que en todas las zonas de su pais llaman todavía 
simplemente lluvias, — Por ostensión i burla, los es- 
pañoles de América llamaban llovidos a aquellos de 
sus paisanos que pasaban al nuevo mundo sin licen- 
cias ni papeles. Las lluvias se cuentan por zonas o 
por estaciones: los aguaceros por horas i minutos. 

* * 



• ■ V 



r 

En cuanto a los inumerables refranes castellanos 
aplicados a la agronomía de la península, i que 
existen con fonnas mas o menos análogas en Fran- 
cia, Alemania i aun en Inglaterra, sobre los mese» 
I primaverales de abril i mayo, no tienen a la ver- 
<kd otra significación que la de que esos dos meses,, 
son (como agosto i setiembre, a los cuales correspon- 
den entr^ nosotros) los reguladores de la abundancia 
o esterilidad del año agrícola en el continente euro- 
peo, mas no ciertamente en el nuestro, donde con 
poco discernimiento han sido algunos aclimatados. 
De este jénero es aquel tan conocido i mal usado 
proverbio — AbHl agitas muy i sonlo también esto» 
otros: ^' Abril i mayo llaves de todo el año" — "Llue- 
va para mí en abril i mayo i para tí todo el año" — 
"Agua por mayo, pan para todo el año." 

Podría aun agregarse a aqucíllos estos ada- 
jios lugareños de España, cuyos conceptos com- 
pletan su eficacia. "Como aguas de mayol" dicen 
todavía los labriegos de Castilla i de Andalucía 
a propósito de algo bien venido i con oportunidad. 
'^Mayo hortelano," agregando ese mes cuando Hue- 
ve en demasía, como diríamos^ nosotros de octubre: 
^*mayo hortelano, mucha paja i poco grano." De las 
lluvias de fines de junio, nocivas particularmente a 
las viñas que ya entran en cuajo, dicen todavía los 
peninsulares — "Agua de por San Juan, quita vino 
i no da pan." 



— 12 — 

é 

Hállanse jeneralizados eatos conceptos mas o 
menos entre todos los labradores i aun en medio 
de las ciudades cultas de la Europa central, donde 
el mes de abril figura con mucha novedad i alegría 
en su condición de feliz precursor del estío, después 
de vivir las jentes sepultadas bajo la nieve duran- 
te cinco largos meses — de noviembre a *marzo. 
Asi los ingleses tienen su dia de estravagancia que 
llaman AprilfooVs day, i los franceses caracteri- 
zan sus novedades, embelecos i mentiras con el nom- 
bre de poissQn d'avril. 

Asi como tenemos nosotros por tipo de los agua- 
ceros el 29 de junio, dia de San Pedro, asi los cam- 
pesinos de Inglaterra esperan con ansiedad i fijeza 
abundante lluvia el 23 i el 24 de abril, dias de San 
Jorje, patrón del reino, i de San Marcos, su após- 
tol. 

**St. Cxeorges cries goes... 
St. Mark cries toe." 

Según un viajero ingles que, acaba de recorrer 
la España, encuentra nse sus comarcas tan identi- 
ficadas con las ideas de las lluvias i es tan antigua en 
ellas la tradición de la influencia del mes de abril en 
las operaciones de las granjas, que cuando no llueve 
en aquel mes, dicen que es en castigo de haber roba- 
do abril a marzo uno de sus corderos marzales. .. (1) 



(1) Haré— Wanderings in Spain (1872), páj. 335. 



— 13 — 



4f 4f 



Pero ha estado tan lejos de suceder todo eso 
bajo nuestro cielo^ en ese mes privilejiado, en el 
cual se asienta cariñoso el sol con el reposo del 
sueño después de la jornada, que precisamente era 
aquel llamado el "mes de los provinciales," porque 
era la época regalada i favorita que éstos últimos 
elejian para atravesar con toda seguridad la Cordi- 
llera cuando iban a las visitas de sus conventos de 
Cuyo. Abril no solo era el mas seco de los meses 
de Chile sino que era el mas fijo, el mas estable i 
en su dehciosa temperatura. 






Nadie ha visto ni medido por consiguiente has- 
ta aquí, ni en el pluviómetro de sus potreros ni en 
el calendario de los santos, que fué por mas de dos 
siglos nuestro único barómetro, las "aguas mil" 
del ponderado abril, Al contrario, mas de una oca» 
sioii encontraremos adelante, en el curso de este 

escrito, para evidenciar que el mes tipo de los pri- 
meros aguaceros no ha sido nunca abril, sino mayo. 

1 por esto seria talvez, ya que hemos caracteri- 
zado al clima por refranes, aquel tan repetido de 
los sicateros, según el cual nuestros mayores lo apla- 
zaban todo para el primer alegre chubasco — "Para 



mayol" 



* 



Queda, pues, suficientemente establecido el l\.^- 



- u - 

cho capital sobre que reposa la constitución del 
clima de Chile, esto es, la sequedad relativa de su 
atmósfera, alterada solo de una manera notable, 
pero no violenta, "durante un tercio de la duración 
del año, siendo el resto del tiempo, seco, parejo y 
benigno. Queda así también comprobado que* el 
territorio jde esta faja de tierra larga i angosta, sus- 
pendida en la es tensión de diez grados jeográficos, 
contando del valle de Copiapó al de Biobio, es por 
naturaleza i considerada agrícolamente; de secano, 
de rulo, como decian acertadamente sus habitantes 
orijinarios, i destinada por tanto únicamente a vivir 
i a ensancharse mediante los arbitrios posteriores 
de la irrigación artificial. 






Nótese que nosotros nos referimos en este en- 
sayo esclusivamente a la zona agrícola que acaba- 
mos de mencionar i que encierra en realidad el paia 
productor i rico. Nuestro observatorio está en la 
medianía de esa zona, esto es, en Santiago, donde 
existe el justo medio entre las dos estremidades 
del sur i del norte, i donde únicamente se ha con- 
servado algunos vestijios de la observación i de la 
estadística llevada por nuestros mayores, mediante 
algunas rayas trazadas con un clavo en la pared^ 
tras de las puertas, sobre la dui^acion i frecuencia 
de las lluvias. El barómetro de Torricelli no fué 



— 15 — 

I 

conocido ni de nombre por los agrónomos chileno» 
de pasados siglos, i aun al primero de esos admira-^ 
bles instrumentos profetices que existió cd Chile en 
los primeros años del presente, el famoso barómetro 
úe Castillo Albo, pusiéronle los santiaguinos tan 
absurdas denominaciones, que por bárbai-as no la» 
apuntamos. 

Pero si la estabilidad i la regularidad eran el 
tipo del clima de Chile, ¿estaba éste en lo absoluto 
libre de perturbaciones atmosféricas mas o méno» 
-violentas, mas o menos periódicas? 

De ninguna manera. 

Ya lo hemos dicho. Aquella era la regla jeneraL 
Pero esa regla obedecia a escepciones naturales 
-que hoi mismo (julio de 1877) se manifiestan con 
poderosa fuerza, inquietando los espíritus que no 
«sián acostumbrados a la observación ni a la con- 
sulta. 






De la primera de esas escepciones, esto es, del 
esceso ocasional de las lluvias i de sus consecuencias, 
que todavía denominamos avenidas i aluviones, 
daremos cuenta en seguida con relación a la época 
antigua que tenemos en estudio, para parangonarla 
en seguida con la presente era de lluvias del diluvio» 



« 



— 16 — 



Del fenómeno opuesto, i periódica también, de 
las secas f debido a la disminución i aun a la carencia 
casi total de lluvias, accidente puramente metereo- 
lójico como aquél, habremos da ocupamos por es-, 
tenso i en el lugar oportuno. 









CAPÍTULO n. 

Los primeros aluviones. 

"Encontraron mui grandes rioa i 
mni regias aguas". — (Gonzalo Fer- 
nandez de Oviedo. — Relación de la 
espediciou de Almagro. — Historia de 
las Indias, vol. IV). 

ligoroso invierno de 1536. — Padecimientos de Diego de Almagro i sus 
comjmfleros. — Nevazón en el valle de la ligua i crece de los nos del 
sur en ese año. — La crudeza del clima desalienta a Almagro tanto 
como la escasez del oro. — Horrible temporal de 1544, según Pedro 
de Valdivia. — Tradiciones que conservaban los indios en esa época 
«obre otro gran aluvión. — Reminiscencia del diluvio universal en 
Chile, según Rosales. — Las serpientes TenUn i Caiem. — Orí jen de 
los calvos. — Señales de la universalidad del diluvio. — Gran avenida 
<le 1609. — Plaga de ratones que le sucede. — Quién fué el que trajo 
lofi pericotes i ratones caseros de España a Chile. — Aluvión de 1618, 
i sus estragos. — Inundación de la Cañada i traslación de las monjas 
Clarisas a la catedral. — El gobernador don Lope de Ulloa muere de 
melancolía. — El presidente García jRamosi encarga a Jinés de Lillo 
la construcción de los primeros tajamares. — Disposición i proporcio- 
nes de esa obra. — Hidrografía del Mapocho i su cuenca jeolójica. — Su 
eetnordinario desnivel i su fácil canalización. — El curso del río has- 
ta la ciudad. — Un espolón del San Cristóval forma el brazo de la 
Cañada^ i otro del Santa Lucía el (¿fja Caña^lla, — «El alto del puer- 
co.»— Vestí jios de loe tajamares de Jinés tA^JLíUo. — Riada del Ma* 
jMMiho después del gran terremoto de 1647. — ^Rigoroso invierno que 
siucede a este cataclismo. — La nevazón i la bola de fuego que pre- 
cedieron al terremoto. — Destrucción del puente de Maipo. — El 
ayimiaiBiento propone vender la hacienda de la Dehesa para reedi- 
ficarlo. — Riada de Garro e inundación jeneral de 1697 .*^Se aprozi- 
nn período de grandes secas. 



No se liace menester penetrar mui adentro en 
M entrañas de la tierra ni de la historia para dar 
le encuentro con uno de esos grandes sacudimien- 



— 18 — 

tos de la atmósfera cuya destructora majestad aca- 
bamos de presenciar. 

Así como el conquistador Pedro de Valdivia nosf 
ha conservado fiel memoria de lá bonanza habitual 
de nuestro clima, así su predecesor en el descubrir- 
miento, Diego de Almagro, encargóse de fijar la. 
primera fecha de esos aluviones periódicos tan co£K 
jénitos a nuestra topografía i al temple de nuestra 
suelo como sus largos períodos de sequedad atmosK 
férica. 

En el conocimiento aun de los niños de corta 
edad, que han leído cualquier compendio de histor 
ría nacional, están los terribles padecimientos que- 
esperimentó la columna descubridora de Almagro^ 



1 



al atravesar los Andes, viniendo del Cuzco, via c^ ^ 
Jujui i Cataraarca, por los pasos de Gopiapó, en e f 
mes de junio de 1536. Los historiadores hablan de 
millares de indios helados en las punas, i de negros: 
que el frió conv^^+^''^ •""•\p^«»tatuas de sal.it (Ovalle.) 
Pero un his ■f,,^..#'^\^ lamoso, cuyas crónicas han^ 
visto recientemente la luz pública i que fué amigo 
personal de Almagra, nos ha conservado testimo- 
nio de que si luói dura la intemperie invernal de 
las cordilleras del norte, jeneralmente templadas^ 
los primeros descubridores de Chile esperimenta- 
ron en el resto de esa estación recios temporales i ; 
lluvias tan copiosas i continuas que al fin los desa- 1 
leataron en su empresa^ j 



A.U 



4f 
* * 



Cuando, ea el asiento que hoi ocupa mas o mé- 
IOS el pueblo de Melipilla (Pico), Diego de Alma- 
gro, que no se adelantó personsi-lmente mas al sud 
ie aquel paraje, despachó lo mejor de su jente a 
lescubrir hasta el Maule, a cargo del animoso Juan 
3romez de Alvarado, pasó éste en efecto infinitos 
trabajos por la crece de los rios, i al fin huvo de 
¡rolver bridas después de infructuosas correrías por 
m pais inundado. — ^Aplícanse a esa espedicion las 
>alabras del historiador castellano que hemos pues- 
¡o de epígrafe en este capítulo i otras aún mas grá- 
icas de aquel, que en el campo citamos de memoria, 
as cuales, ademas tienen la autoridad de las cartas 
•i rei del primer descubridor de Chile, las cuales 
jia i estractaba Fernandez de Oviedo en Santa 
Domingo, donde era tesorero real, antes que fueran 
recibidas en España. 

Consta también que <m^ --'^- -^a >el mas antigua 

** la CcLfícíd' 

ie que haya memoria fija éh v,.^?. j, ia anales, AI- 
cnagn) esperimentó una gruesa nevazón a la altuiu 
ial valle de Lita (Ligua), lo que pone de manifies- 
to la crudeza estraordinaria de aquel invierno es- 
cepcional. 

No fué por esto estraño que el Adelantado i su» 
compañeros dieran la vuelta al Cuzco descorazona; 
dos, no solo por la escasez relativa del oro en cuya 
demanda hablan venido, sino por el recio temple de 



20 — 



su suelo, el cual dejaron por esto «»mas mal infa- 
mado que ninguno otro de las Indias, n 






Hubiera de creerse que al año borrascoso de 
1536 siguió un período de calma i de bonanza tal^ 
que en ella i en sus frutos se regocijaba el alma i 
la pluma del sucesor de aquél, según dejamos refe- 
rido. — Hai constancia, en efecto, que Pedro de Val- 
divia atravesó con sus tropas, infantería i jinetes, 
arriando ganados menores para su subsistencia, ejk 
escabroso desierto de Atacama en pleno invierni¿ i 
sin novedad alguna en 1540, esto es, cuatr^aáos 
después de las horribles calamidades que/^ esas 
latitudes i mucho mas al sud habia ésperinnentado 
su predecesor. Valdivia llegó a Copiapó V^mbda-^ 
mente el 21 de agosto de 1540. \ 



* * V 



Continuó aquel estado homojóneo de la atriaósfe- 
ra cuatro años más todavía. 

Pero hó aquí que en la rotación de un período de 
solo ocho años naturales, preséntase otra estación 
estraordinariamente inclemente como la del invier- 
no de 1536. "En junio adelante (cuenta Pedro de 
Valdivia del año de 1544), que es el riñon del in- 
vierno, le hizo tan grande i desaforado de lluvias i 
tempestades, que fué cosa monstruosa, i como es 
toda esta tierra llana, pensam^ de nos ahogar.'* 



— 21 — 

¿No es esto un boletín abreviado de todas las 
anegaciones del valle central ocurridas en diversas 
ocasiones del presente i del pasado siglo? ¿No ha- 
bria escrito de igual manera a su rei el conquista- 
dor estremeño si hubiese visitado nuestro suelo en 
^1 presente invierno? 

Pero el primer gobernador de Chile agrega toda- 
vía una circunstancia que contribuye a establecer 
la periodicidad de esos destructores si bien natu- 
rales fenómenos. ''I dicen los indios (añade a ren- 
glon seguido del que acabamos de citar) que nunca 
tal han visto, pero que oyeron a sus padres que en 
tiempo de sus abuelos hizo así otro año." 

Haría esta última anotación retrogradar la fecha 
de aquel cataclismo prehistórico, citado únicamente 
por la tradición, durante un trascurso de años que 
seria análogo al de los grandes aluviones de 1827, 
o mas propiamente de 1783, el año de la avenida 
grande j con relación a los que acaban de tener 
lugar: cincuenta u ochenta años en uno u otro caso. 
Pone también de manifiesto la revelación que 
los indíjenas hicieran al conquistador, el hecho de 
que las lluvias de 1544 fueron con mucho escesa 
mayores que las que hablan acobardado a los cas- 
tellanos de Almagro en el primer año del descubri- 
miento. 

* * 



— 22 — 

No será fuera de camino el que por via de digre- 
sión digamos también una palabra sobre las curio* 
sas reminiscencias que los indíjenas conservaban en 
la época prehistórica a que nos hemos referido sobre 
la universalidad del Diluvio, cuyas huellas i me- 
morias Humboldt encontró en todos los parajes dej 
nuevo mundo a donde llevó su portentoso poder de 
observación. 

Según el padre Diego de Rosales, que habitd 
cerca de medio siglo entre todas las tribus salvajes 
de Chile, desde Boroa hasta Rio Negro en las Pam- 
pas arj entinas, i que hablaba sus dialectos con ad- 
mirable llaneza, la idea del Diluvio, como tradición 
oral trasmitida de jeneracion en jeneracion, existia 
viva todavía entre los indios en 1674, ademas de 
los numerosos vestijíos naturales de su paso encon- 
trados por el erudito monje en las mas altas cumbres^ 
i en las mas profundas hondonadas de los Andes. 

Conforme a esa leyenda, envuelta, como era ine- 
vitable, en los pañales de densa superstición, el di- 
luvio ocurrido en Chile i que habia dejado solo en 
descubierto los picos de los mas altos cerros llama- 
dos todavía tentenes, habia tenido por oríjen la ri- 
validad de dos culebras, de las cuales, la una, que 
era el jenio del mal, llamábase Caicai i era señora 
del mar i de las aguas, i la otra Tenten, que pasaba 
por el espíritu benéfico. 

Aparecióse cierto dia un anciano vestido de an- 
drajos a las tribus idólatras i anuncióles el próximo 



— 23 — 

cataclismo. Mas, por su pobreza, los engreídos po- 
bladores de los fértiles lébos de Chile no hicieron 
caso de su profecía, i comenzó entonces el diluvio i 
su salvamento, disputándose el predominio de los 
montes i de las aguas las dos serpientes enemigas. 
''I en esta competencia, dice Rosales, la una cule- 
bra, que era el Demonio, diciendo Cai! caí! hacia 
crecer mas i mas las aguas, i de ahí tomó el nombre 
de Caicai. I la otra culebra, que era como cosa 
divina, que amparaba a los hombres i a los animales 
en lo alto de su monte, diciendo Ten! ten! hacia 
que el monte se suspendiese sobre las aguas, i en 
esta porfía subió tanto que llegó hasta el sol. Los 
hombres que estaban en el Tenten se abrasaban en 
«US ardores, i aunque se cubrían con cayanas i ties- 
tos, la fueraa del sol, por estar tan cercanos a él, 
les quitó a muchos la vida, i peló a otros, i de ahí 
dicen que vienen los calvos." (1) 

(1) Diego de Rosales, Historia inédita, L. I, cap.' 1. — Como esta parte 
de la historia del ilustre jesuita está ya en prensa, el lector podrá con' 
«altar mas por estenso estas curiosas tradiciones que solo el sabio escri- 
tor castellano nos ha conservado. 

Ignoramos empero si el nombre oríjinal Tent^'n se conserva hasta el 
presente en algunas alturae histéricas, como la de Callumanqui, por 
ejemplo; jiero no será perdonado el que respecto de la serpiente rival de 
aquella, Cdcai, invoquemos un lijero recuerdo personal de la nifiez. 

Llamábamos, no sabemos por qué, con ese nombre a un mulatillo que 
jugaba con nosotros en la escuela i era gran aventurero en la cancha del 
tío. — ^Téla Caieai era su apellido de guerra i no sabemos de dónde venia, 
cuya investigación no proseguimos, temerosos de que nos acontezca lo 
que al famoso abate Domech, que ha publicado como libro de jerogliñcos 
mejicanos un cuaderno de monos trazados por la Inesperta mano del hijo 
ÁA vn colono aleonan de Tejas.. 



— 24 — 

Según Rosales, los indios llamaban todavía Ten- 
teneSy en el año ya citado en que puso remate a su 
historia, las cumbres de los cerros en que se habian 
salvado sus mayores. Hoi dia denominan tei^-tel en 
el norte, especialmente en el desierto de Atacama^ 
la costra superficial de la tierra compuesta de sales- 
marinas que suelen cortar en pan como adobes para 
las toscas chozas de los pescadores o de los mineros- 

* * 

I de esta suerte, mediante estas tradiciones casi 
perdidas de una raza que podemos considerar coma 
estinguida, en cuanto con ella han muerto i desapa- 
recido todos los testimonios de la memoria humana 
ha quedado estendida en nuestro territorio la idea^ 
de un fenómeno universal i remotísimo, que los pa- 
ganos como los creyentes, los griegos como los is- 
raelitas, han conservado en sus leyendas. El hom- 
bre andrajoso que anunció a los chilenos el diluvia 
universal, no es la misma imájen de Deucalion i da 
Noé? 

Siguióse al período lluvioso i devastador de 1544^ 
un largo ciclo de temperatura homojénea o por 
lo menos libre de turbiones como los que habian 
estado a punto de ahogar en sus solares a los pri- 
mitivos pobladores de Santiago. 

No hemos encontrado nosotros, en efecto, señalea 



— zo 



ni tradiciones de grandes creces en todos los años 
que se sucedieron en lo que quedaba por correr del 
siglo XVI. Sea que no hubiera ocurrido serios 
trastornos atmosféricos o eléctricos, sea que los cro- 
nistas los echaran en olvido, o que no los apun- 
tara en su rejistro el cabildo por indiferencia o 
descuido, o sea porque han se estraviado no pocos 
de los preciosos volúmenes que guardaban los actos 
de esa corporación, o sea, en fin, porque tales hechos 
han escapado a nuestra investigación, naturalmente 
fi-ájil e incompleta, es lo cierto que no llegamos a 
encontrarnos en presencia de otro invierno señala- 
damente borrascoso sino en la primera década del 
siglo subsiguiente. 



« * 



Hállanse contestes los viejos cronistas, i espe- 
cialmente el bien informado Rosales, sobre que el 
año de 1609 presentó los fenómenos de un verda- 
dero diluvio como el de 1544. — "Fué aquel invier- 
no, dice el último historiador, mui lluvioso i de la 
humedad hubo tan gran multitud de ratones que 
parecía la plaga de Ejipto." 

Agrega el buen jesuíta que para esterminar a 
aquellos enjambres de roedores se ocurrió a una 
rogativa pública i se celebró una procesión por las 
calles de Santiago, hecho que acaso parecería inve- 
rosímil, pero que en breve veremos repetirse a las 
puertas del orgulloso siglo en que vivimos. 



— 26 — 



# * 



Deberemos agregar todavía que la plaga de rato- 
nes no debió ser de la casta inofensiva que puebla 
todavía nuestros campos i que era manjar favorito 
de los indios (como lo es hoi de los hijos del Celes- 
te Imperio, que han tomado carta de ciudadanía i 
abierto cafées entre nosotros), sino de la asquerosa 
familia llamada de los pericotes, alimaña española 
que precedió a Pedro de Valdivia en la ocupación i 
conquista de nuestro territorio. — Cuenta, en efecto, 
un historiador, que por curioso i prolijo no necesita- 
mos nombrar, que los pericotes o ratones caseros de 
España fueron traidos a Chile de Cádiz por uno de 
los buques de la espedicion de Camargo, que, casi 
€oetáneamehte con Almagro, caló el estrecho de 
Magallanes i echó anclas en la bahía de Arauco, 
donda le regalaron los naturales un carnero. El poco 
amable nauta que nos hizo aquel triste retorno ea 
cambio de sencilla i sabrosa hospitalidad, llamábase 
Juan Ki veros. 






Es de creerse que en el ano mencionado de 1609 
hubo furiosos aluviones en todos nuestros ríos, 
porque el Mapocho salió una o dos veces de madre, 
por abril i j unío, i esto qae hasta esa época tenia el 
desahogo de la Cañada, que era su brazo meridio- 
nal, como la Cañadilla era todavía un ramal seten- 



— 27 — 

trienal de aquel escaso torrente, que solía hincharse^ 
según tenemos visto, como el mar. 

Parece que por el mes de mayo de. ese año hubo 
otra riada del Mapocho que arrasó el molino de un 
tal Juan González, quien asegura en un documen- 
to público haberlo reedificado de "dos estados de 
alto" en el año subsiguiente (1). 

Nueve años mas tarde (1618) el Mapocho volvió 
a desbordar su cauce por efecto de copiosas lluvias, 
i hai memoria de que ocupó esta vez con gran 
estrago su lecho de la Cañada, porque las monjas 
Clarisas, que ya habian edificado su claustro a la 
banda setentrional de aquel brazo, hubieron de 
ser enviadas por las autoridades a la nave de la 
Catedral, como a un apresurado refujio. — Esto 
cuenta Jerónimo de Quiroga, que vivió en ese 
siglo. 






De la época del año en que ocurrió esta tercera 
avenida ^secular no ha quedado noticia exacta, 
pues los papeles antiguos hablan solo de sus de- 



(1) Escritora ante Bartolomé Maklonado, fecha 30 de setiembre de 
1610. £n ella dice González que el aluvión que destruyó su injenio i 
toro todas las acequias de la Chimba tuvo lugar un año i tres meses 
antes, pero talvez padecía error en su cuenta i la avenida ora la misma 
de Pentecostés fEscribania de San Bernardo). 



— 28 — 

sastres, seguidos de una horrorosa peste de virue- 
las que mató al menos la cuarta parte de los mo- 
radores del país. Algunos hacen subir el número 
de víctimas al enorme de cincuenta mil, incluyendo 

entre ellas al timorato Presidente don Lope de 
ÜUoa, que falleció mas de melancolía que de a^har 

ques. .,- 

Pero del aluvión que le precedió en 1609 bai 

memoria exacta de su fecha, pues tuvo lugar el 

último dia de Pentecostés, es decir, en pleno otoño^ 

como el destructor temporal del 10 de marzo de 

1856, 

Fueron tan serios los daños que acarreó la ave- 
nida de 1609, precursora de los ratones, destru- 
yendo las mieses i las chácaras de mantenimiento, 
que el belicoso presidente García Ramón hubo d^- 
abandonar sus precisadas faenas de la guerra en l^ 
frontera para poner en ejecución las de alarife ejn- 
el Mapocho. Con este fin trajo probablemente 
consigo al famoso capitán de Arauco i primer agri- 
mensor del reino Jines de Lillo. Confiaron el ca- 
bildo i el presidente a este perito la rápida cons- 
trucción de los primeros tajamares de sillería que 
hayan protejido la ciudad por la márjen meridional 
de su traicionero rio, no mal nombrado ^'Cama- 
león" por el historiador Pérez García. 



* .i 



— 29 — 

Púsose a la obra el soldado-alarife con gran ar- 
dor "sin autos, traslados, ni papelotes," i en pocos 
años alzó la muralla protectora que durante un 
siglo corrió desde las derezeras del espolón seten- 
trional del Santa Lucía, el cual moría en lo que 
es hoi Plaza de Bello, hasta los arranques del ac- 
tual puente de calicanto, llamado así por el pueblo 
en oposición al puente de palo. 

* « 

Como fué el malecón de Jines de Lillo el primer 
saaro de defensa que tuvo la ciudad i la cubrió 
contra las embestidas súbitas del rio durante ciento 
cincuenta años, no parecerá desacertado demos una 
lijera idea de su concepción respecto del caudal de 
agrua contra cuyos embates inesperados estaba des- 
tinado a mantenerse enhiesto. Antes de todo há- 
cese preciso demarcar los perfiles naturales i jeoló- 
jicos del suelo. 

« * 

El Mapocho, a la verdad, i hablando en un sen- 
tido jenuinamente científico e hidrográfico, no es un 
rio, porque es un impetuoso torrente de montaña, 
coino los gaves de los Pirineos i las tori-enteras de 
los Apeninos i los Alpes. Hoi mismo lo que de or- 
dinario le da el engañoso aspecto que le hace con- 
servar su orgulloso renombre son las turbias i pres- 
tadas afíruas del Maivo. aue desde \o^ xmiícietci^ 



— 30 — 

< 

años del presente siglo corren por el cauce artificial 
de un valle a otro valle, transformando a ambos. 

De aquí proviene que el Mapocho es solo temi- 
ble en sus súbitas creces, i especialmente en las 
del otoño i primavera, porque lloviendo en^ esad 
épocas con una temperatura mas elevada que en 
la estación invernal, no se cuajan las aguas en nie- 
ves, como de ordinario, sino que se precipitan como 
un alud de agua por todas las laderas al fondo de 
las quebradas, arrastrando cuanto las impetuosas 
consientes encuentran a sii paso. Die esta suerte, 
seis u ocho horas de lluvia no interrumpida en la 
hoya jeolójica de nuestros rios, cuya es la jigan- 
tesca i quebrada estructura de los Andes, bastau 
para enjendrar un repentino aluvión. Si tal fenó- 
meno se operara, como en las montañas de la Suiza» 
bajo la temperatura del hielo, los parajes vecinos a 
sus crestas, como los minerales de las Condes, se 
verian en tales casos amenazados por. terribles ava- 
lanchas que obstruirían el curso de las aguas, como 
alguna vez ha sucedido por escepcion en el Tingui- 
ririca i en el Cachapoal. 

La hoya jeolójica del Mapocho en el seno de las 
cordilleras inmediatas es considerable porque igua- 
la a las del Cachapoal i el Tinguiririca, si las men- 
suras de la ciencia son exactas. (Pissis i Pedro Lu-^ 
€Ío Cuadra.) 



— 31 — 

Sumadas todas sus ensenadas, entre el portezue- 
lo de los Neveros, que es su oríjen, junto a un la- 
gunato, i las caídas de la gran mole del macizo de 
San Francisco, que el vulgo confunde con el Tupun- 
gato, la cuenca del Mapocho contiene la mitad de la 
es tensión jeográfica que forma la cabecera del Mai- 
po, el mas poderoso de nuestros rios, como caudal de 
agua, después del Biobio i del Maule. — El Biobio 
tiene veinte i un mil kilómetros cuadrados de área 
de recepción. El Maule solo mil menos. El Maipo 
quince mil. El Mapocho siete mil i quinientos. 

* 

Por fortuna, la violenta cuelga de su lecho desde 
la cordillera a la ciudad, que es la mitad de su 
curso de cien kilómetros, dando una increíble im- 
petuosidad a sus aguas, las concentra i hace fácil 
su envase entre paredes. Es el Mapocho el rio de 
mas fácil canalización que posee el pais, i por esto 
sin duda no se ha llevado todavía a cabo esa obra 
sencilla i frutamental ni se llevará jamas probable- 
mente a término. 

. Como el estero de las Delicias, que antigua- 
mente inundaba todos los inviernos la mitad de la 
planicie del Almendral, el Mapocho ha seguido 
siendo durante siglos el espanto de los tímidos i la 
disculpa de los poltrones. Pero llegó un dia en que 
un loco se apoderó del Mapocho de Valpaia\aOj\ c^ow 
vnos pocos millares de piedra de sillería \o a^xmoxxí^ 



— 32 — 

cual hoi se encuentra en angostísimo lecho, forman- 
do en sus dos costados hermosas avenidas que hoL 
se llaman de 'las Delicias." Ese loco ilustre fué el 
almirante Blanco Encalada. 

Cuántos años o cuántos siglos seguirá esperando 
el Mapocho de Santiago el turno de su loco? 

I cosa curiosa! El desnivel violento del Mapocho^ 
solo llega hasta la ciudad: un metro seis decíme- 
tros por ciento. Mas, apenas ha salvado el puen- 
te del ferrocarril del Norte, que es hoi, puede de- 
cirse, su límite urbano, tiende su álveo hacia el 
llano i se encajona entre zanjones como en un ataúd 
de greda para salir límpido i destilado en Puda- 
huel. 






En cuanto a su curso respecto de la ciudad, hé 
aquí como se precipitaba en sus grandes creces. 

Como todos nuestros ríos, el Mapocho, cuando se 
mete a tal, precipítase de una punta a otra de lo» 
cerros que encuentra a su lado, describiendo vio- 
lentas curvas i espirales. Los rios de Chile, como 
las serpientes, corren enroscándose. 

En consecuencia, el espolón que el San Cristóbal 

proyecta, hoi como entonces, hacia el sud, un poco 

al oriente de la ciudad, arrojaba un brazo de rio 

hacia. Ja punta meridional del Santa Lucía i de a<^uí 

oí curso del brazo de la Cariada. 



— 33 — 

El Santa Lucía, que recibía a su vez los embates 
de las corrientes en su cabecera norte, rechazábalos 
<íoii violencia en esa dirección, i de aquí el.oríjen 
del cauce de la Cañadilla, que hasta fines del pa- 
sado siglo era casi tan ancho como la Cañada. 

El famoso don Luis de Zañartu, arquitecto, con- 
tratista i mayordomo del puente de su nombre, fué 
^1 primero que comenzó a enangostar ese cauce, en- 
tre su quinta de recreo (hoi casa de don Matías Ova- 
lie) i el claustro del Carmen &q/o, donde emparedó 
ú sañudo señor la cuna de sus hijas. 

* 

De esta suerte el montículo del Santa Lucía, que 
hasta el primer año del presente siglo proyectaba 
un arrecife de piedras llamado el Alto del puerto^ i 
tocaba casi a la lengua de las aguas del Mapocho, era 
el verdadero antemural de la ciudad, como es hoi 
5U mas antiguo i formidable tajamar. 

I acaso no debió influir poco en el ánimo sagaz 
de Valdivia esa circunstancia para ubicar la capital 
del reino en aquel sitio. 

Agreguemos que el espolón del Alto del puerto 
amado así porque los españoles llaman puertos a 

a nnoaf.Qa i Ac^ nnni r»noafi«A<a nr\nii*f.i>.r.'}i.Ql.n.<i\ "Piií^ íivríl.- 



\namauo asi porque ios espauoies iiaiuciu patri^un » 

las cuestas i de aquí nuestros portezuelos) fué arra- 
43ado solo en el primer año del presente siglo, cuan- 
do estuvieron termiaadoa los actuales t^^^xcia^cfe^* 



34 — 



Cupo al patriota don Manuel Salas la tarea de 
hacer ejecutar a pólvora i barreta ese desmonte^ 
por órdenes del municipio i del Gobierno, en 1801^ 






En consecuencia de esta disposición de la topo- 
grafía de la ciudad i de los alrededores, los taja-^ 
mares de Jines de Lillo comenzaban frente al 
Santa Lucía i cubrían solo el costado norte de la 
ciudad en la ostensión de sus principales calles la- 
terales, que entonces no pasaban del actual sitio del 
Mercado central, el viejo Basural. Hemos ya dicho 
que su construcción, aunque tosca, era tan sólida^ 
("a la española") que sobre resistir cei'ca de siglo i 
medio a los turbiones del Mapocho, veíanse todavía 
sus fragmentos en grandes trozos a fines del último 
siglo (Carvallo), i nosotros mismos, cuando escribi- 
mos la historia de Santiago, hace diez años, pudi- 
mos dai-nos cuenta de sus vestijios frente al Mer- 
cado central (1868). 






Preciso es agregar que aquel muro soportó con- 
tinuas reparaciones i ensanches, especialmente en 
los tiempos del laborioso presidente Henriquez 
(1670-1682); i aun antes el cabildo habia hecho- 
construir, mas hacia el oriente de la ciudad, una cua^ 
drade botadores de piedra por su réjidor don Ig- 
na^cio Almarza. 



— 35 — 

Debió correr esta última muralla en la boca del 
<»uce de la Cañada i con el objeto de obstruir él 
paso de las aguas en esa dirección, cuya medida 
naturalmente aumentó los peligros de las avenidas, 
desde que se suprimió una de sus válvulas de es- 
cape. 

Don Juan Henriquez mandó levantar también el 
primer puente de piedra del Mapocbo, reedificado 
después de palo, i es el mismo cuyas ruinas marcó 
en su plano de la ciudad el injeniero francés Fre- 
¿er en 1712. 

Fáltanos dar cuenta todavía de una tercera 
inundación histórica ocurrida en el primer siglo de 
la colonia i que tuvo lugar el 16 de junio de 1647, 
un mes después del desastroso terremoto de ese 
^ño memorable, i que, como la avenida grande^ mas 
de un siglo posterior, ha conservado una época de 
inolvidable calamidad en la memoria de nuestro 
pueblo: El terremoto del 13 de mayo fue a los sa- 
<5udimientos de la tierra lo que un siglo mas tarde 
la avenida de 1783 a las riadas del Mapocho: el cli- 
ínax del clima. 

Mas, fuera que la avenida invernal del año del 
terremoto no tuviera graves consecuencias, o, lo que 
^mas^probable^ que se la consideraTa »o\o e,cravsi\«!L 



— 36 — 
s 
apéndice del gran desastre de mayo, no ha queda- 
do mención señalada de ella. — Cítase solo con mas^ 
particularidad la salida de madre del Tinguiririca- 
en ese propio invierno, cuyas aguas arrastraron mas> 
de cincuenta mil cabezas de ganado, probable- 
mente de lana i lina en su mayor número. 

De todas suertes, fué aquel invierno en estremo* 
rigoroso, porque a las lluvias se sucedieron las pes- 
tes (fiebres pútridas llamadas cliavalongos) i vol- 
vieron los campos i las ciudades a despoblarse de- 
su mejor jente de trabajo. Tuvo también lugar enr 
ese invierno una nevazón de tres dias, i lo quo- 
asustó al vulgo mas que la avenida, el terremoto,, 
la peste i la nieve, — una hola de fuego y simple- 
aerolito del que hablan con espanto los oidores de^^ 
la época en sus cartas i plegarias al Soberano. 






Hesulta en claro de este cúmulo de males, que el 
invierno de 1647, trabajado incesantemente por in- 
flujos eléctricos, como amenaza serlo el año en que^ 
Íloí escribimos, fué en estremo lluvioso, i aun en la. 
noche misma del estremecimiento de la tierra llo- 
vió con abundancia, hecho peculiar i característico^ 
sobre el cual habremos de llamar mas adelante la- 
atención de la ciencia, presentándole abierto el li- 
bro de la historia para su comprobación i sus con- 
sultas. 



— 37 — 



•3f 



Parece también que con el motivo de aquellos^ 
aluviones vínose al suelo el puente de suspensión: 
del Maipo, i el cabildo solicitó del rei permiso para, 
vender su estancia de la Dehesa con el objeto do: 
reconstruir los estribos de aquel viadicto de maro- 
mas, que esto, una heredad entera, era lo que valia 
entonces una pared de cal i canto.... Daba por razón 
el municipio de aquella solicitud enorme que se aho- 
gaba mucha jente en el Maipo i no podía traer con 
comodidad sus diarios mantenimientos de los va- 
lles mas meridionales, prueba del considerable cau- 
dal que por algún tiempo ganaron nuestros rios^ 
Pero la petición se empapeló, es decir, que el rei 
pidió informe sobre su utilidad al obispo, i la cosa 
quedó así sepultada, hasta que a la vuelta de dos- 
cientos i mas años ha resucitado, sin permiso del rei 
Di del obispo... (Real cédula de Madrid, febrero 17 
de 1651.) 



* « 



Mas, al propio tiempo que aparecía como coetá- 
íiea e inmediata a la sucesión de los fenómenos me- 
tereólojicos que marcaron el paso del año de 1647,. 
cierta abundancia de humedad en la atmósfera, es 
un hecho no menos digno de atención i que veré* 
laos mas tarde repetirse casi con suma regularidad 
matemática, que estos períodos de dislocación en la 
inarcha ordinaria de los elementos, traducidos ea 



— 38 — 

copiosas lluvias i avenidas, habian sido precedidos 
i fueron seguidos, no solo de una larga serie de años 
de templanza, como en la época de Valdivia, sino, 
lo que es mas estraño i digno de curioso estudio, de 
largas e inmediatas eras metereolójicas de agota- 
miento i sequedad, fenómenos que nuestros mayo- 
res conocieron i denominaron con el nombre fatídico 
de secas. 

* * 

De este tercer fenómeno de la meteorolojía de 
Chile, esto es, de los períodos de sequedad, después 
de los de esceso de humedades, que constituyen la 
otra escepcion notable a la regla que dejamos es- 
tablecida como fija, habremos de dar razón al cub- 
rióse lector por separado. 

No debemos omitir, sin embargo, antes de pasar 
adelante i para ser tan prolijos cuanto nos sea dable 
en un estudio que reposa íntegramente sobre datos 
nuevos, entresacados de viejos pergaminos, que al- 
gunos cronistas mencionan, una gran riada del Ma- 
pocho ocurrida en el período del presidente Garro 
(el decenio de 1682-92), la cual postró por tierra 
grandes paños de la muralla ya varias veces remen- 
dada de Jiiíes de Lillo, i otros hablan también de 
una inundación jeneral en el pais, que tuvo lugar en 
1697 i en la que perecieron muchos ganados i espe- 
cmlmente caballos. 



CAPÍTULO m. 

Las secas históricas. 

"^ * *Th© climate of Cliili is Ibelieve the 

íinest of the world" — (Lord By- 
ron's Narmtiüe— Londres, 1768, 
páj. 222.) 

ti eliina de Chiles no obstante los aluviones, conserva su tradicional uni- 
fonmdad,~-Testimonio que de ésta dan el padre Ovalle i el jesuíta 
Rosales en la primera mitad del siglo XVII. — Lo que los españoles 
llamaban aguacti-o. — ^Acertada teoría del padre Ovalle sobre la for. 
macion de éstos. — £s la misma del sabio Pissis. — Esperimentos de 
Domeyko i Capelletti. — Peculiaridad de los aluviones en medio de 
grandes sequías. — Porqué los agrónomos chilenos del si^o XVI no 
tomaron en cuenta las stcaa de esa primera época. — Lento desarrollo 
de la agricultura. — El trigo en el siglo XVII. — Sin el sebo i los cor- 
dobanes, los españoles habrían despoblado x)ro1)ablemente a Ohile.-^ 
Primera sequía históríca de 1G37 a 1640. >— Toma nota de ella la In- 
quisición. — ^Aluvión de 1647. — Continúan las épocas de seca en la 
segunda mitad del siglo XVII. — La seca de 1705 i el dedo de San 
Saturnino. — La seca de 1718 amenaza con hambres a Santiago. — 
Rogativa i procesión a la vírjen del Socorro. — Las calamidades do 
esta época despiertan la prímera idea del canal de Maipo; acuerdo 
que el cabildo celebra sobre el particular. — Invierno lluvioso de 
1723. — La seca de 1725. — Ni los aluviones ni las secas alteran la es- 
kuctura sustancial del clima de Chile. — Testimonios sobre este 
particular de Fresier, La Feuillée, Lord Byron, Jorje Joan i Antonia 
de Ulloa. — Una anécdota suiza. 

La serie de inviernos tormentosos acaecidos en el 

espacio de un siglo (1544-1647) de que dejamos 

hecha relación i a los cuales no seria aventurado 

agregar muchos otros que han pasado sin nota o 

mn ioFestígncioa posible, no alcanzaba ¿va ^xt^^x- 



_ 40 — 

go a destruir el principio inmutable que hemos re- 
conocido como base del clima de Chile, esto es^ 
«u estabilidad, su regularidad i su dulzura. 

Al contrario, un observador nacido en el país i 
<l\xe pasó en sus pueblos i campiñas treinta años 
de su vida (1610-1640), el padre Alonso de O valle, 
natural de Santiago, nos ha conservado testimonio 
fidedigno de lo que decimos. Alaba el monje con 
caloroso patriotismo el temple benigno de su suelo, 
i en esto no hemos encontrado una sola escepcion 
ni entre propios ni entre estraños dumnte un perío- 
do de mas de tres siglos; i aunque, como todos los 
escritores de su época, el historiador jesuíta se ma- 
nifiesta parco en nociones metereolójicas, por lo 
mismo talvez que la templanza del cielo no daba 
lugar a ellas, dice, compendiando su opinión, estas 
palabras: — "Los aguaceros suelen durar dos o tres 
dias." 

Eran precisamente las mismas palabras con que 
Pedro de Valdivia habia caracterizado nuestro in- 
vierno hacia cabalmente un siorlo. 

No fueron tampoco diversos los espresiones con 
que el erudito provincial Diego de Rosales encomia- 
ba i definía el temple de este suelo que no era el de 
8u patria. Como Valdivia i como ^1 ^adce Ovalle^ 



— 41 — 

su discípulo, aquel concienzudo cronista deja esta- 
blecidas las condiciones absolutas de metereolojía 
práctica que rijen todavía nuestro clima, — "En unas 
partes llueve mucho, dice, los inviernos i en oti'as 
poco, conforme a los grados en que está la tal tie- 
rra, porque en 300 leguas es cierto ha de haber 
diferencias en unas partes mas que en otras/' (1) 

« « 

Nótese también que el historiador chileno del 
siglo XVII no habla de períodos estables, de "la 
estación de las lluvias,'' como suele decirse de las 
20Qas sujetas a cierta regular peiñodicidad en la 
difusión de las humedades, sino de simples agua-* 
oet'o^, lo que en el lenguaje de los españoles, según 
antes insinuamos, lleva envuelta la idea de lo im- 
previsto, de lo inesperado, de lo que no está sujeto a 
una pauta ni de estaciones, ni de meses, ni de dias. 
- Con la misma propiedad nuestros abuelos deno- 
minaban secas a los recios períodos de tiempo en 
que la atmósfera enjutaba la tierra, mas con sus 
vientos impetuosos que con el calor propio i latente 
que es propio de la última. I como si el fenómeno 
de las humedades i del calórico fuera en su rigorosa 
alternativa una peculiaridad común a todos los 
países que como la Hispana, la Australia i Chile 

■»■ ■ » I ■■■»■■■ — . ■ ■ — •— 

(1) Bjstoría, tom, L cap. VI 



— 42 — 



sufren de los efectos de una i otra estremidad, nues- 
tros mayores habían inventado este peregrino i casi 
siempre exacto refrán, exacto en lo atmosférica 
como en lo moral: — A gran seca, gran mojada. 






Entre tanto, el observador chileno, cuya deposi- 
ción como testigo ocular veníamos invocando decia 
a aquel mismo respecto: — "Los aguaceros suelen du- 
rar tal período de horas," en la estación invernal; 
pero no les atribuye ni fijeza, ni aglomeración, ni 
tipo. ¿I no es esto lo mismo que acontece hoi dia^ 
en que el labriego no tiene mas guia ni mas espe- ' 
ranza que la mayor o menor intensidad de la luz de 
las estrellas, la caprichosa mudanza de las faces, 
sucesivas de la luna i especialmente las ráfagas del 
viento que viene de los trópicos? 

De todos es sabido que el barómetro mismo es 
bajo nuestro cíelo, sereno diáfano i tranquilo esen- 
cialmente versátil i engañoso por contraste. Ha 
demostrado este último con preciosos esperimentos 
el ilustre químico Domeyko. 






Por lo demás, el padre O valle no reconoce otra 
teoría metereolójica para la formación de las lluvias 
que la de la influencia del viento norte. "El cual, 
dice (páj. 16), lleva siempre consigo la lluvia taa 
cierta, que desde que apunta \ia«.\,a. cioxcistnax ^V 



— 43 — 

^aacero no suele pasar media hora^ i algunas veces 
«8 todo uno volverse este viento norte i entrar jun- 
tamente con el agua; i las veces que allí en las In- 
icias se ve en el invierno sereno el cielo, es cuando 
el Sur venció al Norte.'' 

Ahora bien. ¿Es por ventura distinta la teoría 
<le las lluvias en la zona especial de nuestro pais 
<jue ha establecido en su último libro de jeografía 
física el sabio Pissis? Mas adelante pondremos de 
manifiesto su absoluta identidad; pero desde ahora 
agregaremos que no es tampoco diversa de aquella 
la antiquísima noción del común delasjentes, con- 
t^enida en este adajio popular, tenido en mucho 
mayor estima en los campos i el poblado que las 
advertencias científicas del mercurio: 

»»Norte claro, Sur oscuro: 
Aguacero seguro." 

Es tan matemáticamente exacto lo que decimos 
de hoi i de hace dos siglos sobre la causa eficiente 
-que produce en nuestra atmósfera las humedades 
en períodos fijos del año i las disipa constantemente 
^el resto de las estaciones, que basta confrontar esa 
creencia, no ya con la esperiencia cuotidiana del vul- 
go campesino, sino con la ciencia misma en sus mas 
sutiles manifestaciones, para alcanzar al mismo re- 
sultada 



— 44 — 

El señor Domeyko ha llegado en su observatorio^ 
en la medianía del presente siglo, a las misma» 
conclusiones prácticas que el historiador jesuíta ^it 
la del siglo XVII. El viento sud, que no es po^^ ^ 
solo elemento de lluvia, prevaleció en cien obser- 
vaciones hechas en 1859 oclienta i nueve veces so- 
bre los demás corrientes atmosféricas. 

A análoga demostración acercóse algo mas tarde^ 
durante el año seco de 1863, el estudioso padre 
Capelletti, jesuita como el cronista de que nos ocu- 
pamos, en el observatorio de su colejio de San 
Ignacio, en Santiago. 

Obtuvo aquel observador sobre 1687 esperien- 
cias no menos de 969 casos de prevalecimiento del 
viento sud, llegando solo a 154 las observaciones 
en que rejia el norte. 

I de esto no es difícil deducir que siendo en sí 
mismo el viento de los polos, si bien húmedo i frió, 
incapaz de enjendrar la lluvia por sí mismo, ha de 
aer forzosamente la tendencia jeneral de nuestro cli- 
ma mas bien a la carencia que al esceso de las hume- 
dades. 

Mas, volviendo al tema especial de este capítu- 
lo, las secas tradicionales por que ha pasado el p^is 
i que hoi tanto nos asombran, solo porque no las he- 
mos estudiado ni siquiera conocido, (a no ser por va- 
gras memorias)^ decíamos al finalizar el estudio pre* 



— 45 — 

cadente, que los aluviones hacian su repentina apa- 
rición en nuestra zona, no solo en medio de la calma 
regular de las estaciones, sino que solian ser acom- 
pañados por el fenómeno diametralmente opuesto 
de las secas, precediéndolos éstas en unas ocasiones^ 
6Ígüiéndolos en otras, a veces en próxima vecindad 
en uno i otro caso, a veces en períodos largos i 
apartados. 

Es esto, este tercer singular fenómeno de nuestra 
climatolojía, el que vamos a recorrer en sus diver- 
sas manifestaciones históricas en el presente capí- 
tulo i especialmente en el subsiguiente, que abraza 
un período de mas amplia i fácil justificación* 



* 



Durante el primer siglo de nuestra colonización, 
los períodos de sequedad, que debieron ser tan fre- 
cuentes como en los dos que le sucedieron (i acaso 
mayores), no dieron márjen, empero, a ser conserva- 
dos en anales escritos, porque no causaban sino le* 
ves daños i privaciones pasajeras a los escasos colonos 
que vivian encorbados en los valles bajo loa almoca- 
fres del oro. Unas cuantas rejas de tosco espino bas- 
taban para producir el trigo que consumían los tres 
molinos que en el siglo XVI hablan construido a 
la lengua del Mapocho Rodrigo de Araya, Juan 
Jofré i el alemán JBai-toIomé Florea, TSX ¿^fexívíw^ ^^ 



— 46 — 

la frontera, que era el gran consumidor colectivo, 
no necesitaba para su sustento sino dieciocho mü 
fanegas, i era el cultivo de este cereal, que koi nu- 
tre i regula nuestra riqueza, escaso a tal punto que 
los rematantes de diezmos de la provincia de Con- 
cepción, que comenzaba en el Maule i acababa en 
los Chonos, no hacian posturas sino de cuatro mil 
pesos por el décimo de todos los frutos i. animales, 
i ello a condición de que se les comprase por el real 
'erario el grano que habian de necesitar los sóida- 
dos. Acontecía esto en la medianía del siglo XVIL 
Chile en esos años no comia pan sino tortillas, 
A falta de toda esportacion, el país se habia he-- 
cho pastor i ganadero. Las vacas por su abundan- 
cia eran despreciadas, i el asno habíase hecho el reí 
de nuestros animales, porque producia las robustaa 
muías que iban a venderse, en competencia con las 
dé Córdova i de Salta, en el emporio de Potosí. 

Solo cuando el Perú obtuvo, mediante sus ri- 
quezas naturales i por sí solas prodijiosas, un in- 
jente desarrollo i comenzó a necesitar en primera 
línea de nuestros productos animales, especialmente 
el sebo para la iluminación de sus hogares i ciu- 
dades, la piel de las cabras para el calzado de 
sus pobladores, i mas tarde, por la singular este- 
rilidad de sus valles, el trigo i aun la harina, sur- . 
Jjó con mediana fuerza la industria ganadera entra 



— 47 — 

nosotros i en seguida el cultivo de los cereales, 
aquella en el siglo XVII, la última desde la me- 
dianía del siguiente. 

^ i|r i|r 

En aquellas primeras épocas, por enjutos que 
fueran los inviernos, tenian los míseros colonos de 
esta banda de tierra, llamada "reino" solo por irri- 
sión o por acaso, la yerba suficiente para sus vaca- 
das, cuya carne, una vez despojada de sus gorduras, 
echábase a los rios como cosa vil, i para sus hatos 
de cabras, sustento de sus curtidurías, única indus- 
tria de aquellas infelices jentes. Era tan culminante 
este último comercio que la mayor parte de las 
dotes del primer siglo colonial están anotadas en 
las respectivas cartas dótales como pagadas a los 
novios "en cueros de capados." Los chivatos i los 
burros enseñoreábanse entonces no solo en los cam- 
pos sino en los hogares. El chivato era el tipo del 
numerario, es decir, de la riqueza. La muía el tipo 
de la esportacion, es decir del bienestar de las 
¿miilias, como hoi lo son las eras i las trillas. 



4f 

* * 



Por esto, cuando los cordobanes i las grasas co- 
menzaron a tener demanda i precio, surjíó la na^ 
toral codicia de los pastos, i como consecuencia del 
incremento que tomó la ganadería, las sequedades 
' de la atmósfera, que antes habian sido iiidv&\^\>&i^f^ 



— 48 — 

a los pobladores, apareciéronseles por la primera 
vez como calamitosas. ¡Cosa curiosa! No hemo» 
encontrado en los truncos i descabalados libros del 
cabildo de Santiago mención especial de ninguna 
seca ni de sus rogativas i procesiones a la vírjen 
del Socorro, a la del Rosario, a la de Mercedes, i 
mas tarde a San Isidro, en los primeros cien años 
de nuestra era de agrónomos. Pero un cobrador 
de la Inquisición, el famoso deán don Tomas de 
Santiago, empeñado en enviar al santo tribunal de 
Lima, de que era comisario, el producto de los bie- 
nes de los que liabian sido quemados en el Acho 
por la clemencia de aquellos santos verdugos, es el 
primero que se queja i lamenta por las secas de 
los campos i la pobreza de sus numerosos deudores 
insolventes. ''En estos tres años (1637, 38 i 39) 
escribia el deán al inquisidor mayor Juan de Ma- 
nosea, desde Santiago, el 23 de junio de 1640, "na 
se ha cobrado blanca por las secas." 

* * 
I esta primera esterilidad que llamaremos "1» 
teca de Juan de Mañosea,'' precedió, como se ob- 
fiervará por el lector que siga estos apuntes con 
mediano espíritu de análisis, precedió casi inme- 
diatamente al gran caiaclismo terráqueo i a las 
inundaciones de 1747, circunstancia müi digna de 
tenerse en cuenta porque ha de repetirse mas d^ 
una vez en adelante. 



— 49 — 



« * 



Dijimos antes que al trastorno casi universal 
que esperimentó la costra de tierra en que vivi^ 
mos en el año meiflorable que acabamos de recor-^ 
dar, siguióse un corto período lluvioso, que hizo 
vehemente e indispensable la reconstrucción del 
puente del Maipo para traer a la capital sus dia- 
rios abastos. Pero no ha quedado certidumbre posi- 
tiva i escrita de nuevos períodos de esterilidad^ 
porque en esta parte los historiadores, ocupadoa 
solo de la eterna reseña de las malocas i de los ma- 
lones de Arauco, son singularmente reticentes. Mas, 
por inducciones claras de la crónica i de los perga- 
minos, se viene en cuenta que la segunda mitad del 
siglo XVII fu¿ solo una procesión de calamitosa» 
secas, seguidas de otras tantas procesiones a santos 
pero ingratos e implacables abogados. 

El terremoto de 1647 habia marcado dos épocas, 
la una de esperanzas, la otra de ruina i de castigo, 
para los chilenos. El ''Señor de Mayo" airó su 
rostro i sus ojos, no solo contra la cruel Quintrala, 
sino contra toda la colonia perezosa i pecadora, en 
cuyo seno yirió impura, orguUosa e impune aque« 
Ha abominable señora. 






Hablan, en efecto, los papeles viejos que hemos 
encontrado en los rincones de los atc\\vvo^, e.c^Tcva ^^ 



— 50 — 

una era de plagas i de miserias imponderables 
de los años corridos desde el terremoto hasta el 
gobierno del presidente Garro, llamado "el santo" 
talvez porque hizo el milagro de rescatar la tierra 
con su preclara probidad de su postrer ruina i de- 
saparición. — I aquí será del caso decir que en mas 
de una ocasión fué materia de grave i calorosa 
discusión, no solo en los estrados del Consejo de 
Indias, sino en la tertulia de los vireyes del Perú, 
el que los españoles i sus hijos abandonasen con ca- 
mas i petacas "el reino de Chile" que de mala gana 
habitaban i que costaba anualmente al rei trescien- 
tos mil ducados de situado, sin un solo maravedí 
de posible aprovechamiento... I ciertamente que si 
no hubiese sido porque sin el sebo del "reino de Chi- 
le", la orgullosa Lima hubiese vivido a velas apaga- 
das, es mas que probable que el buen rei Felipe III 
o el IV o Garios II, su hijo i nieto, que fueron tres 
imbéciles bajo una sola corona, habrían espedido 
una real cédula para despoblar a Chile desde Cas- 
tro a San Francisco de la Selva, de la misma Bata- 
nera que el presidente Garro despobló la Mocha, 
sin dejar alma, ni oveja nacidas, i como lo solici- 
taron también por esa época los isleños criollos 
de Chiloé, considerando como maldita su fuerte i 
deleitosa isla. 

* 

Es lo cierto que cuarenta años después del te- 



— 51 — 

rremoto la propiedad rural habia decaído en Chile 
al punto d@ haberse vendido en 1687 estancias que 
hablan costado doce mil pesos en solo cuatro mil. I 
aconteció que en esa misma época aun las casas de 
misericordia, como la de San Juan de Dios, tuvie- 
ron que rebajar sus censos a sus deudores, porque, 
como en los tiempos del deán Santiago, ^^nadie tenia 
blanca." Durante el siglo XVII casi toda la propie- 
dad rústica i urbana cambió de dueños en Chile por 
ejecución de censos, i lo que era mas particular, por 
la cobranza de solo sus caídos^ o intereses insolutos 
del cuatro por ciento, puesto que el capital era in- 
cobrable. 

Pondrá de manifiesto aquel solo hecho, evidente- 
mente verificado, la condición a que habian llegado 
las cosas en este pais, hoi tan próspero en razón de 
fiu^ agricultura i de sus caidos, cuyos últimos cuén- 
tanse en los bancos por millones. . , 

Chile, en la segunda mitad del siglo del terremo- 
to, fué solo una capellanía, una rogativa i una seca. 

Consta que en 1662, en que se estableció el im- 
puesto llamado de balatiza, según el cual cada tercio 
de sebo o cordobán pagaba al ser esportado un cuar- 
tillo de real por quintal, produjo 800 pesos, lo que 
equivale a justificar que la esportacion de ese año 
alcanzó a 25,600 quintales españoles, esto es, lo 
<lüe hoi acarrea un tren i carga al sigxiieivtQ ^^í^> 
en el puerto una barca, mediana de \a co^XjVv,,. 



— 52 — 



* « 



Consérvase también memoria de haberse inicia- 
ndo el pasado siglo con secas prolongadas i asolado- 
ras, debidas esclusivamente a la escasez de lluvias, 
que sin discreción suficiente nos hemos acos- 
tumbrado a cargar a mucha mas moderna cuenta. 
En dias tan avanzados del invierno como el siete 
de julio de 1705, tratóse en efecto en el cabildo de 
Santiago de hacer una rogativa pública por "la es- 
teriUdad de las lluvias", i doce años mas tarde en- 
contramos todavía un acuerdo análogo que por cu- 
rioso estractamos en seguida. 

Tratábase de poner remedio a una prolongada 
sequía, i era el siete de agosto de 171 7, término en que 
desempeñaba el puesto de alcalde de aguas nod 
Juan de Tordecillas, porque los españoles habían 
puesto remedio a la plaga de la esterilidad como lo 
habían hecho con las pestes, confiando éstas al car- 
go de los alcaldes de la lepra. — "I atento, dice el ac-» 
ta del cabildo de aquel dia, a que por la falta de agua 
que se espera por la sequedad del tiempo, los di»- 
chos señores mandaron que dicho señor alcalde de 
aguas distribuyese por marco, a los hacendados, la 
que correspondiese a las tierras que poseyeren, im- 
poniéndoles las penas correspondientes." 

Hé aquí al escaso Mapocho puesto en pleno ia- 



— 53 — 



vierno íl tumo de bateas entre los chacareros, i esto 
talvez por la centésima vez desde que las bateas i 
los turnos fueron establecidos junto con el primer 
cabildo i con la primera cliácara, en tiempo de don 
Pedro de Valdivia. 






I aconteció con este acuerdo de dar él agua por 
marco, que el procurador de ciudad exliibió, como 
para ajmdarlo en su mecánica tarea, un dedo au- 
tentico de San Saturnino, abogado de temblores, 
segtm consta de este pasaje del acta qué corre a. 
renglón seguido del que acabamos de estractar. 
^^Este dia, dice aquel curioso documento, el señor 
procurador jeneral don Juan de Tordecillas propu- 
so que el ilustrísimo señor doctor don José Fran- 
■cisco Romero, obispo dignísimo de esta ciudad, le 
había llamado i entregádole una reliquia de San 
Saturnino, que al parecer es un dedo del santo, en 
una cajita de plata con muí poca decencia, i que en 
cata atención propusiese en este ilustre cabildo que, 
supuesto que esta ciudad le tiene por su abogado e 
intercesor, seria conveniente se librase alguna can- 
tidad en las rentas de esta dicha ciudad para cos- 
tear con ella el gasto moderado que se necesitase 
para colocar con moderada decencia la dicha reli- 
quia en la capilla de el santo, cuya propuesta, aten- 
dida por dichos señores, dixeron qUe se hiciese por 
escrito i pidiese por dicho procuradoT ^^Tvst^V^ 



— «4 — 



que pareciese oOrapeteüté pata dicho efecto í <|ue 
fecho se daria la provi&e^ia tjue páréciiése mas ó'óti- 



e ■ • t 

■! # 'M : '■■ ;:i ■'■ v r ■ • :.'^-- 






i 



» I } 



Pero no parece que el dedo milagroso de San Sa- 
turnino sirviera al alcalde Tordecillas para regular 
la distribución de las a^uas en el marco ni para au- 
mentar las aguas: en el seco cauce deL torrente^ 
porque al año siguiente, continuando >Ia áequedad 
i en desaire manifíepito de aquel- santo, celebró el 
ayuntamiento el 6 de marzo de 17 1 8 el siguiente- 
acuerdo: : 

"Este día se acordó ^ue atento a que lá estéHlidad 
que se está esperimeritaíndo, es tal qué padecerá 
esta cmoíoc? gran ^ocisez de 7nxmteñim¿entosrBsto 
año, respecto de la falta de aguas! que se ha bota» 
do, i que siendo patrona titulada de esta ciudádL 
Nuestra Señora del Socorro, por cuya intercéeion i 
patrocinio ha esperimentádo esta ciudad en iHucImS' 
ocasiones el alivio de lá común necesidad i escasez^ 
en esta atención acordaron se costee de los propioa 
una novena a Nueáti*a Señora en que concurra to-*' 
do el cabildo, para que mediante este actoide^ de- 
voción se recave de dicha reina del cielo él remedien 
de la fatalidad que se espera en la esterilidad kI© el 
año presente, para cuyo, efecto, no aviendo especial 
etííbárazo, se señala -el día lunes 9 de el oorrientei'' 



* 

* * 



oo 



No habrá pasado desapercibido al que paciente* 
mente lea estos viejos testimonios de nuestra devo^ 
cion, Questa miseria i nuestro clima, que. en este 
documento se habla del remedio que lá Yirjen del 
Socorro había puesto en muchas ocasiones, antes :de 
aquella, a¡ los maleficios de la sequedad, lo que co* 
loca en mas relieve nuestra creencia de que las 
^ecas son, no solo coetáneas con la conquista, sino 
de la época prehistórica e inmemorial, es ájBcir, 
contemporáneas de los Andes i ^1 Pacífico en su 
eterno equilibrio. 



* 



Pero si sobre la naturaleza de ese remoto pasado 
no hai posible duda, tenemos motivos para creer 
que la escasez de lluvias se prolongó en aquella 
ocasión, como ha solido acontecer, por un núniero 
considerable de años: — diez, quince, veinte talvez. 
I comohabia acaecido también con no poca fire- 
cuehcia, entonces i mas tarde, por mas que el " he- 
cho/parezcisi estraño, aquel período dé agotamiento 
fué seguido por un copioso aluvión en el invierno 
de 1723. 

**Acordaron en este dia dichos señores, dice el 
acta del cabildo de 25 de junio de aquel año, que 
respecto de la inundación que amenazó el Ho de 
esta, ciudafd, seria mui conveniente que el tajamar 
delrÍQ 4e éelta ciudad sef saqué al t^xiat^ )^^\^ c^^ 



— 56 — 

tan grave riesgo sé reparo^ i que el señor ¡procara- 
dor se presente con un . testimonio de' este acuer- 
do ante los señores de la- Junta de balanza para 
que^ en conformidad de lo que tiene Su Majestc^ 
niandadó, den la providencia que fuere convenien- 
te, con lo que se cerró este cabildo este 'dia/' ' 

r • 

■.;.-. ■';..=.■■■♦#■ , . » ' 

• • • - • r . . . . ■ 1 

Mas, a virtud de esta continuación, o mas bien^ 
con esta alternativa yá secular de períodos de escé- 
so o de carencia absoluta de humedad, habíase por 
ventura alterado en su esencia el carácter típico de- 
regularidad que hemos atribuido al clima de Chile? 
Contestando a esta interrogación, abrigamos indes- 
tructible evidencia de que ni remotí^eutei tabia 
acontecido una mvidanza capital, ni mediapa ni vi- 
sible siquiera,, en esos caracteres que establecían: 
una regla jeneral i armónica p^ra nuestre^ zona. I 
para esta afirmación tenemos a la vista el testimor 
nio de dos sabios ilustres i la del viajero famosa 
que habitó a Santiago como náufrago algunos años 
mas adelante de la época a que hemos llegado, i 
cuya breve deposición hemos apuntado como epí- 
grafe en el presente capítulo — ^Lord Byron, en 
1746. 






Fueron aquellos sabios estranjéros el iñjeniera 
militar Frezier i el botánico La Feuillée> ambo» 



— ÓV — 

franceses^ que recorrieron el pais con ojos de Unce, 
porque en realidad eran uno i otro mitad esplora- 
dores científicos, mitad espías políticos dei Luis 
XIV en los dominios de su nieto Felipe V »» el 
ainimoso.ii t 

NI uno ni otro, aunque hombres de ciencia, se 
dilatan- mas allá de ciertas jenéricas nociones sobré 
el clima igual i- seco del pais que visitaron, el pri- 
mero enl713il4i el último dos años antes; "perg 
ponderan, como sucede a todos los europeos por un 
natural contraste, cuanto hai de bello, de armonio- 
so, rico, i sobre todo Aéjijo en nuestro clima; Ani- 
boB ehcierran en sus admirables límites naturales 
de tres meses el -invierno (junio, julio i agosto), 
pues ■ consideran a mayo solo como a un precario 
precursor de las lluvias invernales. SoloelU'de 
mayo salió en efecto de Valparaiso, para invernar 
en Coquimbo al abrigo del ryorte, el navio de co- 
mercio en que navegaba Frezier, que esa ena,. como 
hoi, la estación en que apuntaba el invierno: con 
sus primeros nortes. i 

Estuvo también el injeniero de Luis XIV d;e 
paso en Tiltil, i refiere que sus trapiches se mante- 
nian de para cuatro meses del año, como lo esta- 
rían hoi si los moradores del asiento viejo hiciesen 
todavía con represas la molienda del cuarzo que 
contiene el oro. 



58 — 






Tan pareo» aómo loj3| sabios &aneeses moBtráFQqr 
Be tremta aüos maa tarde S los idós^ <^siB<igrafo0 jes- 
pañoles que en la mitad del siglo XVIII vÍ8Í]bafQi(| 
crentíficameíitaia' Aiíiérioa del..fcítid, rdoi^; í^rje 
Juain i don Antonio d^' Ulloáv, do^ preclaraSr li^tcr-^ 
bcerás de la náutica en el^Paoífí^QO.i Pero ^UB obt 
iSGnradoTkeB jenéncás ^obre ee^tá paifte de los domi* 
nios del rei de f^paña), su seftQr, no. desdicen en 
uñ ápice de las que yenimos alentando i aosfteni^i^r 
dor ¿orno priniC¿pio; jeneral. Sietnpre és laniifiína 
sidcere i apasionada admiraeion fox la t^ínplanza, 
louaiía i periodipidad de : n^eatto clima, en el -cual 
los<. turbiones de las aguas i los arrebatos estivales 
«délJdÉklor son solx) paréntesis, ii veces largos i, en 
otcae rápido»:! .violentos, qué interrumpen, pero jio 
destinuyén^la majestad ¡hómojénea del curso de los 
siglos. «1 El dima de Chilcj, esclamaba con ^robar^ 
ttiiento un joven marino, prisionero 4el presidente 
Manso en la espedicion de Itovd Anson, e% según 
creo, el mas hermoso d^ mundo. Lo que sus habi- 
tantes lla^man invierno no dura mas de tres meses^ 
1 áün está iéstacibn é& sumamente benigna» (1). 



• i« 



(1) Lord Byron — l^arrativey Londres, 17^8, páj. 222. ^stassonlasnus* 
más palabras que en 8U orijinal helaos puesto en el epígrafe. - < 'j : '. . 

Permítasenos, eciu r^laeífo ja Isa impresione» personales .de Lord Byron 
{almirante después i abuelo del gran poeta) sobre el invierno en Santia- 
go, un recuerdo personal también i adecuado. '^ 



— 59 



« «' 



1 ■ 

ífb -cerrareiüos este período de nuestro estudia 
sin recordar que de las continuadas sequías con qué 
manifestiS su curso durante sus primeros años el 
BÍgló de rulo que precedió al presente de canales» 
sulíjíó en 1717 la. primera idea de traer aí vallé 
del Mapocho las aguas fertilizantes del vecino rio^ 
empresa qué iátdaria un siglo cabal en sú trabajo- 
sa ejecuoióli, obra hoi de pocos meses/ >» Acordaron 
este dia, dice el acta del cabildo de 5 de noviembre 
de 17Í7, que atento a que las aguas del rio íie es- 
ta ciudad con qiíe se fecundan i riegan W tierras 
de ella se han minorado en estos años en tal ma- 
ñera que inuc?ias 'haciendas casi son inútiles] por 
lo que careciendo de ellas, no se esperan 'TOejó- 
res tiempos; i que para el alivio de esta' ciudad i 
8U8 VjBcinos se pudieran traer las aguas del rio de 
Maípo, con las cuales se pudieran fertilizar truchas 
tierras, de donde resultaría gran utilidad á loa ve- 
cinos i acrecentamiento de propios de esta ciudad. 



Um,^ 



Trajo mi esposa de Europa en 1871 una sirviente suiza que . contrató 
en Jinebra, i después de haber pagado en Santiago el invierno de 1872, 
qae no fué de los ínás benignos, cuando al acércsráe los dias del ániver> 
isrío de setiembre, le recomebdó un dia guardase, mi ropa- dé abrigo, 
por ser ya innecesaria: la buena mujer, acostumbrada a los ocho meses 
de nieves que forman el invierno dé su pais, esclamó llena de" asombro. 
*<Cámo! I>ebQ guardar la ro^a c}e . Invi^no? — ^iPero no va éste % eomen- 
aráhoraf/, - . 

La doncella suiza creía simplemente que'ol invierno de Santiago habia 
ndo él verano de Jiñebia.., 



— 60 — 

por las muchas demasías que tienen en la campaña 
de dicho rio de Maipo, qstériles lioi[. Por cuyo mo- 
tivo no hai persona a quien podérsele vender, i es- 
te inconveniente cesaría si se consiguiese esta pro-: 
puerta, en esta atención encargaron dichos señores 
al señor correjidor solicitase de su parte alguna 
persona intelijente que reconociendo por la parte 
superior el dicho rio viese si se podria sacar el 
agua venciendo algunas dificultades aurique fuese 
con al^un costo moderado, n 

Según Gay, el presidente mercader Ustariz ha- 
bia solicitado de Felipe V aquella gracia desda 
1710. ' ' 

Dq aquel tímido voto, de esta primera aspiración 
a la ejecución de una obra que valia millones, al 
cabildo, abierto en que se acordó con gran algaza- 
ra su ejecución (mayo 28 de 1726), pasarían luengos 
años, porque para que corriera el agua habian de co- 
rrer^otros noventa. . 

t- * * 

Tenemos ya entre tanto en lista una serie de 
testigos irrecusables, unánimes i contestes, que en 
dos siglos deponen todos al mismo tenor: — Pedro 
de Valdivia, Alonso de Ovalle, Diego de Rosales, 
Luis La Feuillée, Amadeo Francisco Frezier, Jor- 
je Juan i Antonio de Ulloa, Lord Byron, todos 
testigos presenciales i de propia observación. 

El clima de Chile no se habia alterado por tanto 






— 61 — 

sustancialmente en el espacio de dos siglos. 

El temple de nuestro suelo ha sido como su raza, 
característicamente conservadora, i de esto vamos 
a dar copiosas pruebas en el capítulo que va a se- 
guir en pos del presente. 



^*»*» 



. -j . '' :•■* í o. 



f 



fl • 



t 

< r. ' 



■ . * . ♦ 

i 



> . > 



-. »-• J .■•.■■• « 



rV JHWi'j^-i^-J 



• .- » ! \ 



■I •" 



; • f • ■ , 



• > I • 






.1 



CAI^ÍTÜLO lY, 

ir , . I . - . 

[la, tasa de An^at. " 



1 ■ f 



■■■■.■ ...... ; ■. . ■ '■ 'r. 

'/Xie^pioggia pr^icúpiano jiel jo^ntineotii dalla me- 
ta á'AprSe, sino' a tutto Agosto. NellePrdYincte 
bar«p4^,e8se sonó mc^ ñcñjteét In fuelle di mezea 
suol piovere tre Q^quatro giómi di engaitó, i qiu4i 
vengono altemotí de qñindici .o v^ti- 9erenk '* . . 
{mohnxx.-'-^cMffio sulla storia naturale del Óhi'- 
• fe.— BeJogn», ma) : : * . T 

iSi dima de Cliile''coii8erva súscaraciléres típicos durante él siglo XV JUtL 
•"-^Gnuí seca^i. Q^lagHn» do I7i3.— rPeriodb - Uv/vioao de 174^ --Ia 
inondacioii i epidemia de la bola de .fuego. — impetuosa avenid;» de 
1748 Qiie destruya : los- tajamares dÍEl Jinét de LUlo.-^Ixw xeedifíca 
el presidente Ortíz de Rosas. — Terremotos de 1730 i 1751 i su in- 
finencia en las máéSMtaciones del Qlhniii.<-^Xuevo peri&do HoviJiMc» i 
pérdida de las coAeckae. — *'Año seco, año de trí^s." — La tasa; de 
Amat.— La riada de Gohiaga en -i'764:-^Píospendad pasajera. -^M 
puente de Zañartu. — Comienza un periodo de casi completisi esteii- 
lidad atmosférica en 1770.— Gran seca de 1771. — ^Rogativa del S det 
agosto a la vírjen del Socorro iMtra evitar el hambre i los terr^otos 
.por la seca. — Rogativa a la vírjen de' iMercedes el 7 de setiémore i 
caracteiística cnaitipn -deioa oapitujaref.i ¿los frailes sobre la cbsa de. 
la procesión. — El promedio de las lluvias ep ej siglo XVlIL— Ea 
promedio del siglo pcéneáte isa el duplD.de aqued.-!-:- Ajxecáa la seo 
en 1773. — Los santu^guinos piden permiso para comer cama en 
enareju&ib; por la ' <isiréiic&a de pastos oo puede ^' aóarrearae «1 pes < 
cado de la costa. — Oontimia la seca i el cabildo ocurre en 1777 al 
Señor de la Agonía. — El centenario de 1777. — ^¿Cambiarían los ha- 
cendados chilenos un siglo por otro? — Períodos fijos de las ro- 
gaciones públicas por las Un vías, las secas i los temblores. — El 
cabildo de Santiago estudia la conveniencia de vaciar en el Mapocho 
. «1 rio Colorado. r-*Aluidj^de 1779». «egnido. :de un invierno wpaO' — 
' ÍTpidemia* d'el '77ta'^¿^-^Ro¿ativa del 3 de agosto'' de ese afió a 1» 
yiijen del 8009?^ por i las •^aeprtMQ» . repentinas. -r^e^ i mortalidaid 
[de ganado en 1781. — Aum'énti^e lá ésterílidad eñ 1782 i no hai 
: . - agua oío^ .^ d^cir misa ^ ii igifirór^arroqiii^ ;dq R0iica».r- Yia* 
pera de la avenida grande. 

A meditibb qi>9 pix)Begait]tfc€v^^ joraadaa adelanté el 
camino de nueeÉrací ^pk>faoioiié3^ ii qne mejor i 
mas abundante Ibe ñón; .rgiiia; ea/iiúxe%tt^ ^tsx^\^;3^> 



^ '"i ' . » ■ . 

• • - 



■ • I . ■■ : 



M •• 






: •> ,.■•:. -f 



.;.l ' 



CAPÍTÜLOIY, 

■ r I 

'£a tasa de An^at. " 



'r. 



iá á*Aprue, smo'a tutto Agosto. Nellé Prctyincté 
bar«p4^. esse sonó wáo^ acareé* In^ gtieUe di mezea 
suol piovere tre Q.auatro giómi di segoitó, 1 quafí 
vengono altemotí deqüinaici.o V90ti' 9erenk" - . 
(mohnxJL-^Sdgffio aulla gloria natitrcUe del phi-^ 
• fe.— BeJogn», I8ia) 

ir.. I 

- 'i ' ; ■ • » ' V. 

'Eí cHina de Chile^conserva su» caraciéres {{picos durante él siglo 'X VIII» 

— Gnu seca i. o^liigi^ de I7i3.— rPeriodb - Uoñ^oao de 174^--Ia 
inundación i epidemia de la háiA de .fuego. — impetuosa avenida de 
1748 Qiie destruya líos tajamares dÍEl Jinét de úillow-i*IiOS areeoifica 
el presidente Ortíz de Rosas. — Terremotos de 1730 i 1751 i su in- 
finencia en las maiiiMtaciones del oIiiniii.'«^Xuevo pearfodo HoviJiMc» i 
pérdida de las coBeckae. — "Año seco, año de trigos." — La tasa; de 
Amat. — ^La riada de Gonzága en -f764:— Prospendad patejenL-^M 
puente de 2^artu. — Comienza un periodo de casi completÍEi eateii- 
lidad atmosférica en 1770. — Gran seca de 1771. — ^Rogativa del Sdet 
agosto a la virjen del Socorro {>ara evitar el haúibt'e i los terr^otos 
por la seca. — Rogatiya a la vírjen de' Mercedes el 7 de setiénoibre i 
característica cnaitipn de ioa oapitujaref.i Jbs ¿rules sobre la' cbiia de. 
la procesión. — El promedio de las lluvias ep el siglo XVlII,— Ea 
promedio del siglo pceteÁteisa el dapl0.de ^uel-H-Altiecia la teq 
en 1773. — Los santiaguinos piden permiso pai^ comer carne eii 
enaresmii; por la ' <isiiénc&a ue pastos no - pueden' acarrearse «1 pes < 
cado de la costa. — Continúa la seca i el cabildo ocurre en 1777 al 
Señor de la Agonía. — El centenario de 1777. — ^¿Cambiarían los ha- 
cendados chilenos un siglo por otro? — Periodos fijos de las ro- 
gaciones públicas por las Unvias, las secas i los temblores. — El 
cabildo de Santiago estudia la conveniencia de vaciar en el Mapocho 
el río Colorado.r— AIuyij^del779>)EiegnidQ.:d^un iñyjuBrno séop. — 
Epidemia del '77ta*^¿^-^Ro¿ativa del 3 de agosto''' dé' ese afió'a 1» 
yirjea del Qo/jf^rtf^ por i las ^u^iies , Yepentinas.-nSe^ i mortalidad 
] de ganado en Í78i. — Auméntase la esterílidad eíi 1782ino"hai 
' - agua fXft^ qfi^ ^l^cir misa ^ ifk igifiró'^arroqi(í#l -dq Raica».r- Y^a* 
pera de la avenida grande. ' . ' 

■ . • ' t • r 

.' - * ' y 

A medida qiie proBegaititHs^! jarctadaa adelanté el 
camino de nueeibrací 'ei9pk>faoioné3^: ! ii que me^ór v 
mas abundante Jtiz ú.ó$:¡g\¿aí eii. tiiuMtt^ ^tjx^T^'^: 



— 66 — 

i falta de lluvia, con una coásiguiént^ peste etil sus 
babitadotea^ de dolores de costado^ tabardillo^ i 
otrt» aaaales laa inconócidos por Jos médicos que? 
moría muhajente, en tal manera que aun estando 
en sus principios hubo i hai dia de catorce i diez i 
seis entierros de todas, jerurquias de penrsomxs^ ^ 
Iltistre: Cavíldo> Justicia i Bejimíe];^ de esta di-^ 
cKa 'ciudad; a influjo de sa^Procurador Jenerál^que 
lo es don Antoüio Gutiérrez de Esjpejo, acordó. ha- 
cer a' eu costa una rogativa de nueve diaa la 'Diósr 
Nuestro Sefior/ porila intercesión i amparo de 
Nuestra Señora del 1 Socorro, primera patrona i de 
esta ciudad i del Coavento graní^ de Nuestro Pa- 
dre San Francisco, donde concurriesen sus capitu- 
lares en cuerpo de Cabildo con lo demás del pueblo 
(a quiéti se noticiase» >por carteles) a^süplícar a la 
Ditdüa í^ñoira ÍTiterc¿di¿se con sú precioso Hijo, so 
sírSriíísé aplácíar su justa irA, usaitdo de su ciernen»- 
cía i misericordia; i q^e-íéliiltimo dia saliese por la» 
dalleé la Divina I majéis en procesión, acompañada 
i alumbrada de todo el pueblo i Tribunales que 
para ello se convidaren, a cuyo fin se nombró la 
Diputación que lo habia de hacer. 

I habiéndose üón.eiectb practicado la Rogativa ea 
ip? forma espíeisada eLúltimo diade los ndevéKjuet 
dtiró, que fué domingo' diez i faiieve del corriente/ 
concurrimos todos ^ h. • -Iglesiaí de' dicho convento» 
á^laístresi inedia- o ú\xei,tíix> áe lá^tiarde oóneldiá. 
mné apacible i darúi áíitqtíé'^xi to^'^l fi$«iamento 



— 67 -• 

86 descubriese el mas mínimo celaje que diese es- 
peraos d^ Uuvia; i despees que: descubierto el Sau- 
t^ipiQ Sacramento .del Altar oimo^ una deiy:ota 
e£ljK>itaGÍon.q.ue,^ hizo en el pulpito por el padre 
lector frai: Juan José Laya, salió la procesión^ c^t 
pitaaeaudo el Glorioso Patriarca, ^^eñpr San F^an- 
cidco^ con su Venerable O idea Tercera, i la» Pivin^ 
Señora del Socorro, entonaAdo.la BelijioaiPuj^- 
Up s^s letanías. . J. 5 

I al salii' .de la Iglesia estaba el cielo tan entol- 
dado de nubes densas^ ({W discurriólos nos spó^r 
diese lo que en otra ocasión pasada se esperimen- 
tó por la misma intercesión, que no permitió salir 
de sus claustros, la procesión por la mucha agua 
que descendió. 

Peror. aunque no acaeció a est^ misma hora, no 
se negó su misericordia .a quien tan aflijido la im- 
ploraba, por que entre doce i, una de la noch^ fué 
tanta la agua que hasta el dia siguiente llovió, que 
precia, la del Diluvio, según m violencia,: cono- 
ciépdesp. a luz clara eí^ patente milagrO; a^ esta 
soberana Imáien, i cuan poderosa es para con su 
precioso Hijo; de cuyo hecbo nos i\a resultado . el 
gra,ndísimp consuelo de que;por su iritercesioi^ se 
ha de ver libre esta ciudad i sus habitadores de la 
presente peste que tan aquejados los tiene, respecto 
<ie haberse inclinado piaidosa a favorecernos, i no 
es preisumible desista su Benigna Misericordia, si 
agradecidos' procuramos correspoiidexW 



— 68 — 

I para que en todo tiempo conste i eü lo fútil*©' 
se sepa que la Reina de los Anjeles María Santí- 
sima del Socorro, es la advocación que en loia tóa-*- 
yores conflictos de la ciudad, como picimera funda- 
dora de ella, se ha esmerado en favorecerla i- e» 
iguales casos puedan confiados ocurrir a ella, doi el 
presente en la ciudad de Santiago de Chile, hof 
dia veinte de Máryo, año de mil setecientos i cua- 
renta i tres. — En fé de ello lo signo i firmo en' tes- 
timonio de verdad. — Jita/ry Bautista de Borda, — 
(Escribano Público i Real.) (1) ^ 

No estamos tan distantes, como pudiera ¿upb- 
nerlo el distraído lector que nos acompaña éh ¿^ 
tas. escursioñes por lá tierra i por el cielo, descreer 
que el milagro, del escribano Borda fuera efectivo,, 
porque hemos encontrado en efecto datos suficientes^ 
para convencernos de que aquél fué seguido' dé una 
«élíe de anos lluviosos i aun de aluviones formíds^-^ 
bles. En la lehta duración del siglo 'XVIIÍ'Ilüyia. 
i milagro füeróu sinónimos. ' ' 

Consta eñ efecto del libro de actas del cabildeo 
de Quillota,' qué orijipal hemos visto,. la circtíris- 
tancia de haber sido tan sumamente copioso en 



(1)^ Protoco^ del .escribano, de gobiemp i patricio dé la oolonia áxjok. 
Jnan Bautista de Borda correspondiente a los años de 1742^ 43-a £s. 5i4» 
/ArcJtüro jeneraJ), ' - -.-!-•. ^ 



— 69 — 

Uayiasel aüo de 1746 (tres años posterior al del 
inUagvo)'que aun por el mes de octubre no se ha»- 
Ivia «terminado las faenas de las siembras. — '^Aten- 
to a las muchas lluvias que al presente se han espe*^^ 
rimentadoy no han concluido todavia los cosecheros 
sus faenasii (Acta del ISde octubre da 1746).: 

Ocurrió también en este mismo período la inun- 
dación i epidemia que se llamó de la hola de fuego 
en tiempo del prisidente Manso {1744). 
. Pero aquella, que no pasó de ser una riada del 
Mapocho, embravecido qon las creces invernales, 
fué sobrepujad^i en gran manera por el terrible 
aluvión ocurrido en el ptoño de 1748, como el de 
Pentecostés de 1609. 

Tuvo lugar esta\ii|Vej;iida, )a ma^ furiosa del ^iglo 
XVIII, con escppcion dé la llamada civenida, grande, 
ocurrida treinta i cinco años mas tarde, el 30 da 
abril de 1748, i fuerpn tan impetuosas, sus épabesti- 
das contra los piuros de defensa qiie no solo pos- 
traron por el suelo los tajaiínares que hacia: ciento 
cuarenta años habia qonstruido Jines de Lillo en 
toda su ostensión de catorce cuadras, sino que se 
llevó por delante como una leve pluma el única 
puente de siete arcos de sólida mampostería 
que desde los tiempos del presidente Henriquez 
(1670*82) servia de co^unicaeion a las dos porcio- 
nes 4e 1* <áuá»d que el río sepagraba. ^ ^ 



— 70 — 

La: ciudad fué completamente inundada! >por sua 
tres cavíces secóse esto es, pcAr- la Qoúñada^ In^i^aña- 
dülO'i'porhxB calles de las Ramadasy de Sáii; iE^blo^^ 
i de las -Rosas, que habianrsido antes antiguas cajas 
del Mapocho i que ahora disputaban- a su álireo al- 
gunas desparrarmidas ' rancherías) ooitao )» actual 
calle de Bella- Vista, llamada así porque es talvez 

la de mas feo ojo en la ciudad. 

1- . ... 

; ■ > ••.-:! ...... . ■ ; j ' ■ -•:;■" 

* I^/. ■■«■■■ 

r 1* 

Para|*ataj'ár los anáúítos del rio, que arné¿a2íaban 
ya repetirse' cotí deinasiada frecuóhóia áéspties de 
las .grandes sequías que caracterizaron las entradas 
del siglo, él laborioso presidente Ortiz de "Rosas, 
que por fortuna gobernaba entonces ' el paisf^ brdenó' 
levantarlos segundos tajamares, cuyas ruiríás se 
conservan todavía ^ib pié i qUB llevaron su' nombre. 
Fuerbú-^stÓs comentados el 1:* áe.enétó de 1749 i 
terminados én la ééténsion de cinco cuadras el. 10 
de juníó^de 1751, a razón de 40 pesos la Vara co- 
rrida de mámposíferfá.' El costó fué de SÓ^,920 pesbs^ 
porqué laestensíop tót^tlera de 773^ varas cástella- 

- . .' '• ■■''|i' ' i , • 

Blas. En seguida otro con tiíttista rematé dó'á hue- 
váis cVmdras de ináíecdn á íazoií' dé'' 5,300 ^^éiíos 
cuadra. 






■ ■ ■ . i , :t >• : : " ■ ■ I * » . • 1 . 

• - . I I .1 ; '.' . » , . .1 ■» . ' i 



! . :. . ' 



Es op^rtunf^ volyí^c.iSbiYi^^^rdar aquí^q^ei lans cpnr, 
tinuas e intensas^ se^^da^e^ /^,la atiíaófi/S^^d^ique: 



— 71 ~ 

hemos ^ado cuenta^ como ocurridas ett fiües del 
BÍglcí XVII i en los primeros años del que hói es- 
tudiamos, habían sido violentamente perturbadas 
por dos terremotos i salidas del mar casi tan for- 
midables como el de mayo de 1647. 

■ ■♦ ♦ . 

Ociu-rió el primero en la noche del &'de julio de 
1730, derribando gran parte de la ciudad de San- 
tiago, i isaliendo el mar en Valparaíso, de cuyas bo- 
degas artafiftró 80 mil fanegas de trigo depositada^ 
para e! kcarreo del Perú. 

El segundo i mas terrible del 25 de mayo de 
1751, dos años después de la gran avenida de Or- 
tíz de Bosasl, asoló totalmente al antiguo Pen- 
co, porque el mar no dejó én efta ciudad, como en 
Arica «ti 1863, piedra sobre piedra. Sus vecinos 
huyeron al sitio mediterráneo que hoi ocupa la 
ciudad, capital del sur, i donde el presidente Ga- 
rro habia amontonado hacia un siglo a 'lo¿ poblado- 
res de la Mocha, qiíe dejó, sobre mocha, desierta. 



« « 



Ha qmedado suficiente evidencia de que tino i 
otro sacudimiento fueron seguidos de copiosos agua^ 
ceros, i Molina dice del Último que ¿duró ocho dias. 
"Avanti il terremoto, diüe el jfá^etx abate jesuita 
que bien pudp :reoordar aquei^uc^opcrr' estat enr 
iáü€é3 pasando m in&tmie^ enf él- Maiol!^ ^ ^y^ú^ *^^>^" 



— 72 



rroinotip il cielo era phiaro dappertutto/ma^í^^ 
diat£bmeiite si copri de dease nuvple che f^rr^^rpuQ 
una pipggia assidua di. otto giorni." ;*:í:í; »; . 

■' ■ ■ ■ •.-«'••■■ •■■ • .-■-.. 

Aparece aquí en embrión la importante teoría de 
los temblores i las lluvias a que un joven i malo- 
grado sábip^ Paulino del Barrio, copigagró el tesón 
de su. ¡juventud, cegads^ cuando comcinzabft a bFp.- 
tar en ricas esperanzas. Pero para nosotros no lia 
llegado todavía,, en la prosecución de nuestro plan, 
el momento de ocuparnos de tan imporjbant^. tema. 



% ■ 



En el no siempre .claro horizonte que disefiían al 
investigador los maltratados .archivos del pasado, 
resulta en esta parte del siglo que con la rapidez de 
sus aluviones recorremos, una; diida, que no es facü 
solventar. » .: 

Esa. duda es la siguiente: 

Durante el gobierno del duro presidertte^Amaití 
que se estendió del 28 de diciembre de 1755 al 26 
de setiembre de 1761, es decir, en el espacio de sie- 
te anos, que íueron las siete vaéas fldcajg de) Chile, 
establecióse por aquel autoritario gobernante lo que 
;se llamó entonces i mas tarde la tasa de Ama4^ 
para la venta del pan al portoenor. : r y.' 

;t Esa tasa era una enormidad: seis. panes ohicofi 



\ 



-?3- 

nos de óucharas de harina sin cernir i dé las pa*- 
naderías de hornos de ádobon> no' temia tasa, es 
decir que se inendia o se regalaba el pan por canas- 
tas i petacas, conáfrecHo i todo. La harina íior ni la 
sospecharon nuestros mayores. . • 

Más, ¿proveníanla escasez de trigo de lá sequedad 
del tiempo o era el resultado de escesivas lluvias? 

Tal es la duda que no nos ha sido dable escla- 

rederi -■ ''■• 

•-' *.■ ■..i..«' 

# #■ ■ 

Inclina naosnos, sin embargo, a creer que el pue- 
blo mapochino fué puesto a ración de hambre o de 
pai; quique por sus molineros en razón del influjo de 
una zona de humedad que atravesó el pais durante 
UD. número de anos que no podencos pre^íisí^r. Repi- 
tióse esta novedad en los años lluviosos. de 1 820-22, 
cuyos invierjoios i tempestu9sas primaveras encare- 
cieron la harina a un precio fabuloso; i nuestra 
creencia se funda en esta analojía i en qv^e.eijtlo.an- 
tiguOi masjse perdian las cosechas de ceibales, por el 
polvillo de las humedades . que por el arrebato db 
los solea» ;*'Au0: seco, año de trjgps.'\Tal ,era el ven 
frnn de nuestro^ ab Vicios. . ; ; 






Parece, en efectío, tjue esto último sucediera én 
un breve espado de cuatro o áeis 'anos a lo ménos^ 
porgue por el año de 1T66 el presidente G^ót^aa^g»» 



— 7^4 — 

escribía al reí (según Gray) qüe^ no j.uzgaha 7a ne* 
cesaría la coEntinuaciou habta Santiago del eanal de 
Maipo que habían emprendido sus antecesores, por- 
qué era tal la abun.daxK)íá del trigo, que aun tras* 
portado a las bodegas da Valparaíso apenas valia 
deis reales la fanega, al paso que. las viñas habían 
rendido tan éscesivos jugos que la arroba de vino 
valia como el trigo: siete u ocho reates. 

Tal era el resultado de una breve pausa entre 
el rigor de las lluvias i la tenacidad de las sequías. 

#. ... 

#■'»■.■,■ 

Agregaremos ahora, respecto de la zona de hu- 
medad que se enseñoreó sobre el país en el segun- 
dó tercio del siglo XVIII í ^después de sus grandes 
sacudimientos terráqueos de 1730 i 1731, que dieís 
años después del último ocurrió el áliivion llamado 
de Gonzaga porque tuvo lugar durante el gobierno 
del presidente de ese nombre (1764), i ía nítichb 
mas seria, quince años posterior a aquella, del 13 de 
mayo* (día' de aciaga meríioria para los hábTtatités d'é 
Santiago) de 1779. Esta última riada, ocurrida en 
entrttdas de invierno, inundó la {Jarte bájA de la 
ciudad i atacó las colosales rampas del puente de 
cal i canto, que en reemplazo del derribado en 1748, 
habia comenzado a edificar algunas cuadras mas 
abajo el famoso cotvejidor don Luis de Zañartu, 
desde > el 6 de setiembre de 1767, uña semana des- 
pues de la espuLáon dé loa 3éBvátaa. >• • • . 



-^ 7? - 

Votó el cabildo €on motivo de. aquel ámago el 7 
dfi marzo de 1780 una suma de seis mil p^o» a ^c^ 
de que^ por medio de palizadas, pudierap: los aliariȒ^B 
dirijir las aguas del rio sobre los ojos del puente 
que habian quedado de soslayo, i uno de ellos com- 
pletamente tuertOj como se conserva todavía con 
su calle — *»el ojo secoíf (1). 

■ ' ■ « . . V . ■ 

. > 

* 

Parécenós del capo agregar aquí ^ue el puente 
fué concluido después de quince años de trabajo i 
de doscientos . mil pesos de costo, en el verano de 



(1) He aquí el acuerdo especial celebrado con este objeto el menciona- 
do dia (inárzo 7 de 1780). ■ ; . . 

"Eb este cabildo pzDpiwo el 8ei|or oorrejidor (cuyo era Zafiartti).^i^e 
con la estraprdinaria avenida del rio;^ veriñcada en 30 de abril i siguien- 
tes de mayo del afio pasado, que aséndió hasta los arranques de lá^oíira 
del puente, ' riMonodió - qne' otra de' ' igual impnlBO podía introducir sus 
corrientes a parte de la ciudad i cagadilla, derribado parte de loa jbaja- 
nares, como se esperimentó en dicha avenida, por la gran escavacion qué 
bieeb hm «¡gnaarén ^ tetilBne arencad \éá í¿aé etftám fundados, i*^tie "en edte 
caie talve2,p|idi^r:%j ifitl*xHluoirí^, en las, pbijas x^u^rtas del re^erido.puen,- 
ie iüfender las rampas o subidas detesta importóte obra,- i que' para 
¡irttesvereéiitlÉ^iistoft recelos ! para los'ffaturoff tiempos, le ^ecía'co^é^. 
iiiáitf.M ionoasé una e^tiúeada ^e^f^^o, de; cin^' yariaiB i^n^edia de aL-, 
ton^ con espesor forrespondiento, i que a distancia de seis varas de los. 
referidos' tkjaináreá ád óoloqhéií las Hiieas á lá parte interibr del rio, ^- 
tctfdiiciendoUtwiivadaí ep zanjas que t^[^{|Vi:d9'ond«racdetres.fE}tpssi 
^vftraa i media, co^ o1a>9, varias ra;zonef9 que espuso acerca de la materia, i 
lutbiéñdbse conferido coii la** debida atención' resolvieron uñámmes i cofi- 
íonáéir m efeoutet la r^íatiáá ólna cdn lavptísiiiil& brevedad i iquel párai ob- 
teott el permiso cor^spondiente, en .asunto, d^ taitt^ eniúdad. se presen- 
tara el sefior procurador jeneral.a.este Supremo Gobierno, .cbii\.^^\Áx£LQiiDcvs> 



76 



1782, precisamente en la época qué mas se necési 
taba para dejar pasar bajo sus arcos la avenida 
grande de 1788. 



* 
* * 



Peroy por ventura, los'aluviones de 1744,. 48,64 
i 79, (cuatro en treinta i cinco años) habian ;lleg€^~ 
do a cambiar el curso dé los fenómenos usuales que 
hemos dicho forman en su conjunto el tipo de 
nuestro clima, tal cual hoi dia mismo le observa- 
mos. 

. .. ! 

Muí lejos de ello. Porque en. medio de esos tur- 
biones repentinos de humedad, especie de tromoas 
terrestres que la electricidad mas que las nubes des- 
cargan de cuando en cuando en los senos de los 
Andes, aparecen uno en pos de otros, no solo los 
años bonancibles, sino los de grandes secjpías. 

Así consta, según Pérez García, que desde 1770 
no UÓvia en el valle de Santiago sino a razón de 
112 horas en cada invierno, hecho del cual hai po- 
cos ejemplos en los años secos del presente siglo, 
porque en realidad apenas equivalía a cinco .dias 
escasos de lluvia continuada. Solo en í?'«^ años dé 
los setenta i siete que llevamos corrido^ i toados 
de este tan calumniado ciclo en que viviniosy ^cayó- 
del ciélp el agua en mas breves horas que en aquel 
año del * 'llover antiguo". El de 1832, año de horro- 
res en que llovió &9 horas; el de 1848 en qué el 
tiempo de los aguaceros subió a lli horas (uiia 



— 77 — 

meaos que en 1770), i en el memorable año del 63, 
en que no se midió el agua por horas sino por plu- 
viómetro: 4 pulgadas 48 centósimos! 

Según el mismo historiador que acabamos de ci* 
tar,. el promedio de las lluvias en la época normal 
del siglo XVIII fué de 132 horas. Ahora bien. En 
cincuenta años, medidos por horas, en el presente 
siglo ha sido ese promedio, según el astrónomo 
Gillis, que consultó aquellas tablas con cuidado, ca- 
si el doble: 215 horas i nieduu 

Deesos 50 años (1824-1850), ademas de los tres. 
ya nombrados, solo conocemos ciuitro en que llovie- 
ra menos tiempo que el promedio del siglo XVIII 
—a saber — 1830, ciento diez i seis horas — 1835, 
ciento diez i ocho — 1839, ciento veinte i cinco, i 
1844, ciento treinta horas: — dos horas menos. 
Señores hacendados: aceptariais^ahora el cambio? 



* 



Sucedió a la esterilidad de 1870 una mucho ma- 
yor en el año subsiguiente, i como tenemos a punto 
de honor i de verdad justificar cuanto decimos sobre 
estos temas sujetos de ordinario a tantas contro- 
versias, vamos a reproducir en seguida algunos 
documentos enteramente inéditos i que tienen el 
seco sabor de su tiempo i del clamor de las gar- 
gantas i de las campanas. 



-73 






I A A 

nÉn la ciudad dé-Santia^ de Chile, dice imo de 
esos antiguos rejistros del ayuntamiento, único e 
intermitente pluviómetro de la colonia, en tres dias 
del mes de agosto de 1771 año8> lós defieres 'de<^e8- 
te iltiétré cabildo, justicia ii rejimiento de está ota- 
dad, estando juntos en su sala de 'ayuntamiento, 
cotno lo han de uso i costumbre, por cabildo é^írcew- 
diña/nOj acótdaron que en atención á lo seco que 
se ' esperimeritaba él año presente, de qué 'jresuíta 
no solo la escasez que se prepara en los frutos, 
únó también que se pueda recelar prudentemente, 
comben otras ocasiones^ alguna epidemia en íaísadud 
o algún temblor grande i para impiórat la "piedad* 
de Dios nuestro Señor, se ponga. por intercesora a 
su Santísima Madre, veneradia en esta ciudad en 
su milagrosa imájén del Socorro, patrona ella en la 
iglesia del convento grande del señor Sa;n Francis- 
co, habiendo correspondido siempre el suceso a la 
confianza de este cabildo, lográndose, mediante la 
novena i procesión hecha a tan sagrada in[iájen;^la 
desestda lluvia: en cuyos tórñiinos el seftof proou-; 
radofde ciudad se presentará eon testimonio dé 
este acuerdo a lois señores de la Real Audiencia: 
para que obtenida ki conformación, por lo tocante 
al gíasto que deberá ser de' propios de está ciudad^ 
cuyo importe arreglado a lo que en otras aocasianear 
de esta misma naturaleza se ha; practicado/ resül-- 



— 79 — 

toa de la cuenta instruida que deberá dar a su 
tiempo su sindico, i sin la menor pérdida de él, se 
pase por un señor capitular a ver ál reverendo pa- 
dre guardián- del espresado convento para que se 
convenga el dia en que debe empezarse el noven»- 
rio i deberá concluirse con el sermón i procesión 
que en otras veces se ha practicado, poniéndpse 
para ello carteles a fin de que puedan todos los ve- 
cinos concurrir a tan devota función. I así lo prove- 
yeron, mandaron i firmaron dichos señores.'— Ma- 
teo de Tor(K — Fe7'na7ido Braw, — Mehlioi' de ki. Jara. 
— Andrés de Hojas i la Madrid. — Antonio de espejo. 
— Migíiel Pérez de Cotapos i Villa MU. — Jerónivio de 
Herrera Moran. — Jtian José de Sayita Cruz. — Ante 
mí, José A. Goiiiez de Silva.^^ 

Habrá llamado sin duda la atención de los mete- 
reolojiigítas i agricultores, bajo cuyas miradas: han 
caido por acaso estos apuntamientos, la fecha de 

j estas rogativas publicas: el 3 de agosto! 

I El invierno de 1771 habia sido por consiguiente 
de oon^leta- esterilidad. No hablan llovido ni las 

112 horas calamitosas del historiador hacendado. 

/ ... 

I ■ 

« ■■ ' "■ 

Pero los porfiados chacareros de Santiago no se 
dabaa empero tan fácilmeníte por vencidos como 
808 liijos i sus nietos de hoi^. que ya no ^w^xi ^cv- 



— .80 — 



líos a San Isidifo^ ui encienden cirios aJatf vírjeft^ 
pero que si no ven abrirse las cataratas .del^^iíelo 
por abril i sus :^'aguas. mil/' comienzaft ^ lloriquea?? 
en los clubs, en los bancos i en los potreros, ; por la 
sequedad de sus rulos. . , ;,;. • . .; 






Desairados eñ efecto por nuestra señora del So- 
corro en sus preces, los santiaguinos ocurrieron * a 
nuestra señora de las Mercedes,, pero, con la poca 
cortesía i merced de que da cuenta la siguiente 
pieza histórica que es una fotografía hecha con 
tinta i con marco de pergamino de la muí noble i mi 
leal ciudad de Santiago a la postre del siglo XVIIT, 
jenielo del presente. 



* 



"En la ciudad de Santiago de Chile, en 5 dias 
del mes de Setiembre de 1771 ^nos, loa señores de 
este Ilustre. Cabildo, Consejo, Justicial Rexijoiiento 
de esta dicha ciudad, juntos en su sala de jAyuu? 
tamiento, como lo han de uso i costumbre, acorda- 
ron que siendo notoria la consternación en que se 
halla esta ciudad por la ¿í^m i esterilidad qu«.: espd- 
rimenta en sus campos, de que resultan pestes i 
enfermedades que ya se están igualmente sintien- 
do, era conveniente ocurrir a la protección i am- 
paro de Nuestra. Madre i Señora de Mercedes, Pa- 
iro na jurada por esta dicha ciudad i Abogada de las 
p^tes i terremotos, sacándola ^i devota procésioo 



— 81 — 

i rogativa por las calles, cotí la esperanza cierta de 
que por la intercesión de esta soberana Rey na se^ 
ha de conseguir el alivio i socorro en las urjéncias 
que nos aflijen i la fertilidad de los campos. Co» 
este motivo pasó el señor don Antonio de Espejo^ 
alguacil mayor de esta ciudad, a hacer presen* 
te esta deliberación al M. R. Padre Provincial de 
dicho convento, a fin de explorar su condescenden- 
cia para ©1 referido efecto, i habiendo accedido a tan 
loable pensamiento dio a entender, que siendo sus 
relijiosos setenta o setenta i cinco, se les habia de 
servir con la cera, y concluida la rogativa dcjc^lf; 
(f. beneficio del Convento , en cuya intelijencia, re- 
fleecionado por dichos señores, la escacez en que 
por lo presente padecen sus rentas por los muchos 
gastos que han ocurrido, el que hizo el mes pasado 
en la rogativa i procesión devota que se hizo a 
Nuestra Madre i Señora del Socorro, i^ue' entonces 
no se dejó la cera al Convento, sin embargo de su 
pobreza, i que de otro modo subiría el'gasto a una 
cantidad considerable, que como va espuesto, no 
puede sufrir esta ciudad, remitieron a su sindico 
con recado político a dicho Reverendo Padre Provin- 
cial para que se hiciese presente todas las razones 
anteriores, y que desde luego se costearía por esta 
ciudad toda la cera correspondiente a su comuni- 
dad, con la calidad que se devolviese Jinalitada la 
Junción. ■■ ' 

Y Jhabiéndose negado a esta proT^vi^^ '^ vol- 



— 82 — 

sistiendo en que se habÍ9> de dejar dicha (^sra» m> 
queriendo dichos señores omitir medio ni arbitrio 
de prudencia para facilitar tan santa obra, repitie- 
ron segundo recado por la persona del mismo sín- 
dico, repr^entándole de nuevo que en lo presente 
se hallaba exausta'la ciudad de .caudal, y que. en 
esta conformidad se pusiese la cera por la comuni- 
dad, para el efecto de la rogativa i se con tribuiría 
aj convento con la limosna de cuarenta pesos. 

Y habiendo recibido igual repulsa esta última 
propuesta, conferenciaron dichos señores el asunto 
i se trajo a consideración que la ciudad por su par- 
te habia practicado ya todos los oficios correspon- 
dientes aun con exeso, que las repulsas del Padre 
Provincial cedian ya en menosprecio de este ilustre 
ayuntamiento, que desde lu^o no pedia esta ciu- 
dad acceder a la contribución de la cera en la for- 
ma que pretendia dicho Padre Provincial, pues 
aunque en otra ocasión hubiese querido hacer esta 
limosna ni era forzosa por el mismo hecho ni pro- 
pia hoi verificarla por lo que llevaba expuesto, ma- 
yormente cuando tenian el exemplar reciente en la 
citada rogativa que se hizo a Nuestra Madre del 
Socorro, y en consequencia de todo acordaron últi- 
mam ente se saque efectivamente en devota proce- 
sión Eogativa a Nuestra. Madre i Señora de Mer- 
cedes,. Patrona de esta ciudad, el martes a la tai\ie:* 
tercero dia de su festividad, que se costee desde 
luego por esta ciudad la cera para los tríbanales^ 



— 83 — 

para que arda en dicha tarde en la iglesia i la ne-^ 
cesaría ^ra la comunidad oón la Vialidad precisa 
de que el síndico la reoooca luego qué concluya la 
función, que dicho síndico haga convite a loa parti- 
culares en la forma acostumbrada y que para eUo el 
Señor Correjidor, por la urjenciá-de la materia y no 
hallartse presiente el Señor Procurador General, pase 
este acuetdo ia la Real Audiencia, isin embargo del 
feriado, para que se apruebe el gasto que se impen- 
diere, y dé parte de lo acordado al Mui Ilustre Se- 
ñor Brésidente, Gobernador i i Capitán General. 
Y assí lo acordaron i firmaron dichos señores, de 
quedoifee¡. — Mateo de Toro. — -Fernando Bravo.'-^ 
Diego Portales-. — Antonio de Espejo.r^Andres de 
Rojas i la Madrid, — Jerónimo Joseph de Herrera i 
Moran. — Jiian Ignacio de Goioolea. — Antonio L. 
Luqiie Mo7'eno" 

Pero ni por aquel doble ruego, ni por la agua 
bendita del Socorro ni por la cera de la Merced, 
ablandó k rigorosa sequía, que como una ráfaga 
de fuego atravesaba el pais». 

Como la vírjen del Socorro no escuchó los ruegos 
de los santiaguinos, por descorteses, así la de Mer- 
cedes no les hizo una sola, por tacaños. ? 

Al contrario, la sequedad que: habia comenzado 
e"n 1670, o mas bien inmediatamente después del 
aluvión de 1768, arreció en 1772 hasta .el ^\JLVitod<6 



— 84 — 

amenazar con hambre a la población, i lo que era 
aun mas grave, de privar a los señores de la capital 
del placer i del orgullo de ir cada jueves a la ca- 
lle de la, Pescadería (hoi déla Neveiña) para arrojar 
un sonoro patacón sobre lá chigua de los costinos^ 
i llevarse en seguida, bajo la capa, arrastrando la 
sanguinosa cola por las baldosas de la acera, un 
congrio de vara i cuarta, que era la lei i medida de 
los notables. El último representante de esa j ene- 
ración de ayunadores perdurables que nos fué dado 
conocer eu nuestra niñez, ensartando patriarcal- 
mente su pescado en la totora, fué el conocido caba- 
llero don Bamon Osandon, que falleció en la víspe- 
ra de la resurrección de los notables. 

Pero volviendo al tiempo que pasó, es lo cierto 
que por la escasez de los pastos sospecharon los 
ediles de Santiago que iban a verse obligados a 
quebrantar el santo ayuno, i por el siguiente acuer- 
do pidieron solemnemente licencia al' Ordinario 
para que el vecindario pudiese no ciertamente proK 
miscuar (nefando crimen cuando se adoraba la bu-, 
la como sacramento) sino para comer carne cuatro 
dias de los siete de cada semana cuaresmal. 

He aquí ese curioso i promiscuo acuerdo del 26 
de febrero de 1773: 

tiAssí mismo acordaron que el señor Procurador 
Jeneral se presente ante el señor Provisor i Vicistria 



./• 



\ 



— 85 — 

Jeneral^ Gobernador del obispado, representándole 
z su señoría se halla este ilustre cabildo en inteli- 
jencia de la mucha escasez de los necesarios ele- 
mentos para cumplir en el todo el ayuno de la 
^santa quaresma presente, pues siendo tan contin* 
^Qte la conducción del pescado fresco assi por la 
<¡aBuaUdad de su pesca como porque aquella, no ha- 
biendo pastos para las muías, se hace en mas largo 
tiempo del regular i la de el pescado seco que vie- 
ne de Coquimbo, por el mismo motivo, no se ha tras- 
portado, como en otras ocasiones, concurriendo en 
lo presente la mucha escasez i mala naturaleza de 
verduras, principal abasto del pueblo i en especial 
déla jente pobre; motivos todos que precisan a 
este ilustre cuerpo a solicitar se dispense por su 
Moría se pueda comer de carne de los siete dias 
de la semana los quatro, como se lia hecJio en otras 
ocasiones de esta naturaleza; i que para que assí se 
haga se le dé por mí el presente escribano testi- 
monio a dicho señor Procurador Jeneral de este 
<»pítulo de acuerdo i assí lo proveyeron, lo manda- 
ron i firmaron. »» 

Entre tanto pasó la cuaresma, la semana santa, 
el lluvioso Pentecostés, la invención de la Cruz, 
jSan Juan i su húmedo verano, el lacrimoso San 
Pedro, el invierno entero de 1773, i el cielo de 
bronce permanecia impasible a los fervorcB^ ^ lo^ 

4t 



— 86 — 

candiles de cera, a los ayunos, a las nubes de in- 
cienso en los altares. 

Pasó a su tumo el año de 1774 i fué uno de lo» 
mas secos del siglo, i no fueron mas húmedos ni ma» 
benignos los subsiguientes, hasta que desesperados 
los estancieros i labradores, i desairados por todos^ 
los dantos i santas de la corte celestial, se confiaron 
a los brazos enclavados de la cruz del Señor de la 
Agonía en 1777. — El iracundo rostro del Señor de 
mayo hacíase dulce por aquella agonía de sed que 
duraba ya una larga década de rigorosos años. 

'^Acordaron (dice en efecto de los ediles el acta 
del 25 de junio de 1777) que con motivo de la es- 
casez de agua que se esperimenta por falta de llu- 
vias, por lo que se esperaba esterilidad de los cara- 
pos en el presente año i la conocida pérdida do 
ganados que se están muriendo con grave perjuaio 
del público i así del Reyno, que se haga Rogativa en 
la forma acostumbrada en otra necesidad al Señor de 
la agonía del convento del Señor San Agustín; 
qne asi mismo, siendo tan pública la escasez de ar- 
bitrios de todo el vecindario del barrio de la Chim- 
ba por cuya causa no pueden hacerse otras rogativas 
a Nuestra Señora del Rosario, intitulada de la Vi- 
ña, que para este fin se le den cincuenta pesos al 
padre superior de aquel convento, para que a un 
tiempo se hagan las dos i salgan en un mismo dia 
las divinas imájenes por las calles, i de este acuer- 
do se le dé testimonio al señor Procurador Jeneral 



— bl -^ 

para que cou él se presente a esta Eeal Audiencia 
para sd aprobación, i así lo acordaron i firmaron 
difihos señores, de que doi fe/' 
,' Habrá impresionado probablemente la devota 
atención del lector santiaguino, i en jeneral de los 
habitantes de las villas i los campos del valle cen- 
tral, una coincidencia curiosa de fecbas, que llevará 
algún alivio a sus ánimos atribulados por las secas. 
Porque boi dia, en que están en tan rebuscada 
moda los centenarios, no es poco consuelo haber 
celebrado el del año de los tres siete, que así se lla- 
mó en Chile el que en el presente conmemoramos 
con un verdadero diluvio de aguaceros, cuando 
aquel fué tan empedernido en su sequedad que ni 
cedió al enojado rostro del *'Señor de los temblo- 
res." El año de 1777 fué un verdadero chicharrón. 

Secas por secas, creemos sinceramente que nues- 
tros agricultores, que tan doloridamente se lamen- 
tan del contraste de los aguaceros "a la antigua" 
con los escuálidos del presente tiempo, no harían 
baen negocio cambiando las épocas i los años. 

Para esto les bastarla solo confrontar a 1777 con 
1877, i decidirse entre un siglo i otro siglo. 

* * 

' Habíase hecho a la verdad de tal manera penoso 
i difícil el arrancar las humedades a aquel '^cielo da 



— 88 ~ 

lindos soles" de que habla Pedro Valdiva, que iátf 
lluvias como las secas i como los temblores hicieron- 
se asuntos relijiosos, de períodos fijos, de plegarias fc 
de penitencias para los fieles. Inscribiéronse por 
tanto esos aniversarios en el almanaque del obispa^ 
do, i todavía puede leerse en cualquier calendario- 
de a cinco centavos estas leyendas que establecen los- 
dias consagrados, como entre los paganos, a los con.!* 
flictos pasados, que rijen todavía en nuestros rezos i 
son como el año cristiano de esta nación sin santos^ 
— Helos aquí: 

Junio 13. — Dia de San Antonio. — Bogacionesr 
públicas por los aguaceros. 

Julio 2. — Dia de la visitación de Santa Isabel- 
^ — Rogaciones públicas 2^or la secas. 

Noviembre 29. — Dia de San Saturnino. — Roga- 
ciones públicas po7' los tor conotos. 

* 
* * 

Falta ahora únicamente a los chilenos, juzgado» 
los mas beatos i los mas suspicaces habitantes del 
continente sud-americano, establecer un aniversa- 
rio especialísimo para las rogaciones públicas por 
los puentes de sus rios i por sus ferrocarriles. I por 
si tal evento sucediere, nos tomamos la licencia de 
recomendarles a San Juan Nepomuceno, a quien 
un rei de Bohemia echó de cabeza al rio de Praga 
-desde lo alto de su magnífico puente porque no 



— 89 — 

ooosintió en revelarle la confesión de los pecados 
de sa esposa... Puede que aai cada cual confíese los 
sayos i se esplique al fin satisfactoriamente la ca- 
tásiarofe. 

« * 

En medio de todas estas angustias, los agróno- 
mos del valle central tuvieron al fin una inspira- 
ción práctica, que aunque ilusoria en su ejecución, 
conduciría mas tarde a la solución radical que en 
vano solicitaban de la escasa pila del agua bendita 
de sus templos. — Tal fué el pensamiento de vaciar 
en el Mapocho, no el Maipo, sino el rio Colorado, 
con cuya vecindad se contaba equivocadamente casi 
como con la de un tributario. 

Era aquel de todas suertes un jiro nuevo impre- 
so a los espíritus, que se traduciría algunos años 
mas tarde por la ejecución del Canal de San Car- 
los, cuyo punto inicial dejamos ya trazado en la 
gTMi sequía con que se entró en este reino de Chile 
el siglo que pasó (1717.) 

El acuerdo del traspaso del rio Colorado tenia la 
fedia del 8 de enero de 1779 i decia testualmente 
como sigue: 

^'Acordaron que informado por noticias públicas 
el cabildo de la facilidad que hay de incorporar las 
aguas del rio Colorado con las de esta ciudad, ha 



— 90 — 

tenido por conveniente el despachar al alarife para 
que vea la facilidad o dificultad que puede recono^ 
cerse en este importante proyecto, levante plano 
de la situación del rio, cerros y demás circunstan- 
cias que pueden ofrecerse, y para su mayor inte- 
lijencia consultará lo que debe practicar en el 
asunto con el señor Correjidor i executará esta di- 
lijencia con los arreglos y prevenciones de que irá 
instruido y los presentará en es^te cabildo para en 
vista de ella, pedir lo que conviene librándosele 
para este fin onze pesos para su sufrajio i asilo pro- 
veyeron, mandaron y firmaron." 

En esta ocasión apiadáronse las nubes del cla- 
mor del pueblo i ocurrió durante este preciso año 
de 1779 el aluvión que dejamos recordado i que 
puso en peligro las estremidades del puente de caZ 
i canto, aún inconcluso. 

Pero fué aquel remedio excesivo en su dosis 
para la enfermedad de sed que padecia el pueblo 
i los campos, porque desarrollóse en aquella pri- 
mavera la rara enfermedad que se llamó el malsito, 
especie de fiebre amarilla en su forma mas benigna 
i que postró millares de infelices en improvisados 
lazaretos. 

Fué cansa principal de aquella singular dolencia, 
a lo que parece, el que pasada la inundación de 
abril, sucedióse un invierno sumamente seco, jus- 
tificándose así la teoría que hemos venido diseñan- 
do, de que los períodos de sequedad no son ea 



— 91 ~ 

realidad modificados por súbitos turbiones sino por 
períodos análogos de humedades atmosféricas. — 
Los aluviones parecen solo" fenómenos eléctricos, 
como los temblores verdaderos terremotos de la 
atmósfera, si la figura es permitida, pero que ejer- 
cen en la mutación de los elementos constitutivos 
del clima una influencia menos poderosa que los sa- 
cudimientos puramente terráqueos del globo en que 
como equilibristas, mas que como parásitos, vivimos* 
Al menos los terremotos seculares i aun los sim- 
ples temblores, después de largos períodos de se- 
^ quedad, han sido seguidos invariablemente de gran- 
¡ des aguaceros, i al contrario las sequías han 
continuado su curso después de los mas violentos 
aluviones. 

Quedó esto último comprobado en el invierno de 
1779, porque el 3 de agosto de ese año reunióse el 
cabildo, i sus conséjales »»dijeron que respectode.es- 
; tar esperimentando la ciudad i sus campañas alguna 
esterilidad por la escasez de lluvias i las muchas pes- 
tes que se ha introducido, provenida de esta misma, 
de que resultan las muertes repentinas i accidentes 
de que se hallan contajiados sus vecinos, a fin de im- 
plorar el beneficio de la divina misericordia i evitar 
todas estas calamidades por medio de la intercesión 
' de sa poderosa madre se dedique una rogativa a 
Nuestra Señora del Socorro que se venera en el 
eonvento del Señor San Francisco, según i en la 
finma que se ha ejecutado en otros ano^ i^ot X^vx^^*^ 



— 92 — 



aecimientos^ i el síndico mayordomo hará los ga»- 
)a correspondientes^ presentando una cuenta insr 
ruida de los que verificase. " 






Pero ni aun por estas preces in extremis se alteró 
en lo menor la tenaz condición del clima en aque- 
lla larga era de quince años, que tan a lo vivü iho- 
cuerda la que un siglo posterior, i en época casi 
análoga, hemos estado esperimentando, con mucho 
menor intensidad, los que todavía sobrevivimos, mn, 
pestes i sin muertes repentinas, a las secas que co- 
menzaron en 1863 i que han durado hasta la vía- 
pera de esta fecha. 

¿Es por ventura la sequía de este último tercio 
del siglo XVIII simplemente la reproducción pe- 
riódica i secular de la que aflijió al que le prece"* 
diera? 






No entra en nuestro propósito asentar teorías 
esclusivas ni menos empíricas doctrinas de falso sa- 
ber, sino simplemente desenterrar anotaciones per- 
didas, que cual las columnas miliarias de los anti- 
guos, o las apachetas de los incas, sirvan a los que 
vienen en pos de nosotros para no estraviar su de- 
irrotero en el desierto. 

Por esto nos limitaremos a agregar que la gran 
seca que habia comenzado para nuestros abuelos 



— 93 — 

^a 1770 86 prolongaba todavía con todos sus rige 
en 1781. 

"Dijeron, apuntaba en efecto el secretario doi 
kbildo en una acta de aquel año (mayo 1 8) los se- 
capitulares que por cuanto es jeneral el clamor 
vecüidcirio por las coniunes aihmidacks que se espe- 
K:"¿iaentan, así por las muchas enfermedades que se 
íen en la ciudad como por la mortaiiddd de gaiut- 
i atrasos de las sementeras, provenuh todo de la 
jfhdta de aguas en estación tan avanzada, lo que 
siTuenaza una total ruina a la república y funestas 
consecuencias para todas sus dependencias, y te- 
^^iendo presente qne en iguales conflictos ha obteni- 
do siempre esta ciudad el alivio de la Divina Pro- 
"videncia, con portentosa i visible magnificencia, 
xnediante la protección de Nuestra Señora del So- 
corro, Patrona de esta ciudad, determinó el que se 
implorase ésta con una rogativa pública y solemne 
que deberá hacerse con asistencia de este ilustre 
cabildo i del vecindario de esta ciudad en la iglesia 
íel convento grande del Señor San Francisco, por 
tórmino de nueve dias a la hora i en la forma acos- 
tambrada, desde el dia lunes 2 1 del corriente, con- 
clajéndola con una procesión igualmente acostum- 
brada, y para que se logre tan importante objeto 
con la mayor devoción, acordaron igualmente que 
J señor Procurador Jeneral de ciudad se presente 
idiendo al mui ilustre señor presidente para que 
señoría mande que todos los mercaderes ^ ci tü«- 



— 94 — 

tas de la ciudad cierren 3us oficinas publicas de las 
precisas horas de la función, amonestándoles para 
que concurran personalmente a ellas bajo la inulta 
i apercebimiento que fueren de sü superior arbitrio, 
haciendo publicar previamente por bando su supe- 
rior providencia. 

"I por cuanto actualmente se halla la ciudad sin 
fondos de sus propios para el costeo de tan nrjen* 
te providencia, acordaron que el dicho Señor Pro- 
curador Jen eral haga el suplemento del arbitrio 
que tienen acordado de ocurrir a otras urj entes 
necesidades, y que igualmente corra con todo lo 
tíoncerniente a su verificativo." 



« « 



Las cosas subieron todavía a mayor estremo 
apesar de la devoción impuesta con multa a los ve- 
cinos i a los artistas de la ciudad, en el año sub- 
siguiente de 1782, i aunque haya pasado hasta hoi 
como inverosímil conseja del vulgo la de que ea 
ese dia domingo (que lo fué él 1."* del mes de junio 
de aquel año) se dejó de decir misa en la iglesia 
parroquial de Renca, porqice no huho agiui para las 
vinqjerasy es éste un hecho real, positivo e histórico 
que consta de una acta auténtica del cabildo, cuyo 
tenor testual habremos de publicar mas adelante. 

Tuvo lugar ese hecho curioso i estraordinario de 
sequedad atmosférica i de miseria humana el do- 
mir^o 2 de mayo de 1782, 



— 95 — 



« « 



IJsin embargo, ese año fué la víspera de la ave* 
nida gra7ick! 

Tembló en efecto con fuerza el 13 de abril de 
1783, i desde entonces se preparó el imponente fe- 
nómeno del cual vamos a dar cuenta de lijera en 
el próximo capítulo. 



CAPÍTULO V. 

La avenida grande. 



''La avenida (j[uc se e8x>erimcntó en el presente afio 
fué tan copiosa i abundante que no se ha visto otra 
mayor desde la fundación de la capitaL" — Carla iné- 
dita del cabildo al rei de, España^ en acuerdo de di- 
ciembre 20 de 1783.) 

■ '*Parccia que Neptuno 
Dejando su antiguo puesto 
Se difundia en las Nubes 
Sin mirar con su respeto, 
I liquidando los Mares, 
Juzga que del Firmamento 
Llover Océanos hizo 
Para nuestro sentimiento." 
{Romance de una monja Carmelita sobre la avenida 
(jratide, — ^Lima, 1783.) 

Temblor que precede ala avenida grande de 1783. — Copiosas lluvias del 
mes de mayo. — Las defensas de la ciudad. — Puntos débiles. — La 
Cañada, la Cañadilla i las calles paralelas al rio. — La calle de Santo 
Domingo i las hormigas. — Nueve dias consecutivos de lluvias. — 
Estalla la avenida grande el 16 de junio, — Revienta los tajamares dé 
Ortiz de Hosas, i la Cañada corre como un rio invadeable. — ^Inunda- 
<;ion de las calles principales de la ciudad, — £1 rio ocupa las calles 
de San Pablo, las llosas i Santo Domingo. — Inunda la Cañadilla i el 
llano de Santo Domingo.— rlnminente peligro c^xie corren las monjas 
del Carmen Bajo i son sacadas a caballo de la iglesia en que se re> 
fiíjiaron.-— £1 romance de una monja. — ^Aspecto de la ciudad en la 
tarde del 16 de junio. — £1 brazo de la Cañada se une con el cauce 
príncipaL —Terror del vecindario. — La ciudad queda Incognosihle. — 
£1 cabildo enfermo de incurable pobreza i el presidente Benavides 
de un violento cólico, — £1 arquitecto Toesca reúne algunos peones i 
Be los quitan los particulares. — Manda el presidente cortar cmoo mil 
estacones para tapar los portillos de los tajamares, i el cabildo i ve- 
cindario resisten esta medida. — £1 injeniero militar Badaran formji 
los planos i presupuestos de los actuales tajamares. — Siguen nueve 
«ños de autos i traslados. — ^£1 presidente 0*Higgins acomete vigoro- 
samente la obra, secundado por don Manuel Salas i el arquitecto 
Toesca. — £1 salario de este hombre ilustre. — ^¿Se canalizará alguna 
vez definitivamente el Mapoiiho? 

Hemos ya insinuado que entre la vaguedsA dsv 
]pi8 fenómeinoa znetereolójícos que no lia eoTccgvi^aa.- 



— 98 — 

do la ciencia, ni siquiera removido la curiosidad de 
los contemporáneos, aíparecen con cierta fijeza es- 
tos dos hechos seculares: 

Después de una dilatada seca, un violento alu- 
vión de otoño. Después de un recio sacudimiento 
de la tierra, un invierno excesivamente lluvioso. 

* 
* f 

De igual manera aconteció él año de la avenida 
grande de 1783, como acaba de acontecer con tan 
señalados i lastimeros desastres en este año de 
1877, que se llamará probablemente en plural — "el 
año de las avenidas grandes", después de los gran- 
des terremotos. 

Ocurrió, en efecto, el 13 de abril de aquel año un 
recio temblor, seguido de una serie de sacudimieu- 
tos mas lentos, pero alarmantes, que se prolonga- 
ron durante la mayor parte de aquel mes. 

En consecuencia, el mes dé mayo fué excesiva- 
mente lluvioso, al punto de que el 3 de junio, por 
la aglomeración de las aguas, tuvo lugar una alar- 
mante riada en el Mapocho. 

Pero cuando verdaderamente comenzó a prepa- 
rarse \Q,aveniday fué én el mismo dia dé la riada o 
crece repentina del torrente que parte la capital en 
dos porciones. Porque es preciso tener presente 
queaaí como ios españolea ' Uamban agiáooeros a 



— 99 — 

Us lluvias cortas i violentas que no obedecian a 
períodos fíjos^ así denominaban riadas las creces re- 
pentinas del otoño o del estío en que eran mas 
parte del daño i del abultamiento de las aguas in- 
flaencias eléctricas que los aguaceros. Propiamente 
acostumbraron nuestros abuelos llamar avenidas \sía 
que eran el resultado de copiosas i dilatadas l\\x^ 
vias invernales. 

En este sentido las avenidas del mes i año en 
que escribimos, enfermos de mojaduras, pero *'nó 
muertos todavía," no carecen de cierta semejanza 
por su magnitud, orfjen i estación con la avenida 
grande del mes de junio de 1783. Esas semejanzas 
son todavía mas acentuadas con la avenida de 1827. 

Pasamos a referir -aquella en seguida, reprodu- 
ciendo nuestras propias relaciones rejuvenecidas 
por nuevos estudios i documentos que harán asis- 
tir al lector como desde un observatorio a aquel 
panorama de inundación que ha hecho pensar en 
«stos dias a muchas jentes de anchas creederas que 
habia vuelto la era del diluvio. 

Hemos ya descrito el lecho, la concavidad jeoló- 
jica (900 kilómetros cuadrados), la pendiente (1.60 
metros por ciento), el escaso caudal usual i las acos- 
iamfaradas creces de las aguas del Ma^cx^o. 

310235 



— loo — 

Hicimos fcambien una relación suscinta de la^ 
líneas de sus tajamares, que ceñían la ciudad por 
la banda meridional del rio, atajando especialmen- 
te el ímpetu de las aguas en la dirección de la Ca- 
ñada, que ya era una avenida urbana de importan- 
cia en la ciudad, como antes habia sido lecho de^ 
avenidas seculares. 

Los alarifes habian mutilado así uno de los bra- 
zos del Mapocho. 

La Cañadilla, que para completar la figura po- 
driamos llamar con alguna licencia el brazo iz- 
quierdo del torrente, habia sido también impruden- 
temente cegada por la mole de un claustro i de nit 
molino construido hacia diez años (1773) mediante^ 
el capricho i lucro de un señor feudal que allí es- 
condió la doble sepultura de sus dos únicas hijasr 
la sepultura del mundo i sus gratos devaneos, la 
sepultura de la tierra i sus gusanos tenebrosos. 

Los tajamares de Ortiz de llosas, como los de^ 
^' "^ de Lillo, no habian sido sin embargo deli- 
'r^vxüS conforme a los principios científicos que di- 
rijieron el lápiz del injeniero i el plomo de los alba- 
ñiles en la presente muralla de defensa, que en breva 
completará un siglo de orguUosa existencia. Con- 
sistían aquellos únicamente en un muro corrido de 
cal i piedra con escaso cim;iento i con un espesor 
que apénaa excedía a la unijversal medida de aque« 



y ■ 

••• 



\ 



— 101 — 



los tiempos: la vara castellana de treinta i seis pul- 
gadas. 






Por la márjen del norte no existia ningún repa- 
ro, escepto el de las macizas paredes de algunos, 
viejos molinos de cuchara i de rodezno. La Chim- 
ba estaba completamente indefensa, escepto por el 
manto milagroso de Nuestra Señora de la Viña. 
El puente del presidente Henriquez, sobre los ves- 
tijios de cuyos machones se reedificó después de la 
avenida de 1827 e\ pítente de palo ^ habia desapareci- 
do en la porfiada sucesión de los aluviones del si^ 
glo, hasta quedar parejo con el álveo del rio. 

Eu cambio, el gran puente del correjidor Zañar- 
tu acababa de ser terminado en el verano de 1782, 
1 por un efecto curioso de visual en los que delinea- 
ron sus perfiles, habia sido construido de atraviesa 
sobre la corriente, como aseguran lo fuera el monu- 
niental viaducto del Claro, hoi triste ruina. De 
esta suerte, si es cierto que el pítente de cal i canto 
daba paso a las aguas por aquellos de sus once ojos 
que no quedaban en seco, estaba también destinada 
a servir de represa a las aguas embancadas por ár- 
boles i todo jénero de ruinas en sus creces. 






Los dos puntos esencialmente débiles de la lí- 
nea de defensa, eraii, en consecuencíva . ^'^ \o o^^ 



— 102 — 

venimos diciendo^ la cabecera del cauce de la Ga^ 
nada, tnarcada todavía por una vieja pirámide trun-; 
cada i sus ruinas adyacentes en las Cajitas de agud^ 
i el banio de la Cañadilla, que era la parte mas baja 
de! perímetro norte de la ciudad, como el lecho 
de la Cañada lo era por su costado sur. 

* * 

En cuanto a la ciudad misma, cuya población 
no excedia entonces de la que hoi alberga Talca, 
no ostentaba sino sus viejos templos enmuralladoa 
contra los temblores, con poderosos estribos, i sus 
casas de zaguán i mojinete, con dos acequias hon- 
das, la una a su frente inundando la calle, i la otra 
por su fondo inundando el lavadero i la cocina. 
Ninguno de los grandes edificios públicos que nos 
legaron los españoles, las Cajas, la Cárcel, la Mo- 
nedaí el Consulado, la Aduana, existian todavía. 

El ilustre cuanto desventurado Toesca acababa 
de llegar de Roma. 






Por el rumbo de los barrios del sur, la Cañada 
era una serie de quintas. Por el de la Cañadilla 
corrian las chácaras, comenzando por la que don 
Luis de Zarate habia dado en dote i en mortaja a 
fius hijas enclaustradas (hoi población de Ovalle), 






— 108 — 

Por último^ la ciudad hacia el poniente apént 

IJegaba al callejón de Negrete, nombre de un bueí 

irecioo que allí tenia su finca de maiz i de zapallos 

al paso que las calles de San Pablo, las Bosas ] 

Sa^nto Domingo se diseñaban laboriosamente sobre 

aX antiguo i abandonado álveo del rio. 

La última, como calle moderna i por hallarse 
psbralela al camino de la cuesta que en breve se 
Isi-trara en dirección a Valparaiso, i por su proxi- 
nciidad al recien construido puente, vehículo del 
rioo tráfico de valiosos efectQ3 europeos traídos 
a* lomo de muía desde Buenos Aires, adquiría 
y«t cierta importancia, — Los antiguos atribulan, sin 
embargo, la profusión de hormigas que todavía bro- 
ten en sus solares, a la circunstancia de haber si- 
do delineada en el basural primitivo que por esa 
direccioa embancó el rio. Domésticamente nues- 
tras abuelas, cuidadosas de su almíbar, llamaban la 
de Santo Domingo »»calle de las hormigas. »» 

« « 

Tal era la disposición de la ciudad i de sus de- 
fensas cuando comenzó a hincharse en los senos de 
los Andes la memorable oícmida graride, que marca, 
íomo el terremoto del Señor de mayo, una de las 
randes etapas de la memoria del pueblo, que cuen- 
. los sidos humanos por sus propias calamidadea 



— 104 — 

Desde el 3 de junio, día de la riada precursora 
que dejamos recordada, continuó, en efecto, Uovien-r 
do con tal violencia, que la primera quincena de 
aquel mes fué un deshecho temporal. En la'maña* 
na del 16 iban contadas 209 horas de incesante 
lluvia, que equivalian a nueve dias, no interrumpi- 
dos por un solo minuto de tregua. 

'*Desde el amanecer, i aun desde la noche anterior, 
la caja del rio presentaba en todo su curso un as- 
pecto sombrío i aterrador. Inmensos i bramadores 
remolinos de agua hacian bambolear desde sus ci- 
mientos los antiguos tajamares, i arrastrando ha- 
ciendas, ganados, inmensos árboles descuajados de 
raiz i hasta ranchos con su techumbre intacta, des- 
de la cual los gallos i otras aves arrojaban pavoroso» 
gritos, corría todo j unto i con no pocos cadáveres, 
embocándose con una furia irresistible por los once 
espaciosos arcos del puente, que iban haciéndose 
por minuto mas i mas estrechos para dar paso al 
tremendo aluvión. Contaban los antiguos que el 
agua podia tocarse con la mano desde la borda del 
puente, i aun que desde allí recojieron algunas rús- 
ticas cunas que llevaban incólume su depósito. Pe- 
ro en los documentos que hemos consultado dícese 
solo que el agua llegó hasta el nacimiento de los 
arcos en los estribos. 



— 105 — 

■ "Arreciaba, entre tanto, por momentos el hura* 
can del norte, i a la tarde, convertida la campiña i 
la ciudad en un inmenso lago i el rio en un desen-^ 
QMlenado aluvión, postró de un golpe los tajamares 
en diversas direcciones, socabándolos por sus ci- 
mientos, pero sin llegar a quebrarlos, como puede 
observarse todavía en sus escombros. Catorce cua- 
dras de malecones, que habian costado mas de cien 
mil pesos hacia solo 25 años, fueron arrasados de 
esa suerte aquel aciago dia. 

"Rompió priinero el turbión por la que se lla- 
maba chácara de Balmaceda, en la parte mas orien- 
tal de los actuales tajamares, e inundó con inmen- 
sos estragos todos los campos bajos de esa dirección. 
En seguida tronchó los malecones frente a la 
Quinta Alegre de la familia Alcalde, i embocando 
con terrífica furia por su antiguo lecho de la Caña- 
da, bañó la ciudad en esa dirección, interceptando 
ambas aceras, de tal modo que ni a caballo se atre- 
via nadie a pasar. Por esa parte el estrago, sin 
embargo, no era de grave consideración, debido a 
qué lo anchuroso del lecho daba cabida a las aguas 
i evitaba que vencieran las barreras que los asus- 
tados vecinos les ponian en algunas de las boca- 
calles laterales. 

'Tero la mayor intensidad de la avenida habíase 
cargado a Ja banda opuesta del rio, en ^vt^^¿\Q\i ^^ 



— 108 — 

su otro cauce natural i mas estrecho, llamado por 
esto, según dijimos, la Cañadilla. Por ese rumbo 
el turbión no respetó nada i desbordó con una 
yebiemeiicia prodijiosa por ambos lados d0l sólido 
puente que en gran manera le servia de represa i 
aumentaba su ímpetu. Hacia la ciudad metióse a 
la vez por las tres calles laterales de San Pablo, la» 
llosas i Santo Domingo, atrepellando quanto en- 
contraba a su paso, i hasta que, un tanto amortigua- 
do en su carrera en la llanura llamada poco mas 
tarde de Portales (Yungai), mezclábase con el braza 
de la Cañada, que descendía en densas sábanas de 
agua i espuma por el lado de Chuchunco. En la 
dirección de la Chimbar se esparcia por todo el es^ 
p.acio de chácaras i conventos que se denominaba 
el llano de Santo Domingo; arrasaba como una hoz 
segadora los ranchos del pobre vecindario que se 
albergaba en esa dirección; convertía en un erial la 
preciosa quinta del correjidor. Zañartu, ya difunto^ 
i por último, rodeaba como un mar el moaasterio 
del Carmen, que, como su nombre vulgar descubre,, 
estaba situado en un bajío. Divisada la ciudad al 
caer la tarde de aquel tremendo dia desde lo alto 
del puente i de las torres, parecia solo un inmensa 
naufrajio azotado por las olas. 

I era de notarse que sólo en el dantro mas de 
cerca amageiáo por el aluvión reinaba la paz de la 



— 107 — 

confianza: tan profundo era el apartamiento del 
mundo en que aquellas siervas de Dios i de su 
correjidor vivian. 

♦ 

«La mañana asi pasamos, 

sin saber el detrimento 

que ya causaban las Aguas 

en la Muralla i Cimiento, 

porque nada nos decían, 

atendiendo el sentimiento 

que era regular tener 

en riesgo tan manifiesto. 

A la una i media del dia, 

con mas que casual intento, 

subieron dos a la torre, 

j al correr la vista, es cierto, 

que cubrió sus corazones 

mortal desfallecimiento^ 

viendo que el Rio arrancaba 

los Tajamares de asiento, 

i con ímpetu batia 

sin defensa en el Convento, 

se encontró para el arbitrio, 

sin máijen el pensamiento, 

i tocando las Campanas 

a Plegaria con intento 

de que nos favoreciesen, 

no se veia movimiento, 

de que hacerlo procurasen, 

pues estaban mui de asiento, 

en el Puente i latibera 

con pávido desaliento, 

mas de cinco mil personas, 

que con clamor i lamento, 

causaban mas confusión, 

que alivio a nuestro tormenta > (1). 



{1) BaaoMocd <^t»do (^ckm-de Santiago, 1862| piV ^V 



— 108 — 






**De esa suerte, las infelices monjas de San Ka* 
fael, completamente aisladas de todo auxilio, se ha- 
llaban en el mas inminente riesgo de ser ahogadas. 
Aquellas santas mujeres corrieron a asilarse a la 
iglesia, atravesando los claustros con el agua a la 
cintura; pero encontraron que aquella subia ya ma» 
de una vara dentro de su recinto. Desesperadas de 
salvarse, se refujiaron en el coro, clamando a Dio» 
por misericordia, rezando unas las últimas preces, 
cantando otras las letanías de la gloria, que ya les 
abría sus eternas puertas. De esas impresiones ha 
quedado una pajina viva e injenua, trazada por uno 
de esos seres, que hizo un canto a la memoria de 
aquel lúgubre lance. 

"Entre tanto, el evanjélico Aldai habia obligada 
a atravesar el puente, bajo precepto de obediencia, 
a tres hombres animosos, portadores unos de la or- 
den perentoria de que abandonasen el claustro, que 
sin ese permiso no pódian salir sin sacrilejio, otros 
con barretas para derribar las paredes. 

^'Echando, en efecto, al suelo algunas de éstas, 
mediante los esfuerzos del vecino don Pedro Gar- 
cía Bésales, el agua detenida en los claustros i en 
la iglesia pudo ganar cauce, i de este modo, en- 
trando algunos jinetes dentro de la iglesia misma, 
salvaron entre monjas i sirvientes veinte i ocho in- 
íehcea mujeres, que fueron hospedadas caritativa^ 

\ 



— 109- — 

meixte durante tres meses por los recoletos fran- 
ciscónos, a título de buenos vecinos. Aquella fué 
la ti nica vez que las dos hijas del correjidor, huér- 
faa^M ya de su padre, no así de Dios, vieron otra 
ves el mundo, i acaso solo entonces confírmaroa 
en s u corazón el terrible voto que otros habiau 
heclio por ellas. (1) 



(1 y S.e aquí algunas curíosas peripecias del romance, peregrinación i 
Si^^i^l^ de las monjas por un agujero "como aceitunas", según contó, 
ocult:^^ tras su velo negro, la poetisa ya citada i cuyo nombre "en el mun» 
4o" ei^ García de la Huerta. 

"Enderezamos los pasos 
hacia la Huerta, creyendo, 
que au muclia elevación 
favoreciese el intento; 
pero también encontramos, 
inimdado aqnel terreno, 
pnes no cesaban la» aguas, 
de descnademar el Cielo. 
Viendo en este estado el caso, 
i que entreteniendo el tiemix> 
se acercaba mas la Noche, 
i el x)eligro iba en aumento; 
arbitraron taladrar 
la muralla con intento, 
de que huyendo por allí, 
tomásemos mejor puesto. 
Ejecutóse al instante 
el discreto x)eusamiento, 
pero con la precisión, 
fué el taladro tan pequeño, 
q ie al Sivlir, mas que Aceituna, 
se nos aprensaba el Cuerpo. 
No sacam(» con nosotras, 
mas que a Nuestro dulce Dueño 
que pendiente de la Cruz 
nos daba a sufrir ejemplo". 

B^ére en seguida la monja peregrina i de no tan fea musa cual era la 
^ m tiempo, cómo sacaron a ellas i sus compaüeraa cargadas Iq& ^^oatüsa. 



! 



"El capellán de las monjas, frai Manuel de fc^ 
Puente (nombre propicio en tan apurado lance), ha--' 
bia conseguido también salvar la Eucaristía i la^ 
Custodia. Todo lo demás del templo quedó perdi- 
do o deteriorado en gran mancipa. 

"Siguió la noche, i ésta naturalmente fué mu- 
cho mas terrible. El huracán no cesaba un solo 
instante, i en medio de su fragor se oia solo el apa^ 
gado son de las plegarias en los caúipanarios de la 
aterrada ciudad. 

"Todos velaban. 

"La ansiedad era terrible. Un dia mas de tempo- 
ral, i Santiago desaparecería bajo un lecho de agua, 
como en mayo de 1647 habia desaparecido por el 
fuego subterráneo del terremoto." 



con grandes risotadas; cómo las embarraron; cómo las llevaron en ancas 
a la Recoleta Dominica; cómo por alumbrarles de noche con faroles se 
espantaban los caballos; como el provincial dominico frai Sebastian Dias 
era **el mas cabal sujeto que han producido las Indias" i cómo alas mon- 
jas **les fué preciso el andar por algún tiempo con zapatos délos padres** 
en el claustro de su alojamiento. 

• 

"Donde nos haüamoe ahora 

con comodidad i aseo, 

en tres Claustros bien labrados 

con mui delicioso huerto. 

Oficinas necesarias, ■ 

i sobre todo el recreo 

del Coro con su Capilla, 

que aunque este es algo pequeño, 

enoienra la Magostad, 

que oonüene todo el Cifilo^. 



— 111 — 






Mas^ por una rara ventura, a las diez de la niaña- 
^^ del siguiente dia 17 de junio calmó súbitamen- 
^ el norte, dismitiuyó la lluvia, apagó el rio su 
violencia i la ciudad quedó salvada. 



* 
« « 



La capital entera habia sido, no obstante aque- 
llos esfuerzos siempre imprevisores i tardíos, com- 
pletamente anegada en todo su perímetro. No era 
aparato de metáfora decir que la ciudad era una 
laguna i el peñón del Santa Lucía una abrupta i 
pintoresca isla, como en los siglos prehistóricos en 
que el llano central de Chile fué la estuaria de un 
inmenso lago cuyas olas lavaron las faces pulimen- 
tadas de aquellas atrevidas rocas de basalto i de 
granito. Los turbiones de agua corrían libremente 
de la Cañada al rio por aquellas de sus calles de 
atravieso que no tenian el reparo de altas esplana- 
das, como en otros tantos cauces desbordados. — La 
isla en que habia sido edificada Santiago al abrigo 
del Santa Lucía, habría corrido así la reciente suer- 
te de las del Maule i del Kuble, sin el salvador 
soporte del pefion histórico.— :-"El vecindario, dice 
el cabildo de Santiago en el documento inédito que 
hemos citado eñ el epígrafe de la presente relación. 
Tala correr las aguas por las calles públicas v ptrn-» 



— 112 — 



* 



Pero era preciso, agregábamos en la relación 
que hace diez años escribimos de este memorable 
suceso i que aquí por brevedad reproducimos en 
fragmentos, era preciso ocurrir en el acto a reparar 
los destrozos, a fin de evitar nuevas catástrofes. I 
aquí comienzan las peculiaridades de nuestro suelo, 
que a fuerza de ser jenuinas de él, acontece llamar- 
las únicamente cosas de Chiles i son las que vamos a 
contar. 






**Una vez que el temporal plegó sus alas i pu- 
dieron vadearse las calles de la ciudad, dióronse 
cita los capitulares a la sala de acuerdo.. Tuvo lu- 
gar esta sesión a las siete de la noche del 18 de ju- 
nio; pero el cabildo resolvió que nada podia hacer 
por salvar la ciudad, '^respecto que de sus propios," 
dice el acta, ''no hai dinero efectivo alguno." Lo da 
siempre. El cabildo solo acertó a pedir mil o do» 
mil pesos al presidente o a algún usurero, si aquél 
no lo tenia, a cuyo íln quedó mui suficientemente^ 
autorizado el procure^or de ciudad don Juan Ig»* 



1 



cipáles sin poderlo remediar, tomando por parti»-^ 
de desalojarse de sus habitaciones para asegurar 
salvar las vidas, quedando de esta suerte tan des 
gurada la ciudad que es incognosibley aun de los pr 
pios que viven i se han criado en ella." 



^ 113 — 

nació Goy colea. Pedido el subsidio, cada rejidor 
fuese a su casa a secarse al amor del brasero i del 

subsidio." 

* 
* * 

Damos en seguida copia de aquella resolución de 
* 'cobre allá'' que era el continuo i casi único arbitrio 
a que el ocioso e impotente ayuntamiento de la ocio- 
sa ciudad alumbraba en sus apuros. — Dice así tes- 
tualmente: 

"En la ciudad de Santiago de Chile, en diez i 
ocho dias del mes de junio de mil setecientos ochen- 
ta i tres años, los señores de este ilustre Cabildo, 
Consejo, Justicia i Reximiento estando en su sala 
de Ayuntamiento, como a las seis horas de la no- 
che, en cabildo estraordinario, tratando los reme- 
dios conducentes al reparo de la ruina que amena- 
za en la actualidad el rio de esta ciudad, despue» 
de los estragos que han ocasionado las avenidas que 
acaban de esperimentai-se i que actualmente se es* 
tan padeciendo por el destrozo que han hecho las 
aguas derribando enteramente todos los diques o 
tajamares que habia para el resguardo de ella, de- 
jándola totalmente espuesta en lo subsesiyo i en la 
mayor consternación a sus habitantes; 
. "Después de haber considerado la materia con el 
mas maduro examen, reconocido el terreno i oido a 
lo8 peritos sobre el modo de proveer provisional- 
mente de remedio en esta urjencia, acordaron que 



— 114 — 

en los muchos sitios de donde se ha llevado el rio 
los tajamares í por donde se introduce precisamen- 
te en la ciudad se construyan los mas fuertes re- 
paros que caben en palizadas, estacadas i pies de 
cabras, cargados sobre fajinas i otros arbitrios que 
ocurran a los intelijentes: I que no pudiéndose al 
presente calcular el dinero que haya de invertirse 
en esta obra, se haga presente al mui ilustre señor 
presidente, gobernador i capitán jeneral qué ha- 
llando por conveniente esta resolución del cabildo 
se sirva su señoría destbiar la cantidad de mil o dos 
mil pesos para que inmediatamente se ponga mano 
a esta urjentísima e importantísima obra, nombran- 
do las personas que deban correr con ella, tanto 
para la administración del dinero como para la ins- 
pección i dirección de los trabajos, mandando igual- 
mente que todos los reos que hubiesen en las prí^ 
siones públicas de esta ciudad se pasen a ella. 

"I respecto de que en sus propios no hai dinero 
efectivo alguno para contribuir a estos gastos, se libre 
la dicha cantidad i lo demás que pueda necesitarse 
del ranio de halanzaj con la calidad de que en caso 
de que por algún accidente tampoco lo hubiese en 
el dia en dicho ramo, se le conceda al señor procu- 
rador jeneral de ciudad la facultad correspondiente 
para tomarlos a interés, obligando dicho ramo o 
impartiendo su señoría, como testigo de todo lo es- 
puesto, las providencias que tenga por mas conve- 



— 115 — 

nientes a la conservación de la ciudad i tranquili- 
dad de sus habitantes." 






En cumplimiento de lo dispuesto en aquel acuer- 
do de paños tibios, después de tan crecida mojada, 
apersonóse el procurador de ciudad al anciano pre- 
sidente Benavides i encontrólo gravemente enfer- 
mo, en cama, padeciendo los dolores de un violento 
cólica — ¿El bondadoso presidente habia encerrado 
acaso a Eolo en sus entrañas para librar la ciudad 
de la prosecución de sus furores? 

De todas suertes, es lo cierto que el temporal de 
1783 terminó en el cólico del presidente Benavi- 
des, que se halla enterrado en nuestra Catedral al 
pió de su altar mayor, i esto fué todo lo que se hi- 
zo, conversar, pedir prestado i en seguida arrimarse 
al secador i a sus olorosos vaoores de alhucema. 






Lo deinas que se hizo para reparar los estragos 
causados por la avenida grande está contenido en 
el pasaje siguiente, que es una pajina digna de 
nuestra historia, prolongado cólico de una cuidad i 
comarca que se llamó reino, pero que no tuvo sino 
siervos de la parsimonia i la rutina. 

"Fueron las principales de aquellas medidas, cu- 
ja ejecución urjia minuto por minMto, e\ cjoi^ ^^ ^w- 



— 116 — 

viase a los tajamares todo el personal del presidí 
de cadena, que en ese día constaba de veinte i cua- 
tro reos, siendo que en tiempo del correjidor Za- 
ñartu, hombre de cal i canto como su puente, pasa- 
ba siempre de cien; autorizar el enganche de cua- 
drillas de peones a jornal; que se cortasen árboles 
-en las alamedas públicas i en los huertos particula- 
res para formar estacadas provisorias, i por último, 
que el arquitecto de la Catedral, don Joaquín Toes- 
<5a, asociado con el alarife, don Fula.no Arguelles, i 
-el maestre mayor de aquella iglesia, pasase a dirijir 
urjentísimos i salvadores reparos. 

"El cabildo volvió a reunirse en ese dia i acordó 
liacer una derrama de seis mil pesos sobre el vecin- 
dario, después de la gran derrama del rio, lo que, a 
la verdad, podía decirse, cumplía con exactitud el 
refrán de llomr sobre enojado. 

"Pero los santiaguinos no entendían de chanzas 
ni de proverbios, ni menos de otras derramas que 
las de sus propias chácaras sobre el camino público. 
Por lo tanto, rehusaron perentoriamente el que se 
cortase una sola rama de sus arboledas, i no con- 
tentos con esta negativa, comenzaron a quitar al 
afanoso Toesca, para sus propíos menesteres parti- 
culares i egoístas, los pocos peones que aquel había 
logrado reunir bajo su intelíjente víjílancía. 



— iir — 



) 

L- 






^'Irritado el artista italiano con aquel procedi- 
mientOy i paralizados al fin los trabajos, por falta 
de bmzos i de postes, dio cuenta al capitán jeneral 
de lo que sucedía el 10 de julio, i éste, partici- 
pando de su enojo, espidió en el acto un decreto 
ordenando que de todas las chácaras del valle se 
sacaran a prorata cinco mil estacones de cinco va- 
ras de largo para formar siquiera palizadas provi- 
sorias en los principales boquerones abiertos por el 
aluvión,! que, con fauces erizadas de escombros, 
estaban amenazando tragarse de nuevo la ciudad. 
*'I aquí fué que el cabildo saltó a la palestra co- 
mo si los cinco mil palos hubiesen caido sobre su 
amarillenta espalda." 






Reunido efectivamente el 19 de julio el ayun- 
tamiento, representó al capitán jeneral »ique ni 
quinientas estacas podrían sacarse," amenazando 
ademas con el perentorio desobedecimiento de la 
órdén, porque "estaba sospechoso de que el vecin- 
dario, dice en su reclamo a Benavides, hallándose 
por todas partes pensionado con las calamidades 
de pestes, guerras, secas i avenidas, que sucesiva- 
mente ha padecido, talvez resista esta tan consi- 
derable prorrata" — la prorata de los cinco mil 
palos. 






ts 



Por manera que la guerra de la independencia^ 
estuvo en peligro de anticiparse tres decurias cc^ n 
aquel cólico i providencia del antepenúltimo pnee^^'i- 
dente colonial nombrado por el reil Solo que ^^»b 
lugar de fusiles^ los santiaguinos hahrian tenicSc 
que salir a las paradas de las batallas con cinche 
mil estacas al hombro para dar garrote, como íloÍj 
a los impuestos. 



* 



La avenida grande atrajo al fin sobre la precaria^ 
suerte de la ciudad, juguete continuo de turbionefii» 
como mal acondicionado esquife entre las olas, una^ 
bendición, porque era la solución de uh eterno 
problema que en parte dura todavía. 

Tal fué la semi-canalizacion científica que se em- 
prendiera por los asustados vecinos del Mapocho. 






Hallábase por fortuna en Santiago en loa dias 
del aluvión, como Ballarna en 1827 i Levéque, me- 
dio siglo mas tarde, un injeniero militar llamado 
don Leandro Badaran, de indisputable mérito i ha- 
bilidad profesional. 

Confiáronle los ediles i el presidente Benavides 
^ estudio de un plan definitivo de murallas de de- 
fensa que protejiese lá ciudad, i el hábil perito s^ 
espidió con tanta prontitud que habiendo recibido 
su comisión el 25 de setiembre de 1783, nueve días. • 



JLX\Í 



después (el 4 de octubre) presentó los admirables 

plaaod i presupuestos de los actuales tajamares^ 

que orijinales e inéditos se conservan todavía en la 

Biblioteca Nadonaly gracias al patriota Salas, su 

f UAdad<»r. 



■ ♦ 



- Introduoia el saga^ injepiero tres modificaciones 
esenciales en el sistema antiguo de construcción^ 
que habiadado tan funestos resultados. 

- Era la primera la variación de la línea recta^ pa- 
ralela al curso del rio^ que tenia la antigua muralla^ 
i de aquí viene esa gran curvatura convexa que se 
obfierva ^i toda la ostensión de la quinta de Al- 
calde, doade antes teniaU lugar las reventazones 
por la violencia coix que se estrellaban las aguas 
en aquel paraje. Embotadas éstas ahora como ea 
un golfo artificial, la corriente iba a encontrar, la- 
miendo una serie de curvas sucesivas mas peque- 
ñas, una muralla recta que enderezaría su curso, 
como el dardo de una flecha, sobre los ojos del 
puente grande. 

Era la segunda, la profundidad de los cimientos, 
que babia sido el defecto mas notable de los ante- 
riores i. por donde habían Saqueado, los que ten- 
drían ahogra de cuatro a s^is varas de prbfwididad. 

Según .el viajero ingles Y&ncouver . que los vio 
cx>iistniif^ esos tajamares: tenian 6u partes hasta 
cüíorce pies de cimiento, es decir, que la parte en- 



— 120 — 

tetrada de su mampostería escedia a la que que- 
daba a flor de tierra. Cuando el injeniero Ansart 
rejistró los tajamares de O'Higgins en 1872 para 
echar las bases de la canalización del rio, se asom- 
bró de que sus cimientos tuviesen casi siempre una 
profundidad de cinco metros: la menor hondura 
era de tres. 

La tercera innovación consistía en el reemplaza 
de la piedra por el ladrillo, para revestir tina muralla 
sólida de tres varas de espesor i de la altura pro- 
porcionada sobre la superficie. Badaran había pro- 
puesto ademas ensanchar el puente de cal i canto 
agregándole seis arcos mas, pues en su estructura 
primitiva, que es la misma que hoi conserva, solo 
daba paso a un volumen de agua representado por 
81 varas, mientras que medido el cauce del río 
podía contener hasta 200. « 

« « 

Según los cálculos científicos, pero a nuestro jui- ^ 
ció evidentemente abultados por las exajeraciones 
de la tradición, del injeniero que acabamos de ncpii- 
brar, pasaron en la avenida grande bajo los arcos del 
puente de Zafíartu (que así debiera por gratitud lla- 
marse) no menos de 1,828 metros cúbicos de agua 
por segundo, cuya enormidad habrá de calcularse 
por la cantidad medida del reciente aluvión de ju- 
lio que no excedió de 700 metros, es decir, un ter- 
cio del volumen. I esto sin contar el agua que corría 



— 121 — 



por la Chimba i la Cañada que el injeniero citado 
hace subir en su conjunto a la que arrastra el Bío* 
bio o el Danubio, en épocas de crece: — 4,G00 me- 
tros por segundo! 



* 
* * 



Mas^ una vez terminados los planos, los perfiles^ 
los presupuestos, i aprobados, se cosieron en un 
cuerpo de autos, i allí corrieron durante largos años 
esa especie de carrera de baqueta de fiscales, vistas 
de ojos, traslados, acuerdos, consultas i demás em- 
brollos de la colonia i la república. 

Nueve dias habia tardado Badaran en concebir, 
medir i ejecutar sobre el papel su hermosa obra. 

Para poner su primera piedra, nuestros ediles 
tardaron nueve años. 



* 



Al fin; el presidente O'Higgins, con su vigorosa 
i casi irresistible iniciativa, tomó la empresa en sus 
manos, arbitró sobre el azucarado mate de los co- 
lonos un impuesto que produciria 80 mil pesos, 
gravando la yerba-mate que en zurrones venia de 
Buenos Aires por las pampas, nombró superinten- 
dente de la obra a don Manuel Salas (octubre 31 
de 1791), i director científico de ella con cuarmt(v 

I pesos mensuales de salario al ilustre e infeliz Toesca. 
Termináronse así en el espacio de cuatro años 
aquellas obras jigantescas para su época, habiéndo- 
se empleado varios millones de ladrillos i taat^ e,^ 



— 122 — 



i arena como en la construcción contempóránrtí «» . 1 
la Moneda i de la Catedral. Según el crtikiputo ¿e 
Toesca, que hizo oficio de albañil «taparej^tido p^ 
su propia mano, 1 1 en cada cuadra de laa veinte i 
tantas de los tajamares se emplearon 168 mil la- 
drillos, 1,184 fanegas de cal de Polpaico i 4,8^8 
fanegas de arena, esplicándose &sí, por la jenuin^ 
proporción de la mezcla, la' solidez cicoplea de «ila/s^ 
obras de los españoles, n 



* 
* * 



El presupuesto por cuadra era de 5,792 pesos, 
lo que hizo para el total de la muralla un costo de 
150 mil pesos, un tercio monos que el puente de 
Zañartu. 

Aquella habia sido también la cifra exacta arbi- 
trada por el preclaro O'Higgins desde que tomó 
en sus manos las riendas del gobierno después de 
Benavides i su cólico eñ 1788. 



* 



Los ensayos de canalización del Mapochó duran- 
te la colonia, comprendiendo los dos puentes de 
Henriquez i de Zañartu, consumieron mas de un 
millón de pesos. Al menos el ramo de balanza, o 
impuesto de los tajamares, fué creado con ese fia 
en 1662 i se mantuvo en vigor hasta 1810, produ- 
ciendo en ocasiones tres, cuatro i mas mil pesos por 
año. 



* * 



— 123 — 



Tal habia sido en sus desastres, en sus conse- 
ouenciaSy en sus remedios i en sus remiendos la 
avenida grande, no olvidada todavía por los santia- 
guiños de cinco jeneraciones. 

Trajo esa catástrofe, sin embargo, como inesti- 
mable beneficio en una época de indecible penuria, 
un trabajo colosal si bien incompleto, que ha mante- 
nido defendida i tranquila la ciudad durante un in- 
tervalo de mas de ochenta años. 

Bien venido seria por tanto el turbión que ha 
amagado en estos dias a nuestra indolente capi- 
tal, si de sus peligros naciera, no la idea ya rancia, 
sino la ejecución fácil i sencilla de la canalización 
artificial del rio, que completarla la obra vetusta 
de la avenida grande i seria para la ciudad gloria i 
escudos! 



^«•»» 



I 

f 



CAPÍTULO VI. 

El canal de San Carlos. 

^ "Yo estoi admirado de tanto escribir, tantos espe» 
dientes, traslados i cuentas para una cosa tan trivial, 
tan llana i tan sin disputa". {In/orm': del brigadier 
Olaguer Felhí sobre ti canal de San Carlos, novieTn- 
bre ^IS de 1809, J 

Oontináa la sequía en 1784, i se acuerda sacar las rejas de las acequias 
de Santiago, por la fetidez de la ciudad. — Intensidad de la sequía en 
1791 i ro^ktiva a la Vírjen del Bosario **1» grande." — Invitación en 
verso al vecindario i sus buenos efectos. — El cabildo manda limpiar 
el cauce de las lagunas, de que nace el Mapocho en 1792. — Trabajos 
i cortes que se haoia hecho en esos parajes en época desconocida. — 
Viaje del teniente Verdugo a las cordilleras i su curioso honorario. 
— El rio toma agua en 1793, i se defiende la» tomas de la ciudad 
con pi^8 degolló. — Espantosa sequía de 1797 i rogativa a San Isidro. 
— Deducciones. — Parangón de épocas. — San Lorenzo i San Isidro. — 
La uniformidad de nuestro clima según don Manuel Salas. — Las tres 
plagas de ratones que nos han visitado hasta la fecha. — El cabildo 
Bolicita con grandes clamores la continuación del canal de Maipo, 
iniciado por d presidente Cano de Aponte en 1726. — Quiénes fueron 
los primeros injenieros del canal i cómo erraron los niveles. — Gorbea 
i el canal de Pirque. — Quien fué el piloto i como erró la boca-toma. 
— ^£1 contratista Ugareta i la Punta de los imposibles. — Pleito i estra- 
vio de los autos.— ^U presidente Aviles ofrece albricias en 1796 al 
^ue dé noticias de éstos o de los planos dei piloto. — Se pierde hasta 
£k hudla del primitivo caniJ.— Cabalgata de 7io¿a&¿e« de Santiago que 
«ale a buscarla con el arquitecto Toesca. — El injeniero Caballero 
hace el primer trazado científico del canal i su presupuesto, 70 años 
«Lespnes de comenzados los trabajos. — Inician la obra, i la continúan 
el brigadier Atero i el injeniero Olaguer Feliú. — ^Noble celo délpre^ 
«ddente Guzman.^-Por qué el canal de San Carlos debería llamarse 
^anal 0^ Higgins,—'^ álamo aparece con él primer ríego en elUauo^de 
3faipo. 

Mas^ no porque hubiera sido colosal i probable- 
mente uniforme en todo el pais la avenida grande 
(porque fué un largo temporal de invierno), alcan- 
z^ffon a corregir BUS masas de humildad Y'd^xv^^'i^ 



_ 126 — 

de bronce con que se mostró el clima de esta parte 
del hemisferio austral en el postrer tercio del sigla 
XVIII. 

Al contrario. Asi como en el otoño que habia pre- 
cedido al año en que se verificó aquel fenómeno 
faltó el agua en el Mapocho i en sus canales para 
el cáliz del altar, así tomóse por el cabildo la sin- 
gular providencia en el año subsiguiente de arran- 
car las rejas de todos los albañales de la ciudad 
para que corrieran desembarazadas por sus cauces 
las pocas aguas que destilaba todavía en las que- 
bradas i las vertientes la borrasca ya pasada. 






''A fin de reparar de algún modo, decia el ayun- 
tamiento en su sesión del 27 de febrero de 1784, 
esto es, al aproximarse a su fin el verano que siguió 
a la gran crece histórica, a fin de reparar de algún 
modo los considerables daños i perjuicios que está 
padeciendo todo este vecindario con la notahle escasez 
de agtuL necesaria para el aseo de sics /labitacioTies i 
cultivos de sus plantíos i heredades, que por esta 
causa se hallan casi en el todo arruinadas, y, sus ha- 
bitadores escesivamente pensionados con la fetidez 
que originan sus estelicidios, les parecia del todo 
conveniente para acallar el clamor piíblico que respec- 
to a consistir en la mayor parte este inconvenieüta 
en los re^as con que s^halkn custodiaklas muchas de 



— m — 

laa acequias oorrespondientes a las prihcipales oa* 
608 déla ciudad, afín da pi^eser varias de las inun- 
daciones que se orijinau de la^ basuras que en eUas 
se echan, siendo esto también la causa de los con- 
tinuos desbarranques que se ven en sus bocas-ca- 
Ues, 8Q mandase por bando público a todos sus ve- 
cinos i moradores que dentro de segunda dia 
arranquen i quiten todas las espresadas rejas que 
% hallasen en sus respectivas pertenencias, dejan- 
do Ubre i desembarazado el curso de las aguas, i re- 
moviendo cualesquiera otro obstáculo e inconve- 
íiiente que pueda ocasionar su retroceso y que por 
Último hagan de su parte cuanto le sea posible pa- 
^ impedir su estravio en las bocas-calles, bajó los 
^Uas rijidos apercibimientos que se estimasen de 
justicia y que para que tenga su debido efecto yieste 
^ecándario se liberte de las antedichas ruinas e in- 
<^endio6 a que por ^ta causa se halla espuesto, el 
Señor Procurador de Ciudad con la mayor anticipa- 
<^ion posible pondrá esto en noticia del Señor. Gro- 
^emador i Capitán General para que resuelva lo 
^Ue sea de su agrada'' 

Xa sequía del tiempo, que tantas alarmas infun- 
"^adas ha diseminado en nuestra atmósfera a^ríco- 
^ e industrial en los últimos quince años, toma- 
1» por. su prolongación ya en estremo obstinada su 



— 128 — 

peor aspecto — el de las epidemias— de igual manera^ 
a lo que acontece en lo moral, que una serie de erro- 
res i de fracaso^ continuados^ acarrea al fin el páni- 
co, esta sequía del espíritu. 

La sequía de los últimos años ha sido para Chi* 
le el verdadero pánico de sus campos, pero en símis- 
mo tan infundado como todos los errores del anima 
humano que emanan de los fenómenos mal conti* 
prendidos de la sabia, dulce i previsora naturaleza. 

* # 

Siete años mar tarde prolongábase todavía aquel 
lastimero estado de. cosas, como manifestación 
jeneral de nuestra atmósfera, i los patricios de 
las estancias, de las chácaras i de los solares en- 
fermizos de Santiago, volvían otra vez los ojos a 
los santos en demanda de agua en 1791. "En con- 
sideración a lo estéril i calamitoso del presente año> 
escribía el notario del cabildo en sus rejistros, a pro- 
pósito de un dia tan avanzado ya del invierno como 
el 7 de junio, c\yxe por falta de las aguas se están expe- 
rimentando no solo la ruina de las haciendas do 
campo por las mortandades acecidos de sus ganados i 
&lta de fruto de que se abástese a este vecindario, 
sino las muchas enfei^niedades i muertes que hai al 
prqsente, orijinándose todo por la sequedad del tiem- 
po, i habiendo sido costi^mbre de este ayuntamien- 
to en iguales arios cala9niíh>sos hacer rogativas sa- 



i 



cando en prosecion alguna imájen para impetrar 
por su medio de la Divina Majestad el socorro 
general del pueblo; i hallándose hoi en iguales 
circunstancias, acordaron que al propio fin se sa- 
quen en forma de procesión la imájen de Nuestra 
Seilora del Rosario, con el título de la grande i 
la misma que se halla colocada en el trono del altar 
mayor de la iglesia del convento del Señor Santo 
Domingo, franqueándoseles para su costo a los ma- 
yordomos cien pesos fuertes." 

Empeñado el aflijido pueblo en propiciar el áni- 
mo de su divina intercesora, después de ocho me- 
ses de sequía, no obstante haber nevado en abun- 
dancia en el invierno precedente, no se limitó e6ta 
vez á los enj utos acuerdos del cabildo sino que in- 
vocando sus dormidas musas soltó por las calles i 
zaguanes de la capital estas décimas dé invitación 
que son jenuinamente santiaguinas por cuanto el 
agua 3e pide como empréstito i se hipoteca el cielo 
para el pago de los intereses. 

*T)e las aguas la Señora, 
La Reina de tierra i cielo, 
La que mas manda consuelo, 
Del mundo la Protectora, 
Del Eosario aquella Aurora 
A quien no hai A^tro que iguale, 



1 



I, 



« .i 



. -1 



/ 



— 130 — 

Bartk que mas se señale 
La lluvia en nuesáirQ pr^yecbo, 
Como ya otra :vez W. Jvou hecho f. 
De su trono a plaza sale. 

■ Ten sabido, fiel cristianó^ 
Qué al fin de su rogativa 
S^e em procesión festiva 
Ese asombro Soberano; r 

Asiste con cera en mano 

. 'f • • ■ . ■ ¡i ■ ■■ . 

A acompañarle ésta vez, ' 

No escuses con esquive» '-^ 

Tan necesaria salida. 

Que ella os dará en la otra vida 

De su costa el interesa (1) 

Bindióse el pecho de la vírjen del Bosaricv vír- 
jen goda, a aquel clamor, 1 aún anticipó aua gakis 
destapando las compuertas del cielo antes de su 
triunfal paseo por la plaza real, que habia sido fija- 
do eael 2Q de junio de 1791. Hacia la mitad de 
su novena, en Santo Domingo, esto es, en la noche 
del 6 al 7 de junio hizo d milagr&, i la plai?a que^ 
regada para que la protectora de los españoles i.sns 
ejércitos rodara por sus charcos sin pavimento aquel 
esplendente carro de plata que no ha mucho lucia 
por octubre. 



* * 

» 1 1 1 1 1 



(1) Debemos esta composieioa Mm«da e- inédita de mtestra literatura 
4le rulo a la amahiUdaá de mieatro amigo Imml Moiitt. 



— 131 — 

"Signos piadoso pero de mas eficaz éxito práctico 
{o& ^1 arbitrio que consta del siguiente acuerdo celé- 
bralo en cabildo estraordinario el año subsiguiente 
de 1792, i que puso de manifiesto hasta donde ha- 
bla subido la sed de los santiaguinos i los ardides 
a que en años anteriores hablan llegado Ips últimos 
para saciarla. 

"Estando juntos i congregados en su sala de 
ayuntamiento, dice el acta respectiva, como lo han 
de uso i costumbre en Cabildo extraordinario, a 
efecto de tratar seriamente sobre que se provea la 
escasa agua del rio de esta ciudad, agregándosele 
a la corta que mantiene la que puedan contribuir 
cerca de su oríjen algunas de las lagunas que se 
hallan reconocidas en los cerros donde la tienen 
ea é. Potrero de esta ciudad, y de las que la pri^ne- 
ra desagua por el valle Largo hasta caer a^los 
Arrayanes, y que con este mismo objeto se empezó 
a practicar esta útil operación, habiéndose remitido 
para su reconocimiento i comunicación de la pri- 
mera de las referidas lagunas al teniente Miguel 
Verdugo, el cual lo consiguió arreglando i limpian- 
do el cauze o sangría que en los ahos pasados se le 
luzo con este mismo fin, por cuyo medio se ha so- 
corrido a esta ciudad en la mayor escasez de su rio 
por mas de quinze dias; acordaron que el referido 
teniente Miguel Verdugo, llevando consigo los 
peones i herramientas mas necesarias., vuelva al si- 
tio, i en caso que con solo ahondar la misma corta- 



— 132 — 

dura que antes se limpió se consiga, continu^ dan^ 
do la laguna empezada a desaguar la cantidad de 
agua que dio los tres o cuatro primeros dias que fué 
sangrada, lo efectúe, y cuando nó, lo solicite, sien- 
do fácil el aumentar el agua con la que de oí 
lagunas o lagunatos inmediatos a aquella pa< 
ser aumentada. Y que en cuanto al costo hecho 
i que de nuevo se hiciere lleve cuenta formal, 
que presentará acabada su comisión para que 
vea, apruebe i satisfaga de los propios de esta ciu- 
dad, dándose cuenta de todo al Mui Ilustre Señor- 
Presidente para que en su intelijencia de su Seña 
ría se dicte todas las demás providencias que tei 
ga por oportunas en la materia.n 

Celebróse este acuerdo el 7 de marzo de 179¡ 
es decir, durante el mes crítico i angustioso de h 
riegos, ahora como entonces, en el valle central d^feoíe 
Chile, i en la zona que con preferencia hemos 
mado como tipo. 

I al dia siguiente, caballero sobre su muía, sal 
para las Dehesas, donde la ciudad tenía su "pol 
ro,ti el teniente Miguel Verdugo, llevando med' 
docena de peones, una carga de víveres i oncepes* 
en el bolsillo, que era probablemente todo lo 
tenia aquel dia en su cajón el tesorero munici] 
Igual suma habían dado los cabildantes para 
esploracion del rio Colorado hacia algunos años: 
duro por ediL 




— 133 — 

Ocho dias después daba el comisionado la vuelta 
^marzo 16), pero ya los chacareros habían conocido 
^Q sus tomas los efectos de la pala del teniente i 
^u cuadrilla en las cordilleras. — Mandáronle en 
«^consecuencia pagar al último una gratificación de 
^lo recordamos hoi cuántos patacones (aunque cree- 
anos fueron otros once pesos), "por haber tenido 
^iquella dilijencia el éxito que se deseaba» (Acta del 
^ceUnldo del 17 de marzo de 1 792.) 

Maravillosa había sido, en efecto, la operación 
<iue el comisionado Verdugo hiciera, cual Moisés, 
^ü las rocas del cerro de San Francisco, porcjue hai 
memoria que el río creció en el invierno subsi- 
guiente con tal altor, de agua que fué preciso 
«aandar construir una palizada de pies de gallos 
para protejer las tomas de la acequia de la ciudad. 
Espusi>, en efecto, el procurador de ciudad el 26 
^e noviembre de 1793, que »»el teniente de aguas 
1^ habia informado aquella misma mañana que el 
rio en el altor presente que tiene habia llegado a 
*Ocar i cubrir la toma que surte de agua a la pila 
principal de esta ciudad, i que, con esta ocasión se 
^taba llenando de arena i escombros el pilón de 
^oude sale el canon primitivo, con riesgo de que en 
weve se llene aquel i hasta quedar impedido de dar 
^ agua el paso necesario, i que necesitando este 



•i 



— 184 — 

« 

accidente de pronto remedio lo hacia présente pa- 
ra que se providenciara lo conveniente. Y visto i 
considerado todo con retenimiento, i .teniendo pre- 
sente el pequeño gasto que en el dia se podrá ocu- 
rrir al daño denunciado, acordaron que el aeñor 
superintendente jeneral de obras públicas proceda 
inmediatamente a hacer construir ocho o di^z pié» 
de gallo, coi^ que cubra dicha toma de las madera» 
pertenecientes a la ciudad que existen en la casa 
de Albornos, al cuidado del sobre-cargo del presi- 
dio, i que siendo el mas pronto uso i aplicación d& 
dichos pies de gallo, dé los presidarios, e informe i 
dé cuenta de quedar cubierta la referida ' toma con. 
esta dilijencia.fi 

Cumple a nuestra fidelidad de cronistas de aguas 
i de secas, i a fuer de compiladores de pergami- 
nos, dar cuenta todavía de la última manifestación. 
de aquella horrible seca qué llenó con sus calami- 
dades de pestes, hambres, pobrezas, ayunos^ muer- 
tes repentinas, desvastadores aluviones i níK)rtaa- 
dad^ periódicas de aves domésticas i animales de 
labranza, casi por entero el último tercio del sigla 
precedente. 

Hemos ya dicho que esa zona de esterilidad ha- 
bia comenzado a enseñorearse del país por el aña 
de 1770. Vfi^mos a ver ahora lo que ocurria veinte 
i siete, tíáos mas tarde i a la postre de tan angustiosa 



— 136 — 



sñglOy después de los desastres de que hemos dado 
eüeai:^ junio oon sus remedios de rogativas, proce- 
siones i tajos en las lagunas (que era como matar 
loe huevos de oro de la gallina) en 1771, 73, 77, 
81, 82 i 91. 



* « 



'^Habiéndoles representado, decian los ediles de 
si mismos en 1797, el señor procurador de ciudad 
doctor don José Joaquiu Kodriguez Zorrilla lo 
avanzada que se halla ya la estación del invierno 
(era el siete de junio) i que los campos están síimu" 
miente estériles i sin pasto alguno y que por este motivo 
los animales se ven mui extenuados, j'Kxco^ i próximos 
a nwrir^ sin que hasta ahora haya caido algún agua- 
cero capaz de remediar esta calamidad, que no solo 
es perjudicial i nosiva a los Brutos sino también a 
los nacionales^ que echando ya menos la humedad 
en sus cuerpos, están padeciendo algunas indisposi- 
ciones, que no seria estraño se hiciera alguna epi- 
demia, para cuyo remedio en otras ocasiones se ha 
ocurrido a implorar el auxilio divino, como pudiera 
hacerse ahora, acordaron que siendo constante i tan 
justa la representación de dicho señor procurador 
jenend, desde luego se haga una rogativa trayendo 
en procesión desde su parroquia a esta santa igle- 
sia Catedral al glorioso Señor San Isidro, por cuya 
interaecioñ se ha conseguido otras veces lo que ahora 
tantán necesita i desea, señalando ^qxqi q.^^ ^;í^Ví^ 



^ 136» — 

el día viernes próximo 23 del corriente, a lag tr» 
i media de la tarde, i ordenándome a mí el presen* 
te escribano ]o anuncie por medio de carteles al 
público i que pase con el correspondiente recado de 
atención donde el cura de dicha parroquia a avisar- 
le de esta determinación i suplicarle que franquee 
la imájen del Santo. Del mismo modo, que pase 
donde el señor provisor i vicario jeneral, pidiéndole 
que se sirva mandar al clero secular i a los reve- 
rendos Padres Prelados de las sagradas Belij iones 
para que, si no tienen inconveniente, procuren asis- 
tir con sus comunidades. Así mismo, que para ha- 
cer igual convite al Exmo. señor Presidente e 
Ilustrísimo señor obispo, salga la diputación co- 
rrespondiente de un señor alcalde i un señor reji- 
dor, i que para los señores del venerable deán i 
cabildo eclesiástico se escriba el oficio respectivo, y 
últimamente, atendiendo dichos señores a que el 
gasto que puede hacerse no se sabe quánto será 
fiadamente, i que también algunas personas piado- 
sas contribuirán con algunas limosnas, acordaron 
comisionar para la colectación de éstas i correr con 
la disposición de la funcioní a don Pedro del Villar, 
con consideración a su notorio santo zelo i piedad, 
quien se servirá llevar una cuenta instruida de las 
limosnas que se recojieren i de los gastos que se 
hicieren, presentándola en el Cabildo para en su 
vista determinar lo que debe hacerse del sobrante, 
si lo hubiere, o de no proveer sobre que dú caudal 



— 137 — 



de propios de ciudad se entere el gasto hecho^ 
Todo lo cual así lo acordaron i firmaron dichos se- 
ñores, coíno igualmente asistir en cuerpo de Ca-^ 
bildo todos los días a la misa i novena del santo, de 
que dói fé.ii 






No se habrá escapado a la penetración, ni del lector 
agrónomo ni de la del simple devoto, dos circuns- 
tancias que son una novedad en esta relación, a sa- 
ber: la. que los aflijidos colonos, después de haber 
implorado sucesivamente a todos sus santos mas* 
queridos, a la vírjen del Socorro, a la de Merodees, 
a la del Rosario "la grande" i a "la chica,", cuya úl- 
tima es la de la Viñita, a San Saturnino i por última 
al Señor de Mayo, volvían ahora los ojos con mayor 
lójica pero con lealtad menos aquilatada a un santo 
nuevo, que no era criollo como aquellos, sino a San 
Isidro, labrador i patrón de Madrid, capital situa- 
da como Santiago en un estéril llano. I ésta no era 
la primera de aquellas piadosas infidelidades. .. • 



•3f ^ 



Nos será permitido todavía agregar a este res- 
pecto, que habia hecho construir la iglesia de aque- 
lla adoración en la medianía del siglo, i como un 
apéndice rural de la de Nuñoa, el primer marque» 
de Casa Real, con las primeras utilidades que le 
produjo su casa real de moneda que de marqués le 
hisso en Chile reí 



— 138 — 






Pedimos también licencia para agregar, respecto 
de este primer punto del acuerdo de la ro^áliva a 
san Isidro, que el don Pedro del Villar, aé cuyo 
''santo celo" se habla, fué el famoso Chinóngo,SLq\iel 
opulento i j oneroso inventor de la chicha baya, 
que era a la sa^oñ dueño absoluto de todo el llano 
de Maiipo, incluso la hacienda de 'lo Espejo,'* don- 
de tenia sus mejores viñas. 

Chiñongo era por tanto una especie de San Isi- 
dro dé los caldos, como que aquella iglesia, hoi si- 
tuada en parte central de la ciudad^ era la portada 
de sus vastas heredades. 



•3f 



La segunda i mas importante de las circunstan- 
cias que dejamos insinuadas, es que del propio 
acuerdo de 1797 consta que no era esa la primera 
vez que se hacia con fruto aquel homenaje a San 
Isidro, lo que pone de manifiesto que habian ocu- 
rrido antes muchas sequías, de las cuales nosotros 
no hemos tomado nota por falta de suerte o dili- 
jencia. 






Abrigamos a la verdad sobre este particular 
una idea que parecerá estraña a los que tanto aca- 
rician la húmeda memoria de los "tiempos anti- 
guos,^ i es la de que el reino de Chile estuvo^ antes 



,.>■ 



— 189 — 

de la ya^ta irrigación artificial que hoi empapa sus 
campos, condenado al suplicio, no solo del pagano* 
Tántalo, que esto es ya figura trivial, sino asándose 
en la parrilla de sus eternas secas como San Loren- 
zo mártir, paisano de San. Isidro i natural de 
Huesca, en el reino de Aragón. I todavía, después 
de eoanto llevamos referido, el último año del siglo 
postrero fué de una peste asoladora, que apiló los 
cadáveres, no solo en los plebeyos campos mntos, 
sino en las iglesias mas aristocráticas de la capi- 
tal; por manera que el Chile huaso i agrónomo del 
pasado siglo pudo esclamar con justicia, como el 
santo al cruel pretor que presidia a su suplicio, i 
" dándose un vuelco en las ascuas — "De este lado ya 
estoi en sazón i puedes mandar que me vuelvan del 
otro/'... 

Lo que no habia acabado de asarse del torso de 
Chile en 1799, quedó en sazón el año del eclipse en 
el presente siglo (1804). 

I a pesar de todo esto, que era ya tan obstinado 
i tan duro, el temple jeneral del pais no sufria ni 
cambio ni detrimento radicales a los ojos de los ob- 
servadores superiores al común del vulgo. "En es- 
te espacio de tierra, decia el síndico del Consulado 
don Manuel Salas al ministro Gardoqui en su co- 
nocido informe de 17:96, es decir,, de la época pre- 
cisa a que hemos llegado en este ensayo ^ en esite 



— 140 — 

espacio en que jamas truena ni graniza, con sus 
' €stacio7ies regladas que rarísima vez se alteran i bajo 
Tin cielo herágim i limpio, deberla haber una numero- 
«a población." 

I el síndico del Consulado tenia razón inme- 
diata i buena para lo que escribía al soberano, por- 
que si es cierto que en los años de 1791 i 92 hablan 
«ido inusitadamente secos, consta, según ya dijimos, 
que en 1790 cayeron copiosas nevazones, i en el de 
1793 el agua del rio tomó un altor amenazante. 
Siempre la inmutable proporcionalidad de los años 
propicios i malignos, siempre las vacas flacas si- 
guiendo las pisadas de las vacas gordas en las ve- 
gas del sagrado Nilo... 

Pero preciso es dejar ya los umbrales de este 

largo siglo de las rogativas, i debemos dar cuenta 

apresurada de sus últimas novedades i buenas obras 

para pasar al que impaciente i repleto de hechos i 

doctrinas nos aguarda. 

* 

Habiamos hecho a nuestros lectores la promesa 
<ie exhibir ante sus ojos una nueva avenida de rato- 
nes, como la de 1609, a la postre del siglo de que 
ya nos despedimos, i después de las últimas aveni- 
das de sus rios, con las cuales parecian aquellos te- 
ner celebrada antigua alianza. Pero debemos de- 
clarar que en este punto padecimos un involuntario 



— 141 — 

enror de fechas, que estamos prontos no solo a co^ 
rr© j ir sino a confesar, como todos los que con culpa 
o bIh culpa cometamos. 

I-A segunda ^feí/« de ratones de que haya llegada 
notícia cierta hasta nosotros tuvo lugar en pleno- 
vexano i nada menos que el 1.^ de enero de 1631„ 
i ocurrió en ella la particularidad de que a la pro* 
cesión de su estermínio se invitó especialmente a 
las mujeres... "En este dia, dice en efecto el acuer- 
do inédito del dia referido, se acordó se pregone 
que todos los vecinos i moradores de esta ciudad í 
las mujeres acudan a la procesión que se hace el do- 
mingo que viene en la tarde para pedir a Dios el 
remedio del daño que hacen los ratones, i que se 
pida limosna para la cera." 

I cosa no menos digna de curiosidad que este 
convite femenino. La tercera plaga secular de ra- 
tones que haya visitado nuestro suelo verifícase en 
este momento mismo en los campos que azotó lar 
iaundacion de julio. "Los terrenos comprendidos 
entre el Biohio i el Vergara, dice un diario de aque- 
llas rejiones, han sido invadidos por un número es- 
traordinario de ratones i culebras. Estos reptiles se 
encuentran por montones i no dejan vivir con tran- 
quilidad a los moradores de las cercanías." (1) 

■ I I ■ I • ..I ■ I — m Mil ■ >» * ■ ■■ - ■ !■ I . 

(1) La Opmianáe Talca de 17 de agosto de 1877. 



-^ 14S — 






Mas, prosigamos por orden el curso de los lie- 
chos atmosféricos i agronómicos, que por el exceso 
mismo del mal debia revolucionar por completo en 
la presente ora la agricultura nacional, base i cús- 
pide de nuestra existencia. 

A la postre de tantas preces, desaciertos, proce- 
siones, mal concebidas i peor ejecutadas economías, 
los habitantes de Santiago iban en efecto acercán- 
dose, junto con el siglo de las secas, a un desenlace 
sencillo, racional i digno de la pujanza de un pue- 
blo varonil, de aquella aflictiva situación que dura- 
ba ya dos siglos. 






La misma ostensión gradual, si bien raquítica i 
parcimoniosa, de los cultivos que bonificaba el Ma- 
pocho con sus bateas de agua, hacia de año en año 
mas enjuto i codiciado su cauce de torrente, i era 
llegado el dia de las supremas resoluciones, que para 
los chilenos solo llegan en la hora de la muerte. 

La vida de los chacareros del Mapgcho era única- 
mente una larga agonía. 



* « 



En consecuencia de la sostenida i tenaz seque- 
dad de los años corridos desde los dos aluviones 
últimos del siglo XVIII, esto es, el de 1779 i el 
de 1783, los habitantes de la capital, pueblo i go- 



— 148 — 



biemoy resolvieron al fin acometer resueltamente la 
empresa, iniciada sin fruto hacia setenta años ya 
cumplidos, de conducir artificialmente la agua fer- 
tilizante i sobrada del Maipo, a la linfa clara i em- 
pobrecida del Mapocho» 






No se habrá probablemente echado en olvido 
que con motivo de loa continuos años secos da 
principios del siglo último, el presidente Cano aco- 
metió con mas brios que prudencia (pues era esa 
su índole) el traer un brazo del caudaloso Maipo 
hacia la ciudad, a cuyo fin el vecindario celebró 
cabildo abierto el 28 de mayo de 1726. 

Tres fueron los peritos que tomaron a su cargo 
nivelar aquel canal que se hubiese llamado de San 
Felipe, como nuestra universidad, si los tales hu- 
bieran acertado los niveles. Pero esto de errar el 
rumbo de los canales de regadío en Chile es tan 
antiguo como el desnivel que Dios diera a su sue- 
lo. El ilustre Gorbea equivocó en 1835 el nivel del 
canal de Pirque, i enmendó la plana del sábíp un 
huaso ladino de la vecindad, sin mas instrumento 
que una mira hecha con dos frascos de agua de Co- 
lonia, atados por el gollete en un palo... 

Llamábanse esos primeros injenieros, de los 
doce o mas que tuvo en noventa años que dura- 
ron las faenas del canal, Millet, Loriel i Gatica, 
]o6 do9^ primero^ al parecer .franceses, i el según- 



— 144 — 

do probablemente práctico. I cuál seria su cien- 
'ciaque para una obra que ba costado trescientos 
mil pesos (solo el tajo) presupuestaron apenas 
treinta i im mil! — Los niveladores padecieron úni- 
camente el error de dejar enredado un cero en las 
visuales de su teodolito. — Gastaron, por tanto, 13 
mil pesos en abrir la boca toma mucho mas abajo 
de lo que hoi se encuentra, dejaron colgado el canal 
«obre el rio, i se fueron... 

* ♦ 

Veinte años justos mas tarde, cuando vino la 
flota de Pizarro en persecución de la de Anson, i 
llegó el almirante español montado en una muía 
de cordillera, como el teniente Verdugo, por cuanto 
habia perdido todas sus naves antes de embocar al 
cabo de Hornos (''cosas de Españal"), ocurriósele al 
presidente Manso que el piloto de aquella desdi- 
chada espedicion, asi como entendia de náutica, de- 
bía ser eximio en la injeniería hidráulica. I cual 
sus predecesores hablan nombrado al almirante 
Pastene tasador de las drogas de la primera botica 
que hubo en Santiago, asi montó el presidente a 
caballo con el piloto i le confió la reapertura de los 
interrumpidos trabajos de los injenieros franceses. 
''Cosas de Chile!'' 






No necesitamos decir que el piloto cambió la 



— 145 — 

boca-toma, pero como era marino buscó la arena i 
abrió la nueva en punto que cuando echaron por 
prueba el agua se la sorbió de un trago el arena].. «. 
Tal fué el famoso trazado dd piloto de que taa- 
to hablaron nuestros abuelos i que no fud sino un 
triste naufrajio en la playa, a la salida del puerto.... 

* ♦ 

Eq pos de los espertos vinieron los charlatanes, 
i entre éstos figuró en primera línea un vizcaíno 
llamado don Matías de TJgareta, un verdadero Pe- 
dro Urdemales de las trampas, de los niveles i de 
k» imposibles. Comprometióse éste, en tiempo del 
presidente Morales, treinta años después del de- 
sastre del piloto f a traer del Maipo al Mapocho 
una "teja de agua," por la moderada suma de 36 
mil pesos. Mas, a I03 cinco o seis años de trabajo, 
cuando el vizcaíno tenia ya echados en sus garetas 
mas de veinte mil pesos de la contrata, resultó que 
al hablar de la ''teja de agua," habia hablado solo 
de tejas para arriba, porque declaró al cabildo que 
habia llegado a una punta de cerro, no a muchas 
caadlas de la boca-toma, que él llamó de los impo- 
sibles, agregando que de allí ni el diablo lo haria 
pasar adelante. Desde entonces la punta de los im- 
posibles llevó solo el nombre de Punta de Ugaretou 






Puideron pleito al contratista los enojados ediles^ 



— 146 — 



pero resultó qué al cabo de ¿tlguu tienxpp los aatos 
corrieron la suerte de la bopaitoma en la. arena i 
de la "teja de agua/' es decir, que desaparecieron 
por ensalmo, i el gobierno hubo de acometer por sí 
solo la ardua i desacreditada empresa. 






Ya desde que había faltado el agua en las vina- 
jeras de Bénca, los conséjales de Santiago habían 
solicitado con abultadas súplicas la continuación de 
la obra embrollada por XJgaréta, i como el alito en 
que de esto se da cuenta confirma con claridad la 
leyenda de Henea que acabamos de recordar i con- 
tiene otros puntos de interés para este ensayo, var- 
mos a reproducirlo íntegro en seguida. Dice así: 



S. ' ; ■ 



CABILDO DJS SAlíTIAGO. 

(Sesión d€ 4 de junio de 1782,) 

"Reunidos en este dia, etc., los señores del ca-, 
bilao acordaron que respecto a lo estéril de aguas 
que ^a el año, puya escasez ya se hace sentir con 
universal desconsuelo en tanto grado que. Aa llegado 
afattar aun para celejrrar en la doctrina de Henca^ corúa 
stice-dió el doi/iingo p7*óximo pasado;. Bi que tal escasez 
en * esta estación amenaza en el verano el total ester- 
minio de la poca que trae el rio de esta ciudad, situa- 
cj;on que dolo imaginada ocasiona el mayor oat^tfto; 



~ .V7 — 

a que el único, socorro que puede procurarse en tan 
críticas circunstancias a esta aflijida ciudad i sus 
alriededores es el de traerle la del Rio de Maipo, 
cuya obra a la verdad grande ha sido de muchos 
años a esta parte el objeto de los votos del cabildo, 
del desvelo de los mas celosos governadores y de 
^sta Real Audiencia, no monos que del incesante 
clamor de todo el público; a que hasta lo presente 
se han consumido infelizmente mas de cien mil pe- 
so^ en varias operaciones que se han hecho a este 
fin; i particularmente a la última contrata celebra* 
<ia. el año pasado de mil setecientos setenta i dos 
<^oti don Matías de Ugareta, cuyo cumplimiento no 
lx£^ tenido efecto hasta el presente, sin embargo de 
'tener recibido dicho Ugareta mas de las tres cuar- 
"tas partes de la suma estipulada; que para proceder 
^n lo subsesivo al verificativo de obra tan intere- 
^nte, de un modo regular, de suerte que se logre 
tan deseada i útil empresa, i en cierto modo se cu- 
hran con el éxito los pasados vergonzosos desaciertos, 
se haga un exacto reconocimiento conforme el mas 
prolijo de lo trabajado por el es presado Ugareta, i 
en cuanto sea posible del rio, sus barrancas i pro- 
porciones de toma, igualmente que del llano i la-: 
deras por donde ha de conducirse el canal hasta 
entrar en el rio Mapocho, por lugar superior a esta 
ciudad, pues sin esta previa dilijencia no se puede 
pasar a compeler a dicho Ugareta al cumplimiento 
de la contrata, ni niénos a darle la cantidad que se 



— 148 — 

le resta por la incertidumbre en que se está de que 
corresponda su trabajo a lo estipulado, ni a admitir 
otras proposiciones en el particular, sin que se de- 
clare antes la utilidad o inutilidad de lo trabajado, 
en el todo o parte, para cuya dilijencia dijeron que 
debían nombrar i nombraron a los señores don José 
Ignacio Guzman, alcalde ordinario, don Melchor 
de la Xara, don Pedro de la Sotta i don José An* 
tonio de Roxas, rejidores, i al señor procurador je- 
neral don Pedro Xavier de Azagra, encargando a 
dicho señor Roxas prevenga al arquitecto don Joa- 
quín Toesca desea la ciudad asista a este reconoci- 
miento, por la satisfacción que tiene de su intelijen- 
cia en estas materias i al señor procurador jeneral 
pase igualmente recado a don Manuel Mena para 
que acompañe a los señores destinados a esta comi- 
sión i les comunique las luzes que haya adquirido 
de aquellos parajes con su práctica i estación en 
ellos (1). Pasando ante todas cosas dichos señores 
comisionados con testimonio de este acuerdo i en 
forma de diputación al mui ilustre señor presiden- 
te para que, siendo de su agrado, tenga efecto esta 
importante dilijencia, como no lo duda el cabildo 



\.^^'~ 



- (I) Este don Manuel de Mena era nn caballero español, natural pro- 
Í|i)ablemente de Mena i dnefío do la hacienda del Peral, de secano en esa 
¿poca como Mena en España, tierra de buenos melones. 

£1 señor de Mena, fastidiado porque loa peones del canal le comían sus 
peras, se. metió a contratista de la obra, perdió plata, paciencia i peras, i 
sicabó, como todas las contratas de la colonia i la república, en tan vola* 
jDmo&o cuerpo de autos que no 'cabia en el canal. .., 



— 149 — 



ele su notoiio incesante celo con que propende al 
bien de esta ciudad^ i sobre todo, para que en sa 
vista determine 6u señoría lo que fuere mas conve- 
niente a la causa pi\blica." 






Haciendo eco a estos lamentos i a otros aun mas 
doloridos de los vecinos de Santiago i de su ayun- 
tamiento, entre cuyas firmas leemos la del ilustre 
don Juan Martínez de Rosas, el presidente Avilé» 
puso, catorce años mas tarde, pregón público i ofre- 
ció cuantiosas albricias al que diese noticia del an- 
tiguo trazo del canal del Maipo, estraviado entre las 
breñas de la Punta de los imposibles, como si hu- 
bieran sido sus escombros otras ruinas de Nínive— 
LiO que el gobierno quería con mas particularidad 
era que pareciesen los planos del piloto o los autos 
perdidos de TJgareta o siquiera su famosa teja.,. 






Pero nada, absolutamente nada, se encontró des^ 
pues de tanto afán, i en consecuencia resolvió el 
cabildo montar en cuerpo a caballo, i haciéndose 
acompañar por el injeniero militar Caballero i el 
arquitecto Toesca, arrimaron espuelas una buena 
mañana de noviembre de 1796, i fueron de gaiope 
a abrir los pozuelos de sus apetitos i sus fiambres 
donde hoi está la toma definitiva del canal^ c^ixe e\:a^ 



• 



)au 



— 1¿^0 — 

un sitio conocido entonces con el nombre de 

Iligueí^as dé Adames. ^ 

• ■ .. ■ 

* 

Son aquellos acuerdos peculiares de la época 
los pozuelos i contienen los nombres de los princi- 
pales de ia¡ comitiva esploradora, por lo cual los 
estractamoé en seguida: 

(acuerdo del 7 DE NOVIEMBRE DE 1796.) 

• ■' r . 

>.•■■. 

" Aoordfaron a vista de las providencias dadas 
por ^1 Supremo Gobierno para la estraccion del 
agua del rio de . Maipo que se le pasase al Exmo, 
S^ñor Presidente noticia, ^e las dilijencias practi- 
cadas i que se continúan para la ¿ni;enaan (1) de 
los autos seguidos antiguamente sobre lo mismo,, 
sin haberle hasta el dia encontrado, suplicándole 
al mismo tiempo se sirva mandar se proceda mien- 
tras tanto a recorrer el lugar por donde debe con- 
ducirse el canal, formar el cálculo de sus costos i 
tratar de los fondos necesarios, respecto de que los 
autos perdidos no son esenciales para suministrar 
conocimientos del terreno, que se pueden adquirir 
con su excepción, ni hai caudal con que executar este 
útil i deseado pensamiento, 

"Que para lo primero se suplique al Exmd. Se- 
ñor Presidente mande concurrir al reconocimiento 



^ . — r 



{JJ Palabra legal usad» por descubrimiento^ 



— 151 — 

c[UQ harán los Diputados del Cabildo, al injeniero 
don Agustín Caballero, al arquitecto don Joaquín 
Toesca i a los demás facultativos cuyas liices uni- 
dcLs presten los conocimientos que aseguren la so- 
lidez i escusen gastos superfinos, formando el plan 
i cálculo que debe preceder a esta importante 
obra. 

**Que para poder proponer fondos que la costeen 
es necesario tener un conocimiento exacto del es- 
ta,do de las rentas públicas i para ello que Su Exe- 
lencia mande a los Ministros de la Real Hacienda 
d^x una razón puntual de la entrada anual del ra- 
^^^o de balatiza^ de sus pensiones fijas i gastos acci- 
dontales de' los años anteriores i de sus deudas." 

(acuerdo del 19 DE NOVIEMBRE DE 1796.) 

(Cabildo eatraordiuario.) 

**Dijeron que habiéndose designado el día de 
^^a^ñana veinte del que corre para reconocer toda 
1^ ribera del rio de Maipo para delinear el lugar 
®^ que se ha de- construir la boca toma del nuevo 
<^nal que se va a hacer i situaciones por donde ha 
"^e jirar el agua que se ha de extraer de dicho rio 
PHra introducirla aí de esta ciudad, a cuyo fin es- 
tán nombrados el capitán de injenieros don Agus- 
tín Caballero i arquitecto don Joaquín Toesca, i 
que siendo indispensable la asistencia de este ma- 
jistrado i de algunos vecinos de esperiencia, come- 
tían desde luego esta dilij encía al M.a^^^x^ ^<^ 



Campo don Antonio de Hermida, alcalde ordina- 
lio de primer voto, i a los rejidores del mismo cuer- 
po don Juan Bautista de las Cuevas i don Ma- 
auel Salas, i nombraron para la misma operación 
tk don José Pérez García, don Martin de Lecuna i 
Jáuregui, don Manuel de la Puente, don Juan de 
Dios, don Manuel i don Pablo Mena, i mandaron 
que por mí el presente secretario se les pase el 
cificio de estilo correspondiente." (1) 






Pruto de tan empeñosas i tan repetidas dilijen- 
rias fué que al fin se hiciera algo de racional en 
la ejecución de aquella obra pública de irrigación, 
llamada a influir tan poderosamente no solo en el 
adelanto del pais como tipo, como ejemplo i como 
propaganda práctica, sino en el temple del ^'valle 
del chavalongo" en que habia sido ubicada la ca- 
pital. 



^ * 



Por la primera vez en efecto midióse la osten- 
sión del canal entre los dos valles, se precisó el 



(1) Don Antonio de Hermida era dueño de la chácara que todavía lle- 
va su nombre i parte en dos el canal de San Carlos. Don Juan Bautista 
ie las Cuevas poseia desde sus abuelos la chácara que es hoi de la testa* 
■a^rtaria de la señora Candelaria Ossa de Telles, frente a la iglesia de 
Ñnñoa, camino real en medio. El historiador don José Pérez García era 
ja estanciero en Chena i los tres Mena lo eran del Peral. — La comitiv» 
m eompaoia por tanto toda entera de jente de rulo i aedienta. 



irfMfttfM 



— 153 — 

desnivel del cauce i se calculó el costo de la esca- 
vacion primitiva, que era al monos dos tercios mas 
estrecha que la del lecho presente. — Según esos 
trabajos del injeniero Caballero, de cuya compe- 
tencia han quedado en Santiago tan buenos testi-' 
monios como el Palacio de los Tribunales, de que 
fué arquitecto, el trazado del canal tendría algo como 
treinta kilómetros (35 mil varas), con un desnivel 
de 52 varas, diez pulgadas i once líneas de boca 
¿ boca. Las escavaiciones estaban representadas por 
una cifra de 368,157 varas cúbicas, que a real la 
vara, como el tocuyo, costarían solo 46,019 pesos 
■cinco reales. 

Con esta base, única acertada del trabajo i que 
vino solo a tomarse en cuenta setenta años des- 
pués 'de iniciado aquel, era ya posible llevar a cabo 
la obra secular de los imposibles. I sábese que pre- 
-cisamente fué a propósito de un canal (del Nayi- 
glio grande de Lombardíá) que Napoleón pronun- 
ció su célebre frase:— í»Es preciso borrar del diccio- 
nario lá palabra /¿mpo5¿6Ze. I! Eso fué lo que los 
chilenos de Ugareta hicieron antes que Napoleón 
con el canal de San Carlos. 

Pero no cabria esa honra al siglo de tantos 
desatinos. Porque el canal de San Carlos fué tra- 
bajado propiamente desde 1801 a 1809 por el in- 
jetiiero Caballero, i luego, a; causa de la traslación 



— 154 — 

de éste a Panamá, por el cruel Atero i el brigadieír 
de injeníeros Olaguer Feliá, que concluyó por 
considerar cosa de risa todo lo que habían hecho 
sus antecesores para llegar a tan escasos resultados. 
Así asegúralo al menos en el informe que hemos 
visto orijinal i que citamos en el epígrafe del pre- 
sente capítulo. 

Positivamente, el canal de San Carlos, que reci- 
bió su nombre del de Carlos IV, no estuvo corriente 
entre el Maipo i el Mapocho, su cuna i su sepulcro, 
sino el dia de San Bernardo de 1820, es decir, el 
mismo dia en que se hizo a la vela, rumbo de las- 
costas del Perú, el glorioso Ejército Libertador. 
Hermosa coincidencia del progreso i de la libertad 
que justificaría aun hoi mismo el cambio del nom- 
bre de su ilustre inangurador por el de un rei im- 
bécil i cornudo, que todavía lleva. 

Cupo, es cierto, la mejor parte de la honra de su 
ejecución al presidente don Luis Muñoz de Guz- 
man, marino distinguido i hombre de ciencia, que 
puso en ello todo su conato. 



* * 



I, coincidencia curiosa! Cuando el presidente 
Muñoz de Guzman veía correr el agua por el cauce 
de la antigua acequia, hoi brazo de rio, llamado ca- 
nal de San Carlos, otro Guzman arriaba sobre el 



— 153 — 

lomo de una muía de Cuyo el huésped mas que- 
rido i mas propicio de la llamira que iba a nutrirse 
con las humedades del Nilo de Chile. /-^ 

lEl padre Guzman, grovincial de Sa^ Francis(jqy[ 
trajo, en efecto, en 1808 de Mendoza, a, don,de, aca- 
baba de aclimatarlo el filántropo Cobos, tres púas 
de álamo que florecieron con rica^ávia,.la una en el 
claiastro de la casa grande de Santiago, otra en la 
haoienda de la Punta, i otra, según se asegura, en 
Ocoa, donde trocado de varilla en árbol corpulen»- 
to, como los otros, murió de viejo. 

TSra ya tiempo, porque así como el Creador echó 
fA hombre peregrino sobre la tierra cuando la cos- 
tra de su globo hallábase suficientemente fria para 
alimentarlo con sus jugos> i cerró con álamos, sau- 
ces i eucaliptus un rincón del Eufrates para su 
morada, así la Providencia, que estiende sus pro- 
tectoras manos sobre este suelo bendecido, a pesar 
de sus pecados, aguardó que el llano del Maipa 
hubiera recibido su primer riego a tajo abierto para 
dotarlo con la planta que como fuente de humeda- 
des i de riquezas ha sido mas benéfico al pais. 

Si el padre Guzman, en efecto, o según otros 
dicen^ el tesorero Ochagavía, o ambos en un mismo 
eBrtío^ como es mas probable, fueron los introducto- 
ras del álamo, nadie ha negado que el canal de 
San Carlos fué su nodriza. 



~ 156 — 

« « 



Ahora, en cuanto a la participación que los cana* 
lea de regadíos i las plantaciones artificiales^ (de 
que el canal de Maipo i las alamedas han sida 
hasta aquí tipo entre nosotros) han ejercido en 
las modificaciones del clima del pais, tendremos oca- 
sión de hacer mas adelante demostraciones de al- 
guna novedad e importancia para el lector i para 
el clima. 






CiPITÜLO VIL 

1827. 

^'During my sliori; stay in Chili, I foimd the cK- 
mate very />ppressive, there is a peculiar dryaess m 
the atmospliere." — (Brand. Journal of a voi/ageto> 
Perú, 1827,) 

líOS primeros aiíos del siglo XIX. — "El año del eclipse". — Templanza ha- 
bitual del clima, desde 1804 a 1824, segim el viajero i agrónomo 
Miers, — 1812. — Los Carreras i las humedades — El barómetro de 
Castillo Albo i su historia. — ^El invierno de 1813 i el otoño de 1814. 
— La Reconquista i su clima. — Años lluviosos de la Patria nueva.— 
Milagro de San Isidro en 1819. — El exceso de las lluvias pierde la» 
cosechas.— Influencia áolpoloillo en la caida del director O'Higgins; 
— Carta del jeneral Freiré. — La estabilidad del clima según todos loB 
viajeros observadores de la época. — Temblores de 1822. — l-ios in- 
viernos de 1825 i 26. — "¡Quó buen año paraChacabuco!" — ^Aprestos 
de la avenida de 1827» — Avenida del 5 de junio i sus daños. — ^Tasa- 
ción de los perjuicios que causó en la Chimba. — Acuerdos del ca- 
bildo. — ^Marcha del temporal hacia el norte. — Considerable abivion 
de la Serena el 10 de julio de 1827. 

Insensiblemente, i como quien anda distraido por 
\m camino vecinal o público de nuestra tierra, en 
que tras del charco sigue la polvareda, i tras la ta- 
pia caida la puente rota i la acequia desquiciada 
de su eje, hemos venido aproximándonos a una 
^poca comparativamente moderna, es decir, hasta 
J^s puertas del presente siglo-, que ya hace rechinar 
^Us goznes para cerrarlas en pos de sus cansados 
P^eos i los nuestros. 



— 158 — 






Tocamos a una época de grandes mudanzas mo- 
rales i políticas. Pero el cielo ha permanecido inmu- 
table.-— Las pasiones de la tierra no dan una sola^ 
nube mas al firmamento ni apagan un solo raya 
del esplendente sol de Dios; i esos millares de seres 
armados que arrastran orgullosos bruñidas baterías- 
de millares de cañones i galopan por las llanuras en 
innumerables escuadrones con relucientes cascos i 
corazas, son simples átomos que el soplo del mas 
leve huracán de las alturas barrería como polvo en- 
tre los fragmentos de tierra, llámense ciudade» 
o campiñas, que ensangrientan con sus riñas. 



* * 



No hai posibilidad ni conveniencia tampoco en. 
hacer períodos sistemáticos ni de cielos, ni de años, 
ni d« meses, en la marcha a la vez versátil e impa- 
sible de esta masa de rocas tapizada de verdura» 
i saturada de océanos que con el nombre propio de 
globo va jirando en los espacios, i que, por lo 
mismo, no obedece sino a su propia lei de rota- 
ción, haciendo precarios, inciertos i variables todos 
los accesorios de su marcha poderosa, los vien- 
tos, el calor, las humedades, los hielos, los hu- 
racanes, los aludes, loa sacudimientos de su propia 
costra hueca e ígnea en sus insondables bóvedas. 

Por esto pasaremos delante del año X con solo 



— 159 — 

un ^i:*^8petuoso saludo, sin interrogar otra cosa que 
BUCiielo. Ni el canon del Membrillar en marzo de 
181 4: ni el de Maipo en abril de 1818 hicieron os- 
cilsLir una sola línea el curioso barómetro por el 
cua.1. 86 rejia ya desde entonces el clima de nuestro 
suelo i de cuyo instrumento tradicional habremos 
de dar en breve alguna rápida noticia 

3)e los escasos acopios de la tradición conservados 
cotx relación a los primeros años del presente siglo, 
P^X'ece desprenderse, que la influencia esteriliza- 
¿ora del período de sequedad con que se habia ce- 
rra.do el precedente, templóse a un grado que hizo 
marchar los trabajos de la labranza, si no con pin- 
gües resultados, con la regularidad sana i provecho- 
sa a que hasta hoi mismo vivimos acostumbrados. 
Según uno de los mas minuciosos observadores 
que visitaron nuestro pais con miras industriales o 
de agronomía en la época de su independencia, que 
vive todavía nonajenario en Londres, el mala len- 
gua John Miers, los años corridos desde 1804 a 
1824, época en que escribió, habian sido de modera- 
dlas lluvias, con tendencia jeneral mas bien a la es- 
<ía8ez que al exceso. 

« * 

En cuanto al primer quinquenio del siglo, «vi ^\- 
lernas ocasiones nos han, asegurado \o^ auó^xio^ 



— 160 — 

qué en él vistieron poncho o manejaron la azada, 
que fué estrictamente una prolongación del períod(> 
de sequedad que hemos TÍsto mantenerse con tan? 
pertinaz tenacidad en los finales del siglo prece- 
dente. El año de 1804, "el año del eclipse," cuando 
la noche se hizo en la hora en que decian misa^ 
fué un año particularmente estéril, según las noti- 
€Ías mas o menos fidedignas que han llegado hasta 
nosotros. Anidóse de preferencia su maleficio en el 
seno de las madres, que en ese fatal año perecieron 
diezmadas por una condición singular de la atmós- 
fera. El año del eclipse fué de funestos partos, ea 
decir, de luto universal para Santiago. Entre lo» 
pocos predestinados que escaparon cuéntase al ac- 
tual ilustrado arzobispo de Santiago. 

De los años de la Patna vieja (1810-1814) no sa- 
hemos otra cosa sino que el 1 de octubre de 1 8 1 2^ 
bajó el único barómetro que existia en la capital al 
punto que hoi se llama temporal en tercer grado, 
alcanzando el mismo nivel de depresión que pre- 
sentó ese mismo instrumento en lo mas crudo del 
aluvión del 5 de junio de 1827, quince años ma» 
tarde. 

Era ese barómetro, cuya historia hemos prometi- 
do bosquejar, una pieza m\¿ c\xt\o^b^ "^oic «^feroaa i 



i 



„ 161 _ 

^construcción, pues asegura un viajero digno de fo 
qu^ su cubeta era del tamaño de una buena taza de 
bel>er tó. Habia sido construida en Londres a me- 
dia.c3os del siglo XVIII por el '^célebre óptico Do- 
llong", i tenia de curiosa e interesante la circunstan- 
cia de haber pertenecido al infortunado capitaa 
Bligh, cuando enviado en la Bounty por el gobierna 
ingles para trasportar a su patria el árbol del paa 
de las islas del Pacífico, sublevóse su tripulacioa 

i dispersóse por el ancho mar en sus embarca- 
ciones. 

Ignoramos cómo vino a parar a Chile tan pre- 
ciosa reliquia de la náutica inglesa, pero en los 
Primeros años del presente siglo existia en poder 
^^1 conocido caballero i mercader español don Fe- 
lipe Castillo Albo (el famoso corresponsal por 
f^tcrza de San Martin), i era en esos años el oráculo 
de Santiago, por medio de recados de las sirviente» 
1 mulatas de razón que hacian con los hacendado» 
las mas estrañas trocatintas i sinrazones de sus ad- 
vertencias i pronósticos. Su línea de estabilidad 
i de buen tiempo fijo estaba marcada en el grado 
28 pulgadas i 31 líneas de su columna del mas puro 
azogue de Almadén. 



r 

i * 

« « 



Según la anterior indicación barométrica de ua 
ii^es tan avanzado en el estío como el de octubre dd 
.1812, el uño de 'Va campaña de ]R\ma" , en ^\v5tD^sar 



— 162 — 

ferio norte, debieron los Carreras, dueños absolu- 
tos, políticos i sociales de aquella edad, i que al- 
guna vez humedecieron artificialmente los salones 
de baile de la Moneda mas de lo que habría fiíido 
menester, debieron, decimos, pasar al rescoldo d,) los 
placeres de aquellos años de secador i bayeta, un in- 
vierno tempestuoso. 

* * 

No parece fuera tampoco mas benigno que aquel 
año el invierno de 1813, por las inclemencias que es- 
perimentaron los sitiadores i sitiados de Chillan en lo 
mas crudo de aquella estación (julio i agosto); i res- 
pecto de 1814, el quinto i último año de la Patria 
de los Carreras, solo podemos decir que el primer 
aguacero se descolgó temprano al ruido de las des- 
cargas en que Mackenna defendía sus reductos del 
Membrillar el memorable 19 de marzo de aquel año. 

Son estas simples indicaciones, sin embargo, 
echadas al acaso en el sendero de nuevos i mas fe- 
lices esploradores: — **Una golondrina no hace ve- 
rano." 

Los años de la Reconquista española debieron 
ser duros i secos como el ceño de San Bruno; en el 
verano de 1816 cayó una centella en una chácara 
de Nuñoa que hizo singulares estragos en los apo- 
sentos i oratorios. A juzgar ademas por la facilidad 
con que el ejército de los Andes atravesólas monta- 
í¡¿is de que sacó su imperecedero i^otíibve en el vera- 



163 — 



o de 1817, es de creer que los dos o tres inviernos 
ue le hablan precedido no hablan sido toi'mentosos. 



» 
* * 



Del año de estreno de la nueva ora (1817) 
lo sabemos que fué excesivamente lluvioso en el 
í en el centro del pais. Llamaba por cada correo 
jeneralísimo San Martin desde Santiago al jene- 
1 Zenteno, ministro de la guerra, su brazo dere- 
0, i desde marzo a junio contestábale el director 
^Higgins, que le tenia consigo en Concepción, que 
1^^ era "materialmente imposible hacer el viaje por 
1^5^-a muchas aguas." Solo en agosto pudo regresar el 
inistro, tan urjentemente requerido, dando la 
elta por Cauquénes. — ''Hacen terribles aguas", 
cribia a su vez San Martin desde Santiago en ju- 
.0 de aquel año. 

Todavía el 16 de agosto se quejaba el último de 
s porfiados aguaceros de la Patria nueva. 



1 



* 

% % 



En cambio, el año de 1819, el año ingrato de Be- 
^^^vides i sus campañas de sangriento salteador, 
Presentábase como estéril i a tal punto que el 2 de 
J vanio no Uovia todavía en la capital. Pero los san- 
tí^aguinos hablan encontrado al fin un santo flexi- 
ble a sus pedidos i que desde las postreras rogati- 
"^ as ya referidas de 1797 no habia perdido su voga. 
San Isidro destapó en consecuencia las compuertas 
. del firmamento en ese mes, i no dejó de llover has- 
ta que ahorcaron al bandolero de Arauco enlaijW 
Áde Santiago en 1822. 



— 164 — 

I aquí comenzó este período de humedad, segan 
¿I testimonio del archivo tantas veces consultada 
como la fuente principal de información en este en- 
sayo. 

'*En la ciudad de Santiago de Chile, a primera 
dia del mes de octubre de 1819 años: estando los 
Señores del Ilustre Ayuntamiento congregados en 
su sala de acuerdo en cabildo ordinario: acordaron 
se estampase' en los libros de acuerdos para sa 
constancia todo lo acaecido con la traida del glorio- 
so San Isidro en rogativa a esta iglesia Catedral, 
por la esterilidad del año y es como sigue: — El día 
dos de jimio, en circunstancias de no liaber caich u)ia 
gota de agiia, acordó el cabildo traer al glorioso Santo 
en rogativa a la iglesia Catedral para rezarle su 
novena, convidándose al cabildo eclesiástico, comu- 
nidades relijiosas, clero i vecindario, señalándose el 
dia 4, en cuya víspera del dia, por la noche, fué tau 
copiosa la lluvia que duró hasta el otro dia que se 
suspendió la traida del Santo. 

"En fuerza de la promesa hecha se trató segunda 
Tez de traerlo el dia seis de j ulio, i fixados los car- 
teles el dia cuatro, en la misma hora de la fixacioa 
llovió tanto que se dejó para después la traida del 
Santo por el mucho barro i humedad de las calles. 

"Últimamente el diez i seis de setiembre próximo 
pasado se trajo al Santo con asistencia del cabildo 
secular i eclesiástico, comunidades relijiosas i vecin- 

' \- se le rezó la novena los nueve dias con asia- 



— 165 — 

t0neia del ayuntamiento, i el veinticinco, dia en 
qu.e se concluyó, por la noche, llovió de tres a cua- 
tro horas." 

Decididamente, San Isidro, santo godo i madri- 
leño, habia enfermado de hidropesía. 

* * 

Fué positivamente de grandes lluvias el períoda 
del819, 20i21,i por el exceso de las humedades, 
sin duda alguna mas dañosas que las secas, se per- 
dieron las cosechas, i por la dificultad de los trans- 
portes llegó a valer el trigo en ciertas localidades dos 
imdios reales la fanega. Asegura esto el viajera 
ingles Schmidtmeyer, quien habla como testigo de 
vista. El precio del trigo en ese año (lv821) variaba 
en Valparaiso entre siete i medio reales i un peso, a 
consecuencia de estar bloqueado Lima. Según ese 
mismo esplorador industrial del pais, que publica 
una minuciosa lista de precios, los bueyes gordos 
se compraban fácilmente por 15 pesos, i por esto 
hemos visto escrituras de ese propio tiempo en que 
se arrendaba la hacienda de las Tablas, que era una 
comarca con cuatro mil vacas de dotación, en cua- 
tro mil pesos, con mas el juanillo de un molino en 
Tabolango... 

Como principio jeneral puede establecerse qup 
los años de excesivas lluvias eran mas desfavora- 
bles a la agricultura del pais en las condiciones que 
alcanzaba en aquella, era de guerra \ d^ ^Oc>\:^i:^ 



— m — 

pública, sin caminos, ^in puertos i sin salidas, que 
loa años de comparativa' sequedad. Ya hemos to- 
mado nota repetida del refrán de los antiguos — 
/*afio seco, año de trigos", ®9 decir, que los últimos 
eran épocas en que el trigo . alcanzaba un precio 
remunerador i justo en los inviernos. 

No íiabia acontecido naturalmente esto última 
con las crudezas del período que acabamos de se- 
fialar, porque los polvillos negro i colorado no solo 
agostaron los trigos sino que los infestaron. I aque- 
lla escasez i carestía que recordaba la tasa de Amat^ 
i del cual hacen todavía memoria las matronas de 
Santiago, que vivian prestándose pan de una fami- 
lia a otra, como hoi el abecedario de los abonos de 
palcos en la ópera, tuvo aun maa desastrosas conse- 
cuencias que el hambre de las poblaciones i los cam- 
pos. El ballico contribuyó tanto o mas que el valor 
cívico de los notables de Santiago a la caida de 
O'Higgins en 1823. — **La hambre sube de punto^ 
escribía a aquél el jeneral Freiré, amenazándole con 
s\ji espada desde la intendencia de Concepción 
(setiembre 4 de 1822). Los. meses que nos restan 
del año son los mas críticos i en el pueblo no queda 
despensa de donde no se haya hecho sacar lo que 
se encuentra para el alimento de las tropas." 

Tales etun las consecuencias inmediatas de un 
ji}vjerno borrascoso, comcji el qué al presente se ha 



— 167 — 

desencadenado, a fuerza de ruegos i quejumbres 
infinitas de los huasos, sobre nuestro huaso suelo. 
En cambio, los inviernos de 1823 i 24 fueron com- 
parativamente secos, porque cuenta Miers, acos- 
tumbrado a viajar con frecuencia en esos años, de 
Santiago a su injenio de Concón, por la cuesta de la 
Dormida i la planicie de Limache, que la última era 
tan sombría, que no obstante tres años secos ren- 
día en el último (1824) con buen grano sus cosechas. 
De Colina i de Tiltil agrega, por lo contrario, el 
viajero ingles, refiriéndose a esa época, lo mismo 
que cien años atraa liabia dicho Frezier, esto es, 
que ambos lugares no eran sino una estéril i tosta- 
<la llanura. (1) 

En el último de esos años (1824) llovió solo diez 
<iia8, si bien hubo en abril (del 23 al 24) un enor- 
me aguacero de 48 horas, i otro de igual duración 
del 3 al 8 de julio. 

El año subsiguiente (1825) los dias de lluvia se 
duplicaron, porque llegaron a 21. Pero la cantidad 
de agua que cayó de las nubes, medida por horas, 
fté mui inferior (130 horas contra 220) a la del año 
precedente. El primer aguacero de 1825 tuyo lu- 









(1) "A dry and parched plain." — John Miers. — Traveh in, GftiiC, 



— 168 — 



gar el 8 de mayo i el último el 24 de setiembre, et — i 
cuyo dia, lo que parecería bastante estraño i ai 
anómalo, llovió 24 horas. 



^ * 



El invierno de 1826, el año de las tumultué 
asambleas de pipiólos i federalistas, comenzó el 2 -S 
de mayo i fué de pocas lluvias (147 horas repart^S- 
das en 17 dias). I fué de uno de esos aguaceros '^a 
la antigua^', probablemente el del 14 de agosto, qi^E-d 
duró veinte horas, del cual, oyendo ponderarle 
mo maravillosamente abundante en humedades- 
en discursos, un simpático senador de rulo en si 
tierras, pero no en su corazón ni en su injenio, es 
clamaba a cada paso, interrumpiendo al narrador 
peripecias — Qué buen año ^xtra Chcicabuco! — Fué 
te el mismo presidente de cierto club liberal qc=^==^^ 
aburrido de oir discutir la reformabilidad de 11^^ 
constitución de 1833, esclamó en una sesión m^^' 
morable como las de 1825— ^"Acabemos con est=====^> 
hijitos, para pasar a la del Perú." 






Lo que llevamos dicho, individualizando i^^^^ 
años, por dias i aun por horas, de ciertos auos^ '^^^^^ 
cambia, sin embargo, como lo habrá observado ^ 
atento lector en la diversidad misma de los hecb^^^> 
Ja sustancia de las doctrinas, o mas bien de laa ^m^ 



— 169 — 

cciones metereolójicas que hemos venido desarro- 
ll&ido al correr de la pluma i de las quebrttdas,. 
]E>orque mas o menos aseméjanse todos esos años a^ 
l<z>s que les precedieron, así como es notoria suana- 
l<i>jía con los que hoi atravesamos. Según el testi- 
onio, digno de respeto en materia de observacio- 
físicas, del varias veces citado Miers, todo ese 
ríodo de tiempo puede agruparse en un cicla 
rmal de años, cuyo promedio seria el de una zona^ 
énas moderadamente lluviosa. El mismo afir- 
a que los inviernos comenzaban jeneralmente, na 
abril sino en mayo, como al presente, que el pe- 
o de dias lluviosos fluctuaba entre veinte a 
::*€Ínta, i que cuando este número subia a cuarentOr 
cincuenta se consideraba el hecho como una ruina 
sicional por la peste de los trigos i por las epide- 
ias que solian desencadenarse en las ciudades. (1) 
I aquéllas son las mismas observaciones i detallesí^ 
e han apuntado en sus libros, sumamente lacóni- 
cos en este j enero de estudios, todos los viajeros da 
la época de que tengamos noticia: Stevenson, Proc- 
"lor, Brand, Miller, Pedro Schmidtmeyer, Sutcliffe,, 
Caldcleugh, Lafond de Lurcy, Lesson, Gay, Dar- 
wm, etc. 



(1) Rain Í8 seldom known to fall except in tlie month hetween may ancT 
flii^...In some few occasious that the number of rainy days is bctween 
fcffiy and fiffcy, are allways followed by deseases and gánete Mbox^ ^1 
itfioxipBí^Jfúf^v, Ibid, vol 1, páj. 381.) 



— 17© — 

Cada uno de estos viajeros, cuya peregrinacioa 
por nuestro suelo abraza un radio de diez a quince 
años (1817-1833), nos ha dejado de paso una ob- 
servación, un dato, una impresión cualquiera, mu- 
chas veces una simple sensación recibida en su 
epidermis; pero tendentes todas sus manifestacio- 
nes a maravillarse de la dulzura i uniformidad del 
clima de este ^'jardin del Nuevo Mundo," de esta 
''Italia de la América del Sud,'' de este "valle del 
paraíso," como llamó el ilustre Darwin el valle de 
Quillota en 1833. 

I lo que es mas notable que esta natural admi- 
ración por un temple de aire tan diverso en sus 
leyes de los climas fríjidos de Europa, de que aque- 
llos esploradores procedian, todos ellos se manifies- 
tan mas preocupados de los fenómenos de sequedad 
que de los de humedad que como carácter jeneral 
revestía el clima del pais. El uno se asombra de la 
rapidez con que se marchitan los verdes pastos de 
la primavera, convirtiéndose esta "Inglaterra del 
Pacífico'* en una verdadera Judea en el estío; pon- 
dera el otro la sequedad de la leña de las fogatas 
a la orilla del camino; quien nota lo quebradizo de 
las ramas de los arbustos; i quien, por último, como 
Domeyko, señala la común disparidad que existe 
en el aspecto físico de nuestras estaciones en la 
rejion central. Ninguno, empero, se queja de los 
"aguaceros antiguos,'' que estamos por creer fueron 
como los ponderados "hombres dfó\ c\itv!c:í ^\it\%W — 



— 171 — 

solo un cántaro roto i tesoreros en perpetua quie- 
b 



• • • 






Debemos señalar también en esta parte la in- 
fluencia que en el período de las lluvias pudieron 
tener los dos terremotos que el 5 i el 28 de no- 
vi embije de 1822 asolaron el norte i centro de la 
república, i especialmente a Copiapó i Valparaiso. 



# 



Pero la escepcion secular no tardó tampoco en 
apurecer en el calendario metereolójico de Chile, i 
aquella presentóse con mui característicos presajios 
en él invierno de 1827. 



# 
* * 



Después del año comparativamente seco de 1826, 
comenzó, desde temprano, a aborregarse el cielo en 
el otoño subsiguiente, cayendo el primer aguacero 
precursor el 17 de abril. 

Llovió en seguida el 1.® de mayo, como en el 
presente año de 1877, i según el observador Casti- 
llo Albo mantúvose en ese mes encapotado el cielo 

durante diez i siete dias, soltando solo algunos chu- 
bascos pasajeros (1). 
Mas, cuando el temporal vino a formalizarse en 



(1) RaUcion del temporal de junio de 1327 en la Olave, periódico oñ 
cmI, del 19 de julio do eae año. 



~ 172 — 

toda sa éstension e intensidad fué en el primer día 
de junio. Llovió ese dia solo tres horas, pero el 2 i 
el 3, habiendo bajado considerablemente la tempe^ 
ratura i el barómetro, cayeron entre celajes i relám- 
pagos tan copiosas mangas de agua que se produjo 
una fuerte riada en el Mapocho. 

El dia 4 llovió doce horas consecutivas i el 5 diez 
horas. Pero a las doce i media de la noche del úl- 
timo dia bajó el barómetro a un grado cual no se 
habia notado desde 1812, i a esa misma hora una 
terrible avenida se precipitó sobre la parte norte 
<le la ciudad, arrastrando cuanto encontró a su pa- 
¡ao, sin esceptuar antiguos molinos, como el de Cas- 
tro, el de Dávila i el de Carvallo, que hablan resisti- 
do enhiestos diversos ímpetus de las aguas en el 
siglo precedente. 

No pasaron, sin embargo, los daños valorizables 
en dinero de mas de cincuenta mil pesos, si bien 
algunos centenares de infelices quedaron sin ho- 
gar (1). 

La avenida de 1827, cuyos puntos de semejanza 



(1) La tasación de los perjuicios fué hecha por el inspector de policía 
crbana don Miguel Francisco Trucios en la forma siguiente: — Molina de 
^on Juan Castro (dando vista al actual camino de cintura), 20,500 pesos. 
Id. de Carvallo, 13,850 pesos. Id. de Dávila, 8,000 pesos, i el de Zañartu 
(hoi de Chuffardi, junto a la rampa oriental del puente de cal i canto) 
^000 pesos. Panadería de Gómez, 15,000 pesos. (Clave del 19 de julio 
€2e 1827.) 



— 173 — 

con la última crece del Mapocho nos esforzaremos 
por poner de relieve en época oportuna, fué solo 
una cruda, instantánea i furiosa riada como las que 
con tanta frecuencia se habian sucedido en el sigl\> 
precedente; pero bajo ningún concepto admitia ra- 
cional comparación con la "avenida grande" de 
1783. El dicho de las abuelas modernas de que en 
esa ocasión se tocaba el ao^ua de la avenida con la 
mano desde las murallas del tajamar es solo un di* 
cho de abuelas antiguas. Si tal hubiera sucedido, 
liabria desaparecido por completo el barrio de la 
Recoleta i de la Cañadilla, lo que estuvo tan lejos 
de suceder que los daños tan ponderados causados 
en el monasterio del Carmen de San Rafael fueron 
oficialmente tasados en doscientos pesos (1). 

En cuanto a las medidas de la autoridad pública, 
que acusan la misma lenidad, hé aquí las que acer- 
tó a tomar el cabildo según sus propios acuerdos, 
que son los siguientes: 

(ACUKEDO del 6 DK JT7NI0 DE 1827.) 

"En la ciudad de Santiago de Chile, a seis dias 
del mes de Junio de 1827, reunidos los señores del 
ayuntamiento en sesión ordinaria, se abrió un ofi- 
cio del cabildo eclesiástico en que invitaba a la 



(1) Tsaadon citada del inspector de policía. 



— 174 — 

Municipalidad para asistir a la rogatívBr del S«ñor^ 
San Antonio, abogadojurado para los aluviones del 
rio Mapocho, i se contestó en la * misma' nobhe^ ar- 
chivándose aquella nota. 

"Se estuvo tratando del modo con que pudiese 
socorrerse a la clase iniserable^ que ha sufrido con 
la avenida la completa ruina de sus fortunas' i aso- 
lación de sus hogares, i se acordó, después de va- 
rios proyectos qué se tuvieron presentes, nombrar 
una comisión compuesta del señor tejidor don Es- 
tanislao Portales, procurador jenerál de ciudad, i 
don Pedro Nolasco Mena, a quien sé le diríjió un 
oficio haciéndole presente el nombramiento para 
hacer una suscricion de todas las personas que erd-^ 
gasen voluntariamente para atender las presenté» - 
indijencias de tanto infeliz que ha quedado sin asi- 
lo; también se facultó a la comisión para que, no al- 
canzando a sufi-agar los gastos precisos del diaria 
sustento esaé cbntribucioneá voluntaiñas, lo& hiciese 
de los fondos tjpiúnicipal es, dando cuenta oportuna^ 
mente de lo que se impendiere. Se oi'den<$ asimis» 
mo a la comisión tomase una ra^on exacta de las 
familias recoxidas, que indique su númerOj^ sexo i 
exercicio, tratando de su fomento i establecímíérito, 
formando áí efecto su proyecto." 

(acuerdo del 9 DE JUNIO ) : 

• ' ■ ,■;■'. ■ ■ ■ ■ ■ . 

'*E1 dia nueve del presente se reunió esta corpo- . 
ración, después de repetidas veces que se juntd en. 






^ 175 — 

los dias anteriores desde la avenida, para tratar do 
contener una inundación en lo principal de la ciu- 
dad i ver modo de poner espedita la comunicación 
de la parte de la Chimba i Cañadilla, para lo que 
se comisionó al señor juez de policía urbana don 
Miguel Francisco Trucios, a fin de que colectase 
jente, ocurriendo para esto a los inspectores de ba- 
rrio, comprase las herramientas necesarias i solici- 
tase todos los recursos i útiles precisos para esta 
empresa, reconociendo con el injeniero don Santia- 
go Ballama los puntos que exijian la mas pronta 
atención i remedio. 

'^Igualmente se acordó se hiciese una redacción 
cada semana de todo lo que en ello se tratase, con 
especificación de los capitulares que hubiesen asis- 
tido, para remitirla al rol de policía, encargándose 
de ella el secretario del cabildo. — Firmaron — Pedro 
Jurado Montaiier, — Miguel Vicíela i Bravo. — Pedro Fe- 
lipe Inigiiez. — José V. Saiic/tez. — P. J. Fenumdez, re- 
jidor secretario." 

(ACUERDO DEL 15 DB JUNIO.) 

"En la ciudad de Santiago de Chile, a 15 dias 
del mes de junio del año 1827, reunidos los seño- 
.res de este ayuntamiento en sesión ordinaria se tra- 
jo a discusión una nota de la superintendencia, fe- 
cha 2 del presente, dirijida por el ministro del 
interior a efecto de que se emprendiese a la parte 
de la Chimba la construcción de \iu ta^^xxvdx o ^^ 



— 176 — 

^cualquiera otra obra equivalente, según se 
anas conveniente, para precaver en lo subseí 
anales que han sufrido en estos dias de ave 
después de haber conferenciado largamente 
teria, se acordó nombrar una comisión con 
del señor juez de letras, doctor don José < 
Palma, un rexidor que lo fué el señor don 
JFelipe Iñiguez (a pesar de haberse escusac 
los ciudadanos don Francisco Huidobro i doi 
cisco Valdivieso i Ordoñez, con el objeto de 
primer lugar se levante por peritos un plan 
gráfico del rio, su caja i puntos que indispe 
mente exijan reparo para cautelar los perjuic 
Loi se han esperimentado, talvez por car( 
una barrera o muralla sólida que lo impida; 
dicho plano deberá obrar la comisión, conta 
ra la empresa con los ingresos de los Potr 
San José, que a este fin particularmente se ] 
signado e igualmente el sobrante de prop: 
hubiese cada año, después de pagados los 
ordinarios i estraordinarios de indispensabl 
sidad, dando cuenta instruida, la referida co 
a esta corporación cada cuatro meses, contac 
de el principio de la obra." 

Tal fué el oríjen de los pocos muros de 
que resguardan la ciudad por el lado del no: 
cía BU parte poniente, i que dirijieron el ir 



' — 177 — 

liolandes Van- Sede, que se encontraba de paso en 
Chile, i' el concienzudo i laborioso coronel español 
Sallama, el delineador de nuestra Alameda, 

•i 

■ 

Prometimos, hace poco, marcar oportunamente 
Isis semejanzas metereolójicas que ofrece la compa- 
íPaxáon de los temporales ocurridos en el intervalo 
del medio siglo que separa los inviernos de 18271 
X 877; pero mientras llega esta ocasión nos será per- 
íxiitido señalar un rasgo peculiar de la mayor parte 
de los grandes temporales de Chile: tal es su solu- 
ción de continuidad en la dirección del norte» 






En la víspera de la avenida del Mapocho, ocurri- 
segun vimos en la media noche del 5 de julio, 
^alio es, el 4, comenzó a caer con fuerza el agua en 
Xllapel a las cinco de la tarde. Amaneció en segui- 
da, lloviendo en Combarbalá el dia 5 siguiente, el 
V en Elqui a las diez de la mañana, i, por último, en 
la Serena el 9 a las dos de la tarde. 

Esto había sucedido en lo recio del temporal, 
tromba andina que habia corrido en el espacio de 
una semana por los valles i faldas de la cordillera, 
cksde el Mapocho al Coquimbo, i ése habia sido el 
oto I ^^ itinerario de las lluvias del valle central en 
tiá'l ^úwcion de las áridas cadenas del norte. Pero en 
eim' ^ '^^^^ ^ habia descompuesto el tiempo q\i V;^^ 



— 178 — 

momentos en que el temporal se formalizaba en Ife _ 
zona de Santiago (junio 2) i habia comenzado a llczzi 
ver con fuerza el dia del aluvión, es decir, el 5 a la^ 
once de la mañana. 

Continuó desde entonces el huracán i con tet/? 
inusitada furia en aquellas latitudes, que entre el S 
i eí 10 de junio llovió veinte i cinco horas sin des- 
canso, produciéndose una verdadera avenida, cual 
jamas se habia visto en el rio de la Serena, i espe- 
cialmente en su quebrada de San Francisco, jene- 
raímente enjuta. El rio llegó a ocupar con su» 
aguas muertas, según informe del intendente, jene» 
ral Benavente, el espacio de tres cuadras, i en la 
quebrada ya referida subió el agua a la altura de 
cerca de dos metros (dos varas i cuarta), inundándose 
todo el pintoresco distrito llamado la Pampa. Los 
daños causados en la casa de la intendencia, iglesia de 
San Francisco i otros edificios públicos, se valoriza- 
ron en diez a doce mil pesos; i era éste el primer pe- 
cado que cometia el agua en aquella deliciosa ciudad, 
eternamente desposada con Neptuno i sus tibias 
nieblas, pero vírjen todavía del furor de sus amo- 
res. La crece de 1827 fué la avenida grande de la 
Serena. 

Ese estraordinario fenómeno debía ser excedido 
solo por el singular aluvión de marzo de 1856, del 
cual en su lugar haremos una pintura breve pera 
exacta. 



— 179 — 






Wécenos también oportuno añadir en este lu- 
gar, abordando una cuestión importantísima de 
metereolejía práctica, cuyo estudio se encuentra 
apenas en ciernes, que el año de 1827 fué estraor- 
dinariamente lluvioso en el viejo continente. "Muí 
rara vez se habia visto, esclama un ilustre divulga- 
dor moderno de las ciencias esperimentales, una 
serie de lluvias mas estraordinarias que las de ese 
afilo en la Europa entera." (1) 

( 1 ) Flammarion. L' atmosphére — 1873, Capitulo de las lluvias. 



CAPITULO \m. 

La crónica i la ciencia. 

Les mouvements généraiix deTatmopliere 
Bont aujourd'hui suiñsaiiineut conuus; mais 
les phenoniénes (jui les acompagnent va- 
rient suiyaut les circonstances focales dan»- 
lesquelles elles se produisent, cest-á-dire, 
snivant la topo^caphie, la proximitó de la 
mer, le genre dé culture et la nature du 
sol." — (ClavA, Mude de metereologtefweS' 
tiére)» 

Carácter místico de la meteorolojía durante la colonia. — La ciencia con- 
iirma empero todas sus doctrinas i revelaciones. — Dos graves obje- 
ciones al sistema desarrollado en el presente ensayo, i su examen. — 
Se prueba que la labranza del coloniaje necesitaba infinitamente 
menos humedades, i por consiguiente menos Uurias que la presente. 
— La esportacion de cereales en 1789 i en 178. — Los valores de la 
esportacion agrícola a fines del pasado siglo i en el último tercio del 
presente. — La producción de afrecho equivale hoi a la esportacion 
de cereales durante la colonia. — División agraria de la provincia do 
Santiago según el oidor Lastarria en 1790, i la forma i población 
c£ue hoi tiene. — Subdivisión infinita de la propiedad i aumento al 
<|iüntux)lo de la población en 90 años. — Segunda objeción i su exa- 
men. — La comai'ca de Santiago es el promedio meteorolójico del país 
i el punto mas adecuado de observación jeneral. — Por qué este 
ensayo no habría tenido utilidad práctica si hubiera sido escríto i 
«stndiado en cualquiera otro punto del territorio. — Cómo obra la 
meteorolojía jeneral de las lluvias en la zona atmoférica de Chile. 
— Las últimas teorías científicas de Pissis i sus discípulos, son las 
mismas del padre Ovalle i del jesuita Rosales. — Admirable acuerdo 
<le los principios de la ciencia i de los fenómenos do diaria observa- 
ción en nuestro clima. — Aplicación a nuestra tox)ografia del prin- 
cipio de los vientos dominantes en todo el univenjo. — Ejemplos ca- 
seros. — Escepciones fundadas en cansas topográficas especiales. — 
Cómo se ha logrado hacer un mapa-mundi de las lluvias, fijo i i)er- 
manente. — Camino que se abren en Chile las ideas modernas de me- 
teorolojía. — El último libro de Flammarion en Talca. — Por qué 
leen mas en las provincias que los santiaguinos. — Las obras truncas 
i la tenedui'ía de libros en Santiago según don Andrés Bello. 

Hemos llegado a un punto de nuestro relato en 
^ue 63 útil hacer una pausa, a la maueTa A^\ c^\íív 



;.v ^ 



— 182 — 



nante que se reposa en la mitad de su jornada 
para medir el camino recorrido i el fruto 'de fi^' 
afán. 






Hasta aquí a la verdad, no hemos tenido otr(> 
guia que los arcanos del cielo, ni ofcra luz que lo^ 
pergaminos, ni mas método de compulsa i de exa- 
men que los fenómenos esparcidos cual estrellas 
errantes en las pajinas de nebulosas crónicas anti- 
guas. Nuestro observatorio astronómico ha estado 
enclavado de fijo en los altares. La vírjen del Soco- 
rro fué el único azogue de la colonia: San Isidro 
fué su pluviómetro de mejor consulta, i si nos hu- 
biera sido forzoso completar la lista de los instru- 
mentos de observación de nuestros mayores i forjar 
para su uso el doble termómetro seco i hiímedo que 
con el nombre de sicrómetro sirve hoi dia para me- 
dir la humedad relativa del aire, no habríamos te- 
nido mas arbitrio que esponer a la intemperie las 
imájenes de Nuestra Señora del Rosario "la gran- 
de" i Nuestra Señora del Rosario la "chica." Tal 
era la índole délas observaciones meteorolójicas de 
nuestros abuelos i tan grande su pobreza de luz 
verdadera. 






Pero en 1827, año metereolójico que hemos ele- 
jido para niarcar dos épocas profundamente diver- 
sas como estudio i como progreso jeneral, el páia 



— 183 — 

labia vivido una década completa en la nueva i lu- 
miñosa atmósfera de libre análisis que creara la 
revolución, i ésta mecia ya en sus brazos la cuna 
en que la ciencia, como una creación divina, irra* 
diaba a todas partes sus primeros tímidos destellos, 
Vamos, por tanto, a comprobar los datos insegu* 
ros de la tradición con los esperimentos del estudio 
asiduo, a ^'carear," como dijimos en la primera pa- 
jina de este libro, usando una espresion técnica i 
espresiva de nuestro derecho cuotidiano, estos dos 
testigos de tan opuesto linaje i que por la primera 
vez 86 han encontrado el uno frente al otro en 
nuestro pais, a la puerta del presente siglo: la His- 
loria con la Ciencia. 

Pero antes de comenzar a cumplir tarea tan in- 
teresante, el lector indul jente i a la vez sensato nos 
permitirá salir al encuentro de dos graves objeciones^ 
no solo posibles, sino naturales, que en su ánimo 
acaso han surjido contra la base de nuestro sistema 
de apreciaciones, que es en conjunto la historia, i 
sobre nuestro punto esclusivo de mira, que ha sido 
hasta aquí únicamente la zona central del pais, i 
nías estrechamente la comarca que el Mapocho em^ 
papa, i fertilizan a porfía el Cachapoal i el Maipo, 
estos tres tributarios de la salud, la riqueza i el es» 
plendor del valle de Santiago. 

# * 



— 184 — 



Esas objeciones son dos, i vamos a enunciarla» 
con la llaneza con que lo haría un agrónomo *'a lin 
antigua," aferrado, como suele ser el huícso chileno, 
a lo que los huasos llaman como ciencia — ser **hom- 
bre de campo." 






— ^*Es engañoso vuestro método, nos diría proba- 
blemente el viejo campesino que hemos designado 
para argumentarnos. No habéis tenido razón para 
declarar que el pais fué por lo jeneral mas seco en 
tiempo de nuestros padres i de nuestros abuelos 
que en estos calamitosos i moderaos años de nove- 
dad e innovaciones: i la prueba clara del error de 
comparación que cometéis está en que los agriculto- 
res antiguos necesitaban mucha mayor cantidad 
de lluvia que nosotros, por lo mismo que todo el 
pais era de rulo i carecía del poderoso auxilio de 
la irrigación artificial, que sangra i agota hoi dia 
todos nuestros ríos, antes repletos e intactos." 

— ^'No hai por consiguiente paridad entre la pre- 
sente época i la antigua, continuarla diciendo nues- 
tro impugnador, porque lo que los hacendados vie- 
jos llamaban secas, era la escasez relativa de las 
lluvias, que necesitaban en doble proporción a la de 
hoi para sus campos. Una sequía antigua habria sido 
un buen año para la presente época." 






—.185 — 

^puntftmoa en los términos que lo hemos hecho 
la. precedente observación, porque así la hemos vis- 
to formulada alguna vez, i porque es la manera 
mas lata i mas. leal de presentar el argumento. 

Pero sin salir de ese mismo sistema de impug- 
nación, vamos a demostrar, de una manera a nues- 
tro juicio incontestable, que precisamente es lo con- 
trario lo que hoi sucede, i que las secas modernas 
«OH comparativamente períodos de humedad i de 
bonanza respecto de las plagas que en los bende- 
cidos i alabados ^'tiempos antiguos" asolaban nues- 
tros campos. 

* 

El agricultor moderno, diez veces mas sedien- 
to que el labrador del coloniaje uncido al codo de 
espino con que arañaba superficialmente la tierra; 
necesita cinco veces mayor cantidad de agua para 
sus múltiples faenas, no solo porque éstas se han 
decuplado (ésta es la proporción) sino por la varie- 
dad de sus operaciones de cultivo, por la actividad 
devoradora que impone a la tierra el subido arriendo 
que su valor exije i por la naturaleza misma de la 
labranza moderna. Sabido es de todos que ésta no • 
rosa simplemente la superficie del barbecho, sino 
que ataca con el arado, con el cultivador, con el 
rastrillo mecánico i hasta con la máquina sembra- 
dora, el subsuelo del terreno, requiriendo por lo 
tanto para la jerminacion, el desarrollo ítcí^^xw^t.^^ 



— 186 — 

los cereales i de los pastos exóticos una masa de 
humedad triple o cuádruple de la que exijia el su- 
perficial labradío de la tierra antes desocupada, vas- 
ta i ociosa. 

Cuando el campo era barato i abundaba, en un 
grado excesivo, casi todas las siembras se hacian^ 
como entre los romanos, por el sistema de barbe- 
chos, i no se "apuraban las tierras" sino de cinco 
en cinco años o de diez en diez, elijióndose aquellos 
"ojos" o panizos que mejores condiciones ofrecian a 
la fructificación de las sementeras i de las chá- 
caras. 

« 

I son aquellas, por ventura, las condiciones có- 
modas, desahogadas i de liviano arrendamiento en 
que reposa la agronomía moderna, basada en rendi- 
mientos cuyo importe anual equivale casi a la me- 
dida exacta del precio antiguo de la propiedad rús- 
tica? 

Sucede precisamente todo lo opuesto. 

Los hacendados de los pasados tiempos necesi- 
taban cierta moderada cantidad de agua para^su£ 
pastos naturales i para los riegos de sus siembras^ 
porque en la época de su mayor auje solo vivian 
del sebo que esportaban a Lima i de un centenal 
o dos de miles de fanegas que embarcaban a granel 
en doce barcos (arqueados, no por toneladas, sinc 
por quintales) en cada otoño para la costa del Perú. 



— 187 — 

linico mercado lícito i accesible a nuestra raquítica 
esportación. 

Hoi, por una razón inversa, el agricultor aspÍT*a a 
vivir permanentemente en el agua como las gavio- 
ias del mar, porque necesita ese elemento bajo todas 
formas, no solo como lluvia empapadora i pasajera, 
sino óomo vertiente abundante, como nieve eterna, 
<íomo rienfo artificial i duradero del estío i del 
otoño. 

Requiriendo infinitamente una suma mucho ma- 
yor de humedad, porque se ha impuesto la necesidad 
<le una producción diez o veinte veces mas consi- 
derable que la que exijian del suelo nuestros ante- 
<;esores, la agronomía moderna necesita por consi- 
guiente el auxilio del agua bajo todas sus faces, las 
de los aguaceros, las de las nevadas en la cordi- 
llera, las de las evaporaciones del sol en los riegos 
Artificiales, las de los rocíos dé lá noche. Por ma- 
nera que si ocurriere alguna de las secas qué deja- 
mos recordadas con detalles de su duración é 
intensidad durante años i períodos de años, el pais 
padecería un verdadero cataclismo, una ruina i un 
Tiambre jeneral, como las que de tarde en tarde vi- 
stan por análogas circunstancias la India o elBra- 



Pero para llevar la cónoiéiióia de lo que deciuáoa 
mn a los ánimos mas fíiextemente pi'eoca^^adoa 



— 188 — 

con las excelencias de las cosas antiguas, nos bas- 
tará parangonar algunas cifras de la producción 
agraria ya pasada con la del presente dia, a fin de 
demostrar cuan limitado era el consumo de agua 
requerido por los viejos i rudimentales cultivos i 
los afanosos del dia en que a Ja carrera vivimos^ 
Esa tarea no es difícil, i al propio tiempo es de una 
argumentación irresistible, porqtíe es la argumen- 
tación de los números. 






EHjiendo, así, al acaso, un afio de escepcional 
prosperidad para la agricultura indi j ana en el pasa- 
do siglo, el de 1789 por ejemplo, en que la esporta- 
cipn del trigo, que era el tipo de aquella i casi su 
materia única, llegó a su máximun, encontramos 
que al paso que la cantidad de sebo (producto d& 
los pastos naturales i de las ramadas de matanza)^ 
remitida al Perú, llegó apenas a la miserable pro- 
porción de 10,460 zurrones, la del trigo en su to- 
talidad fué de 204,179 fanegas, es decir, lo que 
producen hoi por sí solas una media docena de 
nuestras grandes haciendas en el departamento de 
Kancagua, como la Compañía, Codao i Bucalemu» 

Ochenta i cinco años mas tarde, en 1874, la es- 
portacion del trigo del pais, después de alimentar 
una población cimtro veces maym* que la de 1789, i 
újx contar con la esportacion de la harina i del 
^afrecho, ascendía a 38QJL'36,805 de kilogramos. 



— 189 — 






Hé aquí otra fórmula mas tanjible todavía i en un 
^fto mas avanzado de la producción del pasado siglo. 
El. valor total de la esportacion del trigo de Chile 
^U 1791, "año de trigos porque fué año seco," as- 
<5eiidió a la suma considerable de 272,500 pesos, de 
los cuales doscientos diez mil correspondían a la 
provincia de Santiago (que se dilataba del Choapa 
^1 Maule), i 62,500 pesos a la de Concepción. La 
tercera de esas provincias, la de Coquimbo, no era 
productora: era consumidora como hoi, porque, co- 
íxio, hoi era en esos tiempos i aun con mayor inten- 
sidad una provincia de secano. 

Ahora bien, por esos trescientos mil pesos esca- 
los que los eatancieros del centro i del sur de Chi- 
le remitieron como sus sobrantes para cambiarlos 
en Lima por el azúcar de sus mates, sus nietos 
enviaron en 1874 a las cinco partes del mundo 
loa siguiente^ valores, sobrantes también de sus 
graneros — en trigo, 7.494,079 pesos; en harina, 
■2.335,343 pesos, un total de diez millones i medio de 
¡pesos, esto es, treinta i mcis veces la proporción del 
• pasado siglo. 






I en esa esportacion verdaderamente colosal no 
figura sino, el cereal-rei, hijo de los riegos en Chi- 
le como en Ejipto. Pero ni de la cebada, ni del maiz, 
ni de los fréjoles^ ni de los prodwcto^ Yti'^TCoSsva- 



— 100 — 

turados que del gluten del trigo se envían al es- 
tranjero, como la galleta, la sémola, el frangollo, el 
fideo, ni de los inumerables productos que deben su 
valor i su salida esclusivamente a la irrigación artí- 
ficial, como la linaza, la semilla de alfalfa, el pasta 
aprensado, las papas, etc. , hemos tomado aquí cuen- 
ta por mero lujo de argumentación i prueba. — Basta^ 
oponer al trigo de la colonia, que era la esportacion 
única, el trigo de la república, que es todavía tipo i 
emblema de la riqueza nacional i de los riegos. 

•N- 

* * 

I ahora, en vista de estos datos, estraidos fiel- 
mente de la prolija estadística española llevada con- 
temporánemente en las aduanas del Perú {Mercu- 
rio peruano) i en la minuciosa moderna nuestra, no» 
cumple preguntar: ¿cuál labranza dependía mas de 
las lluvias i de las secas, la antigua o la modema?^ 

Ohl Casi con el desecho de nuestros molinos, es 
decir, en el residuo que deja el vasto consumo do- 
méstico de los cereales que antes iban esclusiva-^ 
mente a la batea de los amasijos indíjenas del paa 
de Chile i del pan qidqiie, tañemos casi para equili- 
brar los valores de la esportacion agrícola de la 
colonia. En 1874 los molineros chilenos remitieron, 
a la costa del Perú 127,094 peitK)S de afrecho... 

Ahora^ en cuantó á^*?! cifras de la esportacion. 



— 191 — 

importación de Chile, es decir, de la totalidad de 

i comercio j enera! en un* siglo i otro siglo, que 

también prueba i parangón de la actividad de 

á^xnbas épocas, hé aquí algunas cifras verdaderamen* 

asombrosas, que apuntamos sin comentario. 

Hemos dicho que el Perú era el único pais con 

cual haciamos a fines del siglo XVIII cambios 

productos agrícolas, i hó aquí la proporción de 

.eeK)s valores en un año que se aproxima a la con- 

xjiorrencia de un siglo respecto del presente, el de 

1783. 

Importación del Perú a Chile 

^por todos ramos $ 458,317 4 rs, 

Esportacion de Chile i 622,000 



Total $ 1.080,317 4 rs. 

Ahora bien, el comercio especial de nuestro pais 
<Jon el Perú ascendió en 1874 a 2.150,454 pesos i 
^l jeneral en todos lospaises del globo a 81.802,851 
pesos! En menos de cien años la prcíduccion i los 
<sambios que su desarrollo provoca se habian au- 
mentado, no en un ochenta por ciento, sino ochenta 
"mes ciento. (1) 



(I) No nos tendrá talvez a mal el lector hacendado i hacendoso agre- 
genios en esta nota el valor de esportacion en el úÜimo año de algunos 
de los artículos que acabamos de mencionar: es una prima de mui re- 
«áeato feeha que debemos a la cortesía de la oficina de estadística comer- 
4»1 del vecino puerto. 

Valor de la cebada esportada en 1S76 % ^\^A^1 



— 192 



* 



Hé aquí ahora, como corroboración local, otro 
datos no menos eficaces para confrontar una époc 
con otra. 

Según el oidor Lastarria, abuelo del estadist 
moderno, el 2)artido o departamento de Santiag 
alimentaba a fines del último siglo 35,000 habitar 
tes. Hoi, por el censo de 1875, ese mismo territori 
tiene 195,612 pobladores, a los que hai que agrega 
todavía 39,983 que en el presente pertenecen £ 
departamento de la Victoria. La provincia de Sar 
tiago se hallaba subdividida en esa época en 17 
predios, mas o menos en la misma forma en qu 
otorgó su suelo Pedro de Valdivia a sus camarada 
en 1550 i lo mensuró Jines de Lillo en 1604. 

Otro de los partidos de esa provincia, el de Me 
lipilla, que consistia en dos aldeas i veinte i cuatr 
fundos rústicos, poseidos por' otros tantos señore 
feudales, como Ibacache, San José, las Esmera" 
das, Curacaví, el Marco i las Mercedes, albergab 



•Jna- 



Fréjoles $ 66,904 

Maíz ; „ 19,407 

Galletas „ 68,8G5 

Fideos „ 56,444 

Linaza en grano ,, 41,377 

Semilla de alfalfa „ 4,896 

Pasto aprensado ,, 143,424 

Papas „ 221,94a 

Y con estos nuAve renglones basta. 



— los- 
en sus valles nueve mil pobladores. Hoi tiene 
32,253. 

El partido de Quillota, que llegaba del Aconca- 
gua al Choapa, tenia solo veinte i seis estancias i 
veinte i cinco mil moradores, repartidos éstos en los 
valles de Limache, Petorca, la Ligua i en una caleta 
que, como la d« los Vilos, poseia algunas bodegas 
i medias agims de teja. Hoi esa caleta se llama Val- 
paraíso, i el territorio del antiguo coiTejimiejito de 
Qicillota alimenta en sus campos i en sus ciudades 
doscientos veinte mil pobladores, es decir, nueve 
teces su población i sn consumo en la época mas 
floreciente de la colonia. 

Xía incalculable i benéfica subdivisión e hijuela- 
miento de la propiedad, otra gran fuente del desa- 
rrollo del cultivo i de la irrigación, ba seguido 
naturalmente el mismo camino ascendente de la 
población del pais. Es ésta hoi cinco veces mayor a 
la que don Manuel Salas, síndico del Consulado de 
Santiagfo, le asiofnaba en su famosa carta al minis- 
tro Gardoqui en 1796 — cuatrocientos mil habitantes. 

* 

I ahora, volvemos a preguntar: puede siquiera 
establecerse el parangón de las dos épocas, en el 
consumo i en la producción de una i otra, basada la 
presente (fíjese bien en ello el lector) en la cantidad 
de agua consumida por la tierra i su cultivo, entre 
los tiempos antiguos i entre loa tiemi^oa modetxioi's.'l 



t.:'.í . 



— 194 



* 



Ha llegado ahora el momento de ocuparnos de 
otra grave observación que no podrá menos de ha- 
cerse a nuestras apreciaciones i especialmente a 
nuestro sistema de comparaciones de épocas, de zo- 
nas i de climas. 

— "Os habéis colocado, nos dirá otra vez el sa- 
gaz crítico, en un punto céntrico del pais, en San- 
tiago, con un pié en el Santa Lucía i otro en el 
San Cristóbal, i habéis medido las humedades i se- 
quías del pasado tiempo por los hilos de agua que 
el Mapocho arrastraba, sin mojar vuestros zapatos, 
por el pedregal del rio o por los turbiones usuales, 
cuando salia de madre entre un cerro i otro cerro. 
Pero quién os ha dicho que el clima de Santiago 
era el clima del pais? Cómo sabéis si mientras sa- 
,caban los santiaguinos en lastimera procesión a San 
Isidro i le ponian grillos de plata como penitencia, 
edtaba lloviendo a chuzos en San Fernando o en 
Talca?" 






Pero ya se habrá echado de ver que si ese jó- 
nero de argumentación es injenioso, tiene en sí 
mismo el vicio que lo destruye, porque siendo un 
hecho innegable que la proporción de la lluvia va- 
ría en nuestra angosta i larga banda de tierra des- 
de la proporción de un milímetro, que es una gota de 
agua, en Copiapó, a tres metros, que es un diluvio^ 



— 195 — 

en Valdivia, no es méuos evidente que Santiago, 
precisamente el punto medio entre esos dos estre- 
inos, es el mas adecuado i el fiel para la observa- 
cion media (base práctica de h^ ciencia metereoló- 
jica) i por lo tanto el único que podría ofrecer ga* 
rantías de mediano acierto i precisión. 

Santiago no solo es la capital política del pais, es 
su capital climatoíójica. I por esto, i no por razones 
de otra especie, se halla radicado allí su obsérvate- 
rio metereolójico. 

Por otra parte, la esperiencia de tres siglos i la 
del presente dia está probando que las leyes que 
rijen la metereolojía de la zona central del Mapo- 
cho son las mismas, que disminuyendo en tensión 
hacia el norte i aumentando en intensidad hacia el 
mediodía, afectan a todo el pais productor entre 
el Biobio i el Limarí, i aun entre el Canten i el río 
de Copiapó. Cuando el año es seco en ,el grado 33, 
lo es de la misma manera cinco grados hacia el nor- 
te i cinco grados hacia el sud, es decir, que el año 
es seco para toda la república, como se observó en 
1863, con la proporción natural de cada zona, i con 
escepcion de las provincias australes, donde, como 
mas adelante veremos, las lluvias se rijen por leyes 
i fenómenos especiales de metereolojía. Por esto 
mismo, cuando se desborda el Mapocho, salen de 
sus cavices el Cachapoal, el Maule i el Biobio, to- 



— 196 - 

dos los ríos del territorio agrario, en una palabni. 
Por otra parte, las lluvias son simples viajeras em 
Chile,, es decir, vienen de lejos, mui lejos, empuja- 
dí^s por los vientos, i sus masas de humedad laten- 
te, conforme a un itinerario mas o menos fijo, som 
colosales en su estremidad austral, abultadas en sm 
mediodia, medianas en su centro, escuálidas en e¡ 
norte, nulas en el desierto. 

Por manera, pues, que la objeción se convierte 
en un dato más de certidumbre parala fijeza de las 
observaciones, i por lo mismo resulta que si este 
trabajo puede ofrecer una mediana utilidad al país 
agricultor, es precisamente porque ha sido escrito 
por un habitante de Santiago i de sua vecindades, 
i con relación a la zona central en que ha vivido. 

El presente ensayo habria tenido mui escaso va- 
lor práctico si hubiera sido estudiado i escrito en la 
Serena o en Concepción. 

En Copiapó o en Valdivia tal ensayo habria sido 
simplemente un absurdo. 






Bajo el punto de vista de la hijiene seria cierta- 
mente una aberrracion científica decir que el "cli- 
ma de Santiago" era el *'clima de Chile," pues eso 
no puede decirse ni aun de Apoquindo con relación 
a Santiago, ni siquiera de Peñaflor con relación a 



•- 197 — 

Talagante. Pero en un sentido agrícola i especial- 
mente bajo un punto de vista metereolójico, es no 
■solo lícito sino lójico denominar "clima de Chile/' 
«3 decir, el de la colectividad del pais, al de San- 
tiago, porque justamente es su promedio, es decir, 

¿sti tipo. 

* * 

Descartados ahora de nuestro sendero estos em- 
barazos, nieblas que podrian perturbar la visual i el 
<ix^iterio del observador i oscurecer la concepción de 
la jente llana, para la cual ha sido escrito especial- 
-Juente este compendio, ha llegado el momento de 
interrogar a la ciencia sobre sus leyes mas esen- 
•ciales i sobre sus revelaciones mas eficaces para el 
■común de los lectores, tema especial de este capí- 
tulo, según al comenzarlo lo insinuamos. 

El agrónomo chileno va por tant^ a ver con sus 
propios ojos,' cómo cuanto llevamos dicho, como 
.'Sencillo acopio de hechos, como sana tradición, es 
310 solo 'comprobado i verdadero, sino científico, 
íjo e inmutable. 






Cuál es la causa antigua, permanente, inaltera- 
3)le hasta aquí de las lluvias en las diferentes zonas 
-de nuestro pais, según las nociones i los resultados 
<í0ii8tantes de medio siglo (1827 — 1877), de las cien- 
<áa8 esperimentales i especialmente de la metereolo- 
jía aplicadas a nuestro cielo? — La ciencia misma 



— 198 — 

contestará por nosotros. '^EnChiley dice el eminente 
cuanto sabio profesor Pissis en su obra sobre lajeo- 
grafía física de nuestro pais, las lluvias son produ- 
ciadas por el efticuentro de los vientos polares con Ja 
corriente superior — que se dirije desde el Ecuador 
hacia el polo, pues siendo esta mas cálida y carga- 
da de los vapores sacados de los mares ecuatoriales, 
los abandona bajo forma de lluvia desde que se en- 
frian con el encuentro de los vientos polares. La 
jDOsicion de la zona en que se encuentran esto» 
vientos varia según la estación del año, pues, como 
se ha dicho ya, sigue poco mas o menos la marcha, 
del sol; también las lluvias siguen esta misma mar- 
cha, pues arrinconadas hacia el sur del grado 38 
durante los meses que se suceden desde Noviembre 
a Marzo, empiezan a adelantarse hacia el norte 
cuando el sol pasa por el hemisferio boreal. Las pri- 
meras lluvias caen jeneralmente en el espacio com- 
prendido entre los grados 38 i á5 i avanzan luega 
gradualmente, parándose de preferencia ei> los ra~ 
males trasversales que cortan de trecho en trecha 
el valle lonjitudinal; i asi como las primeras lluvia» 
que caen en la provincia de Curicó i de Cauquénes 
rara vez pasan mas allá de la rama de montaña» 
que atraviesa la Angostura de Paine i reúne la» 
montañas de la cordillera a las de Acúleo, asimismo 
las primeras lluvia que caeú en Santiago rara vez 
se .estienden mas allá del cordón de Chacabuco. 
Cuando el sol está cerca del solsticio, esto es, du-^ 



— 199 — 

irante los meses de Junio i Julio, es cuando son 
mas frecuentes las lluvias, cayendo entonces, no 
:solo en la parte media de Chile, sino también en la 
provincia de Coqtnmbo. Toman luego una marcha 
inversa, retirándose mas y mas hacia el sur hasta 
-el mes de Diciembre, en que no pasan del grado 
38." (1) 

Ahora bien: ¿en qué se diferencia esta teoría 
"tan admirablemente desarrollada (en el fondo, si no 
-ciertamente en su lenguaje) para hacerla compren- 
sible a todos, de la teoría que la simple i ruda ob- 
servación habia sujerido en la primera mitad del 
siglo XVII a dos monjes a la sazón oscuros, a Alon- 
so de Ovalle i a Diego de Rosales? 

Absolutamente en nada en su esencia. I si apa- 
rece algún contraste en la superficie es solo la na- 
tural del injenio inculto i del talento aleccionado 
por el estudio. — El sabio moderno afirma que las 
lluvias de Chile nacen del encuentro de dos corrien- 
tes de vientos: el monje jesuita auguraba con monos 
propiedad tal vez, pero con mayor enerjía, que ese 
fenómeno venia de las peleas de esos mismos vien- 
tos, ¡ su gradación de la mayor o menor recrudes- 
cencia con que se batian en las nubes él viento sur 
con el norte, "porque cuando viene el buen tiempo 
€S porque el sur ha vencido al norte.'' 

P). TiasíJ^-^eogra/ia física de Chile, páj. W: 



— 200 — 

La luz del siglo XIX ilumina las profundidades^ 
de remotos tiempos olvidados, i las comprobaciones^ 
mutuas tan útiles al hombre, se encuentran así a la. 
vez en el fondo i en la faz esterna de las leyes i de? 
los fenómenos mismos de la pi'óvida naturaleza que- 
los antiguos llamaban con Vazon su madre — *'lat 
madre tierra." 

Hemos escuchado la opinión del maestro. Per- 
mítasenos agregar aquí, para completarla, el juicio 
de uno de sus mas distinguidos discípulos, que colo- 
ca aquella teo^-ía en mas saliente relieve, amoldán- 
dola como una sustancia plástica a la topografía deE 
pais, i la desarrolla en las dos estremidades de nues- 
tro territorio. "En estos fenómenos, dice con rela- 
ción a las lluvias Pedro Lucio Cuadra, (en su pre- 
cioso epitome sobre la jeografía física de Chile, dada, 
a luz diez años ánte5í que la obra reciente de su. 
profesor, a quien respetuosamente la dedica) como 
en la mayor parte de los de que hemos hablado^ 
(los vientos, las nieblas, la tempestad, etc.) la to- 
pografía chilena imprime un carácter especial. Eik 
las rej iones próximas a los trópicos, siguiendo lo» 
j)rincipios jenerales de metereolojía, las lluvias de- 
bian ser ocasionadas por la condensación de los va- 
pores acuosos arrastrados por los vientos del sud- 
este, después de haber rozado la superficie déí 
Atlántico. De manera que las lluvias en laa pro- 



/ 



— 201 — 

vincias de Atacama i Coquimbo debían ser abiin-^ 
dantes; pero la gran cordillera de los Andes se in- 
terpone como un baluarte, de norte a sur, e impide^ 
que las capas atmosféricas acuosas la atraviesenv 
Entonces las lluvias solo tienen lugar en las co- 
marcas orientales de los Andes, como ser Salta i 
otras de las arjentinas, abundantes en lluvias, i de^- 
jan a las occidentales de Atacama i Coquimbo ea» 
■una notable sequedad. 

uLo contrario sucede en las provincias meridio- 
nales de Arauco, Valdivia i Cliilod Como situadas^ 
en latitudes avanzadas, las lluvias provienen de? 
"vientos del nor-oeste, que cargados de humedad;,, 
después de rozar con el Pacífico, vienen a condón*- 
sarse. Pero en lugar de ser arrastrados esos vapo*- 
res hasta las rejiones de la Patagonia,'se ven dete- 
nidos en su marcha por la cordillera i obligados a 
condensarse casi todos en la rejion occidental. De 
aquí la abundancia de lluvias en las provincias me- 
ridionales i su diferencia, bajo este punto de vista^ 
con sus vecinas del oriente. Es decir, que en am- 
bos flancos de los Andes, las lluvias sostienen una 
especie de compensación, de manera que a la se- 
quedad de Atacama corresponden las copiosas llu^ 
vias de Salta, i a las mui abundantes de Valdivia^ 
i Chiloé las escasas de la Patagonia.if (1) 



(1) P. L, Cuadra, Apuntes sobre la jeografía física de Chile (1868). 



I - 



202 — 






A persona alguna medianamente sagaz se habr* 
ocultado la importancia que tienen estas manifesta 
cienes de la ciencia esperimental en cuanto tiendei 
a confirmar las leyes eternas a las cuales, sii 
mas advertencia que la de los siglos pasados i sa 
rudos testigos, desde Pedro de Valdivia al alml 
rante Byron, hemos atribuido la estabilidad, la uni 
formidad i la clemencia bienhechora del clima di 
Chile. 

La contraposición ha sido minuciosa, severo e 
careo, leales los argumentos, amplias las pruebas 
i la luz se ha hecho por si sola, porque la luz en 
jendra la luz. 



* 
« « 



I ahora preguntamos a los que se desconsuela! 
por la tardanza en la marcha de una nube, por 1í 
sequedad pasajera de una ráfaga de viento, si h 
atmósfera que nos rodea obedece a leyes fijas tai 
antiguas como el mundo: por qué si esas leyes nc 
se han alterado por ningún cataclismo, visible o in 
visible, habría de haberse trocado aquél de hume 
do en escesivamente seco, o vice-versa? —Si las cau 
fías no han cambiado, por qué cambiarían los efectos' 






Ha dejado, por ventura, de calentar el sol cor 



— 203 — 

mas intensidad on las rej iones del Ecuador? Háse 
agotado la colosal evaporación de esas rejiones que 
convierten periódicamente en mares al Amazonas i 
sus tributarios, al Guayas, al Magdalena, al Ori- 
noco, al Plata i sus mil afluentes? Los vientos que 
ese calor intenso enjendra, rarificando sus capas 
au perfores, precipitándolas por las pendientes del 
globo hacia los polos, i haciendo así necesario e 
inevitable su reemplazo en el espacio que desocu- 
pan de la atmósfera por los vientos polares (los 
eternos sures de Chile), ¿han dejado de soplar en 
la misma dirección de ambos hemisferios? 

O acaso (estrechando todavía mas de cerca los 
límites jeneradores de nuestras humedades) ha de- 
jado de lio ver copiosamente en los Andes del Perú 
durante el período diluvial que se llama la esta- 
cion de las lluvias en sus sierras? O han perdido los 
arenales i los páramos de su costa su sequedad 
de acero que embalsama los seres orgánicos ha- 
ciendo momias eternas del hombre o del mulo 
que perece en sus soledades? O ha desaparecido 
siquiera del litoral de ciertas zonas determinadas, 
como la de Lima, por ejemplo, su humedad latente, 
que afecta, lo mismo que en el húmedo Buenos Ai- 
res, el tejido i la goma de los empapelados en los 
aposentos, el vestido, el calzado, el organismo en- 
tero en sus mas altas manifestaciones como en las 
mas humildes, en el corazón libre d« aneurismas, en 
]o8 delicados guantes de las damas, que el descuido 



_ 204 — 

-de pocos días cubre de moho como elde las flores 

i las rocas? 

* * 

No. La tosca esperiencia de tres siglos forma 
g)or sí sola un libro que la ciencia, aun calzándose 
da clámide de orgulloso empirismo, no liabria osado 
:atacar. Por esto, al contrario, la acata, la confirma, 
<e incorporándose con ella forma una sola doctrina, 
cma sola lei práctica i metereolójica, una sola ver- 
dad indestructible. 

No. El clima de Chile, que en cierta manera es 
Ohile mismo, que es la patria i sus mas dulces atri- 
iDutos de vejetacion i luz, de fecundidad i armonía, 
de paisajes inimitables en los sombríos i templados 
Aballes, de majestad silenciosa i aterrante en los se- 
nos de sus nieves de eterno refrijerio i de impere- 
cedero raudal; ese clima dulce, regulador, alterna- 
do blandamente en sus transiciones, fijo de estación 
en estación, i especialmente estable, que es lo que 
*en su cielo i en su suelo el estranjero encuentra 
anas digno de alabanza, no ha sido alterado dichosa- 
«nente en lo mas mínimo, i Dios ha de querer que 
:su mudanza se demore lo que han de quedar sus- 
pendidos en el firmamento su satélite i su centro. 
Ja luna i el sol. 






Nos será lícito llevar todavía mas adelante la 
teoría científica de la formación especial de las Uu- 



— 205 — 

vias en las diversas zonas de Chile, porque esa ro- 
tación de vientos i humedades obedece de consuno* 
a una lei universal que se estiende al mismo tiempo» 
que a nuestros valles al de todo el universo, al va- 
lle del Mapocho como al del Támesis, al Maule cor 
mo al Danubio, al >• misterioso rio Salado n cuya» 
aguas iraajina el vulgo corren silenciosas por susí 
subterráneos filtros, como al sagrado Ganjes i al 
Eufrates del Paraiso. 

El clima del globo es una sola sustancia, como e» 
una sola su atmósfera, como es una sola su costra da 
rocas descompuestas por el aire, la lluvia i el sol,, 
este gran químico del universo, que no necesita 
organizar sociedades anónimas para operar sus pro- 
dijios. Por esto los mismos instrumentos sirven 
para medir sus fenómenos en Punta- Arenas como 
en Quito, en la Serena como en Moscow. El labo- 
ratorio del mundo visible es el sol. 

Un hombre ilustre^ que tuvimos el honor de co- 
nocer de cerca en un viaje por el Océano, que él 
liabia ilustrado con sus grandes descubrimientos, 
el autor de la Jeografía del mar, el teniente de la 
marina ai^iericana Maury, ha dejado en su» obra» 
esplicadas suficientemente i descritas en sus mapas- 
con colores visibles las corrientes fijas de la atmós-^ 
fera, que envuelve, como el velo de gasa de la vír- 
jen, ^1. seno de la tierra, sin ocultat al hombre ni 



— 206 — 

a su estudio, el mas leve de sus perfiles, ni sus 
sonrisas, ni sus lágrimas. Esas corrientes mas O me- 
nos fijas estudiadas desdo hace mas de cincuenta 
años por Do ve, el ilustre decano de las ciebtíias en 
Alemania después dé la desaparición de Humboldt, 
esas contentes mas o menos estacionarias de las es- 
tratas altas, medias e inferiores de la liíasa átmofé- 
rica, que son solo los vientos con sus diversas deno- 
minaciones jeográficas i metereolójicas de alisios, el 
travesío,, e! terral, el simoun de la Arabia, cómo el 
viento zonda de San Juan, determinan por tanto en 
todas las zonas las lluvias, asemejándose las nubes 
que empujan a afanosas náyades eternamente ocu- 
padas en acarrear de un páis a otro, de un océano a 
un continente, de una llanura a una montaña o 
vice-versa, el agua que en una parte está de más i 
escasa en otro paraje. 

Esplicando esta misma lei universal un sabio me- 
tereolqjista que ha condensado en unas pocas pa- 
jinas todo lo que podria decirse sobre la teoría de 
las lluvias en el nuevo coma en el viejo inundo, 
demuestra que el oríjen de una i otms es siempre 
el mismo^. *'Los rayos solaresj dice M. J. Clavé, ca- 
lentando las maéfts gaseosas en contacto con la 
tierra^en los parajes vecinos al Ecuador, los dilatan 
i los obligan a remontarse a las rejionés superiores, 
en las cuales forma al derredor del globo una* espe- 



— 207 — 

cíe de amllo o diadema jigaotesco. Estas masas de 
aire ealíente rarificadas se escapan por su propia 
elasticidad hacia las pendientes de ese anillo coló- 
saly i dan lugar a que los vientos mas frios de los 
polos 86 precipiten a ocupar su lugar. Es ese un fe- 
nómeno análogo al que se produce cuando en una 
pieza, que ha sido calentada artificialmente, la chi- 
menea que la abriga atrae por su tubo el aire este- 

Igual fenómeno, añadiríamos nosotros si no te- 
miéramos ser nimios, i aun pecadores contra la 
pulcritud meticulosa, se produce en el hombre mis- 
mo, en cuya maquinaria se opera una rápida con- 
densación de humedades apenas deja un aposento 
abrigado para salir al aire fresco i libre... 

Establécese en consecuencia en cada hemisferio, 
feti el de Europa como en el de la América del Sur) 
tina doble corriente que se dirijo la una de los po- 
los hacia el Ecuador, arrastrándose por las rejiones 
i^as bajas de la atmósfera, i la otra del Ecuador 
tiá.cia los polos, caminando por la parte superior de 
aquella. 

Hé aquí sencillamente esplicada i puesta al al- 
cance del mas rudo labriego que sepa leer u oir 
leer la leí universal de las lluvias, a la cual hállanse 
aoinetidos el valle, la estancia, la choza misma que 
aquel habita, como la tierra entera. 



* 
4f « 



— 208 — 

La corriente superior de que hablan los raeteorolo^ 
jistaa, son sencillamente en la zona especial de nues- 
tro cielo, los nortes delgados, calientes i húmedos, 
mucho mas húmedos en realidad que los secantes del 
sur, cuyo frió el vulgo confunde, por una impresión 
engañosa de la piel, con la humedad latente que eíi 
una forma invisible arrastran los primeros. La co- 
Tríente inferior son estos pesados vientos del polo, 
esos s-ures que se precipitan amontonados los unos 
sobre los otros con creciente i casi no interrumpida 
furia desde noviembre a enero al ras de nuestra 
tierra, encorbando los árboles i sin traer una gota 
de humedad a la atmósfera, ni una nube al cielo, 
ni una emoción de alegría al cuerpo ni al alma del 
mortal. Los vientos sures son sanos porque son di- 
secantes, i obran sobre las manchas de la tierra i 
sobre los tejidos moleculares de la epidermis de la 
misma manera que sobre los pantanos, los miasmas, 
las putrefacciones, las epidemias, cual si fueran co- 
losales hojas de papel secante colocadas sobro 
charcos de tinta en la carpeta. 

* 

Pero en la grandiosa armonía de la naturaleza, 
esa misma sequedad fríjida i dura es la que enjendra 
las lluvias que empapan nuestros campos i regocijan 
casi involuntariamente nuestros espíritus. — Los s^u- 
res son en efecto eljigantesco i refrij eran te lecho en 
que, es tendiéndose en tibias ráfagas el rei de los 



^ 209 — 

vieutos, cual si llegase fatigado de su larga ruta, se 
xeposa un instante, i prosiguiendo en seguida su 
vuelo, arroja al pasar sobre el panizo de tierra que 
liabitamos su fecundo i misterioso humus. 

Según la manera como esas dos corrientes, los 
sures i los norteSy atraviesan los continentes o los 
■octanos, se disecan o se saturan de humedad, i lle- 
van con ellos el tiempo fijo o la Ikivia. En las ve- 
«cindades de la república del Ecuador (hablamos con 
relación a Chile), i en sus tierras como en sus ma- 
res, el sol estrae cantidades considerables de agua 
<jue forman esa zona nebulosa que los ingleses 11a- 
icatm.' clond-ring (anillo de nubes). "Una parte deesa 
;agua cae inmediatamente por efecto del enfria- 
iniento que esperimenta al subir a las altas rejio- 
nes de la atmósfera; esas son las lluvias tropicales. 
La otra porción es arrastrada por la corriente ecua- 
torial hacia las rej iones templadas de la Europa i 
•de la América, i se resuelve en lluvia a medida 
•que la temperatura de cada zona o pais se enfria, 
o que circunstancias loca les provocan la condensa- 
ción de los vapores en suspensión que aquellos 
arrastran consigo." (1) 

■• - - _ 

(1) JStude de vieteorologieforestiórc. Esta misma es La teoría que sobre 
las lluvias escepcionales desarrolla el señor Pissis resi)ecto de Chile en su 
iiltimo libro científico ya citado. "La marcha regular de las lluvias, dice, 
•completando con la escepcion la regla fija ya establecida por el misma 
antor anteriormente, está, sin embargo, sujeta a numerosas escepcioues. 
En efecto, sucede a veces que caen lluvias mui abundantes i durante mu- 
chos diaSy en los meses de Enero i Febrero, entre los grados 32 i 36 de la- 



— 210 — 

Esa era la misma admirable fórmula (admirable 
por su sencillez) que el ilustre Arago habia encon- 
trado en su inmenso i a la vez conciso jenio para- 
esplicar en todo el universo el fenómeno de las llu- 
vias que lo empapan i lo fertilizan. "La vasta es- 
tension de agua, dice el hombre que en el presente "^ 
siglo ha estudiado mas de cerca los fenómenos d( 
la naturaleza en su calidad de director del Observa- 




titud; pero estas lluvias tienen diferente causa, pues dimanan de pode- 
rosas tormentas que se forman en los Andes y se estienden luego por 
llanura." 

La fijeza inalterable de estas reglas eternas, como la rotación de lo«^i^-^^ 
astros, ha permitido a Camilo Flammarion publicar hace tres años tmafc-^^^^^^^ 
admirable carta o mapa-mundis de las lluvias en que están repreaenta- ^ rr ^^ 
dos los paises en que no llueve nunca, como el litoral del Perú i laMongo^^:^^^ 
lia en el centro del Asia; aquellos en que las lluvias alcanzan de uno m 
dos metros, i todas las gradaciones inferiores marcadas cada erial par< 
rayas o colores diferentes. Chile figura entre las zonas en que el agoft* 
da ñuctúa cada año entre veinte centímetros i un metro. 

Por fortuna, las ideas i principios metereolójicos que tan a prisa 
rremos en este ensayo, se abren rápido i ancho camino en Chile. Con 
verdadero placer hemos sabido que la última obra de difusión de la 
cia (pero no de "ciencia infusa") de Flammarion, La atmósfera^ ha sid» 
vendida en solo la ciudad de Talca en cantidad de mas de cincuent^^-*-*^' 
ejemplares. Verdad es que en los pueblos de las provincias se lee much»-*^*- ^-^^ 
mas que por el pueblo santiaguino, así como es también un hecho averi:''"^^^^ 
giiado que las librerías de la capital viven mas de los pedidos de faei". -^ ^^*i 
que del consumo interior, porque así como el lector de provincia 
el de Santiago pide a firme (i con pasta) o de prestado. De aquí el inm( 
so número de obras truncas que existen en el valle del Mapocho i de 
aquel agudo dicho, quejido alegre de una noble víctima, de don 
Bello (que era voto en la materia) según el cual los santiaguinos "( 
entre todos los pueblos del mimdo que saben leer, los que menos necesü^'^* * 
taban aprender la teneduría de libros, porque la sabian por principios".. — "^ '" 
I vaya esta digresión meteorolójica por ser de tan encumbrado orijeiu 




_ 211 — 

torio de Paris^ la VHsta estonsion de agua que cubre 
casi las tres cuartas partes de nuestro planeta da 

constantemente nacimiento a una gran cantidad de 
vapores que, partiendo de la superficie de la tierra, 
se elevan a las rejiones superiores que rodean nues- 
tro globo. Llegados esos vapores a diversas alturas, 
variables según la temperatura, los lugares, las co- 
rrientes de aire, etc., esos vapores se condensan en 
forma de nubes, las cuales se resuelven en gotas de 
agua que, por la lei de su propia gravedad, vuel- 
ven a caer sobre la tierra/' (1) 

Tal es, esplicada por la mano de maestros, con 
i'elacion a nuestro continente i al viejo mundo, la 
lei de las lluvias, que habia sospechado el inje- 
ii\io padre Ovalle i que nosotros hemos espuesto en 
<ios breves párrafos traducidos con cierta libertad, 
para hacerla mas comprensibles a nuestros lectores 
del territorio en que escribimos i para los cuales 
^acribimos. 

* « 

Preséntase aquí, por las contraposiciones na- 
turales que hemo'^ venido haciendo en este es- 
tudio en uno i otro hemisferio, la curiosa cuestión 
la correlación de los inviernos de Europa i 

(1) Francisco ÁxBgo, (Euvres mocplétes, vol. XII, ca^Vtvilo Left<]^luve%» 



— 214 — 

enunciación dábamos término al capítulo pre 
dente, está por estudiarse todavía i forma uno 
los temas mg^s interesentes i mas útiles a que 
bieran consagrar su asidua i seguida observac 
nuestros modernos metereolojistas. No necesitar 
así viajar tan lejos, demasiado lejos talvez, en ] 
del padre Sechi, hasta las manchas del sol... 
cable submarino vendría a ser, al contrario, el n 
terioso, pero instantáneo i previsor barómetro, 
nuestras costas. 

Por lo que a nosotros toca, vamos a confron 
lijeramente algunos hechos singulares, pero suc 
mente notables, que debemos mas a la crón 
que a la observación, mas a la casualidad que a 

eiencia. 

» 

Ya hemos dejado constancia, citando los datos 
un eminente metereolojista moderno en el capíti 
VI de este ensayo, de cuan lluvioso fué en Eu 
pa i especialmente en Francia (cuya zona toman 
por tipo por su anal ojia con la nuestra) el año 
1827, el mismo cuyo invierno se cambió en Ch 
en una serie no interrumpida de aluviones. 

Ahora bien. Ese mismo sabio (Flammarion) c 
en su obra publicada en 1874 como típicos seis ar 
de excesivas lluvias, recordados por lo misAo en 
pais como especiales. Esos años fueron, después ( 
ya citado dé 1827, los siguientes: 1828— 1845 
Jí^9— 1Í5ÍÍ^18«0— 1866. • 



— 215 — 

Vamos a dar ahora lijera pero justificada cuenta 
deloque en esos precisos años ocurrió en Chile. 

Nos limitaremos a formar la estadística metereo- 
lójica de cada año, porque este jénero de estudios 
gana con la sencillez de la esposicion. En materia 
¿le clima los hechos son todo. 

1838. 

El año de 1828 fué casi tan lluvioso en Chile 
oomo el que le precedió. Diluvió en este último du- 
x^nte treinta i un dias en el conjunto del año i por 
^n espacio de tiempo de 302 horas. En 1828 llovió 
solo un dia menos i durante 280 horas, esto es, 
veinte i dos horas menos que en el anterior. En 
cambio, el período de los aguaceros se adelantó en 
1828 tres dias, porque el primer chubasco cajó el 4- 
de abril, i en 1827 solo el 17. 

Hubo también '^el año dé la constitifcion de los 
pipiólos," que desde su cuña salió mojada, u^ fuer- 
te aluvión en ese mismo mes de abril (el dia 18) i un 
aguacero de treinta i seis horas entre el 16 i el 19 
tle junio. Excedió ademas en crudeza al de 1827 por 
cuanto en la medianía de junio (el 18) cayó en la 
planicie de Santiago una de esas pintorescas neva- 
zones que la visitan solo tres o cuatro veces en 
<íada siglo. 



— 216 — 
1845. 

Fué este año, recordado en Francia entre los 
mas lluviosos, porque cayeron 61 centímetros de 
agua en el pluviómetro del observatorio de Paris 
(en 1828 había caido un centímetro mas), seña- 
ladamente copioso en aguaceros de que liai me- 
moria en Chile i superior aun al de 1833 en la 
cantidad excesiva de agua precipitada por aquellos. 
Llovió solo 21 dias del año, pero con una abundan- 
cia tal que esos dias fueron casi un aguacero recio 
i permanente de 417 horas, es decir, diez i siete dias 
menos una hora, pero con todas sus noches cabales^ 
Eso era lo que los ganaderos antiguos, cuya era 
la industria agraria principal del pais, Uamabaa 
"llover a la antigua," deleitándose bajo sus fraza- 
das de Talca o de la Ligua, en escuchar el ruido 
musical, mas grato a sus oidos que las mejores 
arias de la ópera, de las canales maestras al caer 
en la media noche, fiel desposada en Chile de los 
aguaceros, los chorros sobre el duro pedernal del 
empedrado (1). En 1833 llovió 404 horas, pero en. 
48 dias. 



(1) Es un hecho averiguado j^or la ciencia i por la observación prácti- 
ca que eu la noche, siendo naturalmente mas f rí jida, llueve mucho mas, 
es decir, hai mayor precipitación que durante el diá. Ignoramos si algn- 
na vez se ha hecho algún estudio práctico o científico sobre el particular 
en nuestra tierra enemiga de trasnochadas. Todo lo que pochnamos decir» 
es que la jento anda diciendo con frecuencia en el invierno: — "Anoche 
llovió toda la 220che^" — * 'Llovió sin parar de tal a tal hora en la media 



— 217 — 



P5 



El primer aguacero de 1845 tuvo lugar el 25 de 
abril, si bien no pasó de un chubasco de dos horas. 
Mas el 9 de junio llovió 29 horas seguidas i después 
47 horas de un solo golpe! Del 27 al 29 de julio llo- 
vió sin escampar 51 horas, i este es el mas largo 
-aguacero de una sola hebra de que tengamos noso- 
tros moderna tradición Hubo aluviones en ese año, 
'que fué para nosotros de niñez, de latin i de cima- 
rras, pero sin duda por lo bajo de la temperatura 
no trajo sus antiguas riadas el Mapocho. Si nues- 



noche," etc, Pero en Francia, donde se ha estudiado este importante fe- 
nómeno con cuidado, se ha llegado al resultado que dejamos establecido. 
— Así, mediante una serie de observaciones hechas en el departamento 
•del Gard por un metereolojista práctico, durante treinta i cuatro años 
^desde 1802 a 1836), el promedio anual de los aguaceros nocturnos era de 
«erca de 40 milímetros mas abundante que el de los ijue tenían lu^^ar en 
«1 día, en est^ forma: 

Aguaceros de día 476.25 milímetros 

** de noche 614.92 ** 



Diferencia anual en favor de la lluvia nocturna... 38.67 milímetros 

. El ilustre Boussingautt, cuya amistad honró nuestra juventud, obtuvo 
resultados mucho mas soü^rendentcs en Colombia cuando acomj)añaba a 
Bolívar en 1817; Según sus observaciones, recojidas durante tres meses 
en Manuato, el resultado de la lluvia diurna i de la nocturna era el si». 
fíente: 

Octubre. — Lluvia de dia 34 milímetros. — Lluvia de noche 151 milímetrios. 
ísoviembre. ** de dia 18 ** ** de noche 208 " 

Diciembre. ** de dia 2 ** ** de noche 159 ** 

A muchos pai'ecen^ de pura curiosidad este estudio, i a ésos les haría* 
mos esta sola pregimta. Si en Cliile lloviese solo de noche ¿cuánto gana- 
ría la agricultura dejando el dia hábil para el trabajo i cuánto perdería 
si sucediese lo contrario? 



— 218 — 

tm memoria iio nos engaña íué él año de 1845 exce- 
sivamente frío, a no ser (jue las madrugadas infan- 
tiles para ir a los eisnetos sidgeneris del rio o del 
Santa Lucía dejaran en nosotros engañosa huella. 
Recordamos también que en los famosos jurado»^ 
de setiembre en que fué absuelto el Rebujon, Jlo- 
via la justicia, el cielo i hasta las piedras, en lo que 
no hai figura, porque ese dia de revuelta, la plaza 
perdió su pavimento, a fuerza de "peñascazos" con- 
tra el lomo de los vijilantes mojados, tiritando i a 
caballo. 

1849. 

Nó fué este año excesivamente lluvioso en Chi- 
le, porque se contaron por los aficionados solo 13 
aguaceros que duraron 185 horas. Pero el feriado- 
de las lluvias se anticipó al 3 de abril, i ademas es 
demasiado sabido que el invierno que le siguió- 
(1850) pasa por uno de los mas crudos de Chile,, 
como que de ellos habremos de tomar estensa noti- 
cia mas adelante, siendo de notar que en este últi- 
iño año las lluvias vinieron tan temprano que su 
primera aparición fué marcada el 3 de marzo. (1) 



(1) La mayor parte de estos datos están tomados de una serie de ob- 

s&rvadones práctióas hechas durante 27 afios (1824-1850) por un curioso, 

Sfe publiéaron bajo el anónimo en los Anales de la Universidad en 1850, 

i -han sido atribuidos por alganos a don Tomas Ueyes, antiguo empleado 

de la Beneñcencia, de Santiago. 



— 219 — 






1856. 

Ofreció el año memorable de 1856, memorable 
^spe^L'd mente por su inesperado i ruinoso aluyion 

del 10 de marzo, es decir, en los bordes de la esta- 
oioit estival, la singularidad de que ese mismo fe- 
nómeno se repitió en Francia de una manera asola- 
<iora el 20 de mayo, esto es, cuando «n aquella zona 
•comenzaba el estío que terminaba en el nuestro. 

Salieron de madre los ríos de Cbile en aquel alu^ 
vion, especialmente el Choapa, el Limarí i el rio del 
Huasco, como salieron el Sena i el Loira. Es también 
<ligno de especialísima mención el que las aguas 
<5aidas en uno i otro pais llenaron casi la misma 
iinedida: según Flammarion cayaron en Francia (Pa- 
tís) 55 centímetros de aguas lluvias; según Pisis 
cayeron en Chile 5^0 milímetros, esto es, mate- 
máticamente la misma cantidad. 



Desde esa xnieuna época o algo mas tarde Uevó también la estadística 

ele las lluviáef el apreciable tesorero de la Manicipalidad de Santiago 

daá Agustín J. Prieto, .quién, por el mes de enero de <!ada 'aSo publicaba 

'naik cuadro de todas sus observaciones del a&o precedente, marcando los 

diat dé buen tiempo, los nublados, nieblas, temblores, etc. 

Ha sido lástima que no nos hayamos podido aprovechar de estos pre- 
cita rejistrosj ^ pesar de la buena voluntiad de 9U (Biutor, por la desgra- 
ciada condición en que se encuentra su salud. . 

la verdadero' fundador de la metereolojía práctica en Chile, despuog 
4el lústoñador Pere^vCraccia, que hacifi filenos apuntes^a' fínes del si- 
00 pasado, fué el español don Felipe Castillo A^bo, con su ianio^Q b<fíní' 
fi%eéh>, (][áé ál principio del siglo la jeneralidad de los santiaguinos llama- 
9^¡úi^in\e f*el monsira," 



— 220 — 



* 



1860. 



Está en la memoria de todos que este año fu(? 
sumamente lluvioso en Chile, como lo fué en Euro- 
pa. Recojiéronse en el observatorio de París 64 cen- 
tímetros de agua i en el de Santiago 513 milímetros^ 

El "año sesenta" llovió copiosamente en el Ñor- , 
te, i fué el último año en que "bajaron los ríos/'' 
hasta 1877, en que volvieron a hajar fui lesamente^ 
como irritados de su largo cautiverio entre las bre - 
ñas de los Andes. 






1860. 



Nadie ha olvidado tampoco que el año de 186G; 
produjo desastrosas avenidas en el sud de Fran- 
cia, provocando las visitas de Napoleón III en las 
comarcas inundadas, como las que tuvieron lugar 
nueve años mas tarde, especialmente en el Garona 
(1875), obligaron al presidente Mac-Mahon a vi- 
sitar las ciudades asoladas, especialmente a Tolo- 
sa, situada en el centro de aquel sistema hidro- 
gráfico. 

Hace en Chile escepcion única este año a la uni- 
formidad del fenómeno que hemos venido marcan- 
do, porque, según el director del ObservatOTno astro* 
nómico de Santiago, señor Vergara, cayeron sola 
220 milímetros de agua en aquel invierno. En cam* 



— 221 — 

bio se acercaba el período lluvioso que lleva en la 
tradición el nombre de las ««fiestas de Echáurren,ti 
porque llovia en casi todas las festividades que or- 
ganizaba aquel funcionario mientras fué intendente 
de Santiago. 

Llamó en Chile mismo la atención de los pocos 
♦que entre nosotros la prestan (i la guardan) a las co- 
«as que pasan bajo del cielo, la paridad de inviernos 
ocurridos dos ai5os antes de esa última fecha recor- 
dada por el brillante i juvenil astrónomo francés que 
acabamos de citar. — »»Decididamente, decía en efec- 
to en el Mercurio del 7 de junio de 1864 su infa- 
tigable corresponsal Carmona, este Gemines, monos 
la grandeza i desventuras, de nuestras venideras 
leyendas, decididamente el cruel invierno que ha 
sufrido el otro hemisferio ha venido a repetirse en 
'el de Sud- Apaérica. n 

I esta coincidencia era tanto mas notable cuanto 
<jue el precedente de 1863 habia sido en Chile de 
una completa i calamitosa esterilidad. 






Muí apartados estamos, no obstante estos resul- 
tados, sin duda notables en un primer ensayo de 
comparación entre dos hemisferios, de llegar a nin- 
guna conclusión científica ni siquiera de aplicacioisk. 
Esa serie de fenómenos puede ser Mua B4\:\fii ^^ ^^- 



— 222 — 

sualidades. La ciencia no es como la política, tina- 
fórmula de aventuras antojada en el espacio. Lo 
que no es preciso no es científico, Pero tomado co- 
mo punto de partida el principio qtie asentamos,, 
¿no es digno de ser seguido en todas sus faces i 
desarrollos hasta obtener un promedio luminoso? , 

Agregaremos una palabra más todavía sobre la 
cuestión de hecho en el terreno mismo del doble 
fenómeno. 

Señala el mismo sabio jeneralizador que antes 
hemos nombrado, ocho años notables por la escasea 
de sus lluvias en Europa i especialmente en Fran- 
cia. I falla aquí en gran manera el principio de 
equilibrio que hemos visto mantenerse con rara 
uniformidad en los períodos Ihiviosos, por cuanto 
en aquellos años de sequedad- europea aparecen al- 
gunos de abundantes aguas en el rincón del hemis-^ 
ferio austral en que habitamos. 

Entre los mas señalados por este contraste apa- 
recen los años de 1820, 33, 42, 55 i 70, que ha- 
biendo sido mui secos en Francia encontraron en 
nuestros inviernos una disparidad considerable. 

Hemos dicho que nuestro invierno de 1820, in- 
vierno de guerra, fué mui lluvioso, i en Francia na 
cayeron sino 43 centímetros de agua. En 1833 se^ 
aumentó el caudal de la lluvia en aquel pais en un 
centíaietro, i ese ha sido preci^twaietA»^ ^\ ^^q mas. 



— 223 — 

Jbiúmédp; de Chile (con eacepcion del 45) de la pri- 
mera mitad del presente siglo, porque cayó el aguA 
•>clurant9 404 hotas repartidas en 48 dias. 

JEl aíLo de 1842 fui5;mui seco en Francia (40 ceA- 
tüímetros) i en Chile pasó como medianamente hú- 
>medo (171 horas en 19 dií^^). . .\ 

El de 1855 llegó a ser casi calamitojo en aquel 
pais, porque.se midió en sua^ pluviómetros solo 35 
^centímetros de agua, lo que es una escasÍBima pro- 
porción en un clima, sometido a la influencia 'darlas 
lluvias durante todos los meses i todos los dias del 
año^ i casi otro tanto puede decirse del año 70, por- 
gue el agua caida fué solo de 42 centímetros. 

En cajnbio; cayeron en Santiago, según Domay- 
ko, 547 milímetros de agua en el primero de aque- 
llos años (1855), es decir, nueve centímetros mas 
que en Paris, i en 1870> según Vergava, 204 milí- 
metros. 

H¿ aquí en ocho casos cinco de escéípcion que nos 
h-Oinos apresurado- a enumerar, porque, como diji- 
mos én la portada de este epitomé del tiempo, an- 
déis que la gala de las formas i las fascinaciones 
•del empirismo, presiden en su composición una sola 
snira, uá sólo espíritu — la btíeiía fe, es decit; la 
verdad absoluta, lá verdad compíetá, la verdad défe- 
tfmyia,- que es la única verdad de lA d encía. 



f 






— 224 — 

Qué deberemos, en consecuencia, deducir de ésta 
^contradicción? 

E,ije solo la uniformidad de clima para ambos * 
hemisferios en los períodos lluviosos i se disloca en 
los de sequía? 

O vice- versa, por lo mismo que las corrientesi 
aéreas que conducen en sus alas las nubes a las lla- 
nuras de la Europa central i llegan a esos paraje» 
estenuadas por su larga travesía, el residuo de sus- 
humedades dejadas en rezago en su punto comuft 
de partida, que es el ecuador, el cloxid-ring^ ¿ha ido 
a aumentar la intensidad i la saturación de las rá- 
fagas que se dirijen hacia el polo sur? Hó aquí el 
estudio. La solución solo podrá venir con los espe- 
rimentos i las investigaciones de muchos afios su- 



cesivos. 



^ 

% « 



Sin embargo' de esto, creemos que nos será líci- 
to agregar que el fenómeno de las humedades,, 
igualmente repartidas en ambos hemisferios, tiene 
una razón de ser sencilla i permanente, porque des • 
de que el centro inicial de ambas corrientes es el 
mismo ¿no es evidente que en ciertos años de exce- 
siva evaporación en esas rejiones pueden alejars 
una i otra, cargadas de humedades i electricidad 
obedeciendo a un mismo impulso i cumpliendo ii 
mismo fin? 

'Wlos razón algvma ^pata <\ue así no suceda—. 




"^"^^ xr^] 



— 225 — . 



i, al contrario, ese no3 parece el procedimiento na- 
tural i ajustado al principio de la metereolojía uni- 
versal que domina la atmósfera, universal también, 
que nos rodea, i que en todas partes es una sola lei; 






En cuanto a las faltas de compensación en las 
sequedades, acaso prevalecen fenómenos de otro jé- 
nero que habrán de entregar sus secretos a la sabi- 
duría humana mas tarde o mas temprano. 

Por de pronto, nosotros nos contentaremos úni- 
camente con fijar, a la manei'a dé dos rudas estacas, 
apenas visibles en el sendero de futuros esploradp- 
res, que dos de los años mas desastrosos por su se-, 
quedad en Chile, el de 1823 i el memorable 1863, 
que vino cuarenta anos mas tai'de, tienen una co- 
rjrespondencia exacta con años análogos en Europa. 
F'Jammarion señala esas dos fechas como correspon- 
diendo a años funestos por su sequedad en Francia. 



* 
^ * 



IRecoi-daremos todavía que el invierno de agua- 
'^©ros i de temporales que estamos soportando bajo 
^^^stros paraguas fué precedido por un año escesi- 
^^tnente lluvioso en Europa, cual lo fué el de 1.876, 
^^e careció propiamente de verano. 

Al presente mismo asistimos al fenómeno de las 
S^^ndes lluvias de la Europa central, que han de- 
^i^ida a los rusos en pleno estío a oviWs^a 3Le\ T>'^- 



— 226 — 

nublo, al paso que fechas mas recientes de la mete- 
reolojía de Europa anuncian qué el 1."* de junio 
tíltimo habia caido nieve en alglínás comarcas del 
norte de Inglaterra. Por esto dice con razón un 
periódico de aquel pais que el templado i alegre- 
junio (mervy june) *'habia hecho su entrada aver- 
gonzando al turbulento i ventoso marzo." (1) 

* * 

Ahcra, a nadie podrá ocultarse la importancia 
práctica i agraria de fijar con precisión esos hechos ^ 
i su correlación inmediata, a fin de llegar por me^ 
dio de las formas de la metereolojía universal, ^ 
poseer un conocimiento seguro, próximo, instantá*X 
neo si fuere posible, como lo es en el dia respecto d^ -3 
la mayor parte de las naciones de Europa, gracias — 
al sistema internacional de comunicación a horcu — 
Jija$ entre todas las capitales i especialmente entr« 
los puertos de mar, de las mudanzas lentas o reper» - 
tinas de la atmósfera. Hoi dia, la bola que cae en 
la hora instantánea del meridiano de la torre de 
Greenwich, a las puertas de Londres, precipitare 
sus mástiles las bolas jemelas i metálicas que anun- 
cian en todos los puertos de la Union la corrección 
matemática de los cronómetros, i al propio tiempo 
señala a los mariaos i a los capitanes de buque la 

■ * * ■■>■ «■■■■ !■■■ ■■■■fi^^>i» <!■ ■■■■■_■ ■■^■■1. «1^^ ■■■■■» m t I - I 

(i) The Qraphie del 9 de jubío de Wl. 



— 227 — 

<lireccion de las corrientes atmosféricas, los vientos 
favorables, los que han de ser adversos en tal se- 
ñalado rumbo, las calmas que pueden detenerlos, 
los huracanes de que deben huir, la vida latente de 
la atmósfera, en una palabra, i sus presajios de la 
hora siguiente. 

Es tiéndese actualmente este sistema rápidamen-; 
te a todos los dominios ingleses, gracias a los mi- 
lagros de la electricidad: a Jamaica como a Calcuta, 
I por qué habría de ser difícil que llegara hasta 
nosotros? 

Pero donde se ha impreso a este jénero de ob- 
servaciones un carácter esencialmente práctico, ins- 
tantáneo i utilitario, es en Estados Unidos, coofor- 
nae a la conocida índole de sus habitantes. Sabido 
BS que existe agregada al Observatorio astronómico 
ie Washington una sucursal llamada ^'Oficina de 
señales" (office of the chiefsigncd officer) desde la cual, 
después de- haber recojido por telégrafo^ a horas i 
minutos fijos, los datos de toda la Union America- 
na,, desde la rejion tropical de Nueva Orleans a la 
boreal del Maine i de Vermont i a la remotísima de 
California, se envia a media noche un. resumen de 
pronósticos con el título de indicaciones a todos los 
grandes diarios, indicaciones que éstos reproducen 
en su edición de la mañana, cont grandísima utili- 
dad de sus lectores, especialmente do los ma^vas^Á. 



— 228 — 

de los agricultores. De esta suerte, mientras que 
nuestra prensa solo anuncia los cambios i los de- 
sastres de la atmósfera después de sucedidos i des- 
deña aún rejistrar las observaciones barométrica» 
diarias, cual se acostumbraba hace 30 años (Mercu- 
rio de 1843), los diarios de Estados Unidos colocan 
invariablemente el pronóstico del tiempo para el 
dia en que aparecen, en el sitio de honor en que 
nosotros colocamos el santo del almanaque, o el 
anuncio de una hipoteca, o la venta de una pareja 
de caballos para las fiestas patrias, que también 
murieron con los aluviones... 

I esos pronósticos son casi siempre exactos por- 
que están fundados en nociones metereolójicas mas 
o menos aceptadas como positivas, en comparacio- 
nes antiguas i minuciosas con el tiempo análogo 
precedente i en observaciones jenerales i reciente» 
en una vastísima zona, de lo cual resulta que cada 
ciudadano de la Union, el labriego como el millo- 
nario, saben, al despertarse con su diario sobre la 
almohada, lo que tienen que hacer de mejor en 
aquel dia, si han de ponerse en viaje o recojer sus 
papas, i si han de ordenar o nó se prepare su baño o 
su carreta, o si han de cargar su paraguas al hom- 
bro i calzarse sus botas de agua "a la yankee" o 
dejarlas tras de la escalera. 

Como ejemplo ilustrativo de estas curiosas apll- 



— 229 -- 

'^awíwnes de la metereolojía, que algunos en Chile 
jugarán sin duda por preocupación i por rutina 
himples "embelecos," nos permitimos presentar 
^nte el lector un lijero bosquejo de los fenómenoa 
atmosféricos cuya noticia esparcía tres mil leguas a 
^a redonda la "Oficina de señales^' de Washington en 
ios dias en que con los brazos atados nos entrega- 

í>a,mos nosotros a nuestra última borrasca en el 

«•ooio pasado julio. 






En la noticia de todos está que el mes de julio 
^^^ excesivamente caloroso en la mayor parte del 
*orritorio de los Estados Unidos, pais de "clima 
^Xcesiv.o," según la teoría de Bufton, i algunos ha- 
*>i*án tenido conocimiento que en el presente año 
^sa época del estío ha sido peculiarmente ardiente» 
íil boletin de la media noche del 13 de julio último 
anunciaba por consiguiente un período estaciona- 
rio de calor en la atmósfera de todo aquel vasto 
'^rritorio. "En los Estados del Norte, decía el bo- 
letín, el tiempo está fijo i soplan lijeras brisas del 
^Ur-este. La misma calma en el centro, es decir, en 
^l valle del Ohio. Solo en la vasta estuaria del 
^ississipi se observa alguna leve perturbación en 
'bI barómetro," 

En consecuencia, al amanecer del sábado 14 cir- 
'Culaban en Nueva York ochenta o cien mil ejem- 
plares del New York Herald^ la hoja ma^ "^o^xAax ^ ' 



230 — 



aquel país, en que se decia en tipos visibles al fren- 
te de sus editoriales lo siguiente: Las probaMlidades^ 
del tiempo son hoz qvs refrescará un poco en la niañanay^ 
pero será seguido por una depresión calurosa i por con— 
siguiente pueden esperarse algunos chubascos. 








Al día siguiente, domingo 15 de julio, c,uand< 
todos se vestian mas o menos de^ prisa en la capi- 
tal de Chile para ir a visitar el rio i su alboroto, el 
boletín de la media noche en Washington anun- 
ciaba una modificación lejana de la atmósfera jene- 
ral. La presión barométrica que se habia notado ei 
el valle del Mississipi, aunque profunda, no avan- 
zaba bastante hacia el oriente para producir pre- 
cipitación, es decir, lluvia, ni en los Estados del 
centro ni en los del Atlántico. Por otra parte, 
bien los vientos del sur que empujaban esa depre- 
sión eran bastantes fuertes, la atmósfera que la ro- 
deaba carecía de la densidad suficiente para esten- 
der rápidamente su radio. En consecuencia, loí 
grandes rios de la Union, como el Ohio, e\ Dela- 
ware, el Missouri i el Mississipi continuarian decli- 
nando en sus aguas, i solo deberia esperarse algu- 
nas mangas de lluvia pesada en la rejion seten- 
trienal de los lagos, avisos ambos de grandísimí 
oportunidad para los navegantes fluviales.; 

Por lo demás, en los Estados del oriente la atmós — -^ 
fera continuaría estacionaria - - 



— 231 — 






En vista de este boletín, datado a la una de la 
noche con el título de Midnight weather report (''Bo- 
letín atmosférico de la media noche"), el New York 
Herald i en jeneral la prensa de todo el pais anun- 
<5Íó en coDfiecuencia que el calor de aquel dia en que 
nosotros nos estábamos ahogando seria mas intenso 
'todavia. I asi con toda precisión sucedió. 






Refieren las leyendas antiguas que oímos al ru- 
mor de los aguaceros de la niñez, i que viven toda- 
vía en las cavidades mas remotas de nuestra memo- 
ria, que los brujos enemigos del sueño eléjian lá bo- 
ta de la media noche para emprender, caballeros en 
escobas o en varillas de culen sus maléficas escur- 
siones por el espacio. Los tiempos de la fábula son 
ioi los mismos. Pero los" brujos que viajan: Koi ca- 
balgando eñ ^los alambres d.e cien mil millas de 
telégrafo son esos boletines de la ciencia, que esco- 
jen las calladas horas de la noche para iluminar, 
junto con el sol del empíreo, los senderos i los' ne- 
gocios de los mortales en la alborada siguiente. 






Hace un siglo, ¿qué decimos?^ hace apenas un 
cuarto de siglo $n efecto que respecto de nosotros 
Jas prediocionea del tiempo eran como arcanos caba- 
lísticos áe agoreros i de charlatanea. — -ü.o\ ^^ m^j^w 



— 232 — 

simple vibración del alambre telegráfico, cuya ma- 
nivela dirije una mujer o un niño. Decimos mal*. 
Para los fenómenoá de la metereolojía. los alambre» 
trabajan sin la intervención humana bajo la presioik 
de un martillo que cae, de un nudo que se desata^ 
de un cañón que dispara por sí solo a cien, a mii 
leoruas de distancia... I esto cuando la electricidad 
no ha salido todavía de su cuna! 

Por esto con sumo placer hemos sabido qne* - 
aprovechando una se^yioii de* capítulo^ (únicas confe- 
rencias que celebra la .ciencia universitaria en Chi- 
le) un distinguido miembro de la facultad de mo.- 
temáticas ha obtenido el asentimiento unánime dL.^- 
sus colegas para solicitar del gobierno la trasmisic^'t^ 
gratuita i metódica de todas las observaciones m 
tereolójicas a un centro común, que será entre n 
sotros la cartilla de ese precioso aprendizaje. 

Así, pero solo así, llegaremos a independizarnc:::^^ 
alguna vez de los versátiles pronósticos de hox^^^ ó' 
metros construidos jeneralmente para otros climai^^^ ^ 
del misterioso juego de las faces de la luna qur — ^^ 
para muchos es un oráculo impenetrable todavía- ^- 

Seria mui de desear también que nuestro centB^*^ 
de observación metereolójica, que ha sido para horr==^* 
ra del pais el primero inagurado por un gobierii^^^ 
en el hemisferio sur (1852), completase su reij ^í ^ 
observaciones en el vasto tiiángulo que forman la^^ 



— 233 — 

lades dé Santiago, Cóvdova i Lima. ¿Puede tar- 
muclio tiempo en esta última ciudad, de diáfa«- 
5Íelo, el planteamiento de ua observatorio astro- 
licol 

obtenida esa tercera base para medir i estudiar 
rmamento i sus fenómenos, habriamos conquis- 
) casi de seguro la certidumbre en la predio- 
. del tiempo, que seria de incalculable beneficio 
i la agricultura, la navegación, el comercio i la. 
L misma de nuestros paieblos, sometidos hoi 
lamente al acaso i a sus fatalidades. 

!s en verdad una cosa slnofular i dolorosa el 
ii'aste que ofrece la fijeza i la normalidad d& 
itro clima con la imprevisión casi absoluta cou 
respecto de él vivimos los chilenos. La estabi- 
i que dio la naturaleza a nuestro cielo es siem- 
una sorpresa para los que habitamos bajo sie 
e cobija. Mui raros son los campos que se^ 
,n por el incierto aviso del barómetro. Mas ra- 
sen todavía los hacendados que poseyendo eso^ 
rumento creen en sus anuncios. é 






o falta cierta razón práctica a los últimos, por- 
ademas de que el barómetro es en si mismo,, 
ecto de nuestro clima, un^instrumento engaño- 
por cuanto son los vientos calieutea \ uo losi 



— 28* --- 

fríos del hemisferio norte los que mas influyen en 
el descenso i ascensión de la columna mereuffal; j 
tienen los que ofrece en renta el comercia (qué eniu 
mayor número pertenecen a la fábrica del óptíoe 
francés Chevalier) el inconveniente de no haW si- 
do correjidos ni por el barómetro normal ni siqüie^ 
ra de la desviación considerable que Jos náetéreolo^ 
jistas llaman el "error del artista." 

Pero aun sobre los 'pronósticos de los mejores 
barómetros del país, correjidos a la temperatura de 
cerOy como el del Observatorio astronómico, siempre \ 
es un tanto aventurado depender, por la manera es- 
pecial como los trabaja el temple de nuestro clima,* 
siendo sumamente curioso el hecho observado por 
el profe&or Domeyko, durante ocho anos en la Se- 
rena i después en Santiago, de que las mayores de-, 
presiones del barómetro, es decir, cuando éste ha 
bajado a su raáximun, anunciando por consiguiente 
temporal en tercer grado, ha sido en lo mas calo- 
roso del verano, i ha subido, al contrario, a su ma- 
^ yor altura, anunciando el máximum del tiempo 
bonancible, en el rigor del invierno. (1) 



(1) Siendo en efecto el promedira anual del barómetro en Santiago i el 
tipo de su tiempo fijo i normal la aHura de 718.9 milímetros, el laborío- 
so observador que acabamos de citar lo ha visto suhir en su mayoü gm' 
duacion en julio i en agosto, es deoir, en el rigor del invierno, alcan^aik 



c» 



fvr 



Pero no sucede hoi dia mismo otro tanto con los 
instrumentos de construcción inglesa que señalan 
loe anuncios diarios de la prensa i por medio do éa- 
^|^*-| ta la precaución o descuido de los agrónomos en el 
campo i las ciudades? Cuántas veces el barómetro 
de la Bolsa en Valparaiao, por ejemplo, nos anun- 
cia en cada semana de invierno lluvia en primero, 
segundo o tercer grado, para hacernos despertar 
con un sol radiante a la madrugada siguiente, i 
-.r^ caántas otras el buen tiempo fijo se convierte en un 
^^' repentino chubasco de la mañana o de la tarde, o 
en un temporal a media noche? (1) 



ra? 

11] 

I 



do a 724 i 725.8 milimetros, al paso qiie en enero i febrero ha notado su 
desoenao hasta 701.9 milímetros.., 

Segmi las curvas barométricas que desde 1870 dibuja i hace litografía!* 
el intelijente empleado del Observatorio don Mciximo Cádiz estas cir- 
eonstancias están perfectamente comprobadas porque las depresiones 
buométrícas mas bajas corresponden a diciembre, enero i febrero i las 
mu altas a junio i julio. 

Estos diagramas, que tan útiles son para la consulta instantánea del 
observador común i del simple hacendado, han sido rechazados por/a¿l^ 
de fondos por la Sociedad Nacional de Agricultura. El costo es de quince 
pe909 por mil ejemplares. 

No es por tanto aventurado decir que el barómetro presajia en Chile 
los aguaceros solo por bruscas afinidades, i que si no fuera el influjo del 
calor del viento norte, bien podríamos buscar otro agorero que pregonara 
por cami>os i ciudades con mayor fidelidad, como habría dicho el padre 
Ovalle, los bandos i providencias del cielo. 

(1) Los dos barómetros que sirven en el vestíbulo de la Bolsa de- Val- 
funÓBO pura anunciar esteríormente, por medio de bolas negras coloca- 
das aobre un mastelero, son de construcción inglesa i de forma horizon- 
tsl, «iMrómetras de manüla, » como jeneralmente bq \ea 'WsaskSK \3\i<(^ X^a» 



r 



— 236 — 



Es éste un juego diario que divierte a los <5roins- 
tas i a los corresponsales por telégrafo, haciéndoles 
^'epresentar cada mañana el oficio de falsos profetas 
i alarmistas, como al vaquero que divisó, en 1624, 
«desde los cerros de la Ligua, la flota holandesa de 



csiclo construido por Ediii en Edimburgo i otro por Barton en Londres, 
ílxiste también un barómetro circular o aneroide, pero éste no se con- 
sulta. 

El procedimiento que usa el comedido empleado de aquel i\til estableci- 
miento i que lleva su estadística metereolójica es muí sencillo. Como 
<Iclante del observador están descubiertas solo las cuatro últimas pulga- 
<las de la columna barométrica, desde Ia27ala31, se anuncia el tiempo 
rsegun la altura que el mercurio ha alcanzado en cada una de ell s. 

Así, por ejemplo, cuando el azogue baja de la linea que marca la pul- 
rgada vijésima octava (28) a la vijésima sétima (27) se anuncia temporal 
«n primero, segundo o tercer grado, segim que el ^ogne esté en la parte 
«ui)erior, en el promedio o en la parte baja de esa sección. 

Cuando de la pulgada 27 pasa a la 28-29 se aimncia la lluvia en lanús- 
TTia forma. En la pulg.ula 29-30 se marca variable en la misma p^opo^ 
•<;ion, i en la 30-31 el hiten tiem¡}o en la misma forma. 

Es ésta una manera harto llana ciertamente de esplicar fenómenos pro- 
fundamente científícos, pero nosotros escribimos para la jeueralidad i fi^ 
^ara los ele j idos. Por eso no entramos en detalles que necesitarian va. 
libro i otra pluma. 

Los instrumentos metereolójicos de la Bolsa son, a .pesar de todo» bas- 
tante fíeles, i suponemos que han sido correjidos por el barómetro ñor- 
«aal. 

En cnanto al pluviómetro colocado en la plataforma de la Bolsa, es ha 
-cimple cubo de latón, de cuatro o seis pulgadas de diámetro, oou un tobo 
«de cristal esterior, graduado por pulgadas, que va midiendo el agua qw 
<cae en el tubo cada doce horas. Es un instrunfento mui barato i que cual- 
quiera de nuestros hojalateros podría fabricar. 

Los instrumentos metereolójicos i astronómicos del Observatorio son 
^en parte americanos (los del teniente Gillis, comprados en 1850 por 4 o 5 
mil pesos) i en pai'te alemanes adquiridos por su antiguo director don 
darlos Moesta. 

JKJ cronómetro por el cual «^regula el establecimiento es esoelentaL ' 



— 237 — 

aHeremite, i por »»alarmistaii lo ahorcaron en San 

ago. — "El barómetro, decia un dia de estos pasa 
as un diario de Valparaíso, ha subido; pero el tiem 

o ha bajado. Ayer el barómetro anunciaba tem2)o 

il m segundo grado i el tiempo estaba de asar al so 

n cuarto de cordero." 



instruido por Molinenx en Londres, i el barómetro norm/tl o ratetómetroi' 
% ¿do fabricado en Santiago, con tanta simplicidad como acierto, i^or- 
líptico suizo don Luis Orosh, 

Existe también en el Observatorio nn barómetro de viaje de la fábrica- 
e Oreen, Nueva York, resto de la espedicion norte-americana, i dos cu- 
0808 instrumentos alemanes fabricados en Dresde por Scliordfcwelle coir 
^liombrea de bai'ógrafo i tennófjrqfo. Son instrumentos automáticos i 

precisión, que van marcando, de cuarto de hora en cuarto de hora, las- 
loUciones do la temperatura, en el barómetro i en el termómetro, por 
iedio de un lápiz sobre una tira de papel. Pero como uno de esos valio- 
»rejistros llegase maltratado i el otro funcionó solo durante un año í 
3 descompuso, i se murió don Juan Baile... i don Luis Grosh anda en la» 
inas... allí están tirados como cosas inútiles los dos marcadores. 

Esto en cuanto a la metereolojía diana. 

£n cnanto a la astronomía, las cosas llevan mucho peor camino. Hace*' 
ICO años llegó un telescopio ecuatorial, encargado espresaroente a En- 
pa, que costó seis mil pesos i que Moesta en persona acomodó en bue- 
8 cajones. Pues allí está en esos mismos cajones el ecuatorial i los sei» 

1 pesos como una momia en su bálsamo. 

3e mandó en seguida construir una cúpula de observación para el ecua- 
ial, i allí está la torre, parecida al sepulcro semicircular de Cecilia- 
iieila en la via Apia, i mas destruida que aquel antes de ser concluida. 
?0T último, se mandó fabricar de piedra artificial (habiéndolas natura- 
ea las canteras de Kegolemu i de Tabón) una base para el ecuatorial 
ira la torre, i allí está la piedra a la intemperie corriendo la mismís 
irte de la torre i del ecuatorial... 

K todo esto no es tan chileno como lo es el charquican i el valdiviano, 
«ábemoe qué otra cosa lo sea más. 

ñero tratándose de legaciones de aparato, eso es otra cosa, í ^^lelíwatQ 
lia craz! 



— 238 — 

■ - • 4 

Por otra parte, preocupados casi esclusivauíénte 
los metereolojistas de Chile, que no pasan dé cua- 
tro o seis, solo de sus cálculos matemáticos i astro- 
nómicos, a fin de 'encontrar el promedio diurno o 

Felizmente, la comisión de metereolojía que se reúne todos los lánes 
bajo la presidencia del señor Domeyko, lia comenzado a dar algunos sig' 
nos de vida espontánea, en medio de], absoluto abandono.de recursos i dd 
estímulos en que sé la mantiene, i últimamente, en su sesión del 2d dfi 
agosto, ha tomado, sobre la responsabilidad personal de sus miembroii 
(acto de verdadero heroismo en nuestra tierra) encargar a Paria uda 
c mtidad de instrumentos de metereolojía para distribuirlos eu las pn^ 
vincias, a fin de hacer simultáneas i jenerales las observaciones. 
. Se nos ha referido a este respecto una aventura peculiarieima i qoA ni 
carece de chiste. Hace dos o tres años solicitó la comisión, meiereoló¡kak 
del mkiistro del interior, la trasmisión gratuita de las observaciones iof* 
tantáneas por el telégrafo del Estado. £1 ministro la acordó, pero el di- 
rector de telégrafos, que es hombre espiritual i de sangre lijera, coatei^ 
que él no creía en la metereolojía i que no enviaba ni recibia telegramai 
sobre tales niñerías. I con esto, miuistro, observatorio i cielo, ennmdfr 
cieron como otros tantos planetas apagados... 

Entre tanto, hai en el Observatorio un hilo telegráfico que se comuidoti 
instantáneamente con el de Córdova, i éste si que funciona sin exubantt 
por encima de los Andes. 

Ha recibido el encargo de comprar los instrumentos mete^eolójicos^ Cflj 
Europa, el señor Luis Zegers, agregado afortunadamente a aquella covi 
feion, i es de esperar los pida a los dos mejores ópticos científicos de £!• 
ris, Alvergniat o Golaz, porque sabemos que todos los instrumentoft 4( 
física traídos últimamente por ese apreciable i estudioso joven pectm 
cen a estas dos fábricas. 1 j 

El señor- Zegers, que está llamado a prestar a su pais importaii||j¡ 
servicios, si su constancia iguala a su injenio, no ha podido procuraiMi 
sin embargo, un electómetro de los inventados recientemente por elpci 
^^dente de la Sociedad Keal de Londres, . Sir William Thompson, i ^ 
tan útil seria para el estudio de las lluvias i de los temblores, Ho hii 
el presupuesto de instrucción pública 500 pesos para este jénero de 
belecos».,. 



— 239 — 

nensual i anual de sus observaciones, descuidan la 
Darte popular de la ciencia, que es la que mas ne- 
cesitamos i la mas útil. De aquí el escasísimo con- 
septo que se hace en jeneral del Observatorio astro- 
nómico de Santiago i los limitados servicios que 
presta a las ciudades i a los campos. Es esto últi- 
mo a tal punto que no conocemos en el pais mas 
de cien personas, entre dos millones, que sean ca- 
paces de comprender los boletines científicos del Ob- 
servatorio en la forma en que se publican, rijiéndo- 
secada cual, en consecuencia, por los anuncios de 
la Bolsa de Valparaiso, por las noticias del telégra- 
fo, por la anarquía de los barómetros particulares, 
taa semejantes a la "discordia de los relojes" de la 
Éibula, i especialmente por las vueltas i revueltas 
del astro.de la noche i de los locos: por la lun^, 

Por manera, pues, que la falta de método, de or- 
ganización i sobre, todo de precisión de nuestra 
meteteolojía práctica, no obstante nuestro Obser- 
vatorio, al que la política, mas esterilizadora que 
los huracanes; arranca sus jefes mas ilustrados, nos 
deja reducidos a la condición de los colouoB i de 
los i^bprfjeues, que dependian esclusivamente de las 
iíiudanz0,s C3.príphosa8 del crecimiento de la luna o 
de loe Vaticinios funestos de los temblores para caU 
eolar las alternativas de la atmósfera, que influyen 
00 nuestra organización como el pan de qada dia, i 
íon en realidad el pan o el hambre de la tieri-a i de 
inscríaturaa 



— 240 — 

Tiempo i sobrado es por tanto todavía para no- 
ísotros el de dar a nuestro único establecimiento de 
iñetereolojía una organización mas efioiente, mas 
práctica, mas conforme a las necesidades diarias del 
^agricultor, i sobre todo, de fácil consulta para la co- 
modidad, no solo en Santiago sino en todo el paia 
En Europa, los observatorios son, según ya lo diji- 
mos, no solo rejistros muertos de las perturbacio- 
nes pasadas i puramente científicas de la atmósfera 
i del tiempo, sino oráculos vivos del comercio, de 
la navegación i especialmente de la agricultura. 
En Francia, en Inglaterra, en Alemania, el labriego | 
«abe mas o menos, al uncir de madrugada sus bue- 
yes, según ya lo apuntamos, la bonanza o la yicle- 
raencia probable del dia que le aguarda en el bar- 
becho, i por esa lei regula su faena. 

Es cierto que en Chile se tuvo, por noviembre de 
1 873, la feliz idea de crear una oficina central de me-, 
tereolojía, agregada como sucursal práctica al O 
servatorio, i que se la dotó de un profesor competen-' 
te que habia pasado su vida entre los libros i I 
compases; pero el tifón de pasiones ciegas que se 
sato en las altas rej iones de nuestra atmósfera pol 
tica, dos años mas tarde, arrebató al joven astro 
mo a sus tareas, tal vez contra su voluntad, de s 
ro contra sus gustos, para ir a esterilizar su ciett 
en los afanes de ingrata cabala. Oh tierra del abfitdls 
do! Cómo no han de sucederse entre nosotros 
grandes i desastrosas sequías a los cortos períodos 



— 241 — 

luvia, de prosperidad i de cordura que suelen visi- 
arnos? Los chilenos vivimos, en lo intelectual coma 
>n lo físico, en un rulo que no tiene horizonte, coma 
iquella llanura sin fin en la cual estfiba condenada 
X pasearse eternamente la hija de un Dios en cas- 
;igo de rio recordamos cual grave culpa. 

Felizmente estamos todavía jóvenes para enmen- 
dar nuestros errores. La ciencia es eterna i sus 
obreros tardan en morirse. — Conocí yo, hace cerca 
^n cuarto de siglo, un eminente sabio, químico i 
agrónomo, anciano venerable de mas de 70 años, 
que liabia figurado en los tiempos del primer impe- 
rio i llevaba el nombre ilustre de Chevreuil. Cre- 
yéndole naturalmente convertido en las sustancias 
iapalpables de la materia orgánica que él nos ha- 
%¡a enseñado a conocer en su curso del Jardin de 
plmtas de Paris, en el invierno de 1855, pregunta- 
fe hace poco a un amigo recién llegado de Europa 
i familiarizado en sus centros científicos por la ópo- 
ea en que aquel eminente profesor habia desapare- 
ado, i su respuesta fue esclamar: -r- '^¡Cómo! Hace 
ipénas dos meses que oia sus lecciones pronuncia- 
ks con sonora voz i llevando su bastón al hombra 
unto con sus 93 años, cual si fuera un colejial"... — 
Ssos son los sabios de Europa que aquí agonizan en 
erpetua senectud i temprana jubilación en la mi- 
id de esa gloriosa carrera. — ''He visto bacie ^<^c,o» 



^ 242 — 

anadia nuestro ami^o, hablando de la ciencia i de 
su culto en Europa, he visto casi diariamente ir i 
venir en su cupé al ilustre M. Thiers a recibir lec- 
ciones de física, a la edad de 80 años, en un labo- 
ratorio privado, i he visto i aplaudido a los tre» 
Becquerel, padre, hijo i abuelo, que dan leccione» 
i trabajan a un mismo tiempo para el saber i para 
el mundo." 

Deshaciendo ahora parte del camino andado, i 
antes de pasar adelante en la discusión de las con- 
jeturas atmosféricas que hablamos emprendido al 
comenzar el presente capítulo, será natural que ha- 
blando en esta ocasión casi esclusivamente con los 
agrónomos i los huasos del pais digamos una pala- 
bra sobre los fenómenos de la luna i los temblores, 
en cuanto unos i otros han sido considerados por 
aquellos como presajios del tiempo. 

Se encontrará apenas entre mil un escéptico que 
en los campos de nuestra patria no crea como ea 
cosd, de fe i de salvación en que la luna al ^hcLcetse 
o en su primer cuarto, o cuando va a iospirar la luz 
de su disco sobre nuestro planeta, trabaja las nube» 
i regula la sequedad o la humedad del mes en que 
d^ce veces en el añx) i especialmente^ en loa seis del 
otoño i del invierno verifica su benéfica i siempre 
deseada rotación. 



— 243 — 






Pero los mas grandes sabios, los mas ilustres me- 
tereolojistas, como Francisco Arago, niegan en lo ab- 
soluto esas influencias, i aun log observadores espe- 
ciales que, como el señor Domeyko, han pasado en 
Chile los dos tercios de su útil i laboriosa existencia^ 
86 inclinan todavía a la duda. No está suficiente- 
mente probado, dice éste en su notabilísima Memo- 
ria sobre la metereolojía de Chile, verdadera cartilla 
de esta ciencia novísima entre nosotros (1850), no 
está suficientemente probado que las faces de la 
luna ejerzan influjo notable en la presión atmos- 
férica media del mes.'* 






No sucede otro tanto, sin embargo, a los hom- 
jjres de observación puramente natural, en Chile 
como en el resto del globo, desde Roma a Cartago, 
desde la India a la Araucanía. Así, por ejemplo, el 
mariscal Bngeaud, que era mas gran soldado que 
I gran sabio, nunca emprendía sus correrías en la Ar- 
jeliasino arreglándole por las faces de lá luna, es- 
pecialmente por su quinto- dia de crecimiento, que 
es el mas crítico. — Como pinta , quinta, dicen todavía 
nuestros huasos, copiando sin saberlo la anti- 
gua sentencia latina que hemosi puesto en el epí- 
^afe de esta sección de nuestro Ensayo, junto 
con el proverbio chileno; = . 

I lo que es mas aing-ukr, asi como ¿^\yc^Nc> ^í«^- 



— 244 — 

quistador de la Kabilia emptendia siis marchas 5, 
operaciones guiado por las mutaciones de la lana^ 
así los araucanos guíanse todavía, como los antiguos^ 
druidas, por el claror del astro misterioso i el volu- 
men de su disco. Desde Lautaro a Quilapan, las*' 
lunas son el único calendario, el único barómetro^ 
de las selvas i de las llanuras de Arauco. Latona^ 
madre de Febo, era la diosa de Chile antes que* 
Pedro de Valdivia trajera en sus pistoleras la Vír- 
jen del Socorro. 

Para hacer justicia a esa teoría natural, es pre- 
ciso, sin embargo, establecer el hecho de que los: 
que por ella se gobiernan no atribuyen a la luna en 
sí misma la formación de las lluvias, gino que reco- 
nocen solamente por la observación constante de 
muchos siglos, que cuando la luna ftace con Uima, así 
continúa el resto de su rotación, especialmente ea 
su primer cuarto i cuando termina su curso. 



''Como pinta, quinta, 
I si como quinta octava 
Como principia acaba/' 



* 



Nos será permitido, por tanto, ya que este libf^ 
no es de disputa sino de hechos, quedarnos a la 1^' 
tra de la tonada chilena, i por lo mismo que rf-^ 
»omo3 sabios, preferir la opinión del mariscal Bc^' 



3IÍ 



— 245 — 

geaud a la del mas popular astrónomo del siglo, e 
inclinarnos con mas eficacia a la creencia ciega de 
Melin i Quilahueque, que no a la duda puramente 
científica i esperímental de nuestro sabio Domeyko. 
En esto pai'ticipamos también de la opinión de 
un asiduo e intelijente observador, el padre Cape- 
Ueti, quien desde Concepción nos escribe con fecha 
reciente estableciendo su opinión categórica de que- 
la luna ejerce una evidente influencia sobre las llu- 
vias. 

En cuanto a las producciones i misterios astro- 
lójicos de nuestros liuasos, que no por ser fieles ob- 
servadores dejan de ser supersticiosos, i según los 
cuales, cuando los cuernos de la luna dan vista al nor- 
te ha de traer lluvia; cuando al sur, viento, i cuando 
Hacia arriba, bonanza, pai^ecennos solo es tra vagancias 
populares que nada significan. Son estas ideas, — 
como la del refrán '^círculo en el sol, aguacero o tem- 
blor" — "círculo .en la luna, novedad ninguna"— del 
«stilo de aquellas que cuentan las cocineras i las no- 
drizas sobre que la leche qué cae a las brasas rasga 
las ubre^ de la vaca cuya fué, o lo qqe ha de pasar 
por la noche a los niños que queman palitos dé es- 
coba o fósforos en la vela... 



ií'l ♦ 






Nepodriaraos dar remate a este capítulo feiti*^:^* 



— 24e — 

<5ordar también la teoría del profesor Falb sobre ] 

influencia de ciertas faces de la luna en las lluvia 

6ñ cuyo fenómeno este joven astrónomo cree junt 

«on el último paisano de su patria, la selvática Ei 

tiria, i en jenéral junto con toda la Alemania i 1 

Europa central. 

* . ■ 

La manera como qsplica el astrónomo austría.^ 
las leyes en que reposa esa creencia universal, 
sumamente clara, comprensible i natural, porq^i 
consiste en hacer estensivas a las corrientes atmc 
féricas las mismas; fuerzas de atracción que la liiJ 
ejercita conocidamente sobre las corrientes líquid 
del 0«(j¿anO;j es decir, sobre las mareas. 

En consecuencia de esa poderosa atracción, pueí 
taen ejercicio durante ciertas circunstancias de - 
luna en sus relaciones con la tierra i con otras ó) 
bitas del sistema planetario, se produce un gra 
aceleramiento en las dos corrientes jeneratrice 
universales de la lluvia, la corriente del pplo (/(? 

' : * - ■ ■ • ■ { ' ' ' 'tí-' 

vkiitQS sures) i la corriente ecuatorial (el vie7ito norte 
que por ser map liviana, i ocupar las capaa superio 
res de la atmósfera, es impulsada hacia arriba po 
la leí de atracción de todos conocida, desde Newton 
desde Pascal. 






Ahora bien, ¿qué resulta de ese aceleramiento es 
^a^iv^inaiío impreso ft la marcha normal .de las €i 



— 247 — 

corrientes atmoféricas? Resulta que el viento ecua- 
-fcoria), por lo mismo que ha hecho su travesía con 
mayoíT. rapidez, ha conservado la saturación de hu- 
xneda^ de que viene impregnado en mucho mas con- 
siderable cantidad que de ordinario, i otro tanto ha 
aucedídp al viento del polo, que llega al punto de 
conjunción mas frió i mas acuoso quede ordinario. 
Pecipitando así, de una manera violenta, el uno 
contra el otro los dos elementos constitutivos de las 
lluvias, por el influjo especial de la atracción del 
planeta satélite de la tierra, es evidente que las 
probabilidades de lluvias i su abundancia, son mu- 
cho mayores que en el tiempo común. I de aquí la 
<2reencia universal de la participación de aquel astro 
^n las humedades de la atmósfera i en su precipi- 
tación sobre el suelo que humedecen. 

Pero es preciso advertir que ni el intelijente me- 
tereolojista que hoi nos visita, ni nosotros mismos, 
apuntamos estos fenómenos sino a título de pro- 
nóstico probable, porque la regla evidentemente no 
es fija, como lo es la de las dos corrientes ecuato- 
riales i polares que la luna afecta. ¿No habríí, empe- 
ro, de llegarse a establecer con precisión, no obs- 
tante los vaticinios contrarios de eminentes astró- 
nomos, las bases metereolójicas en que reposa la 
tradición tan universal como el diluvio, que hace a 
la luna un ájente notable i directo de las mudanzas 
del clima en todas las comarcas del globo? 



248 



* « 



Entre tanto i prosiguiendo nuestra tarea de es- 
poner simplemente los fenómenos i manifestaciones 
.mas marcadas de la metereolojía en nuestro territo- 
rio, pasamos a ocuparnos en capítulo por separada 
de los temblores de tierra en relación a las lluvias 
i a las alteraciones del clima. 



CAPITULO X. 
II. 

Leyes ñjas i fenónienos. 

I. LOS TEMBLORES I LAS LLUVIAS. — IL LA DISTRIBUCIÓN I PROPOR- 
CIONALIDAD DE LOS AGUACEROS EN CHILE. 

**En cualquiera época del año que un terremoto 
tenga lugar, él sei'á feyuido de variaciones atmoa- 
Jtrica^, comiuwieníe de Uucioit mas o menos ahundan^ 
tes que vendrán a ret/ar el mismo espacio traaéornadA} 
i no se separarán mucho de él. Parece también que 
estas lluviae- son las meñsajeixis de la tranquilidad 
del suelo" — Paulino del Barrio.: — Memoria so- 
bre los temblores de (ierra, 1855.) 

• 

X(OS movimientos de la tierra considerados como pronósticos del tiempo. 
— Catorce terremotos i grandes temblores seguidos de lluvias o vio- 
lentos cambios atmosféricos. — Los dos terremotos del siglo XVL — 
Los dos terremotos del siglo XVIL — Los dos grandes terremotos 
del siglo XVIII, acompañados de salidas del mar. — Terremotos de 
18-22 i 1835, i grandes temblores de 1829, '37, 51, 73 i 74.-— Doscien- 
tos setenta i dos temblores en 21 años. — Casos comprobados de llu- 
via en los últimos diez años después de movimientos de la tierra.— 
Pronósticos domésticos sobre los temblores. — Los pronósticos de Falb 
en 1868 i los de la * 'beata de las tinieblas" en 1873.— Conclusiones 
ciesntíficas a que lle^a Paulino del Barrio en 1855 sobre los tembloi*es 
i las lluvias. — Cantidad media de Agua que cae en Santiago i en las 
principales capitales de Europa. — Distribución délas lluvias de Chile 
«n sus tres zonas. — Escasez tradicional en los campos del norte i en 
sus ciudades con techos de barro. — Cantidades prt>dijiosas de agua quo 
caen en Valdi\áa. — Promedio de lluvia en la zoixa del centro. — Distri- 
bución de las lluvias por estaciones, por meses, por lioras i por milí- 
metros en las diversas zonas del pais. — Benéficos resultados para 
la agricultura de Chile de la concentración de las lluvias en un 
período de tiempo determinado. — Votos patrióticos, pero equivoca- 
dos, del naturalista Gay. — Admirable i benéfica lentitud con que las 
lluvias obran sobre los tenenos i ííobre el temple jeueral del pais. i 

Debemos ocuparnos aliora casi esclusivamente del 
mas vasto e importante de los fenómenos que 
desde remotos- tiempos se consideran entre noso- 



— 250 — 

tros como los augurios mas ^seguros de las mu- 
danzas del tiempo,, a la vez que ocupan algunas^ 
de las mas luctuosas pajinas de nuestros anales de 
llanto i de ruinas. I a la verdad que contemplando 
los temblores de tierra únicamente Imjo el aspecto 
atmosférico, es decir, por la participación que pare- 
cen tener en la formación de las lluvias, por mas^ 
que la ciencia se tapase los ojos i los oidos con sus 
dos manos, no podría escapar a la convicción de un 
hecho comprobado, no solo en todos los siglos, sino» 
en todos los dias de que la iaétereolojía del vulgo- 
haya llevado cuenta. , 

• Nos limitamos por esto a verificar i completara 
la lista de demostraciones históricas, todas irrecusa- 
bles, que sobre este interesante particular dejó in- 
conclusa nuestro ía;mentado amigo i sabio condiscí- 
pulo Paulino del Barrio, cuya prematura pérdidas 
nunca lamentarán bastante las ciencias esperimen • 
tales en Chile. ^ 

Para ser mas breves, hacemos en seguida él oouk- 
pendió de las demostraciones que del Barrio publi- 
có en su famosa, memoria sobre los temblores en 
1855. 

. *% 

I. Mayo A de 1633, — En este terremoto, que era 
el mas 'antiguo conocido cuando vio la luz pública 
aquel nota;ble ensayo, asegura el padre O valle, eu 
su calidad de contemporáneo, que en el paraje en 
gue íué mas desastroso (en Carelmapu) cayó inme- 



s 



CAPITULO X. 
II. 

Leyes ñjas i fenómenos. 

I-OS TEMBrX)RES I LAS LLUVIAS. — IL LA DISTRIBUCIÓN I PROPOR- 
CIONALIDAD DE LOS AGUACEROS EN CHILE. 

**Eii cualquiera época del año que un terremoto 
tenga lugar, él ttetú seyuido de variaciones atuios- 
Jtricu-^, comunmente de Uuoias mas o menos ahiindan^ 
tes que vendrán a retjar el mismo espacio trastornado 
i no se separarán mucho de él. Parece también que 
estas lluvias son las meñsajeins de la tranquilidad 
del suelo". — Paulino del BxBHio.'r-Memoria so- 
bre los temblores de tierra, ISúó.) 

% 

i.:novimientos de la tierra considerados como pronósticos del tiempo. 
— Catorce terremotos i grandes temblores seguidos de lluvias o vio- 
Xentos cambios atmosféricos. — Los dos terremotos del siglo XVI. — 
Xos dos terremotos del siglo XVII. — Los dos grandes terremotos 
-^el siglo XVIII, acompañados de salidas del mar. — Terremotos de 
X822 i 1835, i grandes temblores de 1829, '37, 51, 73 i 74.— Doscien- 
"toB setenta i dos temblores en 21 años. — Casos comprobado» de llu- 
Aria en los últimos diez años después de movimientos de la tierra.— 
pronósticos domésticos sobre los temblores. — Los pronósticos de Falb 
«n 1868 i los de la * 'beata de las tinieblas" en 1873.— Conclusiones 
■científicas a que llega Paulino del Barrio en 1855 sobre los tembloi*es 
i las lluvias. — Cantidad media de a.gua que cae en Santiago i en las 
principales capitales de Europa. — Distribución délas lluvias de Chile 
«n sus tres zonas. — Escasez tradicional en los campos del norte i en 
sus ciudades con techos de barro. — Cantidades pi*ódijiosaá de agua quo 
caen en Valdi\áa. — Promedio de lluvia en la zoixa del centro. — Distri- 
bución de las lluvias por estaciones, por meses, por horas i por milí- 
metros en las diversas zonas del pais. — Benéíicos resultados -para 
la agricultura de Chile de la concentración de las lluvias en un 
período de tiempo determinado. — Votos patrióticos, i^ero equivoca- 
dos, del naturalista Uay. — Admirable i benéfica lentitud con que las 
lluvias obran sobre los terrenos i ^obre el temple jeueral del pais. j 

Debemos ocuparnos aliora casi esclusivamente del 
nas vasto e importante de los fenómenos que 
!esde remotos- tiempos se consideran entre noso- 



— 252 — 

V. Novicmhrc 29 de 1822, — Los cuatro ten 
anteriores habian ocurrido en el invierno, i 
ellos en el mes de mayo (el 13, el 14 i el 22 
el de 1822, que destruyó otra vez a Valpara 
vo lugar en pleno verano, esto es, el 29 de r 
bre, en una noche sofocante. Sin embargo, ir 
lamente se anubló i comenzó a llover. 

VI. Sctiembi^ 26 de 1829. — Cuando ocur: 
recio sacudimiento de tierra, en primavera, ( 
rribó varias casas en Valparaíso, estaba nul 
inmediatamente cayó un aguacero. 

VIL Febreiv 20 de 18So. — Este memora 
rremoto, que no dejó en pie una sola ciudad 
del Maule, fué seguido, apesar del ''calor abrs 
de esa época del estío, de copiosos aguacero 
Chillan sobrevino un temporal de viento, 
granizo que duró seis dias. 






VIII. Noviendm 7 de ic957.— Este ten 
que tantos estragos causó en Chiloé i Valdr 
acompaiiado, apesar de la estación veranil 
abundantes lluvias. 






253 — 



IX. Octubre 8 de 1837. — A este recio temblor, 
<iue hizo graves daños ea el norte, se siguió un dia 



'de rigoroso invierno en la Serena." 






X. Abril 2 de ISol. — A este verdadero terremo^ 
*o, precursor de tantos desastres políticos i de uno 
<ie los inviernos mas lluviosos de Chile, siguiéronse 
<lesde el dia 5, en que continuaba temblando, verda- 
-deras tempestades de agua que se alternaban con 
loa vaivenes de la tierra, porque durante veinte 
■dias no dejó de temblar. El 20 de abril se amansó 
Í£t tierra para dar paso a la ira de los hombres... 






Hasta aquí la lista de diez casos comprobados que 
■^ejó inconclusa el malogrado del Barrio. 

Parecemos acertado ahora, para el plan demos- 
^xativo que proseguimos, poniendo de manifiesto la 
^^isteriosa pero indudable afinidad de los temblores 
'^ las lluvias, de los sacudimientos subterráneos de 
la masa compacta i homojénea que se llama tierra 
i los de la masa flotante i elástica que se llama aU 
^irf^era, completar los fenómenos recordados hasta 
el presente en este estracto con los dos mas seña- 
lados temblores, mas parecidos a terremotos que a 
simples vaivenes, ocurridos en una época que para 
todos es como el dia de ayer. . Se habrá compren- 
dido que aludimos a los dos grandes sacudimientos 



— 254 



terráqueos del 7 de julio de 1873 i de 28 de se- 
tiembre del año subsiguenite. 



* 



XI. Julio 7 de 1873.-^0 presentaba el año 73- 
ningún fenómeno anormal en el desarrollo de su 
invierno, cuando, al amanecer del 7 de julio, en el 
corazón de aquella estación i encapotado 'el suelo- 
en una espesa niebla, comenzó a temblar en San- 
tiago con una violencia -tan estraordinariá, que pro- 
dujo un jenerál espanto én la ciudad. En Valparaíso 
hubo personas que murieron materialmente de te- 
rror, i entre otras la espoáa del señor notario Iglesias^ 

Duró el remezón, o mas propiamente, la sórie de 
remezones que en tropel se sucedian, cerca de un. 
minuto,'i aunque no hubo en la capital, que párecia 
ser su núcleo, desgracias materiales, esceptó'algúna& 
rasgaduras de templos i tapias derribadas, la opi- 
nión de los contemporáneos fué que aquet sacudi- 
miento hábia excedido* én fuerza i duración al que 
se recordaba por ellos como mas pujante,' al del 2 
de abril de 1851. A Igunos anticuarios recordaban 
también su analojía de fechas con el del 6 de julio- 
de 1730, que fué una verdadera ruina para la capi- 
tal i el pais colonial. (1) . ■ 



(1) Segun las observacionee hechas por don Luis Troncóse en el puer- 
to de Coquimbo, este terremoto fué fieguido de cuarenta i dos conmocio- 
nes que se sucedieron durante el "mea' i parte de maya— Aiktifi» d^Ja^ 
^¿universidad, 1852. — Anuario Me^reoíójico de 1872, páj. CCLXX. 



— 255 - 



« 



Hornos dicho que una niebla arrastrada envolvia 
a esa hora la ciudad como un sudario. Pues bien: 
esa niebla se levantó en la madrugada i cayeron 
algunos lijeros chubascos durante el resto del dia. 

Es de advertir que en los últimos dias de junio 
habia llovido con gran . impetuosidad en el sud, 
ai puntó que el rio Picoiquen, desbordando su cau- 
ce, habia pasado el 26 de aquel mes sobre su puen- 
te. Habíase observado también al principio de ese 
mes un estraño meteoro en Vallenar, atravesando 
la atmósfera a las siete i media de la tarde del dia 
un aereolito que reventó eñ el aire haciendo esta- 
llar €kMi su estrepito, '^semejante a un cañonazo de 
calibre," algunoá vidrios de la población. 

Supusieron algunos conocedores que aquel aisreo- 
litb había caido en- tina estancia de Mendoza lla- 
mada *'el ManEano,'' donde. se .encontró ese dia. o al 
siguiente por algunos ^campesinos una gran piedra, 

¿aliente todavía. : > 

* • 

' • • • ■ - • • . 

Pero sí estos accidentes no tienen mas significa- 
ción, que la. que acostumbra atribuirles la iiicredúla 
'lencia, es tan cierto que después del temblor del 7 
le julio sobrevinieron tan furiosos temporales de 
tguacomo no habrán vuelta a esp^rimenta,"rlos las 
comarcas i ciudades del centro hasta los qué aca- 
ban de pasar. Veinte i cuatro horas después daV 






— 256 — 

gran sacudimiento, que habia conmovido fuerte- 
mente la zpna del centro del territorio, especial- 
mente los valles de la Ligua, de Quillota i de Li- 
mache, donde se produjeron verdaderas ruinas, el 
telégrafo anunciaba que en Lota i Coronel caia di- 
luvios de agua, i éstos mismos se precipitaron sobre 
el valle del Mapocho en los primeros dias de agos- 
to, desbordando todos sus canales. El dia 3 ocurrió 
iHia verdadera riada en el Mapoclio. 

XII. .Sette)nb}'e S8 ele 1874.-—iiaih\B. sido el in- 
vierno precedente a la primavera en que ocurrió 
este violento sacudimiento de tierra, sumamente 
lluvioso, como lo son jeneralmente los iaños de 
temblores i cual lo hablan evidenciado con mayor 
relieve el de 1868 i el que acababa de pasar (1873). 

En el norte mismo, a la altura del rio Limari^ 
el ferrocarril de Tongoy habia sido atacado i des- 
truido en parte por las creces de las quebrabas, en 
particular en la llamada del Chañar. Pero la noche 
del fenómeno era plácida i dulcísima, con una luna 
esplendente que brillaba sobré las fiestas patrias de 
setiembre, aún no apagadas del todo. Esa noche se 
hacia el estreno del nuevo salón de la filarmónica 
en el Teatro de la capital, i en Quillota se ofrecía 
x\Yí baile fantástico al jeneral cubano Quezada. Era 
un dia sábado. 



i 



— 257 — 

En medio de aquella calma profunda de la natu- 
raleza sobrevino uno de los mas impetuosos sacu- 
dimientos que hoya esperimentado nuestro suelo 
en la rejion que estudiamos. Felizmente fué breve, 
la mitad o un tercio apenas en duración del que le 
liabia precedido hacia 14 meses, i debíase a esto i 
a su^estrecho radio el que no causara lamentables i 
crecidas desgracias públicas. Sintióse apenas el re- 
mezón en la Serena i en Talca, i solo como un rui- 
do al norte i al sur de esas latitudes, lo que demues- 
tra que su punto inicial habia sido otra vez, como en 
1873, el centro de la república. La hora exacta de. 
su estallido, i empleamos esta palabra como mas 
propia, porque fue como un solo golpe eléctrico, 
quedó señalada en todos los relojes públicos de la 
ciudad, especialmente en los de San Francisco, las 
Cajas i de Santa, Ana, que se pararon a las doce 
i diez tüinütos de la noche. El daño mas notable que 
produjo en la capital se hizo sentir en sus depósi- 
tos de agua potable. 

Escusado es agregar que inmediatamente la no- 
clie perdió su apacible serenidad, nublóse densa- 
mente, i aunque no recordamos con exactitud si llo- 
vió ese dia, estamos ciertos que el barómetro de la 
bolsa de Valparaiso anunciaba lluvia en tercer 
grado en la mañana del 29 de setiembre. (1) 

(1) En el A7iua7^io EdadUtico correspondiente a 1871 i 72, i¡)\ililk.<í ^V 



— 258 — 






No pasfireriíios adelanta en .estos recuerdos sia 
mencionar el Jieclio^ muí digno de fijar la atenpion 
de Iqs observadores, de la coexistencia i simulta- 
neidad de los .sacudimientos de la atmósfera con 
loa de la esfera terrestre en. nuestro pais, Es cosa 
ya de axiqaia vulgar que todo ano lluvioso ea año 
de temblores, como antes se decía de las;Secas que 
eran años de trigof^. De doscientos setenta i dos. tem- 



■ > I i 



señor Vergara un interesante resúnién de las obserVacioñ^rf oñóioSas 
hechas por el tesaroró mojQicipal jdon Agustín José Prieto BQ^r^ te tem- 
blores .ocurridos en Santiaofo desde 1849 a 186#; pero en esas tablas no 
se espresa las variaciones ocurridas en la atmósfera después de los 'tem- 
blores tíiÁó el estado en que ésta sie hallaba cuando aquellos tuvieron 
lugar. :.....'.• 

De una Si^rie de cuadros que abrazan una época posterior a aquélla 
(1867— 76) que értlétúfcl director del ObserVatorio don Ruperta- Solar 
ha .Innido.l^ bioiiiplad de preparar para nuestro uso, hapemos los siguÍBU- 
tes estractos que nos limitamos a apuntar como complemento de los 
datos que hemos rejistrado en el testo con relacum a 'los'teñoiblores se> 
guidos de lluvias: , ■ 

/. Julio 15 de 1867. — Temblor seguido inmediatamente dé cambio en 
la atmósfera, que se hallaba despejada. 

//. Setiembre Ude 1^67. — Tiempo sereno. Ocurren dos remezones con 
el intervalo de uno i medio minuto. Sobreviene un fuerte viento S,' O. 
i una espesa niebla que en menos de un cuarto de hora encapotó el cíela 

JÍI. Náoiembre 10 de 18G7. — Fuertfe i prolongado t^toftblor sieguído de 
inmediata descompostura en la atmósfera. 

IV.^Octitlyre 17 de 1868.' — Cielo despejado, tiembla i en seguida se 
nubla. 

V, Enero 3 de 1869. — Tiembja con tiempo despejado i ocurre un 
cambio inmediato en la atmósfera. ' " ' ' ' • • _ 

VI. Entro 5 de 1869. — Suave temblor con tiempo despejado. Doce 
horas después se nubló. . * . 



— 259 — 

hlores observados en 21 años (1849-72) i délos 
cuales nos ha remitido en prolijo e interesante 
apimtaaiieiito el comedido e intelijente directof de 
la oficina hidrográfica de Santiago, don Francisco 
Vidal Gormaz, 10 correspondiari al año diluvial de 
18 50 i 26 al de 1851 (los íámosos de abril). En el 
trieiiio húmedo de 1854, 55 i 56 tuvieron luchar 28 
temblores i 6 en 1860, en' todo sesenta temolores 
^n seis años. ' ' 



VIL Febrero 2 de Í5W?. —Repetidos ruidos subterráneos, pero sin 
"^üiblar, con tiempo despejado. Se nubla el cielo. 
~ VIIL \S'ovienibre 2 de 1S69. — Tiempo despejado. Se suceden dos sa- 
^^<3onés i luego sobrevienen viento sur i nublados. 

JX, Enero 7 de 1870. — Tiembla con tiempo nublado e inmediata- 
"^ciente llueve, 

-2l. Mai'zo :d5 de 1S70. — Estaba nublado en parte, pero sobreviene un 
''^mblor mui recio (tan recio como los de 1873 i 74), que para las péndu- 
1^« del Observatorio, e inmediatanuente se forman * 'nublados tempes- 
^í^osos." 

-X/, Abril S5 de 1870. — Estando nublado sobreviene un ruido lijero 
1 Ixiego comienza a llover. 

-X/Z. Mayo 31 ile 1870, — Ocurre un recio temblor sin ruido e inme- 
^iiatamente comienza a llover. 

XIII. Agosto 13 de 1870, — Estando nublado tiembla lijeramente i 
l^i«go comienza a llover. 

XIV. Jallo 8 de 1875, — Sobrevienen fuertes ruidos subterráneos i a 
I9.S pocas horas comienza a llover, 

X V, Octubre i." de 1875. — Fuerte temblor i luego se nubla. 

XVI. Enerólo de 1876. — Ocurre un prolongado ruido seguido de un 
*iJ€ro temblor, con tiempo despejado, e inmediatamente se nubla. 

XVII. Abril 18 de 1876. — Despejado. Fuerte temblor, luego se 
xx-ttbló. 

XyiII. Abril 15 de 1877.— líívLhWlo, Al dia siguiente llovió. 

-X/X, . Mayo 30 de 1877. — Nublado. Tiembla con fuerte ruido subte- 
^■^^i^eo i en seguida llueve. 



— 260 — 



* 
» 1 



Mas, como no pretendemos imponer sistemas, de- 
fecto casi universal de los hombres que se apasio- 
nan de doctrinas i se dejan estraviar casi volunta- 
riamente por las fascinaciones de las últimas, coma 
el amante por la hermosa que lo tiraniza, debemos 
recordar también que en años comparativamente se- 
cos, como el de 1869, en que cayeron solo 149 milí- 
metros de agua, i el de 1871, en que la proporción 
fue de 306 milímetros, tuvieron lugíir casi tantos 
temblores como en aquellos: 23 en el último, 32 en 
el seorundo: cincuenta i cinco vaivenes en dos años. 



XX, Julio .20 (le 1877,— Fuerte ruido subterráneo seguido de dos 
sacudones recios i luego de Uuvias. 

Hemos señalado estos ve'tnte casos ocurridos durante ocho años, porque 
no liai observaciones 'para los años de 1673 i 1874; ignoramos por que. 
Pero no j^or esto estamos, ni con mucho, empeñados en establecer regla* 
ni siquiera ijron<'>sticos absolutos, porque esos veinte casos figuran entre 
nías de ciento veinte temblores que no han producido variación en 1* 
•atmósfera, o cuyo efecto, por lo menos, no se ha anotado. — Señalamos, 
ademas, dos casos en que estando el cielo nublado, tembló i se despejo 
casi inmediatamente la atmósfera. Ocurrió este fenómeno verdadera- 
mente raro el 12 de octubre de 1868 i el 21 de febrero.de 18C0. 

No creemos tampoco necesario detener al lector en otro jéiiero de 
pronósticos sobre los temblores, por más que parezcan signos infalibles i 
casi siempre confirmados ¡MDr el hecho. Asi, por ejemplo, cuando hace 
un intenso calor seco en el verano, nadie se acuesta en Santiago sin to- 
mar precauciones contra un sacudón de tien*a que casi siempre sobre- 
viene. 

Jjfi excesiva trasparencia de la bóveda celeste i el brillo radiante de 
los astros i)or la noche (fenómenos que acusan una gi'an sequedad en la 
atmósfera) son también indicios mui observados, i con fruto, por nues- 
tras familias en los x)ueblos del valle central. 



— 261 — 

Será por esto que la tierra sa dispone de la mis- 
txhu manera a esas terribles oscilaciones en los 
períodos de estrema abundancia o en los de seque- 
dad excesiva, como sucede probablemente con la 
repartición de las lluvias? 

* 

Por esto mismo no creemos que valga la pena de 
í'ecordar los pronósticos que han precedido a la 
aparición dé los últimos trastornos de nuestro pla- 
i^eta en la parte en que lo baña el Pacífico. El 
*üíis serio de todos fué el que hizo el profesor Falb 
"Gri febrero de 1868 i que publicó en Leipzig en el 
'^^gundo número de su periódico astronómico lla- 
^'^H.ado Cií'o. Fundado en la teoría que ese astróno- 
^>^o persigue todavía con ahinco, de la influencia de 
Aa. luna, no solo en el mar esterior i superficial que 
*^aña la tierra, sino en el océano líquido i candente 
<lue se supone existir en su centro, como se escon- 
ce el hueso de la lúcuma en su blando pericarpo, 
supuso que la proximidad de aquel astro a la tierra 
^n los primeros dias de agosto de aquel año causa- 
«"ia perturbaciones notables en una i otra de aque- 
llas masas líquidas que la luna, con su atracción 
^jita. 

Hasta cierto punto su cálculo fué exacto, i de 
d^uísufama. 

El gran temblor del 28 de setiembre de 1874 
^ también presajiado por un astrónomo c<ifÍA:ic^i\a^ 



— 262 — 

dé Lima, i éste ervá su cálculo por solo lina semana. 

En cuanto a la beata que aterró al supera*ifcio80 
Santiago pi-onosticando Isistthieblas del fin del mun- 
do o aflgo parecido para el 14 o 15 de agosto de 
1873, lo cual se ha incriminado falsamente al astró- 
nomo Falb, solo observaremos que si no fue preciso 
ocurrir a las velas, ni a los fósforos, ni al charqui 
bendito, tembló sin embargo levemente aquellor 
mañana, i en seguida cayeron algunos chaparrones, 
de ágüa. "Empezó a llover a las doce del dia, dice 
un corresponsal que seguía con cierto interés aque- 
llas patrañas, i a esa misma hora se sintió un pro- 
longado sacudimiento de tierra, poco recio, pero que 
durarla poco mas de medio- minuto. La jente, prin- 
cipalmente la devota, a quien no llega la camisa al 
cuerpo por los funestos vaticinios que la traen ajita-^ 
da, salió asustada a la calle," 

Los agoreros del mal habianse llevado el mismo 
chasco que diera el cielo i el buen sentido los falsos 
profetas que anunciaron el fin del mundo para el 4 
de octubre de 1869. El vulgo carga todavía a la 
cuenta del astrónomo de Estiria este falso pronósti- 
co, asi como el de las velas benditas de 1874. 

• ■ ■ • » 

Prosiguiendo ahora el curso interrumpido dé las 
observaciones fijas i científicas de los temblores, 
debemos mencionar la circunstancia dé que el labo- 
rioao cowpüadox de ios fenómenos terráq.ueos de 



— 263 — 

los dos pasados siglos, que varias veces hemos re- 
i^ordado, no tuvo feliz ocasión de tomar en cuenta 
los hechos del mismo jónero ocurridos en el primer 
sigflo de la conquista, porque no se habia descubier.- 
to 'tx)davia en un pueblo de provincia en España ni 
dado a luz en Chile las relaciones de los dos solda- 
dos contemporáneos que las anotaron, Maiíño de 
Lovera i Alonso Góngora Marmolejo. (1) 

INos hallamos por tanto en el caso de agregar dos 

o tr-es reminiscencias antiguas que corroboran por 

oocxipleto la teoría del joven investigador chileno. 

lales fueron los dos terremotos de 1575, ocurrí* 

ambos en verano i tuvieron lugar de esta ma- 



ne x^a. 



•3f 



^XIII. Marzo 17 de 1575. — A. las diez de . la 
ma-ñana del Jueves 17 de marzo comenzó a temblar 
eri Santiago, dice Góngora Marmolejo, que allí resi- 
dvst í estaba'acabando su historia i su vida, "al prin- 
cipió fácil, con Solo una manera de sentimiento, i 
desdé • a ' poco no dejando de temblar tomó tanto 
írhpehu,'<jue traia las casas i edificios con tanta 
braveza que' parecía acabar todo el puéfblo.*' 



(l) El primer 9je1nplar.de la crónica de Marmolejo, descubierto por 
OaIlang(tt en*la biblioteca de Zalazor , llegó a Chile en 1856, i la dé Mari' 
&OdeIiovera.faé-:p(ablicad» en Santiago en 18tí5. 

I4 meijapria .de <^el Barrio habia sido publicada en julio de 1855 con el 
tikOb AB'JÉÍemoria ^sobr'e los tertifjlores de tien'a i sim efectos enjenerali en 



— 264 — 

Marino de Lovera, que habitaba a la sazoa e; 
Valdivia, donde era correjidor, dice que ese :i 
moto ocurrió en. miércoles de ceniza "i salió la 
de sus límites bramando mas que leona." I auoqu ^ 
ni uno ni otro historiador señalan un cambio mac*- 
cado en la atmósfera, cuenta el último .que la catás- 
trofe "dejó la tierra hecha laguna." 

Ya hemos dicho que las salidas del mar han sido-^ 
acompañadas siempre por violentos cambios atmos- 
féricos. 

Tiene este terremoto, la particularidad de ser el 
mas antiguo que se recuerda en Chile i probable- 
mente el primero (Jue esperimentaron los conquis- 
tadores. Hasta hoi habíase creido que el de mas 
vieja data era el recordado por el padre Ovalle^ 
ocurrido mas de medio siglo mas tarde, esto es, en 
1633. • . 

* * 

Xiy. Diciemhx 16 de 1575. — El segundo terre- 
moto de 1575 ocurrió, según Marino de Lovera, el 
viernes 16 de diciembre, el mismo dia en que su 
compañero de armas ponia remate a su preciosa 
crónica en Santiago, i de este sacudiuiientó ha que- 
dado noticia cierta que fué seguido de copiosas, 
lluvias, a pesar de haber tenido lugar %n lo mas^ 
recio del estío. Era dia de oposición de ]a luna i 
comenzó a temblar cerca de las oraciones. "No ses 
puede pintar ni describir, dice el correjidor de Vál- 
diviaya citado, que se halló presente, la manera de 



— 265 — 

^st2L furiosa tempefitad y cuya priesa fué tal, que no 
dio lugar a muchas personas a salir de sus casas, i 
así perecieron enterradas en vida cayendo sobre 
ella& las grandes máquinas de los edificios. . . Demasf 
de esto, mientras la tierra estaba temblando por 
espacio de un cuarto de hora, se vid en el caudalo- 
so rio una cosa notabilísima, i fué que en cierta 
parte del síe dividió el agua corriendo la una parte 
da ella hacia la mar i la otra parte rio arriba, que- 
dando en aquel lugar el suelo descubierto de suer- 
te que se veían las piedras... I demás de esto se 
qii^daron tan sin orden de tener mantenimiento 
por- muchos dias, en los cuales padecieron hambres 
por* falta de él i enfermedades por vivir en los cam- 
po53 al rigor del frió, lluvias i sereno, i aun en el 
caroipo raso no estaban del todo seguras la's perso- 
n^^s, porque por muchas partes se abría lá tierra, 
frecuentemente con los tetnblores, que sobrevenían 
ca.cia media hora, sin cesar esta frecuencia por es- 
pa.cio de cuarenta dias." 

* » ■ 

ííos heínos detenido un tanto mas en la relación 
de estos dos terremotos ocurridos al piúncipio i fin 
de un solo año, porque son jeneralmente desconoci- 
dos a los modernos jéólogos i metereolojistas. 

En cuanto a los terremotos que apuntó, ocho 
aiSos .después de Paulino del BaxTÍo, M. Alexis Pe- 
irejr, cómo ocurridos en 1550, 1570il^^^A^'^^'^'^^* 



— 2§6 — 

moa apócrifos, por np.Jiallar.de ellos un solo docu- 
niQnto antiguo. El de. 1570 es p^-obablem^nte el 
mismo de 1575, e igual coníusioq fiufrió Pei'ez Gar- 
oia. Talyez el de 1590 no fué tampoco sino, uno de 
-esos dos terremotos ocurridos en el piismo año de 
1575. En, cuanto al de 1550, si hubiera tenido Jugar- 
lo habria asentado el cabildo en ays rejistro^, o ha- 
bría d^flp cuenta^ de él Pedrq de: Valdivia en sus- 
cartas al :emp.^j:ador. de ese mismo año (!)• 



i ■ : «. 



Fué también en el terremoto del 16 d^ diciem- 
bre de 1775 cuando. tuvo, Jugar ^1 desplome . de un 
'^altísimo cerro" que cerró durante cuatro me^s la' 
boca por donde sale el rio de Valdivia de, la lajguna 
<le Riñi^ue, lo que dio lugar a una de las mas es- 
pantosas inundaciones de que hai memoria en el 
nuevo niundo i de la cual habremos de hacer algu- 
na mención en lugar. ^as opprtuno. . , 



♦ - . i; 



En vista de esta serie de hechos seculares, que 
^n,:. menor escala . podrían . comprobarse «on vaítios 
opntena^'^s de casos, l.a teoría de la influencia posi- 
tiva de los sacudimientos de la tierra sobre la hu- 
medadde la atmósfera, no podría por tanto reV-o- 

TI ! —rrrr-r— — ^— : ► 

. (1) '^err^y.-r-Documenís relatife aux trfnib^emmits de iei^'e c^u QhiH. Ro- 
dales habla también, como? 'testigo de vista, def un horroroib 'ií^i'réihota 
^izf gcurrió en Ooncepcion eL 16 dR imyo de 1^67; pero no s^^a una va- 
nación notable eu la atmósfera. 



— 267 — 

oárse én áüáet nn solo momento, como hai talvez; 
deretóho dé= hacerlo con relaciónalas faces de la 
Itina. = 

Ya hemos reproducido la doctrina categórica que 
sobre esté particular espuso cou profundo conoci- 
miento 1 estudio él investigador que mas de cerca 
haya estudiado entre nosotros el fenómeno de lo» 
temblores en correlación con el de las lluvias — 

JPaulino del Barrio. 

# 
* * 

Después de cuanto llevamos dicho con una ten- 
dencia esclusiyamente práctica i agraria sobré las 
loyes jenerales de metereolojía que rijen las lluvia» 
^ü el globo í los pronósticos mas usuales de que lo» 
^bilenos echan mano para apreciar su clima, cua- 
les, en ausencia de otros, sonlo la luna i los temblo- 
^"es, parécenos del caso dejar consignados en este 
Capítulo algunos fenómenos, práctioos también, que 
podrán servir de puntos de estudio o comparación a 
los qué conserven por casualidad este libro de apun-^ 
tes en algún rincón, de sus estantes o de sus enjal- 
^o,s, en la ciudad o en el campo. 



* 
* * 



El promedio de la cantidad de agua que cae en 
<3l o^tro del pais, es decir, en Santiago, según ob- 
servaciones dei señor Domeyko, seguidas durante 
xiueve años, es de 417 milímetros, cifra que acepta 
en su Jeografía füica (páj. 207V 



— 268 — 

Esa cantidad está lejos de ser insignífícantey i 
aun admite comparación cou la de algunos países 
de Europa que reputamos como estremadamente 
Iluyiosois, porque careciendo los últimos de barreras 
como las jigantescas nuestras, las nubes del ecuador 
«empapadas por el océano, se entran en sus llanuras 
«in otetáculo i se liquidan libremente en todas las 
<3staciones por el frió, por la electricidad o por el 
calor mismo. 

Así, la ciudad de Europa que mas se aproxima a 
Santiago en la cantidad de agua anual que cae en 
las víistas campiñas del Danubio que la rodean, es 
la de Viena, donde el termino medio es de 466 mi- 
límetros, esto es, 47 milímetros mas que en las lla- 
nuras de Maipo i de Colina. 

La lluvia media de la nebulosa Londres, obser- 
vada durante sesenta i dos años, es solo 70 milíme- 
tros mas abundante que la de Santiago, i la de Pa- 
rís, cuyos formidables chubascos estivales son tan 
conocidos de todos los viajeros, llega a 502 milí- 
metros, según observaciones de 140 años. 

Bruselas, en las llanuras del Bravante, Jinebra, 
entre los lagos i picos nevados de la Suiza, Roma, 
en su Agro, este árido llano de Maipo de la ciudad 
eterna, son casi el doble mas lluviosas que Santiago, 
porque en la primera de aquellas ciudades caen 721 
milímetros, en la segunda 821 i en la última 78 5. 



— 269 — 

En cambio, conforme a lo que decía Diego de 
osales hace doscientos años, las aguas pluviales 
so x*epartén en nuestro territorio en la proporción 
de sus zonas de una manera en- que la ciencia i la 
crónica están en el mas completo acuerdo: desde Co- 
pia. j)ó, donde, como en el Ática, no cíie en uiia noche 
do estío el rocío suficientepara humedecer un pliega 
do papel, hasta Valdivia, cuyas infinitas lluvias re* 
<^u^rdan los aguaceros del diluvio. 

Tomando por base las observaciones instrumen- 

"to-X^á* llevadas jeneralmente en los liceos de provin- 

^^tJL, i. en la oficina central de meteréolojía estable- 

cidn en Santiago desde 1868, he aquí cómo los 

^grvaaceros invernales distribuyen sus beneficios en 

todo el pais, tomando el promedio de varios años: 

lEn Copiapó 9 milímetros 

lEn la Serena 39 " 

"En Valparaiso 350 " 

iiiSantiago 419 (1)" 



CX) Hemos dicho que esta es la proporción atloptada por Domoyko i 
P^^ Pissis en su última obra, tomando el promedio de las Harías de 1S49 
* X 960. — Sin embargo^ la proporción obtenida por el director del obser- 
^^"torio en los años corridos desde 1866 a 1871 fuó solo de 299 milímetros, 
^ ^<ij¿ un tercio menos.- -^ En el censo de 1875 se apunta todarfa una suma 
*^^-*x menor (276 milímetro»); pero en todo esto hai algnn error, porque 
*^i«ion«ido las sumas parciales de llnrias, segtm las estaciones, resulta 
*^<l4iKí» «M proporción iaferioT^ de esta msoieTTi; 



— 270 — 

■r 

En Constátucion .536 . " 

En, Talca 527 . 'f 

En Concepción.... i 1,364 . 

En Valdivia 2,557 

En Puerto Montt ;.;.. 2^333 • .: " 

EnAncud 2,035. :," 

En Punta Arena?..... 495 ^ 






* 



> ■ 



Se observará talvez con sorpresa que en Chiloé 
esta Irlanda en miniatura del Pacífico, llamada<^ 
con razón por los españoles la /' Nueva ^Galicia/ 
-caen cerca de d9scientos milímetros níéno^. d^^agua 
que en leí, provincia mas setentxíqnal de Llanqui- 
hue, i lo que parece aún mas rairo, queden Maga- 
llanes, considerado como nuestra Siberia, las llu- 
vias se aproximan: mas en su promedio a las de 
Santiago que a las de Valdivia. 

Peroj los q'ue recuerden las teorías qnq fot-man la 

gran unidad de la metereolojía de la esfera tartos- 

' ' ' ' 

Lluvia media en verano ; .".■..; 4.5 '^ilímfetrós 

" otoño 50.3 

** invierno 137.7 

" primavera...... *. .63.2 

254; 17 milímetros 

Por oeiDBÍguíente,-el resultado jeitL^raláa 276. milímetros, qgísxio Uuvi» 
inedia de Santiagoí,. debe ser iina^equivoeacioQ.. .T ... • , ]< 

£1 labc»io8o señor AstaburuagA^.^n su interesante intro4pQ<Hoii jeiiecal 
a\ último Censo acepta también el promedio- de 419 milímetn9€L 



— 271 — 

i lá infliVencía directa i deterñfiinante de' los 
"vientos del norte en las lluvias de nuestro país, se 
-esplicaráñ fácilmente esa graduación aparentemeú- 
to caprichosa. 

En cuanto al agua que cae en las provincias de 
Valdivia i dc.Llanquihue, estos territorios casi an- 
fibios de bosques, de lagunas i de rios infínitos, e» 
^Igo de verdaderamente asombroso. Según las ob- ' 
' s^x-vaciones del sabio i filántropo anciano don Car- 
los Anwandter durante diez años, han caido en 
Vfikldivia. 2,859 milímetros, esto es, la altura de un 
a j:>osento ordinario de habitación en Santiago anti- 
gxjLo o algo parecido a la altura de la torre nueva 
A^ la Catedral en una década de años. 






En catíibió, las Ihmas que empapan l¿ts lomas de 
A^-tacáma cabria en igual período de tiempo en un 
cubo igual a un mediano vaso de agua: 80 milíme- 
tros en diez años: ocho centímetros, esto es, casi el 
largo del dedo meñique de una mano de mujer de 
bonita mano. . ; . 

I entiéndase que esto de Copiapó ha sido siem- 
pre lo mismo, por mas que don Francisco Cortés,, 
su fundador hace poco mas de un siglo, como por 
ironía i en honor de un matorral de algarrobos que 
por allí habia a la lengua del agqa,, le pusiera el 
pomposo nombre de San Francisco de la Seltia ^144.^ 



— 272 — 

— "Es el pai'fcido de Copiapó, decía, una descripción 
jeográfica de los con*ejimientos de Chile de esa 
misma época, escaso de víveres por que son escasas 
las crias de ganado, a causa de la escasez de pastos 
orijinados de las pocas aguas i falta de lluvias." 
I a propósito de esta misma triple escasez de loa 
distritos del norte, casi un siglo después la coafir- 
maba un viajero ingles diciendo que en mui raras 
ocasiones llovia en el invierno en Copiapó, escepto 
en sus cordilleras. (1) 

Esto mismo refiere en su interesante ésploracíon 
del desierto de Atacama nuestro distinguido profe^ 
sor Philippi, asegurando que los grandes aguaceros 
no hacen su aparición en aquellos lugares sino dos 
veces en cada siglo. Así el "rio Salado,'* que es el 
rio típico del desierto, solo ha corrido en dos oca- 
siones durante la memoria de las jeneraciones que 
hoi lo pasan diariamente en seco, esto es, en 1858, 
en que tres aguaceros produjeron 132 milímetros 
de agua, i en 1877, en que amenazó inundar con sus 
aguas el pueblo i puerto de Chañaral, situado en su 
embocadura. 



* 

Ü» ^ 



(1) **It tievers rains oii tlie north frontier of Chile, except in tke Cor- 
dilleras, and twice or thrice durig soine winterg in Copiapó; four or five 
times in Huasca aud Coquimbo." —(Sütcltffe, S¡ jeteen years in CJiíle and 
jPerá, 822-39). - : 



^ _ 278 — 

A la verdad, las casas de habitación de las ciuda- 
des del norte, desde la Serena a Copiapó, partici- 
paban antes mas de la estructura de las del Perú i 
Ag Mendoza, azoteas o medias aguas de "torta do 
barro," que de las de nuestras poblaciones meridio- 
nales, cuya techumbre es igual a la de la lluviosa 
Roma, de modo que nuestra mística capital se ase- 
meja a la ciudad de Dios por dentro i por fuera. 

En la Serena el término medio del tiempo que 
llueve en cada año es de 31 horas según las obser- 
vaciones de diez años del aficionado Troncoso. El 
observatorio de Santiago arroja un resultado medio 
de 3 dias de lluvia i 39 milímetros de medida. 



•3f 



Haciendo ahora la distribución de las lluvias eu 
todas las zonas del pais, desde el grado 27 (Copia- 
pó) al 53 (Chiloé), tenemos que de los 365 dias del 
año llueve por término medio solo dos en Copiapó, 
i ciento setenta i ocho dias, es decir, seis meses, en 
Ancud. En Puerto' Montt llueve un mes mas (207 
dias), i en Valdivia un mes menos (145 dias), si bien 
la cantidad de agua es jeneralmente mas. abundante 
en esta última localidad <(2,557 milímetros contra 
2,333). Solo el año de 1859 cayeron 96 milímetros 
mas de agua en Puerto Montt que eu ValdvNVA.^ ^\íl 



— 274 — 

esta forma: en Puerto Montt, 2,634 tnílímetros^ ea 
Valdivia, 2,538 milímetros. 






En ninguna comarca de Europa cae tan grandi 
cantidad de agua como en las provincias au8tralesF=s s 
de Chile. Se .cita como una cosa verdaderamente^ ^ 
fenomenal las excesivas lluvias do Bergen, pueblc=r^.o 
de Noruega, situado de una manera especial par^^ -a 
recibir la influencia de las nubes del oeste (que er .^s 
el viento con que jeneralmente llueve en Europa)^^); 
pero aun así, el término medio anual de las. lluvia— ^bs 
que caen en aquel paraje arroja un resulta.do d— Me 
solo 2,025 milímetros. Bergen es el Valdivia d-^Me 
Europa. 

Según las demostraciones gráficas de Flamm^^^- 
rion, el sitio del universo en que llueve con mg '^^ 
abundancia es en los Himalayas: 4,80 metros pci:==^r 
año, lo que es un verdadero diluvio, i el lugar mr-^'^s 
enjuto el Ejipto, porqué en Alejandría sólo cae^^^ 
175 milímetros de agua. Sin el Nilo, el Ejipto ser^fia 
como la provincia de Santiago sin él Maipo. 






En el centro del territorio, que es nuestro canc:^" 
po de observación, los dias de lluvia se distribuya ^ 
con la peculiar uniformidad que hemos señaladK-O 
como característica de nuestro clima. . " 

Asi en Valparaíso (observaciones del Fató) 



275 — 



rroa Bolo 25 días de lluvia, en Santiago solo tres 
maii que eu lacoafc$ (28 diaa según el Observatorio), 
i en Talca^. situado dos grados justos al sud de 
:aquella ciudad (33" 2G-— 35^ 26') otros tres dias, se- 
^uu dat^a del Liqeo. 






Ahora, ton relación al repartimiento de las aguas 
eix esa ráisma rejidti central de Chile, hó aquí la 
admirable mahera' como nos visitan, ofreciendo a 
nuestra agricultura la principal condición de^ su 
prosperidad: la estabilidad i fijeza del clima según 
las estaciones. Asi, según las observaciones de 
veinte i siete años (1824 1850), resulta que mien- 
tras en "el invierno llovía sobre 216 horas (que era 
^1 prorbedio de los aguaceros) 134 dias i 42 minu- 
tos, es decir, los dos tercios del total en el invierno, 
í^ escasa proporción de las otras estacioaes es la 
siguiente: — Otoño, 47 horas 29 minutos — Prima- 
^^i'a, 30 horas '7 minutos — Verano, solo 4 horas- 
Total, 216 horas 18 minutos por año, en la primera 
^itad del siglo XIX. La proporción del último 
*^ei*oio del siglo precedente habla sido de 132 ho- 

i^s. (1) " •'■ 






{^) . JEU iemente.Gillis, j^fe del oVaervatorio aii^onúmioa qwe: el gobi^^ 
^ ^'^orte&mericaao planteó eu el Santa Lucía en 1849 i que £aé eliorít 
jen del nuestro, descompuso por meses aquella pro^jorciou «u Ui «ieúftn«> 



^ 276 — 

Lamentaba el ilustre i modesto don Claudio Gajr^ 
acostumbrado a su duro i versátil clima de la Pro- 
venza, en el sud de Francia, que en nuestro pais^ 
tan bendecido por la naturaleza, no se estendiese el 
radio del período lluvioso a un raayof número de^ 
meses. Pero mas propicio, se mostrará el cielo si 
hace seguir a sus astros i sus vientos el curso que- 
hoi llevan, que no escuchando los rotos bien inten- 
cionados do nuestro anciano esplorador. Reducien-^ 
do a una simple fórmula metereolójica, ese deseo 
significarla simplemente hacer estensivo a todo el 



te ihandrA; i tomando el promedio de cada mea dorante los 27 anca de ob^ 
servacion referidos; 

Junio (el mea maa IlavioBo) 56 boraa 33 minutos. 

Julio...... f 48 „ U 

Agosto (líi mitad del promedio de junio) 29 „ 38 ,^ 

Setiembre • 16 „ 20 „ 

Octubre 11 „ 45 „ 

Noviembre 2 „ 02^ „^ 

Diciembre I ,» 42" ,> . 

Enero ; 2 „ 00 „ 

Febrero (el mea méaoa llnvioao) '. D „ 18 ,,y 

Marzo....-.., : 7 », 3íJ ,, ' ■ 

Abril... ;....,....,..>.. , 1 „ 31 „ 

Mayo : 34 „ 22 



>> 



Término meilio de horas de lluria en loa 27 años (de 1824 a 1850)— 
215 boraa i media por año, cuya proporción difiere mui poco de la que 
hemoa apuntado arri])a. 

El cuadro anterior es sumamente intcreaanto para loa que quieran se- 
guir obaervacionea prácticaa de mes a mea i dia a dia con el solo auxilia 
del reloj . Eftí ese reatimen ae verá también a lo que queda reducido du- 
rante una época comparativam^te lluviosa el famoso "abril ce» sus 



— 277 — 

pais el clima de Valdivia i de Llanquihne, donde 
llueve con la misma liberalidad en invierno i en 
verano, i ya se sabe con cuáles resultados prácticos 
pa,x^ Ja labranza. 

lA este propósito i con el fin de que el aprensi- 
vo huaso chileno se forme idea de cómo se suceden 
las lluvias en Europa i especialmente en su llanura 
central, que casi es el total de ella, apuntaremos 
aquí la manera como se distribuirian en nuestro te- 
XTritorio los aguaceros de un año lluvioso en el cual 
hubiesen caido 500 milímetros de agua, que es lo 
ordinario. 

De esos quinientos milímetros corresponderían 
a enero 33 milímetros, a febrero 33, a piarzo 30 i a 
abril 35^ como meses de invierno i primavera. — A 
Miayo 52 milímetros, a junio 51, a julio 40 i a agosto 
-40, como meses de vefinno, A setiembre 47 milíme- 
tros, a octubre 48, a noviembre 47, como meses oto- 
fio, i a diciembre, en que comienza otra vez el 
itivierno, 41. I en presencia de ese aguacero que no 
acampa, preguntaríamos a los hacendados de Chile 
\f\yxe. harían con su campos, su paciencia i sus cano- 
tiés, si en cada mes del año, incluso enero i marzo, 
hubieran de tener dos o tres aguaceros de 24 horas 
,.1 en cada uno? 

Esa es la proporción que corresponde de la can- 
tidad de aguas a la cantidad de tiempo. 

* * 
Agregaremos todavía dos datos me^t^x^oVí^^^^ 



— 278 — 

en defensa de nuestro maravilloso temple. La tem- 
peratura de Chile, tomada en conjunto, fluctúa 
en todo el año, como término medio, entre 10 gra- 
dos del termómetro, que es el promedio del itívier- 
no, i 16°, que lo es el del verano: seis grados de 
diferencia. No es por tanto aventurado decir que 
como clima templado i uniforme no liai en el mun- 
do temperatura que le iguale. En cambio, local- 
mente, al pié de la cordillera i en la abierta llanura 
en que los españoles edificaron a Santiago, suelen 
ocurrir cambios mui bruscos, porque el termómetro 
salta en ocasiones durante el verano del grado 31, 
lo que es ya una calor tórrida, al 3^ sobre cero, que 
es él clima de la Siberia. — De aquí deduce él sagaz 
escritor de meteorolojía Pedro Lucio Cuadra, que 
comparativamente el clima de Santiago es el mas 
rigoroso de Chile, porque es el que soporta más vio- 
lentas transiciones. 

La temperatura media de Santiago en el verano 
es, sin embargo, de IS"* 47 i en invierno de 7.39* 
La de todo un año en conjunto 13.27, següh el pro- 
medio apuntado por don Máximo Cádiz en sus cur- 
vas termométricas de 1875. 

La altura medía del barómetro es de 715.28 mi- 
límetros en el verano i en invier'no de 718.48: la 
de todo el año, 717.20 milímetros, según dijimos, la 
cual éa mas o menos equivalente a la que én loe 



— 279 — 

primeros 30 años del siglo marcaba a Castillo Albo 
su famoso i único barómetro de Londres — 28 pul- 
gadas 31 líneas. Por último, en cuanto a las esta- 
ciones, hé aquí su agrupación, no conforme al calen- 
dario^ que va siempre uno o dos meses adelante, sino 
a la meteorolojía práctica, que gobierna al hacen- 
<lado i al chacarero. 

Verano — diciembre, enero i febrero. 

Otoño — marzo, abril i mayo. 

Invierno — junio, julio i agosto. 

Primavera — setiembre, octubre i noviembre. 

Otra de las peculiaridades de nuestro clima que 
seria culpable omisión no mencionar con alabanza, 
es la manera, lenta, pausadai uniforme, en consonan- 
cia con el temple jeneral de la tierra, como la llu- 
via jeneralmente la empapa. Por esto nuestros 
aguaceros son por lo jeneral no solo reparadores sino 
benéficos, porque nutren gradualmente las plantas, 
incuban suavemente sus semillas i permiten que 
las disoluciones orgánicas o minerales, jeneralmen- 
te calcáreas i fertilizantes de nuestras montañas, se 
repartan con igualdad en la superficie. 

Los que hayan vivido en los trópicos, donde el 
agua cae con una violencia que causa en los ines- 
pertos un verdadero espanto, o en algunos paises 
oomo la Suiza i la Lombardía, donde las mangas de 
agua i' dé granizo destruyen en unaYioia vio\x\ax^s^ 



— 280 — 

enteras, podrán apreciar mejor que nuestros labrie- 
gos esa maravillosa propiedad de nuestro clima. 
Por eso mismo, los aluviones inesperados causan 
tan señalados desastres, porque vivimos acostum- 
brados a la bonanza jeneral de nuestras estacio- 
nes. Según Cuadra ha habido casos en que ha 
caido en Marsella tal manga de agua (el 21 de oc- 
tubre de 1859) que en veinticinco minutos se mi- 
dieron 40 milímetros.... En otra ocasión cayeron en 
Jinebra 180 milímetros i en Bombay un metro i 
ciento ocho milímetros en un dia, lo que equivale a 
que se hubieran descolgado del cielo en solo vein- 
ticuatro horas todos los aguaceros que se han pre- 
cipitado sobre Santiago en el presente i en el pasa- 
do año. Así debió llover en el diluvio, pero no mas 
a prisa. 

Según el mismo observador que acabamos de ci- 
tar, raro es el aguacero que en todo el territorio de 
Chile cae a razón de mas de 20 o 30 milímetros por 
dia natural. — Si en Santiago lloviera como en Sevi- 
lla o como en Suiza, la ciudad entera de adobe i cal 

se volveria un bizcochuelo i sus chácaras i tapiales 
una albóndiga. . . . 

Tales son las teorías, leyes fijas o fenómenos que 
rijen las demostraciones dominantes de nuestro 
clima. I se habrá echado de ver en mas de una oca- 



— 281 — 

^on por el que lea con buena voluntad estos apun- 
^QB de estudio, que esas teorías no solo no pugnan 
-^u lo mas mínimo, sino, al contrario, fortifican i arro- 

jau luz de verdad i de comprobación sobre los he- 
<5hos oscuros del pasado. La revelación vulgar i el 
«aber humano se dan aquí la mano, como en el ma- 
yor número de las leyes que dominan al hombre i 
^ la naturaleza; por esto decíamos en el breve pre- 
facio de este ensayo que íbamos hacer el careo de la 

<?róiiica i de la ciencia. 

"Ya lo hemos hecho con completa imparcialidad, 

i 3l lector, que es el juez, pronunciará su fallo. 

H^áltanos todavía describrir la manera como esas 
fu-^xzas eternas han trabajado durante época mas re- 
ci^xite en la maquinaria que sostiene nuestro territo- 
rio, cual un péndulo sujeto a continuas oscilaciones 
i suspendido entre el Pacífico i los Andes, pero cuya 
estabilidad no parece por esto menos sólidamente 
asegurada, a lo menos en cuanto a su atmósfera, que 
la esfera misma, que habitamos como átomos, dan- 
do vuelta en el espacio a razón de mil leguas por 
hora. 



■«P~«*-«SS3>**— O" 



m 



m 



CAPITULO XI. 

£1 último medio siglo i sus comprobaciones. 

(1827—1856.) 

**At the time of onr arrival the change 
in their climate was the subject of common 
cnnversatioD." — (GiLUS. Naval McfedUion to 
Chilit pajina 79.) 

^*"íodo de humedad que sucede a las inundaciones de 1827.— Sigúese 

xin corto período de sequía. — Año calamitoso de 1832 i suis tardías 

Huvías en agosta — Loa **afio8.de Portales** i abundancia de trigos, 

cjue provocaron la guerra del Perú. — Copiosos aguaceros de 1837 i 

«u iimuencia en los acontecimientos miliares de esa época. — Man- 

^énese, a pesar de todo, la lei de armonía que preside al clima del 

Y>ais. — El año del gran cometa i sus tempranas lluvias. — Aparición 

^el cometa de 1843, que es visto por la primera vez en Chile antes que 

-en ningún ' tro punto del globo, su marcha, su belleza i su influencia 

^n los espíritus i en las letras. — Los poetas i el cometa. — El relojero 

Mouat establece el primer observatorio astronómico en Valparaiso, 

-cuyo edificio especial existe todavía. — Plaga de langostas en el llano 

de Maipo i singular arbitrio que se propone para esterminarlas. — 

Comienza otro gran período de humedades en 1845 i se estiende 

liasta 1S50. — Grandes temporales de este último año e inmensa 

mortalidad de eanadoe en los campos del Sud. — Riada del Mapocho 

el 24 de junio de 1860 i pérdidas de vidas en el ptiente de pafo. — Las 

lluvias i la revolución de 1851. — Nueve aflos continuos de hnmeda- 

•des. — La eran nerazon del 18 de agosto de 1848. — iU gobierno de 

Estados r^dos establece un observatorio astronáinico en eV Santa 

Lucía i su jefe constata la mudanza de los períodos antiguos de 

sequedad a una larga serie lluviosa. — Adquiere el gobierno de Chile 

el observatorio astronómico norte-americano i lo traslada a su actual 

sitio. 

Hesumiendo el hilo puramente histórico de los 

^^chos atmosféricos de nuestro territorio, trabajo 

^^opendido durante dos capítulos sucesivos, en que 

*^^Mo» debida ceder el puesto a las pruebas i 

^^xifrontaciones de la ciencia, patécetio» o^qtcVíXjíclo 



— 284 — 

recordar que el año de 1827, en que poníamos tér-^ 
mino a aquella relación, fué uno de los mas abun- 
dantes en lluvias del presente siglo, tanto en este- 
continente como en el antiguo. 

Dijimos también que el año subsiguiente de 

1828 habia tenido los mismos caracteres en Europa, 
i que de igual manera habia presentádose en nues- 
tro suelo. 

La cantidad de agua caida en el Observatorio de 
Paris en este año fué, según Arago, de 630 milí- 
metros i en el precedente de 575. 

Deberemos agregar ahora que esos dos inviernos^ 
i el de 1829 (tres años) fueron para Chile tipos de 
sus períodos lluviosos, como los de 1819, 20 i 21 
(otros tres años). 

En 1827 llovió, en efecto, durante treinta i un 
dias i por espacio de trescientas dos horas; en 1828 
durante treinta dias i doscientas ochenta hoi-as, i en 

1829 otra vez treinta i un dias i trescientas veinte 
horas: total, ochocientas dos horas, o sea cerca da 
veinticuatro aguaceros de doce horas cada uno, 
repartidos en cada uno de esos inviernos. Eso era 
lo que se llamaba '^llover a la antigua." 

Pero he aquí que, como en el siglo precedente i 
en todas las edades conocidas de nuestro paii», aun 
en ha mas remotas, al turno de humedadt^ suce- 



— 285 — 

<ii<5se inmediatamente un período de sequedades 
"V'or'<kderamente calamitosas. En 1830, '*el año de 
Lix-cai," llovió solo ciento dieziseis horas, repartidas 
en diezisiete dias, con la particularidad de haber 
-Caído el 30 de enero un asfuacero de diez horas, rui- 
a^oso para los campos. En 1831 llovió cuatro dias 
Míenos, si bien la proporción de tiempo fué mayor 
K^iento cincuenta horas), i a este año, lastimosa- 
J^riente seco para la salud pública, sucedióse el me- 
^*M.orable de 1832 que, como el año del eclipse, fue 
"^^ria, época de plagíis i de muertes. Presentóse el 
^^^í^ierno tan enjuto, que una epidemia de escarla- 
'tixxa negra, que atacaba especialmente a las seño- 
*^o.s de la alta sociedad, introdujo el terror en la 
"^^pital, en Valparaiso i en otros pueblos medite- 
^'^''áiieos. La opinión fué ' unánime en cargar a la 
"^^lenta de la sequedad de la atmósfera aquellos 
'^^tvagos. 

Hasta el 14 de julio habian caido solo tres raquí- 

"^^cos i enfermizos aguaceros, de dos horas uno, el 

2 O de abril, otro de tres horas el 24 de junio, dia 

'^^ San Juan, i el último de seis horas en el dia 

^^encionado. 

Sin embargo, hubo de notable en este invierno 
^Ue al concluir nevó copiosamente, durante tres 
lloras, el 12 de agosto, circunstancia de la cual no 
*^ guardaba ya memoria en la planicie d.^ ^^\iM\^%^ 



— 280 



i que solo se ha repetido una vez en cuarenta i 
cinco años, el 18 de agosto de 1848, según dijimoa 
al terminar el capítulo precedente. 






Sucedió a este violento, inesperado i bienhechor 
cambio de la atmósfera una serie de copiosos agua- 
ceros que duraron mas de noventa horas en el resta— 
del mes, con gran regocijo de los apestados chilenos. - 
"Desde el dia 12 de agosto (escribia el 1.^ de se- 
tiembre de ese año desde Santiago al jeneraL 
O'Higgins, residente a la sazón en Lima, uno de- 
sús mas asiduos corresponsales), no ha habido se- 
mana en que no hayan caido copiosos aguaceros i 
los campos están para ver.,. Creo que en algunos^ 
años no se habrá visto igual después de tantaa^ 
aflicciones, tantas rogativas i epidemias" 

Cayeron, en efecto, dos aguaceros de veinticua- 
tro horas en agosto i no menos de seis en setiem- 
bre con cincuenta i cuatro horas de aprovechamien- 
to. En noviembre llovió también diez horas. 






Por esto, la lei de la balanza que hemos vista 
repetirse en su equilibrio de tal manera que pudiera 
llamarse una lei fija de metereolojía chilena, si fuera 
propio nacionalizar los fenómenos de la atmósfera 
común, no tardó en inclinarse del lado de la abun* 
danciá, i él año de 1833 fué tan lico en lluvias Wk. 



L 



— 287 — 

CJliile como lo habla sido en Europa: cuatrocien- 

^ias cuatro horas, es decir, tres veces más que en el 

Sifio precedente, en que el máximun de los aguace- 

TOS, llegados a la postre i como un pr esa j io del año 

venidero, solo alcanzaron a noventa i nueve horas. 

1 Caso curioso! En todos los inviernos observados 

<Jeade 1824 a 1850, estos dos años seguidos i jemelos, 

«on, el uno el mas seco de la serie (1832) i el otro, 

<?Qn una sola escepcion (1833), el mas lluvioso. Son 

íosr dos estremos de la línea: el mínimun de lluvias — 

Conven ta i nueve horas, i el nmximim — cuatrocien- 

^^-í3^ cuatro horas. 

Siguióse a estas alternativas de humedades i 
"S^ci^inías, que parecían disputarse el dominio de nues- 
tí'^x atmósfera de tres en tres años, un período de 
si^^-te años de inviernos normales que locupletaron 
i^^^^ astros graneros como los de las vacas gordas de 
í^^^raon. 

Tueron éstos "los años de Portales" i de las es- 

P^diciones al Perú, que como la guerra que los 

i^ísyleses declararon al Celeste Imperio en 1840, 

'tvi.^ieron, si no por base, por aguijón, el vivo empeño 

^^ que nuestros vecinos comieran a barato precio el 

Wqiico gluten de nuestros cereales. La discrepan- 

<^^£i i la justificación nuestra consistía únicamente 

^^ que los subditos de S. M. B. querían forzar a 

^oq chinos a mascar, beberse o íxxxiyax civci^xxfóXíí^í^ 



— 288 — 

millonea de pesos en opio, i los subditos del dicta- 
dor chileno se aprontaban a pelear con Santa Cruz 
a fin de que éste recibiera en sus puertos i en sus 
ciudades, sin embrollos ni rezongos, unas cuantas 
petacas de pan chileno amasado en el aciago i bru- 
tal molde que aún dice a los estraños: — "Por la 
razón o lafueí^za^ 

•5^ * 

La serle de esos siete años presenta un carácter 
de uniformidad verdaderamente notable. Ninguna 
es demasiado seco, ninguno tampoco lluvioso en 
demasía. Es la equivalencia de los años, que noso- 
tros, sin darnos cuenta del exceso de los cultivos 
con relación a los riegos naturales i artificiales que 
han casi centuplicado en cien años las fuerzas pro- 
ductivas del pais, nos hemos acostumbrado a lla- 
mar secos i que han corrido como tales durante 
esta última década agraria — 1868-1877. 



■5f 



Hé aquí, en efecto, cómo están representado» 
los años que sucedieron al abundoso de 1833 en la 
única tabla de observaciones "a la buena de Dios' 
que por acaso se ha conservado de ese tiempo. 
1834. — Llovió durante 152 horas. El primer agua- 
cero cayó el 9 de mayo, i el 14 de julio ocu- 
rrió un aluvión bastante copioso en el Mapo- 
cho. 



— 289 — 

1 8 35.— Cayó el agua solo durante 118 horas, siendo 
de notar que dos de los mas recios aguacerog 
ocuiTÍeron antes i después del terremoto del 
20 de febrero que asoló el sud del pais. Llo- 
vió durante cuatro horas el 5 de febrero, i va- 
rios dias después del terremoto. 
lEl año de 1836 fué fértilísimo en trigos i llovió 
<iuTaute 219 horas, habiendo tenido lugar el pri- 
i=ner aguacero ya mui entrado el invierno, esto es, 
^1 27 de mayo. 

lEl **año 37," el año aciago del ^^crímen del Ba- 
>^c>n," fué mas crudo que el precedente, porque del 
1 X al 12 de enero cayó vm aguacero de 24 horas, 
^ así como habia entrado el año, concluyó, lloviendo 
1 4 horas el 16 de diciembre, ambos aguaceros esti- 
"^^ales. 

El 12 de mayo llovió con estraordinaria fuerza 
^virante 19 horas i esto provocó ese dia una fuerte 
^ia,da en el Mapocho. En el valle del Choapa caye- 
í*oii entre mayo i setiembre no menos de seis agua- 
ceros, que duraron, en su conjunto, mas de veinte 
h-oras. Pero en el sud fueron aquéllos tan copiosos, 
<lue cuando estalló el motin militar de Qaillota, el 
3 de junio de ese año, no pudo durante varias se- 
inanas mover ni un piquete de caballería el jeneral 
Bülaes, desde su cuartel jeneral de Chillan, por el 
astado de los caminos i los campos i por hallarse los 
^loa invadeables. 

Igual cesa habia acontecido a las tro^jas del co- 



— 290 — 

ronel Vidaurre en su fatal marcha de Quillota a 
Valparaíso, porque la infantería del Maipo perdió 
un dia entero en atravesar los pantanos i ciénagas 
de los callejones de San Pedro. I por estos casos 
se irá viendo que las lluvias no solo gobiernan el 
cielo de Chile sino su suelo, i aun podría decirse 
que gobiernan a su gobierno. ¿Qué haria, en efec- 
to, la administración política del pais con una seca 
de tres años como las antiguas? Cuántos ministe- 
rios quedarían en seco con la seca? 

Entretanto, llovió el año de aquellos desastres 
288 horas; 156 en el siguiente de 1838; en el de 
1839 hasta 125 horas i 153 en 1840, en que se com- 
pleta el círculo de los siete años gordos de nuestros 
graneros que no tuvieron talvez su José, pero a los 
que nunca faltaron sus Faraones... 

El interés de las onzas peluconas (como las lla- 
man todavía en la Península) ora entonces, en. las 
altas rejiones, el veinte i cuatro (llamado modesta- 
mente el dos), i en las prenderías i garitos el ciento 
i cincuenta, bajo el nombre de *'un real en pes.o" 
Fueron aquellos los gloriosos dias de la^^Embutida,'' 
banquera i cortesana de Faraón.... 

Habrá parado, talvez, mientes el lector amigo en 
que el año de 1839, el "año de Yungai," debe con- 
siderarse como comparativamente seco, según nues- 
tra cuenta, i a la verdad fué sgkrun tanto mas hú- 



— 291 — 

medo que el calamitoso de 1832 — (99 horas en éste 
i 118 en aquél). Pero la lei de la armonía celeste, 
que es el carácter predominante de nuestro clima, 
liizo BU revolución, casi sideral pou su fijeza, i los 
iires inviernos subsiguientes se recuerdan entre los 
Jilas lluviosos de aquellos anos en que el agua no se 
xnedia por milímetros sino por chuzos i no en plu- 
•i^iómetros sino en cántaros. 

En 1841 comenzó a llover en febrero, i del 21 al 
29 de ese mes temprano cayeron varios aguaceros 
<liic duraron, reunidos en un solo cuerpo de tiempo, 
"ti^ «inta horas. El total de las lluvias en ese año co*-, 
^i^espondió a 313 horas. 

El año subsiguiente fué mucho menos abundan- 

"^^^ en vapores acuosos i solo se contaron 171 horas 

d.^ aguaceros. Pero en el próximo, que completaba 

^1 trienio húmedo que hemos indicado,se conmemo- 

^^ entre los mas señalados por la abundancia de sus 

^guas. 

En 1843 llovió, en efecto, durante. 41 días i por 

^n espacio, en conjunto, de 390 horas, un tanto 

iJaénos solamente que en 1833. Desprendióse el 

primer chubasco precursor de gruesas humedades 

el 5 de enero, durante 3 horas, i después llovió en 

tre*dias (del 8 al 11 de junio) cerca de 40 horas, 

otras 8 en noviembre i un último chaparrón de una 

§ llora el 1.** de diciembre. 



— 292 — 






La circunstancia repetida en 1837, 1841 i 184 
de haber caido las primeras lluvias precursoras d 



inviernos rigorosos en enero i febrero (el 11 d(^ 
enero en 1837, el 21 de febrero en 1841 i el 3 d 
enero en 1843), indujo tal vez por ese tiempo 



una creencia bastante jeneralizada entre nuestros 
hacendados, según la cual debían ser abundante» 
en lluvias los anos tempraneros. Pero no encontra- 
mos justificada esta opinión en ningún principio 
racional de metereolojía, porque precisamente se 
notan otros años de dura sequía en que los agua- 
ceros comenzaron con enero. Citaremos entre otros 
el año 30, cuyo primer aguacero tuvo lugar el 10 
de enero i fué tan escaso de aguas como el de 
1832 i el de 1848, el mas seco tal vez del siglo des- 
pués del último recordado i del inolvidable i casi 
reciente de 63. 






El año de 1843 fu¿ también notable por dos cir- 
cunstancias singulares, el famoso cometa que inspi- 
ró la lira de todos nuestros poetas, imberbes en- 
tonces como las musas, i la plaga de langostas que 
apareció en varias comarcas de Chile i especialmen- 
te en la llanura irrigada de Maipo. 

Tuvo el cometa de 1843, llamado por los astrSno- 

nfos el "Gran Cometa," la particularidad de que el 

primer país del orbe en que se le observó fué eu 



— 293 — 

Chile i a la clara luz del sol, porque lo descubrió 
paseando en las calles de Concepción un capitán 
llamado Ray, a las 11 de la mañana del 27 de fe- 
brero. Solo al siguiente dia lo percibieron de otros 
parajes del mundo i especialmente en la ciudad de 
Portland, Estado del Maine, en la otra estremidad 
del continente americano, donde fué observado por 
el profesor Clark a las tres de la tarde. Según el as- 
trónomo Olmsted, que ha publicado un dibujo de 
íiquel lindo meteoro del cielo, cuya forma era la de 
la estrella de los reyes magos con su cauda lumi- 
nosa de delicada gasa, podia dar con ésta cinco o 
seis mil veces vuelta al mundo que habitamos, a 
Tnanera de impalpable velo. ''Se asemejaba, dice el 
íistrónomo que acabamos de nombrar, el cometa de 
1843, cuya memoria vivirá en la jeneracion que en- 
tonces jugaba al volantin, como el eclipse de 1804 
^ivia hasta hace poco en la de nuestras fecundas 
íibuelas, se asemejaba, decíamos copiando al obser- 
vador americano, a una blanca nube de gran inten- 
sidad, siendo brillante en casi toda su estension." 
Llamaron los astrónomos chilenos, que en esa sa- 
2;on lo eran un canónigo i un boticario (Bezanilla i 
Bustillos) aquella aparición el "cometa de Forster," 
mx duda por el nombre del astrónomo que lo habia 
presajiado, i en aquel estío no se habló sino de 
Porster como si hubiera sido Paraf o el Antecris- 
to. Fue a él, es decir, a su cometa, al que un joven 
vate de grandes esperanzas que trocó des^w^^ ^>x 



— 294 — 

laúd por el buril lapidario del lejislador, cena 
una de sus mas renombradas inspiraciones de 
época, que así decia al terminar. 

. . . "Si nuncio de Luzbel, vienes de guerra, 
I dragón infemalj vomita males 

Tu aliento funeral; 
Ten ya piedad de la aflijida tierra, 
No infestes mas sus míseros umbrales. 

Vete ;oh jenio del mal! 



"I si vienes cual candida fantasma 
Entre arroyos de luz la noche oscura, 

El mundo a amedrentar, 
Ya tu aspecto feroz al mundo pasma 
Horrorosa visión; vete segura, 

i Por Dios! puedes pasar... 



Si eres vaga ilusión que en sus cantares 
La fantasía triste del poeta 

Le forja en su inquietud; 
No mas me atormentéis, negros pesares, 
Desbácete ilusión, vete cometa'^ 

Ya arrojo mi laúd." (1) 



* 



Hemos dicho que la poesía, que en aquelloí 
aííos comenzaba ya a peinar su melena "a la come 
ta" entre nosotros, se apoderó de la celeste apari 



(1) Jacinto Chacón. Al cometa de Forster^ en el Proorkbo del 7 d 
jusreo de 1843. 



— 295 — 

<5Íon para sus cantos, i aun recordamos haber oidó 
x-eferir en los estrados que algunos de sus bardos 
<iejaban Ja mullida cama a media noche para ins- 
pirarse en la diáfana cauda del meteoro.... 

Mas no hizo otro tanto la ciencia. El Mercurio de 
"V^alparaiso publicó, es cierto, un largo editorial es- 
plicando la naturaleza jeneral de aquel fenómeno 
que causaba profundo dobresalto en los espíritus; 
pero sobre el hermoso cometa que se perfilaba eñ 
nuestro claro firmamento como una jiganfcesca flecha 
de plata, solo decia que en la opinión de un caballe- 
ro respetable era aquel el mismo cometa que habia 
aparecido cuando "el asesinato de Julio César," lo 
P[Ue era simplemente un respetable disparate de 
^iiel respetable caballero. 

En 1q que todos los astrónomos que observaron 
^1 cometa de marzo de 1843 están de acuerdo es en 
<iue no se habia visto jamas otro de formas mas 
alegantes i de mas luminosa cauda. Examinado des- 
^e el hemisferio norte, divisábase hacia el sud-oeste, 
<íoino el que vimos aparecer hace ya doce años, por 
el mes de enero de 1865. — Permaneció en el hori- 
zonte por mas de dos semanas, i hacia mediados 
de marzo se presentaba desde el norte (New Ha- 
rén, en Estados Unidos) entre la constelación de 
JEridano i las orejas de la Liebre^ adelantando hacia 
0ro en una estenaion de 40 grados, cotv \\xva» "§^- 



— 296 — 

qiiefia curbatura hacia su estremidad inferior "co- 
mo la de una pluma de ganso". Ha sido el cometa 
conocido que mas se ha acercado al sol, i de aquí 
su brillo, pasando tan cerca de aquel astro que uno 
de sus observadores supone tenia en su mayor 
proximidad el color blanco del fierro en ascuas. 

Sobre su revolución en la esfera celeste dividié- 
ronse los astrónomos, asegurando unos ser el mismo 
que habia aparecido en 1668, i que por lo tanto tar- 
daría 175 años en completar su evolución; al paso 
que otros, como Walker i Kendall, con mucha mas 
sagacidad i certeza, calcularon que aparecería eft 
1865, como en efecto sucedió i como volverá proba- 
blemente a suceder en 1886, esto es, dentro de 9 
años. El cometa que por enero de 1865 precedió a la 
Comisión Científica española, alumbrándola con luz 
aciaga i que apareció por el lado del Pacífico (al sud- 
oeste), era el mismo de 1843. 






Debió ser éste también, por la correspondencia de 
los años, el mismo que apareció en Francia en 1811 
i que tuvo, al decir de los catadores, una influencia 
tan singular en la calidad de los vinos que en es& 
año se vendimiaron. Hoi mismo se convocan toda» 
vía los banqueros i los reyes (porque otros no po- 
drian hacerlo) a destapar una botella de "vino del 



— 297 — 

cometa. '^ Lo que es en Chile no li?^ adelantado tan- 
to como eso ni la astronomía, ni la vinicultura, ni la 
farsa. 

Hízose también memorable aquel año entre nos- 
otros por haberse inaugurado en nuestro suelo el 
primer observatorio astronómico por la industria de 
un simple particular, el relojero de Valparaiso don 
Juan Mouat. Con el objeto de regular los cronóme- 
tros de su establecimiento de comercio i los de los bu- 
ques que llegaban a la bahía, edificó ese intelijente i 
emprendedor injeniero, en un lugar conveniente, do- 
Dainando aquella en toda su ostensión, un meridiano 
calado en la techumbre, i dotó al aposento con to- 
dos los instrumentos de observación i de compro- 
l>^cion de que era por aquellos años posible echar 
^ano, cuya innovación fué aplaudida con entusias- 
mo por todos los hombres de progreso. "Nunca to- 
^a la pluma con mas placer, esclamaba en un diario 
^e esa época, un escritor verdaderamente interesa- 
do en el engrandecimiento i prosperidad del pais, 
^Ue cuando tiene que anunciar una mejora, un he- 
^1x0 útil, un paso dado hacia los altos objetos del si- 
glo i del j enero humano, i es éste el sentimiento 
que hoi nos anima al poner en el conocimiento del 
público la fundación de un observatorio en nuestra 
progresista ciudad de Valparaíso.'* (1) 

(1) Mercurio del 2^ de febrero de 1843. 
La. 



— 298 — 



* 
« « 



En la cima de los espolones de cerro que corona- 
l3a con sus muros derruidos el antiguo castillo de 
San José, i donde hoi existe un grupo de pinos i de 
árboles de las rejiones frias, divísase todavía desde 
la plaza de la Intendencia una construcción es- 
iiraña en forma octógona i que parece mas un torreón 
de fortaleza que un aposento destinado a la cómo- 
da habitación humana. Ese es el primer observato- 
rio astronómico establecido en el hemisferio sur del 
universo, i en honor de su inventor debería conser- 
Tarse intacto como un munumento de progreso, de 
^civilización i de enseñanza. 

Es una coincidencia singular de fechas la de que 
-el Mercurio Valparaiso daba cuenta de hallarse ya 
funcionando el observatorio de Mouat, en el mismo 
dia en que por la primera vez el capitán Ray divi- 
saba en Concepción la misteriosa constelación que 
^n aquel estío visitara nuestro cielo. 



* 

4k « 



En cuanto a la langosta de la llanura de Maipo, 
<jue fué la tercera novedad metereolójica del año que 
hemos venido recordando, estuvo a punto de ser un 
infinito regalo para los pabos, porque, como reme- 
-dio de la plaga, propuso su crianza por mayor un 
3MÍembro de la Sociedad de Agricultura^ a fía de que 



— 299 — 



engordando esterminaran el dañino vichó. I de es- 
to no paaó ht singular receta ni su ejecución. 






Cumplido ahora nuestro deber de cronistas mete- 
reolójicos de nuestro siglo, proseguiremos adelante 
la jornada de las lluvias i de las sequías en que los^ 
cometas no son parte, a no ser que se resuelvan en 
lluvia de parafina, como aseguran ha anunciado úl- 
timamente Mr. Falb para un ano próximo, que se- 
rá, si así sucede, magnífico año para los hojalateros^ 
como el de 1843 casi lo fué para los pabos. 



* 
* * 



Sucediéronse a los siete años que habían precedi- 
do al del cometa otros siete mas o menos normales 
^oino aquéllos, con escepcion de el de 1845, que fué 
excesivamente húmedo, i el 1848, por el contra- 
H.O, de alarmante sequedad: 111 horas en el última 
por 417 en el primero, casi el cuatro tantos. 

En los años intermedios llovió: 130 horas, en 
1844; 240, en 1846; 147, en 1847; 185, en 1849, i 
285 en el último de esta serie i mitad justa del si- 
glo (1850). 






Figura «el invierno de este último año entre los^ 
^as tormentosos que han visitado a Chile, porque 
*ué especialmente época de grandes frica, torvxv^\3L- 



^ 300 — 

tas i aluviones. En los temporales. que ocurrieron, 
principalmente en el mes de junio, perecieron, por 
las inundaciones i la intemperie, según datos ofi- 
ciales, no menos de 220,371 cabezas de ganados, 
de los cuales 182 mil eran de lana (1). 

No menciona el abultado cuadro de que sacamos 
estas cifras las pérdidas de vidas humanas que ocu- 
rrieron en aquella estación cruelísima en los cam- 
pos de la zona meridional; pero en Santiago el mas 
recio de los temporales señaló su paso arrojando el 
Mapocho, como en el que acaba de terminar, una 
media docena de cadáveres. 

Después de haber llovido, en efecto, con gran 
fuerza el 22, el 23 i el 24 de junio, agolpóse en la 
tarde de este último dia una afluencia considerable 
de curiosos al puente de imlo, que era entonces un 



(1) Según datos reoojidos por don Pedro Lucio Cuadra del Araaca^^^ 
de aquel año, la proporción de los animales que mató la intemperie o 
ahogaron los rios, entre el Maule i el Vergara, estaba establecida de ^* 
siguiente manera, que tal vez peca de exajerada: 

Animales vacunos ,,... 16,668 

Caballos 10,408 

Muías 760 

Asnos 218 

Ovejas....; 182,324 

Cabras ! 9,854 

Cerdos 339 

Total ^.. 220,371 

y 



_ 301 — 

p^tseo poco hijiénico, i por lo mismo favorito de la 
j^nte de buen tono de la capital. 

Por la avidez de ver de cerca los turbiones, car- 
góse en una de las barandas del puente, al en- 
trar por la calle de San Antonio, mayor número de 
personas que las que aquella defensa resistía, i ha- 
biendo cedido un lienzo de muralla al embate de 
la,s aguas, cayeron en el furioso cauce del aluvión 
nueve personas. Escaparon solo tres o cuatro, i en- 
tre éstas un caballero Echeverría, que fué arrojada 
^ Una isla a la parte de la Chimba, i parece que desde 
^ixtónces se ha quedado en aquel barrio. *'De los 
ivie cayeron al rio, dice el Frorp'eso del di a que si- 
guió al accidente, solo de cinco sabemos que hayan 
»^lvado, entre los cuales el joven don Luis Echeve- 
^i*ía, que casualmente pudo arribar, con suma difi- 
<^Ultad, a una isla donde le precipitó la corriente." 

De allí estrájolo en robustos hombros i con mas 
dobles ánimos un héroe anónimo, que desapareció 
^U seguida bajo su poncho en la oscuridad de lóbre- 
g"^ noche, sin pedir ni recompensa ni renombre . . . 

* * 

En 1350 cayeron, según Domeyko, 553 milíme- 
tros de agua, i será digno de recordarse aquí que 
desde ese año, i gracias al Observatorio norte- 
americano establecido en el Santa Lucía, comenzó 
^ estudiarse i a medirse las lluvias por un procedi- 
lüiento científico. Las rayas con vin clavo evv\^^^- 



— 302 — ^ 

red de los corredores de la hacienda, para contar 
los días i las horas de los aguaceros, íueron reem- 
plazadas por el pluviómetro i sus instrumeíntos au- 
xiliares, el barómetro, el termómetro, el higróme- 
tro, etc. (1) 

Fraccionando ahora los años de que llevamos 
hecho hasta aquí mención, especificando de una 
manera aproximativa la cantidad de lluvias que 
descargaron en sus inviernos sobre nuestro suelo, 
i agrupados en períodos iguales de nueve años, 
obtendríamos los siguientes resultados, que son 
una confirmación más del principio inalterable de 
estabilidad que hemos fijado como el distintivo 
mas marcado de nuestro clima. 

Para el primer período de nueve años (1824- 
32), el término medio seria de 185 aguaceros i 
1,764 horas. Para el segundo (1833-41) de 194 
aguaceros i 1,928 horas, i para el tercero de 1842 
a 1850 (inclusive este último) de 231 aguaceros i 
2,106 horas. 

No aparecen, por tanto, de estas cifras esas dis- 
-crepancias violentas que acusarían un ti'astorno 
profundo ni siquiera mediano i perceptible déla 
sustancia metereolójica de nuestra atmósfera i de 



(l) Ko nece9Ítaimos repetir que e^e año (1850) fué taoüueii el últímo 
de las observaciones por días, horas i minutos que se han atribaido por 
iiBOB a, don Tomas Reyes i por otros' a don Vicente Bnstíllos. 



— 303 — 

sus manifestaciones, porque lo3 dos primeros perío- 
dos son mas o monos análogos, a pesar de su es- 
tensión; i en cuanto al tercero, si prese¿ita una cifra 
de alguna mayor consideración, es principalmente 
en fuerza de haberse agregado a su cuenta el últi- 
mo año escepcional de 1850, en que llovió durante 
41 dias, esto es, uno mas que en el diluvio... 

En el gran total de los veintisiete años que aca- 
bamos de analizar, corresponde a cada año, de una 
manera mas o menos regular, veintidós aguaceros 

de nueve horas i tres cuartos de duración cada 

cual, o lo que es lo mismo de 215 horas de lluvia,. 

conforme al sistema antiguo por años, o mas bien. 

por inviernos. 

No fué menos prolífico en copiosas lluvias, entre 
tanto, el año memorable de 1851 que el que le 
precediera, i aunque no tenemos a la vista un 
X'ejistro metódico de sus humedades, podemos ase- 
gurar, no solo como testigos sino como pacientes,. 
que aquel invierno fué sumamente abimdante en 
benéficas lluvias. Pasamos nosotros una parte de 
ese invierno en las prisiones políticas de Santiago, 
otra parte en viaje clandestino a la Serena, otra 
parte ocultos en esta ciudad, i ciertamente que 
nadie como el que sufre i aguarda sabe medir la 
estension i la intensidad de las inclemencias de la 
atmósfera. En la provincia de Coquimbo llovió eu 



— 304 — 

abundancia durante el mes de julio, en todo agosto; 
i aun en el dia en que estalló en esa ciudad el mo- 
vimiento rerolucionario, que fué el 7 de setiembre, 
los que salimos a campaña en esa misma noche, 
llegamos a O valle al dia siguiente con un temporal 
deshecho. ¡I circunstancia digna de notarse! Aque- 
llas lluvias que transformaron en inmensas prade- 
ras de verdura i flores los campos del Norte, fueron 
tan eficaces cooperadoras en las revueltas como las 
pasiones duras o jenerosaa que incendiaron el país 
en esa época, jorque es evidente que si el invierno 
de 1851 hubiera sido seco, los chilenos del Sudi 
del Norte habrian carecido de elementos de movili- 
dad, i la insurrección se habria estinguido en las 
provincias en que naciera, al Norte sobre un pára- 
mo, al Sud dentro de un pantano. 

El decenio de años que sucedió a la revolución 
de 1851, año de trastornos políticos i atmosféricos, 
representa un período escepcionalmente húmedo 
hasta 1860, al punto que de esa serie de inviernos 
sacó Domeyko el, considerable promedio de 419 mi- 
límetros que en otra ocasión hemos apuntado, com- . 
parado i discutido. 






Parécenos oportuno hacer aquí mención de dos 
acontecimientoñ notables en la vida metereolójica 



— 305 — 



de nuestro país, el uno raro pero natural, científico 
i mas raro e inesperado el otro. 



« * 



Fué el primero la gran nevazón quo cubrió en 
1848 la comarca de Santiago, convirtiendo el llano 
de Maipo en una pequeña i pintoresca Siberia. 
Comenzó a nevar a las seis de la mañana del 1 8 
de agosto, i la caida regular i apacible de la plu- 
milla, sin ráfagas i sin siquiera un frió intenso, con- 
tinuó durante cinco horas con grande alegría de la 
jeneracion infantil de aquellos tiempos, que asi 
cambió la cancha del rio i sus duros proyectiles por 
las bolas de nieve que constituyen los juegos favo- 
ritos de la niñez en los paises frios. En muchas 
casas económicas enterraron nieve para los helados 
del verano, i en otras menos previsoras formaron 
pirámides i estatuas en los patios que se mantu- 
vieron ilesas por mas de una semana. No habia 
tenido luffar este af^rradable fenómeno en el valle 
central de Santiago, según la memoria de los con- 
temporáneos, desde el año seco de 1832, hacia 
diezísiete años, en cuyo mes de agosto i en un dia 
análogo (el 12) habia caido una nevazón de tres 
horas. 

No deja de ofrecer cierto interés la circunstan- 
cia de que estas dos nevazones ocurrieron en años 
de notable sequedad, porque en 1832 llovió solo 
durante 99 horas i en 1848 apenas doce \iott^ xaíya. 





— 306 — 

En 1863, el mas seco año del siglo, íio tuvo lugai 
una nevazón formal, pero sus intensas heladas di 
una semana habrían bastado para superar a las qu- e 

hemos recordado si se hubieran condensado en un q, 

sola, por lo cual podria establecerse como regla qi 
asi como los años secos eran '^años de trigos,'* s< 
gUQ lo tenemos varias veces recordado, eran tai 
bien años de nevazones. 

Ocurrían éstas por lo jeneral en el mes de agca^s- 
to, el mes de los gatos, i de sus ardientes i buL Vi- 
ciosas camorras sobre el hielo de las tejas, i rej las- 
trando nuestra memoria, que no es mala, creeicz^os 
encontrar en sus rincones la huella de una ne^^/a* 
zon ocurrida en un dia de Sauto Domingo (ag" ^s- 
to 4) no sabemos de cuál año de nuestra vida, c^ ue 
corre casi paralela con este período de estudios de 
blancas cabezas, de blancas nieves i de gatos de "to- 
dos colores. 

El no esperado acontecimiento científico d^ ia 
época que atravesamos, viviendo sobre los tejacJos 
de Chile, i de que hicimos mención hace poco, íu¿ 
el establecimiento de un observatorio astronómico, 
planteado, con consentimiento del nuestro, p^^ 
el gobierno americano en el montículo de Santa 
Lucía en el verano de 1849, el cual fué comprad^ 
con todo3 sus aparatos e instrumentos cuando aqu^* 



•J\/ i 



lia primera i bien itítencíonada comisión dent^ca 
laubo concluido sus estudios. 

Dos años después de comprada a cajón cerrado, 
porque entonces no habia mas astrónomo en Chile 
que Barainca, fué trasladado al sitio que hoi ocupa 
en el jardin de la Quinta Normal de Agricultura. 






La posición del Observatorio americano en la 
colina del Santa Lucía, los cimientos de cuyas 
cúpulas circulares existían todavía en 1872, fu(S, 
según Asta-Buruaga, en los 33^ 26' 25'' 7'" latitud 
sudi 70^ 38' 15" lonjitud occidental de Greenwich, 
o 72* 58' 22' 5"' de París i 6^ 22' 48" lonjitud orien- 
tal de Washington. '*La de su huevo asiento, dita 
el mismo estudioso escritor que acabamos de citar, 
es de 10" a 12" mas al oeste; en donde se hizo ne- 
cesario situarlo para prevenir las perturbaciones 
de los instrumentos, causada por los rayos del sol 
en las rocas del cerro, a las cuales imprimia un es- 
traño movimiento de espansion i contracción, des- 
conocido al principio i solo descubierto por el profe- 
sor Moesta en 1853." (1) 






No tenemos a la vista los datos de 1851 i 52 i 
aun creemos que por descuido no existen. Pero.éu 



(l) AsTA-BüRüAGA. Dicckmario jeográfico de Chile, páj. 346. 



~ 308 — 

los su|)siguientes lá proporción del agua caida es - t 
representada por las medidas siguientes, tod:^sa 
científicamente rejistradas: 

1853 210 milímetros. ^ 

1854 464. 



1855 547 

1856 550 

1857 229 



}} 



ji 



y 



fí 



1858 622 „ 

1859 324 „ 



1860 513 



9f 



* 
* * 



Nótase a primera vista que todas las cifras son 
mui altas, sin embargo de pertenecer tan de cerca 
al período que hemos atravesado, al decir de algu- 
nos, casi a pié enjuto, como los israelitas el Mar 
Rojo. 

A este mismo período de prolongada humedad 
aludia el jefe de la espedicion astronómica de Es- 
tados Unidos, Mr. Gillis, cuando referia en su 
libro, de tan escaso interés científico como prolífico 
en frivolidades, que la mudanza de los años era, 
durante su residencia en el pais, el tema de todas 
las conversaciones. "I a la verdad, dice, comple- 
tando la frase que de él hemos copiado unas pocas 
pajinas atrás, que el hecho de haber llovido duran- 
te casi todo el tiempo de nuestra residencia en 



— 309 — 

Santiago era un buen testimonio en abono de la 
ci'eencia popular." 






En el próximo capítulo, consagrado a este mismo 
tema, el estudio progresivo de las lluvias ea el 
presente siglo, para ilustrar con los hechos las teo- 
rías que nos han servido de epígrafe en el presente, 
entraremos mas en el fondo de las mudanzas de la 
atmósfera ^e señalaba, junto con el vulgo, el astró- 
nomo norte-americaYio que acabamos de nombrar 
i que ya no existe. 



■^-•♦•--^ 



vv 



¿í 



r 



\ 



X 



\ 



y 



\ 



CAPÍTULO xn. 



El último medio aig'lo i sus comp^rob<M!ioiies. 

(1856—1876) 

'*La lluvia ha presentado en la comarca 
de Santiago por un periodo de 1849 a 1860 un 
ténnino medio de 419 milímetros de i^a cai- 
da un tercio mas de lo que aparece de obser- 
vaciones de estos últimos afios, no obstante de 
habei' sido estos r§lativamjpnte secoa** — (Asta- 
BiTRüAGA.— Observacionesjenerales, Censo del 
1875, páj. XLIL) 

^ flJio 1856 culmina el período mas largo de humedades observado en e 
presente siglo. — Terrible temporal del 10 de marzo i su marcha des- 
tructora de sud a norte. — Ochenta horas de lluvia en la Serena. — 
X>esastre8 en Valparaíso i en Santiago. — Pérdida jeneriJ de las oose- 
chas. — Declina la zona de humedades, i en 1860 bajan por la última 
vez los rios del norte. — La seca de 18¿3 i sus estragos. — Los últimos 
grillos de San Isidro. — Espantosas heladas. — Reaparece el cometa 
w 1865 junto con la Comisión Científica de Espaf a. — Comienza un lar- 
go período de sequías relativas. — Sus continuas i violentas interrup- 
ciones. — El inWerno de 1864 i el gran temporal de la apertura d!el 
Congreso. — Destrucción del ferrocarril del centro i prolongada inco- 
municación de Santiago i de YajLpar.iiBo. — Los 'taños de E(2iáurren". 
— Ultima rogativa por las secas en 1872. — Los grandes temblores de 
1873 i 74, i sus copiosas lluvias. — Temporal eléotrico del 9 de febre- 
ro de 1875. — Prevalece en el conjunto de medio siglo el principio je- 
neral de equilibro que hemos comprobado en épocas aateríorea. — 
Engañosos prismas de las observaciones interesadas. — El sueño de 
Faraón i los sueños de los hacendados ohilenos. — Aplioacion de. la 
estadística a los aguaceros. — Excesos de los años lluviosos aobre las 
secas. — Los años Uuviosos'se agrupan entre si i forman zonas mas o 
menos largas de humedad. — Peeuüar aislamiento <le los año/i de se* 
quía. — Lo que nos queda todavía de n ftqg tra tarea. 

Divididos en dos períodos mas o menos equidas- 
aníes, de treinta años el primero(l827- 1856), i 
le veinte años el segundo, tomando la última fe- 
5lia como punto de partida i el año que ha prece- 



^^^^^ 312 — • . 

dido inmediatamente al presente como término, 
(1856 — 1876), observamos que lalei de agrupación 
de los períodos lluviosos, sus vastas interrupciones, 
su progresión posterior, sus nuevos agrupamien- 
tos i su dislocación ocasional, es siempre la misma. 
Del período de humedad abundante de 1827-29 
pasamos al de una sequedad relativa (1830-32)r 
en seguida otro gran paréntesis fecundo en lluvias, 
después una interrupción mas breve de sequedac 
atmosférica; en seguida un aumento; en pos uns 
disniinucion, hasta que al fin hemos llegado al pe 
liodo mas largo de lluvias seguidas en el presenta 
siglo, cual lo ha sido indudablemente el que co- 
menzamos a bosquejar en el capítulo precedente 
desde 1850 i dejamos por tanto incompleto. Prosea 
güimos ahora ese camino i ese estudio. 

* * 

Alcanzó, puede decirse así, este ciclo de bienhe- 
chora humedad, que llevará probablemente en Is 
historia agrícola del pais el nombre milagroso d^ 
loB "años de California,'' en que el trigo sé cora 
virtió en oro i las lluvias en tapices de Bruselas 
cortinajes de lampas i de brocado, alcanzó decías 
mos^ su apojeo i su desenlace en el otoño memora* 
Me de 1856, que no sabemos si fuera solo una acfl 
Terteicia o un castigo. 






Había sido aquel estío de una regularidad ad- 
.irable, con escepcion de lijeros chubascos caídos 
diciembre del año precedente, cuando se procla- 
ro.<5 en Santiago el dogma de la Inmaculada Concep- 
ción, paseando su imájen por las calles humedecidas 
con el chaparrón. Pero era aquel un año de abundan- 
cia, "año de trigos," como decían los antiguos i como 
lo atestiguaban en todos los valles las maravillosas 
parvas que a manera de montículos de oro inter- 
ceptaban la vista en la llanura i en los valles desde 
ia» mitad de febrero. 






- í^ada presajiaba por tanto una variación brusca 
la atmósfera en la estación mas fija de nuestra 
^Oüa, que es el paso del estío al otoño. El baróme- 
de la Bolsa de Valparaíso, que nos rejía entón- 
como hoi, mas que el misterioso, tardío i escon- 
o de Yungai, anunciaba buen tiempo fijo, man- 
*^xxióndose en 29° 86, con viento sur-sur-este, que 
^^ el que prevalece en la estación seca. 
Acontecía esto el 8 i el 9 de marzo. 
lEl 10 amaneció el tiempo amenazante i nublado, 
^^st^biendo bajado el barómetro a 29.8, pero en 
^•Ima. 



Idas al día siguiente precipitóse el huracán en las 
^-*-si,Tiuras del centro i en los valles del norte como 
a verdadera vorájine de agua i de furioso viento 
rte. Las parvas de trigo eran aventadas por el 




— 314 — 

viento como ráfagas de vapor araarillento; los ár- 
boles, cargados todavía de frutos en sazon^ caiaa 
arrancados de cuajo, i las casas mismas de Santiago 
se remecian en sus departamentos altos como si su» 
vigas fueran elásticos mimbres. En el barrio de 
San Pablo cayó esa mañana una babitacion qué- 
mate a una infeliz anciana^ aplastándola. 

Por fortuna, al entrar de la noche cambió la í 
del viento, i el barómetro, que habia fluctuado entre^^*^ 
29^ 62 i 29° 77 durante los tres dias del temporal^ JI\r 
amaneció el 14 en 29*^ 86, con un cielo cargado pe — 
ro sin lluvia. 

El huracán habia pasado en las re j iones del cen- 
tro i déi norte, mas no en las del sud del Maule,^^^ ® 
donde continuaba todavía lloviendo el 22 de marzo— .^^^'^ 

•íf * 

La mayor pai'te de las escasas lluvias de veranod^ -•o 
tienen en las comarcas centrales del pais un oríj 
eléctrico i van acompañadas unas pocas veces 
truenos i relámpagos después de dos o tres dias d 
intenso calor. — Llámanselas por esto "lluvias de 
cordillera," como hai a veces "lluvias de la costa"^^ 
desarrolladas por los vapores acuosos del mar qu^ " 
vientos encontrados arrebatan, mezclan i estrujan. 
Pero ofreció el temporal de marzo la particularidad, 
como todos los grandes sacudimientos de nuestra^ 



'^tmésfera, de venir empajado desde el sur por los 

^^ntos reinantes, que según la pintoresca espresion 

<1^1 padre Ovalle, lidian con los mas livianos, tibios 



1 



c^argados de agua del opuesto compás. 



* 



El cielo se habia nublado en efecto en Concep- 
on el 9 de marzo, media hora después del meri- 
^^íano, i en la noche del 9 al 10 comenzó a llover. 
Desde ese pnnto prosiguió el huracán su itinera- 
*^o hacia el norte en la forma que vamos a apuntar. 
Apareció la lluvia en el valle i montañas de Cau- 
"^^uénes a las 2 de la mañana de aquel dia, a las 5 
"^n Linares, a las 6 en Talca, a las 10 en Curicó, i a 
í^as 11 en San Femando, todo en la mañana del 9. 
Pero el huracán rompió sus diques de viento en 
Santiago sola al amanecer del dia siguiente, des- 
'<3argándose el agua a las 6 de la mañana en la. cuen- 
x)a del Mapocho, a las 7 en la del Aconcagua, a las 
2 de la tarde en la Serena, a las 6 i media en Frei- 
Tina, i solo a las 6 de la mañana del siguiente dia 
-«n CopÍ9,pó, De modo que el temporal, según ob- 
serva Pedro Lucio Cuadra, que lo estudió en todos 
- sos detalles, demsoró cuarenta i ocho horas en re- 
correr los nueve grados que separan a Concepción 
-de Copiapó^ i ésta es probablemente la velocidad' 
media con que las borrascas del sur se : precipitan 
desde las rejionea polares^ debilitándose gradual- 
Diente ea su intensidad i en su rapidez a medida 



— 316 — 
que se acercan al Ecuador terrestre i a los trópicos. 



* ^ 



Sin embargo, en esta ocasión llovió ochenta ho* 
ras en el valle de Coquimbo i salieron de madre to- 
dos los rio^ del norte, causando incalculables daño» 
en las cosechas i especialmente en las chácaras que 
aún no tenia sus frutos en las trojes. —En la Sere- 
na, el rio que la baña i la fecundia de ordinario con 
doloroso añm, corrió de barranca a barranca i aun 
amenazó invadir la ciudad por el barrio de Santa; 
Inés. El distrito de la pampa, que es la Fampa de 
Santiago en miniatura de la coqueta Serena, se con- 
virtió en un lagunato, i corrian en esa dirección con 
tá! fuerza las aguas, que en el estero seco de Peñue- 
las, donde Pedro Léoij Gallo i sus bravos ConstitU" 
2/^ií(?5 tuvieron su campamento en 1859, bajo la seca 
cúpula del cielo, volcaron aquellas un coche que 
con los pasajeros del vapor Peytona se dirijia del 
puerto a la ciudad. 






Los perjuicios causados por el temporal de mar- 
20 a la agricultura fueron incalculables, especial- 
mente en el norte. Tan solo en el distrito de O valle 
se perdieron quince mil fanegas de trigo, que va- 
llan mas de 30 mil pesos, al paso que en la provin- 
cia del Maule se'malogró la cuarta parte de las cose- 
chas, en la de Concepción (que era en esos años de 
exportación i de molinos un emporio de harinas 



•\ 



— 317 — 

como Baltimore) la mitad, i en la de Arauco las 

^x^^a cuartas partes. 

Los danos puramente urbanos causados por el 

^'^a.pocho en Santiago fueron avaluados en 10 mil 
jP^sos, los mismos que el cabildo, reunido en sesión 
^^^^traordinaria el 16 de marzo, acordó pedir pres- 
^^dos al gobierno ^'al interés que éste fijase." — Pero 
^^X gobierno de Chile, que es buen empixstador cual 
lo fuera Pedro de Valdivia, pero nunca prestamista, 
'S^ contentó con franquear al ayuntamiento, como 
Ixoi dia, dos injenieros que informaran sobre los da- 
^^os i los dejaron mas o menos como estaban. Estos 

injenieros de préstamo i de temporal fueron don 
-José Agustín Verdugo i Mr. Horacio Bliss, injenie- 
norte-americano a quien sus paisanos llamaban 
^coronel". 






El temporal del 11 de marzo de 1S56 fué un 
'•verdadero huracán de las Antillas. 

Continuó lloviendo durante tres *dias, el 11, el 
12 i el 13, en que la vorájine adquirió su mayor in- 
mensidad. Los tajamares de Santiago fueron derri- 
scados en la ostensión de 62 varas cerca de los moli- 
nos del Carmen i el rio amenazó salir de su álveo 
por el callejón llamado de las Urbinas, como en los 
recientes aluviones. En Valparaiso el estrago fué 
toda,YÍa mayor, porque a las cuatro i media de la 
tarde del dia 11, las olas que se desplomaban como 
montañas sobre la techumbre del hermoso pasaje 



— 318 — 

Cousiño (hoi casa Goyenechea en la calle del Ceho)^ 
arrasaron con su valioso muelle de sólidos sopor 
tes de fierro, reduciéndole a fragmentos. 



* 



Hísose sentir también con macha crudeza aque£ 
íinticipado invierno entre las clases trabajadoras de 
las ciudades, corao en Valparaíso, donde el año pre- 
cedente de 1855 (547 milímetros) habia sido tan 
desastroso, que se calculaba en no menos de vein- 
ticinco las vidas perdidas por imprevisión o por mi- 
serias en sus cauces i quebradas* ^'Los temjK>ralós^ 
decia uno de los representantes de la prensa de^ 
aquélla ciudad el dia 1 1 de marzo, las grandes 
avenidas, la carestía jeneral de los comestibles-, en 
fin la escasez de trabajo para el pobre obrero, he 
aquí las armas con que se apresta esta temida es-^ 
tacion."* 



* 
« « 



Hemos dicho ya con anterioridad que el período* 
de humedad, representado en su máximum por el 
año de 1856, en que se recojieron 550 milímetro* 
de agua (esto es, 48 milímetros más que el prome- 
dio anual del húmedo Paris i su caudaloso Sena),, 
se mantuvo de una. manera mas o monos regular 
hasta los copiosos inviernos de 1858 (622 milíme- 
tros) i de 1860 (513 milímetros), en cuyo última 
volvieron a bajar por la ú.lt\m.3u vez los riós del 



— 319 — 

Tiorte, que han pasado en seguida diez i seis anos 
muriéndose de sed. El agua caida en ese año llegó 
a 513 milímetros en el pluviómetro del señor Do- 
meyko. En lo que va corrido del presente año di- 
li-i^ial hasta el 31 de julio solo han ejido en el 
plnTiómetro del observatorio de Santiago 471 
inilímetros. 

Las nubes de 1877 tienen por tanto que hacer 
todavía un pnjante esfuerzo para llegar al nivel 
^A&l de los anos que, como el de 1855 i 1858, sirvie- 
i^OTí de últimos eslabones a la era de lluvias que he- 
riros recordado i qne ha sido seguida de las sequías 
^ que el qne ya acaba es remate. Si los hijos de los 
t^acendados del valle central quieren colocarse a la 
^^tura barométrica de sus predecesores desde hace 
1 V años, necesitan en consecuencia "oir llover'* du- 
^5=inte veinte i cuatro horas por lo menos todavía, 
^^ontando desde el día de la fecha, miércoles 1.® de 
^"^gosta 

» 

Ha llegado la oportunidad de mencionar en unct 

^Xmsma pajina, como a dos hermanos jómelos, los 

^ños que en la última época representan las dos es- 

tremidades de la sequía i de la lluvia "a la anti- 

gaa^" ea decir, de los aguaceros cargosos hasta la 

hidropesía i de las> secas estíticas hasta la inani- 

Tales fueron los de 1863 i 1864, como \o ^ikÁascL 



— 320 



9Ído, treinta anos atrás, los de 1832 i 1833, ta 
bien jemelos. 






Mostróse tan duro el cielo en el primero de aqu 
líos inviernos, que hasta el 1.** de junio no hab ^lisi 
caido una sola gota de agua, i se comenzaba ya ^ 

sentir cierta alarma, no solo por la salud, sino por L^ 

bebida de las poblaciones centrales. Por fortun 
el 2 de ese mes sobrevino un corto aguacero q 
reanimó a los sembradores i ganaderos, i el 12 ot 
mas considerable que les llenó de esperanzas, 
aguacero de este dia, escribia una persona de S 
^ tiago el dia 1 2 de j unió, ha alegrado mucho a 1 
agricultores, mejorado el estado sanitario de la c 
pital i regocijado a todos." 







Pero aquellas falaces esperanzas se desvanecie- ^ 
ron junto con las nubes, al punto de que en todo el -^ 
mes de julio la atmósfera se mantuvo glacial e im- 
pasible como una plancha de bruñido acero. En 
consecuencia, por una pastoral del 1.** de agosta 
(último documento de este j enero que haya salido ^ 
de la cancillería eclesiástica de Santiago) ordenó el 
prelado superior a su clero que en la misa diaria se '^ 
leyese en todo el arzobispado las preces del ritual ^ 
romano adpetendam plimam, i en seguida la Mu* '^ 
nieipalidad acordó sacax, poi \a <3\\K\xi'a.'^^T»\»xs5k^^^ 



— 321 — 

hasta el presente, a San Isidro en devota procesioa 
i con grillos desde su iglesia a la de la Catedral 

Escaso fué de todas suertes el milagro del buen 
santo labrador, porque en todo el año no cayó en 
la rejion central sino la mínima cantidad de cuatro 
pulgadas i media de agua. 

* * 

jPero lo que hubo de mas estraño en ese fatal ia- 
vierno,^que despobló de sus ganados las haciendas 
del norte i de la costa, fué que al sud de la Angos- 
tura de Paine, que cierra la cuenca del valle de 
Santiago por ese rumbo, llovió incesantemente du- 
rante toda el mes de junio, lo que salvó al pais de 
una hambruna. Siguióse después un período de 
reposo i de sequía verdadera que afectó las cose- 
chas hasta el Itata, porque la tranquilidad acerada 
del mes de julio se estendió a todo el páis. I hé 
aquí, aun en la escepcion, la prueba de la regla je- 
neral que dej apios establecida sobre la uniformidad 
jeneral .del clima, tomando por tipo i por promedio 
el valle central del Mapocho. 



* « 



Otro de los fenómftios de aquel año fué el frió 
intenso que reinó en la zona central, aun en los 
izaros dias en que las nubes entumecidas condensa- 
ción un poco de humedad. El aguacero del 12 de 
junio fué precedido en Santiago por vwísl VyíiaAa» ^^ 



— 322 - 

mejatite a una nevazón que ''hizo aparecer a la ciu- 
dad, en un momento, revestida de una nevada mor- 
taja-" 

En Valparaíso acontecia otro tanto a fines de ese 
mas, i era esto de tal suerte que, según un espiri- 
tual escritor de ese puerto, ya nadie preguntaba 
por la salud, ni por los negocios, ni por la corres- 
" pendencia del vapor, sino por el frió." — Iss, qué frió! 
esckinaba el redactor de la crónica del Mercurio el 
23. de junio. Por allí ya no se pregunta — "Qué hai 
de. nuevo?" — sino "Cómo va de frío?" 

Aun en el último dia de julio (el 31) eran tan 
intensas las heladas en la costa, que en Valparaíso 
los techos de las casas amanecían como blanquear 
dos, lo que jamas se había observado en vida da 
hombre en tales dulces parajes. 

En cambio, el año subsiguiente, sí no fué la repe* 
ticion del diluvio universal, fué su imájen. Comen- 
zó a desprenderse el agua a torrentes junto con la 
apertura del Congreso el 1.^ de junio, porque abrir- 
se las cataratas del firmamento i las de la elocuen- 
cia fué todo uno en ese memorable invierno de cá- 
maras lejislativas i de cámaras del cielo... Fué el 
Congreso de la guerra con España! 

El dia 2 de junio se desbordaron en. Valijaraisa 



— 323 — 

los esteros de Jaime i de las Delicias, bajó el baró- 
metro a 29.26 i alborotóse de tal suerte el mar que 
las olas entraban en los almacenes de la calle de 
Cochrane, especialmente en el de Besa i Salinas, 
por su trasera que cae a la playa, i sallan zabullidas 
por las ventanas del frente. Aquellos embates fu- 
riosos cortaron en cuatro puntos el camino de fierro 
entre el puerto i la caleta de La Barca, i fué preci- 
so suspender el tránsito de los trenes por varios 
días no solo entre Valparaiso i Santiago, sino etitre 
el Barón i Viña del Mar. 

El 9 continuaba sin abatir un palmo el huracán, 
i en la noche precedente se tragó un cauce mal ce- 
rrado ai conocido comerciante ingles don Joñatás 
Frederick, procurándole una muerte horribtó. ^— 
^'Estamos a 9 de junio, escribían en Valparaíso, i 
son nueve días que hemos tenido de lluvia, tempo- 
ral, relámpagos, inundaciones de rios i esteros, de- 
rrumbes, ahogados i temblore8.i' Basta decir, para 
compendiar esa situación, que, interrumpido el mo- 
vimiento de los trenes, no podian pasar los. éspre- 
sos de a caballo ni los mas insignificantes esteros 
con la correspondencia: por lo cual la capital i su 
puerto estuvieron durante cuatro dias sin comuni- 
cación humana. 

En Santiago mantúvose el Mapocho forzadamen- 
te en su lecho, pero se desbordó el Zanjón de la 



— 324 — 



Aguada, arrastrando considerable número de ran- 
chos i ahogándose una familia entera de infelices 
gañanes. En el curso del año cayeron 28.81 pulga- 
das, es decir, el seis tantos i más del año precedente. 



* * 



Fáltanos, para completar esta serie de raros fenó- 
menos, recordar aquí la segunda aparición del come- 
ta de 1843, que, obediente a los presajios de la cien- 
cia, se mostró en nuestro hemisferio el 1 8 de enero de 
1865, al caer el crespúsculo de la tarde. ^ — Pero en 
su larga evolución, como las beldades que engordan 
con solo el peso de los años, el meteoro amado de los 
poetas habia perdido sus delicados perfiles, I asi 
como aquél fuera "una pluma de ganso" enclavada 
entre los astros, cual la diadema de fulgurosa belle- 
za, el último, según la prensa de Santiago, presen- 
taba la forma de una plebeya escoba (1). Era un co- 
meta espelucado^ i chascón. Por esto sin duda 
enmudecieron los poetas, aun los mas chascones. . . . 

Parecia el cometa de Pinzón alejarse del sol 
tanto cuanto el otro se mostró ávido por seguir- 
lo, i por esto, observado con el telescopio del Ob- 
.servatorio de Yungay, se percibían algunas rayas 
negras en su desparramada cola. Era ese el lu- 
to precursor de las desgracias i de las vergüenzas 
que esperaban a la patria? — El cometa de 1865 



(1) Ferrocarril del 24 de enero de 1865. 



— 325 — 

alumbró el primer acto de la guerra de huano que 
comenzó en las Chinchas el 4 de abril de 1864 i 
acabó en el bombardeo del 31 de marzo de 1866. 
Dos años cabales de oprobio americano! 

* * 

ff 

El 2jrdc-^*íifi£g^del año que podríamos llamar 
del cometa del bombardeo, es decir, dos dias des- 
pués de haberse notado la presencia de éste en el 
horizonte, hacia el oeste, sobrevino un calor verda- 
deramente terrífico en Santiago, el cual hemos oído 
parangonar únicamente con el del 5 de febrero de 
1876. Baste decir, sobre aquél, que el termómetro 
subió a 32® a la sombra, que es el calor de Panamá. 
Pero lo que fué aún mas notable que esto, el baró- 
metro bajó, en la noche de ese dia, 8 milímetros de 
su estadía ordinaria, como si hubiese ocurrido un 
recio temporal de invierno. 

Con todo, el año de 1865 fué moderamente seco 
respecto del de 64 (28.81 pulgadas), porque su pro- 
porción fué de 13.70 pulgadas, si bien pudo consi- 
derársele como inmensamente húmedo con relación 
al de 1863. 

I de esta suerte, el prolongado i aflictivo período 
de sequedad que sucedió al de excesivas humedades 
e inundaciones, representado por los años de 1856, 
58 i 60 (tan semejantes a los de 1833, 45 i 50), tu- 
vo también, durante su largo curso de diez i seis 



— 326 — 

año3 (que a su vez recuerda las eternas sec£ 
último siglo), escepciones de consideración, qi 
primian al clima del pais su carácter j ene ral 
destructible de alternativas pasajeras, de mud 
tardías, seguidas de duraderas estaciones de i] 
nos templados o enjutos. — Así hemos visto 
derse al año desastroso de 1863, en que solo 
ron 4.48 pulgadas de agua, el de 1864, en que 
casi siete veces mas, según ya notamos, i en i 
da vemos subir en el pluviómetro de la Bo' 
Valparaíso en 1866, "el año del bombardeo, 
1868, "el délos cien casamientos por decreto. 
' proporción de ía lluvia de ll^QO pulgadas en € 
iiiero a 35.18, esto es, el tres tantos en el úl 

Hé aquí ahora, para mayor claridad, cómo 
repartidas las lluvias de ese largo período, í 
los datos que arroja el pluviómetro de la Bo] 
. Valparaiao, que precisamente fué instalado € 
en que comenzó la zona de comparativas seq 
des que hasta hace pocos dias hemos venido 
vesando. No debemos omitir, aunque no s 
fuertes en sumas, que una pulgada inglesa eqi 
mas o monos a 25 milímetros i cuatro décimo 

1861 17.86 pulgac 

1862 21.65 

1863 4.48 „ 



— 327 — 



1864 ;...,....... 28.81 

1865 13.70 

1866 11.90. 

1867 17.25 



fl 
}Í 
99 

)9 

1868 35. „ „ 

1869 •. 10.65 

1870 ♦ 16,59 

1871 16.91 

1872 12.75 .. 

1873 17.38 : 

1874 16.72 

1875.... 11.86 

1876.... 12.96 



l> 

Í9 
f9 
9f 
» 



* 



El termino medio de lluvias en esta s¿rie de 
^Üo3^ según los cálculos del estimable superinten- 
dente de la Bolsa señor Moller, es de 16.64 f 
pulgadas. Pero será preciso observar que en este 
período de "años secos" han ocurrido tres que han 
Sobrepujado a los mas lluviosos antiguos en una. 
proporción verdaderamente notable. Así, por ejem- 
plo, ^n 1864 cayeron 23 milímetros más que en 
1850 (computando solo por 25 milímetros la pul-, 
gada) I 26 milímetros más que en 1856, doa añoa 
que se recuerdan como parientes cercanos de Noé, 
S^n esto, la proporción de esos tres años es la 
fiigul^uto en milímetros. 

1. • 



— 328 — 

1850 577 milímetros. 

1856 574 „ 

1864 600 „ 

* 

Pero hai algo más todavía sobre este particular. 
En 1868 cayeron 875 milímetros de agua, lo que le 
coloca a la cabeza (con la sola escepcion de 1858) de 
todos los inviernos que han sido observados cientí- 
ficamente en los últimos veintiocho años i a los 
•veintisiete que le precedieron i que solo fueron me- 
didos por horas. En 1868 llovió en Santiago casi 
el doble más que en Londres, tomado el promedio 
de cuarenta años de esta última ciudad, que es de 
489 milímetros. I esto en la mitad del curso dala 
sequía de que con lágrimas de sangre, pero sin po- 
ner grillos a San Isidro ni costear la cera de la 
Vírjen del Socorro, han venido quejándose, duran- 
te diez jeneraciories de bueyes gordos, los hacen- 
dados del valle central de la república. 

En cuanto a los años postreros que caben en el do- 
minio de este estudio, ya hemos referido en el capítu- 
lo precedente, con motivo de los grandes temblores 
de 1873 i 1874, que esos dos años estuvieron mui 
lejos de ser parcos en lluvias, porque el primero 
desarrolló temporales inusitados en el Norte, como 
el deJ 25 de junio en Tongoi, i hubo mes, como el 



— 329 — 

de julio, en que cayeron al principio i al fin dos 
aguaceros de mas de veinticuatro horas, recojióndo- 
se de cada uno, como en las mas fuertes nubadas 
del presente año, mas de dos pulgadas de agua por 
dia. El total de agua caida en esos años fué casi 
homojéneo, 17.38 pulgadas en 1873 i 16.72 en 
1874. 

Fué el año subsiguiente a aquéllos (1875) mucho 
ttiénos húmedo (11.86 pulgadas) i se asemejó al de 
1872, este cruel año de epidemias, que provocó la 
"^tima rogativa pública por las lluvias celebrada 
^xi la Merced en las medianías de junio, con asis- 
"tencia del intendente i del municipio de Santiago, 
con sendos cirios en las manos i las indefensas cal- 
vas a toda la intemperie... I yo, ai! fui de ellos! 

Sin embargo, el postrero de aquellos años se ini- 
ció con el gran temporal eléctrico del 9 de febrero, 
en el cual una sola persona contó 223 serpentinas 
de rayos en un rumbp del horizonte, cayendo tres 
o cuatro de aquellos sobre los techos de Santiago. 
Llovió también en ese año el 1.° de enero i el 16, i 
^u diciembre otras dos veces, i en los tres meses de 
lUA^ierno, mayo, junio i julio, se rejistran veinte 
a^guaceros, si bien de corta intensidad: de 2 a 24 
céntimos de pulgada. Total para el año de 1875: 
1 1.86 pulgadas. 

Éa cuanto al año subsiguiente, pioiAo «ti\x^\^- 



— 330 — 



mos en minuciosos detalles que confirmarán mas i 
mas nuestra tesis sobre que las sequedades de la 
última época son mas bien de óptica que de rea- 
lidad. 






Pero ¿significarla por ventura esta última obser- 
vación i crítica que nosotros pretendemos menos- 
cabar o atenuar siquiera la prolongación i la inten- 
sidad de la sequía relativa que ha atravesado el 
pais durante los últimos dieziseis años? • 

Bajo ningún concepto. 

Lo que intentamos es precisamente todo lo con- 
trario, porque tal negación, ademas de empírica í 
engañosa, significarla la destrucción del sistema 
de corapensa^cion i de equilibrios atmosféricos que, 
oon nopequeño trabajo, hemos venido reconstruyen- 
do i montando pieza por pieza en el espacio de tres 
siglos, cuyo gran conjunto,, o como es mas propio 
decir, cuyo 'promedio de exceso i de eacase« de 
lluvias, constituye el gran todo armónico, regular \ 
fijo que hemos señalado para el primero como para 
^1 último año del tiempo abarcado para este estudio, 
desde Pedro de Valdivia a Domeyko, desde el alcal- 
de de aguas Tordecillas a Moesta, desde el padre Ro- 
sales al padre Capelletti, desde el alarife Gamboa, 
que entuerto las primeras acequias de la ciudad (por- 
que tuerto era), hasta el injeniero hidráulico M^ Le- 
'véque, encargado de reparar los entuertos de núes- 



— 831 - 

tros ríos, de nuestros puentes i de nuestros inje- 
niérós. 

Así, aceptado en toda su estension el período de 
sequedades que comenzó en 1860 i que parece ha- 
ber terminado solo en los presentes dias, lo única 
a que creemos tener derecho de llamar la atención 
de los hombres de buena voluntad que no consien-^ 
ten llevar voluntariamente sobre sus ojos la venda 
I de los sistemas esclusivos i empíricos, es a esto» 
tres hechos tan evidentes como consoladores para 
el porvenir, a saber: 

I. Que esto^ largos períodos de sequedad son 
iioirmales, antiguos, seculares e inevitables en nues- 
tro clima, porque obedecen a unalei de metereolojía 
qiie durará tanto como los volcanes de los Andes i 
lasa ondas del Pacífico, inmensas calderas que ali- 
tí^entan aquiellos con sus eternos fuegos; 

II. Que él período de sequedad que hemos átra* 
veéradó es én lo absoluto, considerando el fenómene 
útiicamente en sí mismo, mucho mas breve I monos 
dvtró que períodos antiguos, cual el de los pri-^ 
ifieros veinte i los últimos treinta años del si- 
glo XVI II; i 

m. Que considerada esa sequedad de una ma» 
liert relativia, ésto es, tomando en cuenta la cantidad 
d^ ágüa qué hoi necesita la agricultura del pais 
paira vivir i prosi>erar, i la que requftrv?\» e\i lo»^ 



— 332 — 



tiempos de las antiguas secas^ ese fenómeno aparece 
profundamente modificado en favor de nuestra era, 
al punto de que la mayor parte de los años que hoi 
pasan por relativamente secos habrían sido consi- 
derados como lluviosos por nuestros antepasados- 






Para ilustrar mejor esta proposición, que a lo ma*^ 
parecerá desautorizada i aún atrevida, porque la 
gran mayoría de los hidrópicos chilenos no solo. 
cueDtan los aguaceros que ven estrujar a las nubes 
sino los que oyeron contar a sus abuelos o a sus 
capataces, vamos a echar mano de un caso práctico 
que por fortuna tenemos a la mano. 






Nadie ha sostenido que el año pasado de 1876 
fuera en sí mismo un año seco, puesto que cayeron 
215 milímetros de agua, i por todos ha sido al mis- 
mo tiempo declarado que si se perdieron las cose- 
chas fué mas» en razón de las tardías humedades de 
setiembre i de octubre, seguidas inmediatamente 
del arrebato de los soles de noviembres. 

Sin embargo, la jeneralidad de la j ente que oye 
llover desde su almohada no trepidará un momento 
en condenar ese año, con sus variados aguaceros, de 
otoño, de invierno i primavera, a figurar como los 
anteriores en el averno del Dante, entre los de la 



— 333 — 

serie seca a que forma cúspide la calva cabeza de 
1 863. 

De la misma manera, para llevar nuestro caso a 
un terreno tanjible para todos, elijiendo años que 
pasan por lluviosos i que pertenecieron evidente- 
naente a una serie húmeda como la de 1833 a 1837 
o la de 1841 a 1850, nadie vacilaría en afimar por 
las barbas de fean Isidro labrador, que en compara- 
ción de esos años de nuestros padres i de nuestros 
abuelos el año último fué un verdadero chicharrón. 
En los años lluviosos de 1834 i 35 (ejemplo de la 
primera zona húmeda) se rejistraron en efecto 152 i 
1 18 horas de lluvia respectivamente durante 19 i 16 
dias. En 1847 (segunda zona húmeda), 29 días i 187 
lloras de lluvia. En 1849, 13 dias i 185 horas, i por 
^sto aquellos han pasado a la memoria de la poste - 
rfdad, si no como tipos, como años corrientes de la 
^Poca antigua. 

Por fortuna, ocurriósele también aun prolijo ha- 
^tkdado *'a la moderna" de nuestras comarcas cen- 
tilles en el año último llevar la cuenta "a la anti- 
SfUa/' por reloj i por rayas de clavo, i publicarla 
^^spues en un diario de provincia para entreteni- 
miento de las jentes. (1) 

I cuál es. el resultado práctico de estas tablas 



Cl) Este intereeante estudio práctico "a la española" fué dado a luz en 
^ Tw ékl Pnehhy excelente periódico local de Mélipilla, en febrero de 
*^^7, i tenemos motivo para sospechai^ que ee obra de un intelijente ha- 
lo i conocido agrónomo de rulo de aquel departamento. 



— 334 — 



<ie paciencia? Dos cifran lo consignan por entero: 
36 dios de lluvia i 187 horas i 5 minutos de agua- 
ceros. 

£s decir, que el año de 1876^ de malas cosechas, 
fué mucho maa lluvioso que los anos húmedas i 
abundantes en trigos de 1835 i 1.854, i exactamen- 
te tan lluvioso como los de la segunda época hú- 
meda de que es tipo el a&o 50, sagun *esta fórmula: 

1 834, 19 dias lluviosos i 15'2. koras de aguaceroa. 

1835, 1& dias i 118 horas. 
1847„ 29 dias i 187 horas. 
1849,13 '' de 185 " 

1876, 26 " (doble del anterior) 187 boras. 



♦ » 



Pero se dirá talve^s por los que han olvidado que 
el tema único de este ensayo es la buena fe, que 
si bien es cierto que tenemos elejido como térmbo 
de comparación inviernos de épocas lluviosas, he- 
mos apuntado aquellos que mas analojía ofrecían al 
buen efecto de nuestros contrastes. 

A esto responderemos con un solo dato irreeusa- 
sable i auténtico. En la larga serie de años antiguos 
de que se llevó cuenta prolija por un observador 
entre 1824 i 1850, solo conocemos, en veinte i siele 
años,. 07ice en que hubiese llovido mas que en 1876. 
— ^Esos años de escepciom son los siguientes: 182i4 
(220 hóras)r 1827 (302 horas i año de aln^oiies)^. 



— 335 — 

1828 (280 horas); 1829 (320 horas); 1833 (404 ho- 
ras); 1836 (219 horas); 1837 (288 horas); 1841 (313 
horas); 1843 (390 horas); 1845 (417 horas), i 1850 
(2 8 5 horas.) 

Es decir que sumando el tiempo observado por el 
procedimiento antiguo, el año pasado fué mas llu- 
vioso que diez i seis de los de aquella época, e in- 
ferior en humedad solo a un tercio i fracción de ese 
periodo. 

^hora debemos agregar, para dejar la necesaria 
jtt&tificacíon de estos hechos recientes, i por lo mis- 
tD^o mas rápidamente olvidados, la manera como 
B^ ^repartieron ios aguaceros en el año illtimo, se- 
gvxn el curioso estudio diario ya recordado. 

« « 

Cayó el primer chubasco de 1876 el 16 de mar- 
zo a las 7 de la noche, i llovió durante tres horas i 
media. En abril llovió en dos diferentes dias (el 17 
i el 22)* pero en exigua cantidad, porque ambos 
aguaceros sumaron solo dos horas de tiempo. 

En mayo cayeron tres copiosos aguaceros: uno de 
22 horas ei 24; otro de 15 el 26, i otro de 12 i 
inedia horas el 31. 

En junio hubo cinco aguaceros i dos de ellos du- 
lÁrón ocho horas. 



— 336 — ^^ 

En julio ocurrieron tres mas i el del dia' 14 diur<5 
14 horas i media. 

En agosto cayeron no monos de seis aguaceros^ i 
hubo uno, el día 24, que duró diez horas i diez mi- 
nutos. 

En setiembre se desprendieron varios chubascos, 
especialmente en las vísperas de las fiestas, i el 1.® 
de octubre cayó un aguacero de 9 horas, i al cerrar- 
se el mes (el 31) otro de 13 horas. 

Por último, en noviembre, lo que es sumamente 
raro, sobrevino el dia 1 3 una densa manga de agua 
que duró dos horas i un cuarto en Santiago, i que 
convertida en una ancha faja de granizo en el vallo 
del Cachapoal asoló una zona de sementeras d^ 
mas de un kilómetro de ancho i de cincuenta i0^ 
largo, desde la Compañía a la Requínoa. 

Duró esta tempestad de verano en Santiago dea-^^ 
de las tres i tres cuartos de la tarde hasta las 
seis. 

I ahora sé nos ocurre preguntar a los que sos- 
tienen como misterio de fe que el año de 1876 fué 
seco porque solo cayeron 215 milímetros, si toda- 
vía persisten en su creencia a la vista del boletín, 
mojado todavía, que acabamos de exhibu* fielmente 
antes sus ojos? 

A la verdad, en esto de los años secos i de los 



ift^B húmedos^ como en todas las cosas que afectan 
el espíritu, hai mucho de óptica i de vista retros- 
pectiva i engañosa del ánimo mortal. ¿A quién no 
le pasa, cuando mira hacia atrás en la colina de la 
vida i baja ya cansado de su cumbre a la falda 
opuesta, que sus senderos de ascensión eran mas 
floridos, que sus mañanas eran mas luminosas, que 
sus auras embriagaban con mas dulce hálito su 
pecho, que sus amores, sus beldades, sus ensueños, 
sus ambiciones, tenian mayor vida i mas divino 
áeleite? 

I lo que pasa al alma que ama i que recuerda, le 
acontece al hacendado que trilla i que engorda, i por 
o mismo, como dijo mui bien un ilustre senador 
ue admiraba en su niñez por grande i majestuosa 
na higuera de Cauquenes, su ciudad natal, la cuaJ, 
espues de crecido, parecióle raquítica i enana, así 
los campesinos modernos ocúrreseles que las par- 
as de California llegaban hasta el cielo... 

Siempre la humanidad es la misma: el sueño de 
í^araon. 

''I aconteció que pasados dos años tuvo Pharaon 
m sueño. Parecíale que estaba junto al rio; 

"I que del rio subían siete vacas hermosas a la 
nsta, i mui gordas, pacian en el prado: 

"I qíie otras siete vacas subían tras ellas del rio 
le fea vista i enjutas de carne, i se pararon cerca 
e las vacas hermosas a la orilla del rio ,... 

'^Entonces respondió Joseph a Pharaon: el sueño 



— 888 — " 

de Phai*aon^ es uno mismo: Dios ha mofirtíOido |t 
Pharaon lo que va a hacer. 

^'Las siete vacas hermosas siete años son; i la» 
espigas hermosas son siete años: el sueño es uno 
mismo." (1) 

Una pausa antes de poner término a esta larga 
escursion que abaroa la mitad cabal de un siglo. Ee- 
cojámonos unos pocos minutos al abrigo del para- 
guas del viajero, i allí, mirando al horizonte porte 
dos sus rumbos, interroguemos la historia de nuestt 
cielo i compulsémosla en, sus datos masjenuino 






En ese estenso ciclo encontramos desde lueg 
que los años i los períodos de humedad excede 
por mucho a los que representan propiamente la 
épocas de sequía, cual comprendían ésta nuestrc 

mayores, i a la verdad que para once invierne 

marcados entre cincuenta por el dedo del diluvio 

seguidos de períodos mas o menos largos de huoH 

dad, encontramos apenas cinco cifras aisladas d 

verdadera i calamitosa sequía. 






Para hacei' ma& palpable esta demostración i est 
contraste, agrupemos durante un momento ios d« 



fí) <?6»e«í«, cap. XLI. 



u 



tos de la historia i de la ciencia, fijando en cada 
fecha llanamente la proporción de humedad, eg 
decir, de lluvia, que le corresponde en el cómputo 
[ jeneral. 

AÑOS SECOS DEL PRESENTE SIGLO (1827-1877) 

1832 99 horas de lluvia. 

1839 125 " de " 

1844 130 " de '' 

1848 111 " de " 

1863 4 pulgadas 48 centesimos. 

AÑOS LLUVIOSOS DE LA MISMA ÉPOCA. 

1827 302 horas de lluvia. 

1833 404 " de " 

1841 313 " de " 

1845 417 " de " 

1850...., ...,*.. 5.53 milímetros. 

1854 464 " 

1 filis 'ÍA7 " 

1856 550 " 

1858 662 

1860 513 " * 

1864.... 28. 8 pulgadas inglesas.: 

1868 598 milímetros. 

* * 

X^odriamos agregar todavía una circunstancia mui 
^ígna de ser tomada en cuenta i es la siguiente: 



— 340 — 

Los años secos se presentan en nuestro clima no 
solo con cierta tardanza los unos en pos de otros, 
sino que vienen como aislados, i casi siempre segui- 
dos de años abundantísimos en lluvias, como el de 
1832, que trajo en pos el de 1833, el de 1844 se- 
guido del 45, excesivamente lluvioso, i por últimC^ 
el de 1863 que viene acompañado del diluvial 64^ 

Él invierno que precedió a la seca (1862) fu^ 
también sumamente lluvioso (1). 






Por contraposiccion, los años lluviosos forman 
siempre gimpos húmedos que se prolongan por es- 
pacio de tres, cinco o mas años. 

Así, sm contar la época anterior a 1827, en que 
liemos fijado este mismo fenómeno, observamos que 
ese propio invierno formó una gfgrupacion de tres 
años húmedos con los de 1828 i 29. 

El de 1833 constituyó un grupo aun mayor con 
los de 1834, 35, 36 i 37: cinco años húmedos se- 
guidos. 

El período lluvioso que vuelve a comenzar en 
1841 se prolonga durante seis años h.nBi'di, 1847, i 



(1) **En el invierno de 1862, que fué en estremo lluvioso, creció el es- 
tero de Malga-Malga en términos que nadie se atrevia a atravesarlo por 
carecer de vados, i se ahogaron dos hombres que lo intentaron.'' — ^Mi- 
BiANo CA8ANOVA.-/?a«</o biográfico del padre Luis Oorella en el Mbrcu- 
Bio del 25 de agosto de 1877. 



— 341 — 



por último, la agrupación de 1850-60 cuenta casi 
el doble de este tiempo. 

Análogo fenómeno se repitió todavía de 1864 a 

1868, i por último en menor escala en 1873 i 74, 



* 



Por manera que aplicada la estadística al cielo, 
como hemos aplicado la cuenta de las horas a.Iaa 
nubes i la cubeta del pluviómetro a las lluvias, es 
la tendencia a la humedad lo que prevalece como 
"^'^gia jeneral en la época moderna, siendo evidente- 
mente la escej)cmi los año3 secos. 






Deberíamos dar por terminado este trabajo en. 
^sta parte si no hubiéramos tomado el compromiso 
desde su carátula de condensar los fenómenos de 
los últimos aguaceros, para memoria i precaución de 
"Venideros años, i especialmente si no fuera una par- 
"te integrante de este j enero de estudios el de la irri- 
gación artificial, como cooperadora de la del cielo, 
1 el de la tala de los bosques, a cuya cuenta se ha 
^ostumbrado el pais a cargar casi esclusivamente 
1^ perturbaciones atmosféricas que han preocupada 
frecuentemente los espíritus durante los últimos 

^E)sos dos asuntos serán el tema de los dos próxi- 
^^S capitules del presente ensayo, que ya se acerca 



BIANO V 

Bio del 25 



CAPITULO xm. 



La tala de los bosques i la irrigracion artificial. 

(los canales dbl norte). 

''Gracias a los grandes cultivos de la 
llanura de Maipu i sobre todo a sns 
machos álamos, que detienen los yien< 
tos mas secantes del verano, se han 
apercibido ya que el clima de Santiaeo 
habia cambiado, con gran ventaja de la 
salud de los habitantas». — (Gat. — 
Agricultura de Chile, vol . I, páj. 44.) 

Jjga comarcas centrales de Chile no fueron propiamente boscosas. — ^Tipoa 
arbóreos de la vejetacion antigua. — Al norte del Maule imperan loa 
árboles resinosos de secano. — En lo que oonsistian los «bosques im- 
penetrables» que rodeaban a Santiago. — El excesivo cuidado i severas 
ordenanzas de los colonos prueban la escasez de la madera de cons- 
trucción. — La raza española es destructora i asoladora como la chi^ 
lena. — Opinión de Garcilazo. — Grandes autoridades que niegan en 
lo absoluto la influencia de los bosques en las lluvias. — Belgrand i 
Marié-Davy. — El ministro Fould propone la enajenación de loa 
bosques del Estado en Francia, fundándose en estas teorías. — Asorn^ 
brosa rapidez con que se hace actualmente en Francia la replanta- 
cion artitícial de árboles i sus efectos locales. — Ejemplos en Malta, 
Madera, Santa Elena i las Canarias, de la influencia local del arbo- 
lado. — Ésperimentos recientes demostrativos de que en los bosques 
Hueve mas que en las llanuras. — En Chile, los bosques no partiapan 
de una manera directa i jeneral en la formación de las lluvias. — 
Su cooperación es puramente mecánica, local i comarcana. — Opinio^ 
nes de Arago i de Moréau de Jones. — Ejemplos en el norte. — Jotabe- 
che i los techos de barro eu Copiapó. — Por qué se han secado loa 
canales del Huasco i la Serena, i por qué volverán a correr. 

Las rejiones del centro i del norte de Chile nun- 
ca fueron boscosas, como parece lo son de suyo 
loa países primitivos. 

Muéstranse hoi los desiertoB del üo^^í^, q^^ xs& 



— 341 — ^ ^ 

escritor arjentino lia comparado a los de la Palest> 
na, estériles hasta para las yerbas i los helécho^ 
I ése, mas o menos, era su aspecto cuando Pedro í^ ^ 
Valdivia durmió la primera siesta del descanso 
jo su malsana sombra. Algunos matorrales de 
boles pigmeos, como el chañar^ el carhon i el alga^ 
iroUllOy lié aquí los raquíticos representantes arbó 
reos de esa vejetacion enfermiza i enana cuyo 
es el africano cactus, llamado quisco, de las zonas qut 
se estienden desde el rio Salado al Limarí. La ma^ 
yor parte de los árboles de mediana talla que cre- 
cen al sur de esa zona, como el guayacan i el litn 
comienzan a aparecer en grupos diminutos solo d( 
de las márjenes del último valle, i aun el húmed 
quillai solo ostenta por la primera vez su elegante i 
quebradiza copa al sur de la cuesta de Punitaqu"^^, 
que separa el departamento de Combarbalá de ^^1 
de Ovalle. 

En contraposición, el algarrobo, árbol de ArabL ^^ 
i de Atacama, no pasa mas allá del Tinguiririca^ i 
el espino, que es solo una olorosa i dura acacia (ac^ 
cia cavenea), no aparece mas allá del Bio- 
En realidad apenas pasa del Maule, el pais d^^l 
roble. 

En una palabra, cada comarca tiene su 'tipo, i cC^^ 
mo si la naturaleza hubiera querido dejai? testimd^- 
mo contra. la avidez o la Mada dal koralire sobEr'^ 



— 345 — 

las esencias vejetales de que vive i ha vivido en 
remotos siglos, ha conservado en cada una muestras 
<5a-T-acterísticas del grado de pujanza que alcanzara 
su. suelo bajo el influjo poderoso de las lluvias. 

-Así, los tipos de los valles de Copiapó, Coquim- 
l)c> i Liman, son todos de país de secano. El chañar, 
o rxias propiamente el quisca, es el tipo de su reacia 
^ etacion. 

lEn el centro aparece como rei el esprno, este duro 
aliente hogar de Santiago. 
ZEn el Maule aparece el roble; 
lEn la Araucanía el 2^i^ion; 
lEn las provincias australes el alerce. 
H la gradación de las humedades va marcando, no 
solo la talla, la corpulencia, las reciñas, sino la for- 
vck;BL misma esterior de esos productos, aparrados en 
el. norte, jigantes en el mediodía. 

"Verdad es que esos chaparrales abundaban por 
icianchas mas o menos espesas en las provincias de 
A^tacama i de Coquimbo, donde ha servido mas tar- 
de de combustible a las poblaciones i a la industria, 
i verdad es también que el anchuroso valle central 
que comienza al pió de la cadena de Chacabu- 
co i va a terminar al pió del volcan de Calbuco, era 
solo un denso espinal en todas sus llanuras, en Co- 
l^a, en Chada, en Viluco, en la Compañía, en la 
Reguínóa, en Campeo, en las dilatadla ^^vsv^^^ oj?.^ 



— 346 — 



rodeaban antes a Talca i su "Cancha rayada" i qua 
hoi albergan en sus blandas lomas las fértiles ha- 
ciendas de Pelarco i San Clemente, dos parroquia» 
que son dos valles. 






Pero por la naturaleza misma, seca, dura i astrin- 
jente de su estructura, esas selvas, por espesas i vír- 
jenes del hacha que se ostentaran en los primeros 
siglos, no tenian aptitudes ni para enjendrar ni para 
retener las humedades de las lluvias. Ni el quisco ni 
el espino han dado en Chile una sola gota de agua^ 
porque no le han dado una sola emanación capaz de 
evaporarse. -r-"Duro como corazón de espino," es el 
proverbio campesino aplicable a la rijidez del hom- 
bre, a la de la materia inerte i a la del cielo mismo. 

No sucedia otro tanto en las rejiones australes^ 
porque aUí cada bosque es una colosal esponja^ 



* 
^ ^ 



Se ha hablado macho por los sostenedores sis* 
temáticos de la doctrina de que las lluvias depen*^ 
den en Chile esclusivamente de sus bosques, sobre 
los esquisitos afanes con que los primitivos colo- 
nos de Santiago cuidaban los suyos [de maderas^ 
aptas para la construcción. Pero esto precisamente 
pone de manifiesto la estraordinaria escasez ida las 
últimas en aquellos valles. Si los canelos, las pata- 
gUBB, loa maátenes, los peumos i los quilla^Eea» hu* 

\ 



— 347 — 

^sen abundado en los que la tradición ha llamado 
penetrables bosques de la Dehesa, de la Punta 
Pudahuel de San Francisco del Monte\ los espa- 
ñoles habrían caido sobre sus troncos como vánda- 
I0S3 porque es raza destructora, cual la nuestra, 
qu e de ella procede. Asómbrase por esto Garcila- 
ao de la bárbara devastación i criminal menospre- 
-cio con que los conquistadores miraban los arbola- 
rios naturales de la América, en oposición a los 
ni<3tlculo80s i previsores hijos del sol, compatriotas 
<Jol ilustre cronista mestizo. 

Es un hecho que no admite duda el de que el 
Mlapocho i sus valles adyacentes, como el que re- 
ga,l)a el enfermizo estero de Colina i el de Puda- 
b-uel i el Monte, que son todavía el Mapocho trains- 
formado, estaban cubiertos de "impenetrables 
l>OQques," pero esos bosques eran de espino, como 
^Segura haberlo visto por sus propios ojos, desde la 
'Cumbre del Santa Lucía, el padre O valle en 1640, i 
"CUal lo vieron en la plaza misma de Santiago núes- 
tt^OB bisabuelos. I por esto notamos que no habia co- 
itido todavía una década de años, cuando ya los 
F^bladorea de Santiago, empobiecidos de árboles 
^ valle dri Mapoeho i su Dehesa, ocarrian para sus 
^^QVMtroecíoiies a los bajos de Maipo i aun a un para- 
jo llamado entonces La Madera de Flores^ que supo- 
nemos es el mismo sitia qtie fo^ma \a \iOÍ\sy.N\^ \i^'?^- 



— 348 — 
cosa hacienda de San Miguel, cuna de los Carrera. 



* 
* * 



De aquí el afán de los capitulares españoles de 
Santiago por defender sus árboles, mas no por nocio- 
nes agronómicas o de respeto, cual el de los paganos, 
lus judíos o los indíjenas mismos del nuevo mundo, 
por las selvas. "E otro sí, por cuanto son informa- 
dos que en el monte de esta ciudad que está seña- 
lado por los propios de ella se ha cortado i corta 
mui grande cantidad de madera, i ^i de aquí ade- 
lante no se remediase, se acabaría de destruir i talar 
todo el dicho monte J' 

Eso decia el ayuntamiento de Santiago el 12 de 
lebrero de 1557, es decir, en el sesto aniversario 
de la fundación de su incipiente ciudad, señora del 
reino. I poniendo junto al dicho el hecho, mandaba 
a su carpintero mayor Diego de la Garza con un 
escribano a contar los árboles i a imponer a los qud 
los derribasen sin permiso la enorme pena de 5& 
pesos de oro. Aun a los mas encopetados caballe* 
ros les tasaban en sesión pública sus propios cole- 
gas el número de árboles o de palos (así dicen laa 
actas) que habían de entregar al hacha, como lo 
ejecutaron con su prestijioso alcalde Juan Jo&é 
cuando edificó su casa de altos de la plaza de San- 



tiago. 



— 349 — 

Üra, por tanto, la escasez de árboles de talla, i 
por lo mismo susceptibles de producir una mediana 
e\raporacion, reteniendo cierta cantidad de hume- 
dades, no la previsión, la que aconsejaba a los colo- 
nos españoles aquella parsimonia, porque si se les 
hullera dejado a su propio natural i conjénito 
albedrío, en Chile como en España, habrían mereci- 
do de Ceres, cual nosotros, el cruel castigo que 
diera a Erecsiton, de albergar eternamente el ham- 
bre en sus entrañas insaciables, por haber profana- 
do sus bosques sagrados con el hacha. 

* * 

Ahora, pasando de la historia a la parte de 
'doctrina de este interesante estudio, parecenos que 
^^gar la influencia de . los bosques en las leyes de 
*^^medad i calórico que constituyen la esencia de 
*^ atmósfera i son las causas eficientes i jeneradoras 
^^ las lluvias, es simplemente un absurdo, por mas 
^Vie hombres de probada ciencia, como M. Bel- 
S'í'and, autor de un afamado libro sobre la hidrogra- 
fía del Sena, i M. Marié — Davy, director hoi dia 
^ol Observatorio metereolójico de Mont-Souris en 
í^€*ris, se inclinen a contradecirlo. 

Aun un hombre de estado famoso, el ministro de 
^^cienda Fould, se atrevió a solicitar de las Cáma- 
^^« francesas bajo el segundo imperio (1865) la 
^íiajenacion i tala de todos los boacfaea dfólEi^\.^Áa^ 



— 350 — 

que canstituyen la mayor de las riquessas territo^ 
ríales que posee el fisco en Francia. 

Sin embargo^ hacia solo cinco años^ cuando se^ 
sometió al poder lejislativo aquella desastrosa qui- 
mera, en la que iba talvez oculta alguna gran jes- 
tion de ajio o maniobra de mercaderes en la Bolsa^ 
hacia, solo cinco años, decíamos, desde que se había 
dictado una leí que se ha llamado salvadora en Fran- 
cia, por la cual se estimula i premia la replantacion 
de los bosques que el hacha í la sierra habían derri- 
bado, especialmente en las rej iones de los Alpes, eL 
Jura i los montes Vosgos. 

Habitando nosotros en el fondo de las últimas-, 
montañas por acaso en 1870, enviamos, desde la sel- 
va deáBarney, estensa cuenta de los beneficios de esa 
leí i en jeneral del esmerado empeño con que se cus- 
todian i conservan los bosques seculares de aquel pala, 
privilejiado por su administración. Después hemos 
tenido ocasión mas reciente de saber (1875) que 
sobre ochenta mil hectáreas replantadas en diver- 
sos lugares de Francia, cincuenta i niceve mil lo ha- 
bían sido por el interés i el convencimiento de 
los particulares i de las comunas, i el resto por lo» 
cuidados i vijílancia directa del Estado. 

m 

Ni necesitamos repetir lo que entonces escríbi- 



— 351 — 

inos, ni mil hechos^ como la desaparición de las 
lluvias de la isla de Mfilta, junto con su arbolado 
(1840-43); ni de la de Madera, cuyos rios se han 
«ecado por el hacha; ni del clima de Santa Elena, 
que se ha hecho, por el contrario, doblemente llu- 
vioso desde que, después de la muerte de Napo- 
león I, los ingleses, avergonzados de aquel reprocho 
Histórico del cautivo ilustre: — Si viese una sola 
^Z4,be desde este peíion, iw moriria,.. — han cubierto 
grietas i laderas de árboWs adecuados. Cuén- 
e también que en la isla de Ferro, en las Cana- 
ria,si, hai una fuente natural de árboles, es decir, 
qvio de la condensación de los vapores de la atmós- 
f^i^si. en las hojas de un bosque especialmente situa- 
do se forma una corriente que desaparecería por 
^í &ola con el derribo de sus ramas, i hemos leido 
^ti xin libro reciente, que agotado el caudal de agua 
3-^^ movia la maquinaria de la Casa de Moneda de 
o payan por la destrucción de los bosques que le 
ian sombra, dejaron crecer éstos de nuevo con 
1^ xapidez que es propia de las rej iones tropicales, 
^ ^1 agua volvió a correr con su antigua abundan- 

(1) 

Análogas esperiencias se ha hecho últimamente 
Francia, según las cuales llueve con cierta ma- 

Cl) ffarper's New MmUMy Magazine, voL II, pé^y ^^^» 



— 362 — 

yor profusión sobre los bosques que en las llanuí 
desnudas; i háse verificado este fenómeno curióos o 
por varios guarda-bosques, colocando pluviómetr<=3S 
a llocos centenares de metros de distancia, demo- 
trándose con esperimentos químicos, i fisiolójici 
que los arbolados no solo guardan mejor las hum 
dades i las reparten con mas homojeneidad en 1; 
tierras circunvecinas (lo que a la verdad no nec? 
sita demostración), sino que' devuelven por 1^ 
respiración nocturna de sus hojas la mayor pairt^ 
de la humedad que absorben de la atmósfera i dl^l 
suelo. 

Por manera que nosotros no abrigamos ni la nn-S^-S 
leve duda sobre la eficacia cooperativa de los bos- 
ques al desarrollo de las humedades de la atmó^ífe- 
ra, o lo que es lo mismo, de las lluvias. 

Pero es esa influencia ahsoluta o meramente n^Tct- 
tiva? Es esa cooperación jeneral o se halla simple* 
mente localizada en cada comarca? Es ése auxili^^ 
de la metereolojía irreemplazable o ha sido suí^*^" 
tuido en nuestro pais por otro jénero de vehículo^» 
eficaces cooperadores también de la acción de 1^^ 
lluvias, cual lo es la irrigación de las llanuras q^^^ 
antes cubrían densos espinales i la replantacion 
tificial de ellos al lado de sus canales i de sus Jp 
treros de pastos, ricos en ^^V\a\W\si^daíi!l 



— 353 — 



Hé aquí ks importantes cuestiones que mui bn 
remente pasamos a dilucidar, manteniéndonos sien 
>re estrictamente dentjro del terreno de los hechos 
I© la observación científica i ao^raria. 






Desde que hemos sostenido, i a nuestro juicio 
leiuostrado, que las lluvias obedecen en la zona de 
luestro pais, por regla jeneral, a una causa mete- 
'eolójica universal, esterna, estranjera a esa zona 
nistna i a su suelo, la teoría de la formación direc- 
•a de las humedades de la atmósfera i de su preci- 
>¡tacion por la influencia de los bosques queda de- 
^ echada en lo absoluto. 

Las nubes de los aguacei^os son, en efecto, foras- 

sras en nuestro cielo, viajeras errantes, simples 

"axiseuntes del polo i del ecuador, que han corrido 

billares de leguas para encontrarse, i que al ser 

atenidas por las altas barreras que nos sirven do 

malayas, dilatan sus inmensas alas de la cordillera 

mar i empapan el cerro i la llanura, el rio i la ciu- 

d, con sus benéficos raudales. — El océano hace, 

este caso, los menesteres de una colosal batea, i 

Andes, si es permitida la figura, aseméjanse, por 

posición i por su oficio, a una de esas máquinas 

noderna invención que estrujan las telas lavadas 

"e sus colosales cilindros de granito. Los Andes 

permítasenos por espresiva la figura, las lavan- 

3 del cielo de Chile; i por esto sua nevadeca fei- 



— 354 ~ 



das aparecen a la distancia los blancos tendales de 
las túnicas de sus dioses... 






Desde que la causa eficiente i jeneraí de las llu- 
vias existe para Chile como para la Inglaterra, para 
la Francia, para Italia, lejos, raui lejos del campo 
de acción de aquéllas, tampoco puede aceptarse que 
la influencia de los arbolados sobre las lluvias, ade- 
mas de no ser jeneral al pais, sea tampoco ni abso- 
uta, ni menos única. Es simplemente una fuerza 
cooperadora que obra siempre localmente, como mas- 
adelante esperamos dejarlo evidenciado con buenos 
hechos de cada dia i cada hora. 



* 
^ * 



Verdad es que se citan también, en contra d 
este principio, hechos positivos que acusan en cier — 
tas localidades los efectos desastrosos de la desapa.. — 
ricion de los bosques, pero esto mismo está proban^ - 
do que la acción de ese elemento es esclusivament- -^ 
local. Así, por ejemplo, se habla de la esterilida^cJ 
absoluta de las valiosas haciendas, que sin h: ma^^ 
lejos que al primer tercio de este siglo, apareciere 13 
como por encanto en los páramos del Huasco i en 
as llanuras que rodean a la Serena i su puerto. Se 
agrega que casi todos los ríos del norte, del Salado 
al rio de la Ligua, han dejado de ^^bajar'' hasta el mar 
en las crecientes invernales, i por último, que ha- 



— 355 — 

ndas que antes tenían el. privilejio i la fama de 
3a riqueza i la abundancia en los pastos i cereales, 
<3omo Polpaico i Chacabuco, por ejemplo, en el de- 
jpartamento de Santiago, están ahora convertidas 
^n verdaderas Tebaidas, al paso que aquellos fúñ- 
enos, menospreciados como húmedas i pantanosas 
^vegaa, cuales fueron (para no salir de la provincia 
<3entral que acabamos de nombrar) los de Santa 
díruz i de Codao, se hallan hoi en pingüe auje. 

Son esos fenómenos efectivos, recientes i que na- 
^i^ osaría contradecir. Pero débese su aparición al 
-h^cha de los leñadores, a las savaleras de los fun- 
hicieres, o es simplemente el cumplimiento de lalei 
iigua, la periodicidad de las humedades i de las 
cjuías que hemos venido poniendo de manifiesto 
un itinerario de más de tres siglos, la causa ver- 
^^•dera de ese estado de cosas indudablemente pa- 
^^ero? 

Para formar evidencia, en efecto, de que la de- 
saparición de los bosques del norte hasta el Acon- 
^^gua, o si se quiere hasta el Cachapoal, ha sido 
^^iisa primordial i eficiente de la disminución de 
"I^JQ lluvias observadas en esos parajes, durante los 
últimos años, seria preciso dejar demostrado que 
épocas anteriores, es decir, cuando esos bosques 
vírjenes e "impenetrables," llovia con mas 



— 356 — 

abundancia que al presente. Pero ha sucedido en 
realidad usí? 

De ninguna manera. 

Las revelaciones imperfectas de la crónica, los 
testimonios eficaces de la ciencia, en seguida, ¿no 
nos han dejado, por el contrario, suficiente con- 
vicción de que, aparte del principio de alterna- 
ción de períodos húmedos i de períodos secos, no 
caia antes mayor cantidad de agua en las canales 
madres que la que cae* ahora en los pluviómetros? 






Respecto de la rejion del centro, en que habita- 
mos i escribimos, parece esto demostrado mas allá 
de toda duda. 

Respecto de la rejion del norte, hai hechos que 
no solo confirman esa contraposición de épocas sino 
que la agravan en contra del pasado. Así, es notorio 
a todos, por ejemplo, según dijimos, que las viviendas 
de los valles setentrionales, en las ciudades como en 
el campo, no tenian mas cobertor que una capa de lo- 
do empajado, llamada localmente ^'torta de barro." 
— '*Es desagradable, decia Jotabeche de su ciudad 
natal, en febrero de 1832, la vista de los edificios 
cuyos techos son bajos i están cicbíertós de ha- 

7T0," (1) 
P) Articulo titulado Copiapó (febrero 1." de 1842.) 



— 357 — 

I ese procedimiento natural i antiguo de los mo- 
"radores del norte, más que ningún otro testimonio, 
<5omprueba la perenne sequedad de aquella atmós- 
fera. 

Del valle de Copiapó hai, por otra parte, me - 
xnoria, cuando su población era casi una tribu, a fi- 
Tnes del pasado siglo, que por las disputas del agua, 
no solo para los riegos sino para la sed, fué preciso 
<iue toda la Real x\udiencia del reino de Chile des- 
pachase a todo un oidor (el oidor Gacitúa) con una 
«soolta de soldados para poner en paz, bala en boca 
1 oon la tinta de los escribanos, mas terrible que la;s 
t)£tlas, a los desesperados vecinos. I cuándo la sed 
^o los copiapinos, que han visto su población au- 
"^^ontada de una manera prodijiosa, fué tan voraz i 
^t-rebatada durante la vida ya largg, de la república? 
El jesuíta Rosales que escribió en 1G74 i que da 
<^Uenta de las riqueza arjentífera de Copiapó, como 
pronostica las minas de carbón de piedra de Lota i 
Ooronel, afirma que aunque esa riqueza era mucha 
^o podia esplotarse por la absoluta escasez de agua 
para mover los tratiches de molienda, que era el 
procedimiento de Potosi i el único usado por los 
'^spkfioles de América. 

* * 

En cuanto a los canales del Huasco, que se la- 
'^t'etron en una época no lejana con mucha mayor 
^^ina de crédulo entusiasmo que de sagaz y^^n^ow^ 



— 358 — 

existe una esplicacíon sencilla para darse cuen.'fcs^ 
de sus primeros i fáciles beneficios, así como deí 
famoso canal de Bellavista, que hace cintura a 3a. 
Serena, i del cual se dice que, destinado a reg*«.r 
lina estension de cinco mil cuadras, no i-egaba ha^c^e 
dos años sino quÍThce, 

I sin embargo, este fenómeno, que a primera vi 
ta espanta, es completamente natural. 

Los canales abiertos en el valle del Huasco p 
empresarios tan humildes como eran pomposos si-"«-B 
nombres (^'el canal del Marañen"), o por asociaci^^^" 
nes locales^en Freirina i Vallenar, fueron iniciadc^^ 
por sus promotores durante un período de lluvia»-* 
que duró ocho o^ diez anos, pero que no podia 
eterno. Ese período fué el de 1827 a 1833, época 
cepcionalmente lluviosa, a la que se sucedió \xt^ — -^ 
seca que comenzaba a alarmar a sus propietaric^^^^ 
cuando se sucedieron rápidamente las zonas húna^^^3 
das que hemos marcado en los años 1841a 1845, ^ 
de 1849 a 1856. Sábese también, por la esperietT'^^' 
cia de varios siglos, que un año lluvioso en la i^tc:^^' 
vincia de Atacama prolonga sus beneficios de pasto- ^ 
vertientes i aguadas de riego o de bebida, dura» 
dos, tres i aun mas años consecutivos. 






Otro tanto aconteció con la esforzada irrigacicr:^^^ 



— 359 — 

de los campos vecinos a la Serena, cuyos propieta- 
rios, entusiasmados por los ejemplos de los valles 
del Norte, acometieron en 1838 la ejecución del 
canal que se ha llamado de JSellavista, por los cerros 
que contornea, o de Cordovés, por su principal pro- 
motor, el patriota coquimbano don Gregorio Cor- 

dovés. 

♦ 

Hoi esos canales están enjutos, eriazos sus cam- 
pos, desconsolados i abatidos los nobles obreros que 
los labraran. ¿Pero lo estarán eternamente? Eso es 
lo que nosotros creemos no ha de suceder, i hoi 
precisamente sabemos que los ríos han vuelto a 
iajaTy que los cerros de las cordilleras han vuelto a 
recupletarse de nieve, que la pala ha vuelto a la 
olvidada huelga, i que la Pampa de la Serena vol- 
verá a ser pampa de flores, i su deliciosa vega, vega 
otra vez como las del Jenil a los pies de la morisca 
Granada, esa Serena de España. 






Los canales del Norte serán, sin embargo, en el 
porvenir, siempre precarios, como ya lo han sido 
^n este siglo una o dos veces desde que fueron 
labrados, i como lo habrian sido cien veces si en 
^ez de ayer, les hubieran abiertos, en la época pre- 
histórica, p en la incarial o en la de la conquista 
misma. 



— 360 — 

Las irrigaciones abundantes i artificiales seráa 
siempre en el Norte de temporada i temporal. I en 
realidad, lo que necesita esa zona de nuestro pais no 
son canales, sino rej)resas de agua como las moriscas 
Alpujarras, de cuyo seno corre el Darro i el Jenil, 
las cuales debió la España, que es el África en su 
estremidad meridional, a la sagacidad i a la indus- 
tria de los moros, como nosotros debemos nuestras 
primeras nociones de irrigación artificial a los jen- 
tiles del Perú (1). 

Condúcenos ahora nuestro itinerario a las rejio- 
nes de] centro, que en sí mismas son un clima i un 
pais por separado. 



(1) **E1 rio. del Hiiasco llegaba en 1S24 mui mermado a Vallenar, 
principalmente en los meses de diciembre i enero, ya por la fuerza de 
los calores que concurría en part* a su disecación, como por la multitud 
de chácaras que con su incesante regadío consumian casi todo el agv(^ 
(leí rio," — Declaraciones de José Manuel Diaz i Francisco San Eoque, ^^ 
los autos de los indios del Huasco Alto contra los propietarios de los c&- 
nslen Mará íion, Buena Esperanza, Quebrada Honda, etc., impresos ca 
1875 por don Sinforoso Volados, páj. 13, 



CAPÍTULO XIV. 

La tala de los bosques i la irrigación artificial. 

(los canales del centro i del süd). 

"El Congreso Agrícola cree que nn 
Código E.ural formado sobre la base del 
proyecto trabajado por el señor don 
José Victorino Lastarria llenatiajmu- 
chos lamentables vicios de nnestia le- 
gislación i consultaria ventajosamente 
los intereses de la agi-icultura." 

{Acitei'do del Congreso Agrícola de 1875y 

a irrigación artificial del llano central ha reemplazado las fuentes do 
evaporación local, agostadas por la tala brutal de los bosques. — La» 
lei de 1872 i sus ridículos efectos. — -Lo que era la irrigación artifi- 
cial en la época prehistórica i en la colonial, — liOS canales de los je- 
suítas. — La irrigación artificial en el valle de Chile. — Reminiscencias i 
parangones. — Los tres canales de la zona inferior del Aconcagua: 
Wáldington, Ui'inenefa i Pticalan, — Los canales de la zona del cen- 
tro: CqtemUf Ocoa i Llaillau — Los canales tranques del departamento 
de los Andes en la rejion andina. — El agua que trae el canal de 
Maipo i las peripecias por que ha pasado desde su apertura en 1820. 
— Los remolinos de fuego i los clmvalongos antes del canal de San 
Carlos. — La rutina i el espino se oponen a la irrigación del llano de 
Maipo. — Canales que se abren con dirección al valle de la costa. — El 
canal de CuUpi'an, el de Mallarauco i el de las Mercedes. —Una palabra 
de don Ambrosio O'Higgins. — Canales de los ríos meridionales de 
Chile i aspecto de los campos que riegan. — «La teta del Bio-Bio».~ 
Lo que tiene que hacer todavía la irrigación al sud del Maule. — Ma- 
nera como los bosques protejen las vertientes¿i el curso primitivo de 
los ríos i evitan los aluviones. — Cuestión legal de estelicidio apli- 
cada al curso de los ríos. — Manera como los particulares i las auto- 
ridades cumplen la lei de 1872. — Único arbitrio para hacer fructuo- 
sas las leyes en Chile. — No son las lluvias las que han disminuido 
en nuestro clima, sino los ríos i los cursos naturales de agua que rie- 
gan su territorio. — Donde está la salvación del presente i la abun- 
dancia del porvenir? 

C!onviene ahora a nuestro fatigoso esfuerzo hacer 
Lvií una pausa i una pregunta de vi^ijei'os antes de 
*oseguir en la jornada. 



— 362 — 






En el curso de este ensayo hemos dejado super- 
ficialmente establecido que los períodos de años d 
1850, 56, 64, 68, 73 i 74, han sido tan copiosos 
lluvias como lo fueron los de 1827, 33 i 45, po 
ejemplo. 

Ahora bien, son esos mismos años precisament^^iJte 
los que, junto con la historia de la industria minera -lara 
de la república, van marcando el prodijioso desa,j^«a 
rrollo de la última, i por consiguiente la tala ince^^^c3e 
san te de los bosques, de que el ensanche de la pro<z>*:aro 
duccion dependia casi en lo absoluto, hasta qu^-iz-r u 
agotadas las leñas vino a reemplazarlas el carbor <:i> ^o: 
de piedra, en época comparativamente reciente. El^^IEj 
<;onsecuencia de esto, nuestra pregunta se reduc^i^ .Mía 
a esta sencilla fórmula: — ^'¿Por qué si la destruo -«^-Jc- 
<5Íon de los bosques, está en tan directa correlacio: <i3> on 
con la minoración de las lluvias de la atmósfera, h^i^tia 
llovido en esos años tanto como en épocas ant^^^=^e- 
riores en que las leñas se podrían en los cerros a Lt- M 
sombra de seculares selvas?" 

De todos los que han hecho alguna vez la mí 
somera comparación estadística de la producción m: 
nera en el pasado siglo i en el presente, es conocí 
do el hecho de que a fines de aquél, ni aun con 
estímulo de una prima en el precio para fabri( 
«añones, obtuvo el empeñoso presidente O'Higgii 
jnas de 15,943 pesos (no (\\iiiitales) de cobre^ es< 




— 363 — 

do, a fuerza de soplar oon fuelles, en hornos de 
manga, construidos con adobes o con ladrillos de 
muralla que duraban en pié una o dos semanas. 

En épocas anteriores la producción del cobre 
era mucho mas mínima, i según el testimonio 
de un oidor, no alcanzó en 1651 sino a 600 quin-- 
tales, es decir, lo que hoi sangra en seis horas el 
establecimiento de Lota o el de Guayacan. 

Según el historiador Diego de Rosales, Felipe líl 
solicitó por una cédula especial de 20 de octubre 
de 1624 que se le enviase un cargamento de cobre 
de Coquimbo para fabricar su artillería, i todo lo 
que pudo enviarle el dilijente presidente don Luia 
Fernandez de Córdova, en el ano subsiguiente, fue- 
ron 600 quintales, es decir, el material que hoi ne- 
cesita una sola pieza do calibre, "i si hubiera jente- 
podría enviar mas gruesas cantidades," dice el je- 
suíta como mai'avillado do aquella enorme produc- 
ción i remesa (1). 

En 1791 la producción habia llegado a 18 mil quin- 
tales, que importaban del50a200 mil pesos. I sin 
embargo que tales beneficios dejaban intactos loa 
bosques, no llovia en esos años ni para el pasto de 
las muías que acarriaban el cobre desde Coquimbo 
o de Illapel a Buenos Aires o solamente a Valpa- 
raíso. 

(1) Bosaleau Historia de Chile, lib. U, cap. Y. 



— 3G-Í — 



¿I qud ha sucedido, como por vía de contraste 



■'I 



en los años de la cruel devastación de todo lo qu _e 
el filo del hacha del minero encontraba a su pas ^o 
para arrojarlo al fondo de los reverberos que int n u 
dujo en 1829, según unos un minero de Comwa II 
llamado Walter, o según otros el industrial do — n 
Carlos Lambert, que ha fallecido hace poco legar — n- 
do a sus hijos millones i al pais que lo enrique( 
soIq estrujadas escorias? 

Un sola cifra nos servirá de respuesta. 

En 1874 se esportaron 12.018,733 pesos en 
ducciones de cobre; i si bien el carbón de piedi 
entró por mucho en ese producto, no es mén< 
cierto que en 1874 cayó del cielo el doble de lí 
aguas que empaparon nuestros campos en 1791. (' 

I esta contraposición de fechas no es un cí 
aislado, ni un capricho elejido a voluntad^ porqr 
ya tenemos recorridos varios siglos, i la confrontí 
cion de los años, de las décadas i de las centurií 
es siempre mas o menos análoga en sus resultad(^ 





* # 



(1) Hé aquí c<)ino está descompuesto este gran total de producá :^l ^on 



minera en solo el ramo nacional de cobres, según la Estadística Comen 

de 1874: 

Cobre en barra $ 8.143,661 

» labrado » 16,474 

» enejes: » 3.543,561 

» en metales » 315,037 

Total ^ VIA\^,'I^^ 



s.al 



— 365 — 

Pero todavía, a fin de. sostener todo esto que no 
es nuevo, aunque lo parece, como un hecho anti- 
guo i verdadero, campea otrojénero de hechos i de 
pruebas de irrecusable eficacia. 

PcH-que, aun dando por sentado, lo que nadie po 
dría negar sin hacerse reo de ceguera, que los bos- 
ques tienen una participación local i rejional indis- 
putable en la conservación i distribución de las 
humedades, ¿cómo podria haberse hecho -el pais en 
jeneral mas seco (no se olvide que hablamos siem- 
pre de las leyes universales de la atmósfera i de 
la topografía de todo el territorio del pais) cuando 
esas fuentes de evaporación (los bosques primitivos) 
i de condensación, si es cierto que han sido cega- 
das, han sido sustituidas al mismo tiempo i con ven- 
taja por la replantacion artificial i por los riegos? 

No necesitamos hacer gran esfuerzo para demos- 
trar que en la época aboríjene i durante la larga 
era colonial, todos nuestros rios se vaciaban casi in- 
"tactos en el mar. — Con escepcion de alguna corta 
sangría, como la que los delegados del Inca dieron, 
al Mapocho en el Salto de Araya, o unas pocas 
acequias abiertas mas tarde por los jesuítas, cual 
la que el historiador Diego de Rosales, siendo pro- 
vincial de la orden, abrió para su estancia de la 
Punta, a fines del siglo XVII (1666), ,o la que esos 
mismos prolijos agrónomas labi^ron, en la medianía 



— 366 — 

del último, para su hacienda de San Pedro, parale- 
la a la acequia indíjena, es decir, peruana, de Po- 
cochay, en el valle de Quillota, no hai memoria de 
que nuestros mayores, que no eran ni productores 
de cereales, ni engorderos, en el sentido que hoi se 
•atribuye a este vocablo, sino sirapíemente pastores 
i ganaderos, no hai memoria, decimos, que se preo- 
cupasen de taladrar un solo tajo en la roca para 
mojar sus campos. Teniendo suficiente agua para 
su viña i su piedra de destiladera, o la parada del 
molino de rodezno, o el trapiche de oro i de tem- 
porada durante la demora, estaba satisfecha laam- 
bicion del colono en su ma« vasta plenitud de sed 
i de industria. 

Por otra parte, la pereza de esos siglos era gran- 
de, la ignorancia mayor i el fierro de las barretas i 
de los combos valia, poco mas o menos, lo que hoi 
vale la plata de mediana lei. Ademas de esto, era 
fama que solo los jesuítas sabian anivelar, i por 
esto ellos solos tuvieron, al parecer, el privilegio i 
el caro monopolio de todas las grandes haciendas 
irrigadas: — la Punta, el Nonkiado, la Calera, la Ccíf^ 
paula, Colckagim, San Pedro, Otoa, sin contar sw 
chácaras, como la- de Quilicura f de Nuñoa, ni sus 
viñas, como la de la Cruz, la de Viña del Mar, i 
cien mas que poseian en eí campO' o en poblado. . 

-Las IxxerA^ de evaporación loea! efi laa refiotM- 



— 367 — 

del centro i del norte, eran, por tanto, casi nulas 
en los siglos de la colonia, porque ya hemos dicho 
que sus bosques se componían de árboles enanos i 
de esencias secas i resinosas, como la del litre i el 
espino. Los rios se perdían vírjenes en el mar. 
Cuando mas, como las vestales del Sol, habian da- 
do un oculto i sijiloso ósculo a la pradera, perdida 
su linfa a la sombra de los culones i arrayanes de 
los andinos valles. 

Pero, qué ha sucedido en los últimos cuarenta 
años acusados por todos de duros i de ingratos? 

Queremos citar un solo ejemplo, porque es de ob- 
servacion propia i de tiempo contemporáneo, esto 
es, fuera del alcance de toda negativa i de toda 

duda. 

* 

Pasamos nosotros la niñez de nuestra vida, que 
es ya larga, pero que si hubiera de ser medida por 
aguaceros, los modernos chilenos habrían de encon- 
~trar que apenas estaba en sus pañales, en el ameno 
i húmedo valle que riega el rio que dio su nombre 
a Chile; i todavía recordamos con gráfica exactitud 
los principales relieves de su panorama i de su to- 
pografía, que vamos de lijero a bosquejan 

El valle de Aconcagua, propiamente tal, es de- 
cir, la caja del rio i sus márjenes húmedas^ no hajx 



— 368 — 

sufrido visible transformación en medio siglo. Las 
acequias, llamadas canales, del Romeraly de Ocoa, de 
San Pedro i de Pitnitun, cuajaban ya el grano de los 
cereales o daban flor a la suculenta alfalfa en la 
parte media u occidental del valle, asi como las ace- 
quias de Curimon, de Quilpicé i de Panquegiie rega- 
ban Cid lihitum los potreros de Santa Rosa, en que 
pacían las muías del carguío de Buenos Aires, i las 
chácaras i viñas de San Felipe el Real, i las siem- 
bras de cáñamo de la última hacienda (el mayoraz- 
go de Panquehue), que es raro no fuera de los je- 
suitas, pero fuélo de escribanos, . nuestros deudos, 
que para el caso agronómico es lo mismo. 

Mas, con esas solas escepciones, los valles latera- 
les del rio de Chile, que son su sustancia i su rique- 
za agraria, yacían yermos, sin una espiga, sin un ála- 
mo, sin una gota de agua. En el interior del vallé 
de Purutun podía andarse, en 1835 i en 1840, dias 
enteros a la sombra de sus quiyayes i sus boldos, de 
sus pataguas i sus peumos; el valle de Catemu era 
en esa misma época, un eriazo de ratones; el d( 
Llaillai un espinal tan denso como los que habiai 
puesto mas de una vez en cólera al viajero Freziei 
hacia un siglo, cuando, de espina en espina i d( 
rasguño en rasguño, iba en sü muía de Valparaisoc^^ o 
a Santiago por Curacaví, i de Santiago a Valpa — -*- 
raiso por Tiltil i por LimacJue. 



— 369 — 






I bien! decíamos: todo eso ha desaparecido en 
menos de treinta años por el fuego. Mas, ha sido 
dejado inculto el sitio que ocuparon esos arbolados 
de secano, como las lomas del norte, i están hoi 
eriazos como el desierto? O los bosques han sido 
reemplazados por los canales de regadío, los mato- 
rrales por los potreros de alfalfa, los espinales de 
rulo por las húmedas alamedas? 






Asómese el viajero que recorra hoi ese valle, có- 
íiQodamente sentado en un cojin de tafilete, por el 
J^ostigo del wagón que lo lleva en tres horas 
^e la playa de Bellavista al pié de la cordillera, en 
^anta Rosa, asómese al postigo, le deciamos, i cuen- 
si le es posible, con la vista los sustitutos de 
quellas manchas de vejetacion florestal. Los cañá- 
is es de Waddingtoii (1843) i de Urnienetci (1860) sola- 
Vnente derraman, en las planicies a que están des- 
'fcinados, un tercio al menos del caudal del agua que 
^ates corría ociosa por el pedregal del valle. El ca- 
:iaal de Pucalan (1855) ha regado la mitad del an- 
^i^liuroso valle de Purutun. — El opulento dueño de 
C^atemu, que pasó allí su juventud como dentro de 
xina Tebaida, ha sacado, durante su laboriosa vida, 
"tres canales desde 1835, i otros tres rebanan, a la 
Arista del viajero^ la puntilla de Llaillai \ e\>Q.^^^^?yx\. 



— 370 — j 

a- porfía todos los campos de aquel valle del vienta 
i el de Vichiculen. 

Los canales de Ocoa han sido cuadriplicados, ca- 
vándose uno, tnas espacioso que el de los jesuítas^ 
por el señor José Rafael Echeverría (1837), al pascr 
que en Panquegüe, en la parte superior del vallen' 
su número es todavía mayor, habiéndose abiertc^* 
el último tajo de los riegos hace solo pocos meses. 

En cuanto a lo que sucede mas arriba, esto es^ ^ 
en la antigua llanura de Santa Rosa, que tomó vi- 
da cuando hubo arrieros i casuchas en la cordillera^ ■* 
ya no es posible hablar ni de acequias ni de cana- 
les, porque allí trancan herméticamente el rio i lo 
vacian entero en los potreros que engordan milla- 
res de cabezas de ganado traido ¡para el caso por -^ 
Uspallata i por los Patos (1). El agua que corre -í 
mas abajo del departamento de los Andes es la de-^ 
los estrujes, i de aquí los pleitos que andan ya como^^ 
los del antiguo Copiapó en los estrados de la Rea 
Audiencia. Los tres departamentos andinos de 1 
fértil Aconcagua, — los Andes, San Felipe i Putaen — 
do, — son tres colosales piedras de destilar que las 
industria i la malicia han puesto en la boca de sus» 
tres ríos. 

* ♦ 



(1) Se formará idea de lo que es esta iinpocíacion vira i el consmnoi 
pastos húmedos que exije, por las siguientes cifras que rejistra el 
volumen de la Estadística Comercial de Chile. — '^Número de cabezas 
ganado vacuno importado en Chile en 1876 i su valor: 67>248 ani]iuJ^»>^ 
con importe de 2.333,601 peso»" ... 



— 371 — 

Igual, si no mayor, ha sido la transformación que 
Tía tenido lugar en los valles vecinos i colaterales 
-del Maipo i del Mapocho. 

Decia del llano de Maipo un procurador de ciu- 
-ciad en el antepenúltimo año del pasado siglo que 
«Milteaban en sus estepas mejor que en Teño, por- 
-que tenian los bandoleros mas cóaioda i mas cer- 
<5ana su madriguera i su impunidad. I un cuarto de 
siglo mas tarde refiere todavía un viajero que tu- 
vo el capricho de meterse a caballo en uno de los re- 
molinos de densa i ardiente polvareda que los sures 
formaban en aquel desierto, como el sifmmi en el Sa- 
tfitra, i disparando una pistola cayó como un costal 
h1 suelo (i era hombre gordo) porque el viento, el re- 
Dciolino o el caballo, o los tres juntos, lo derribaron 
«n el sitio (1). 

"Esos mismos remolinos solian entrarse por las 
<5a^lle8 de Santiago en ráfagas abrasadoras, sembran« 
<lo los hogares de epidemias i de chavalongos. 
Llámase todavía en el Mercado central, con ese 
í^ombré {el lado del diavalongó)^ aquel en que por 
^«atar al norte, azotaba el viento sur con bocana- 
^sw de fuego i crueles muertes repentinas. 

Pero en 1827 estaban ya regadas las primeras 
^iez mil cuadras de ese desierto, i sin embargo na- 
^ie queria comprar un regador de agua por (áen 



Ct)' Informe de don José María ügarte (17^) — Viajes del mayor Sut- 
^5Ji¿ÍB, 1825. 



— 372 



pesos, sino prestar al dos por ciento (como hub<^^ 
caso) su dinero para el pago mensual de las pe( 
nadas ^(1). 

Ni faltó tampoco, digámoslo de paso, para dejai 
de manifiesto cuan profundas son las raices que lí 



(1) Antes de la ax)ertiira del cniíal de San Carlos en 1820, no atxavc 
«aban sus suaves ondulaciones sino dos acequias, esto es, la que los jesuL 



tas hal)ian abierto i)ara regar una jíarte de su hacienda de la Calera, (i l^^==a 
cual pasa todavía paralela i casi junta con el moderno canal de San Vt^^aa.- 

tente de Peñaflor, pocaí» cuadras mas al sud de la estación de Nos), i 1^ ia 

que ChiñorKjo liabia liabilitado para sus viñas de Espejo: veinte o treint^^^^ 
regadores de agua en todo. 

Hoi, desj)ues de las mil peripecias ^or que pasó el canal de San Cárlot^z^ao» 
desde su apertura, su destrucción casi total en 1827; su abandono por ^^ ¿I 
gobierno a una sociedad que no lo queria recibir; el desamparo de los pr^i»- —pe- 
dios que regaba ]x>r los costos que imponía i lo precaiio de sus servicios .^cds; 
del empeño, hipoteca i arriendo de sus regadores para procurarse fondor «guijos, 
i por último, de la apertura de otros brazos, como el de San BemarclE^ ^^ 
(en honor de O'PIiggins) i el de las Perdices, que se labró como il^cl*' "^ 
auxiliar, debido todo a la heroica i modesta constancia del chileno ilus ■^'-^ ^^' 
tre don Domingo Eyzaguirre, hoi, decíanos, la sociedad que se formó &^^ ^^ 
mala gana en 1S27 con un capital en agua de 750 mil pesos, vale mas £^ ^^ 
diez millones i vacia i reparte en el valle central de Santiago la enornr3*r^"ni€ 
cantidad de dos mil i trescientos* regadores de agua valorizados en 4, 5, 6^^ " ^ 
hasta 10 mil ]^esos, en esta forma: 

''Canal de las Perdices ,.wr-=^— ^í 

Id. de San Carlos 26 

Id. de San Bernardo 18 

Id. de Pinto 9 

Id. de San José..,.. 

Id. de San Petlro..! .. 11 

Id. de San Diego 

Id. de San Francis«30 41 

Id. de San Joaquín 219 

Id. de San Miguel 18^ 

Id. déla Pólvora 120i 

Jíí, de Yimgai ,„ 69j 




— 373 — 

rutina, este espino intelectual de Cliilo, ha echado 
en nuestro suelo, no faltó quien censurase como 
nociva a la salud de los habitantes de Santiago la 
irrigación de la árida llanura que disecaba su san- 
gre i sus pulmones; "avanzándose algunos, dice un 
documento público de la época, a creerlo pernicioso 
hasta el estremo de pensar que el regadío i plante- 
les que en estos últimos tiempos han enriquecido 
el llano de Maipo, han cambiado dc^^fávorahlemen- 
te el departamento de Santiago, i traido enferme- 
dades antes desconocidas, n (1) 



* 



Hoi están regadas las otras diez mil cuadras de la 
<3j latada llanura, que forma un país. I no es inferior la 
rfi*€a de la campiña, ayer de agrio secano que hume- 



"^^^^Minia de id ^ 4 

^«^:»nalde Zapata 24 

■^^^^c^ciuia de Solar, por la ribera norte Mapocbo 3i> 

"^^^■»:iias sneltas por la rivera sud Mapocho 28 

S^'^^'Haal de la Punta 127 

^'^^x^al del Cármou : 68 

Total $2,300 

ajemos agregado solo G8 regadores al can^l moderno del Carmen (por- 
^"^^ el cnadro anterior es de 1866) a fin de completar el niimero redondo 
^^ %300 pegatlores. Pero tal vez es algo mayor. 

(1) Metnoria económko-Jerial aohre los bosques. — Santiago, 1839, páj. 13. 
l^ae estado sofocante de la atmósfera antes de la irrigación de Maipo, 
^U Santiago, era lo que daba lugar a costumbres que en el día han 
«Vesaparecido i aun serian malsanas, como la de salir a tomar el aire, es 
decir, a respirar en los zaguanes i puertas de calle, dormir a la intem- 
' V 1 P^^ ^^ ^^ osaban en muchas familias hasta hace solo veinte i cinco o 
w^ I treinta afios, etc. 



— 374 — 

decen hoi los canales de Pirque, de Viluco, de Peña- 
flor i de Colina, desde el famoso canal de los Solares 
(1835) hasta el del Carmen, inconcluso todavía 

(1877). 

Hé aquí otro ejemplo de hoi i de ayer que abraza 
un solo departamento en la provincia de Santiago. 

TSl partido de M.Q]ipiW^ no tenia, hace cuai-enta 
anos, sino un canal de regadío, la ^'acequia del rei," 
llamada hoi canal de Poangtie, 

Hé aquí ahora, a la lijera, la estadística de su 
irrigación artificial, sin tomar en cuenta aquel oa- 
nal ni los diversos que salen del Maipo para 
haciendas de Huechun i de Huaulemu. 

Ca'tial de SanJoséy obra hidráulica de gran ali^ 
to, que conduce doscientos regadores de agua 
un trayecto de 40 kilómetros. 

Canal de Paico, 23 kilómetros i 25 regadores. 

Canal de Chiñihue, 25 regadores. 

Canxil de Huaulemu y 20 regadores. 

Canal de San Diego de 10 kilómetros i 20 re^^" 
dores. 

Canal de Mallarauco, trabajo colosal de injeniei^í^ 
hidráulica, en actual construcción, atravesando, p^^^ 
medio de perforadoras de aire comprimido, túneX^^ 
que se miden por leguas i no por metros ni por 01:*^' 
dras. 

En todo, ocho o diez canales que conducirán 5 ^^ 
rao-adores de agua (todaf del Ma^ocho) por cau< 



— 375 — 

que, en su conjunto, medirán ochenta o cien leguas 
e importarán, cuando concluidos, mas de un millón 
de pesos. 

Tal es la obra de medio siglo en un solo valle de 
la república! (1) 

* * 

Pero hai mas que esto. Regado ya en su totali- 
dad en la provincia de Santiago el panizo del va- 
lle central, la atrevida industria ataca hoi con ener- 
jía las barreras de la c07*dillem del medio para ir 
a fructificar las planicia** intermedias, o lo que es 
mas propio llamar el "valle de la costa''. De este 
jénero es la hermosa obra del canal Adelaida^ ejecu- 
tada por el señor Ladislao Larrain en su hacienda 
de Culipran, obra jigantesca que deja colgada el 
agua en las llanuras de Popeta, de San Pedro i 
[hasta sobre las fértiles lomas de Bucalemu, que vau 
a morir en el océano. 

Igual empresa es la que han acometido con lau- 
dable esfuerzo los señores Matte, Balmaceda i 
Montt, para irrigar a un mismo tiempo las planicies 
intermedias, que en Melipilla habia dejado sin be- 
i;ieficio el magnífico canal de San José, construido 
también según vimos dentro del período moderno 
que dejamos señalado. 

(1) Véase la interesante obra Estadídica jeneral del departamento de 
MeUpilla presentada a la Esposicion internacional de 1875 j páj, 33. 

Este libro, inspirado principalmente ^r el intelijente agrónomo don 
Laiux) Barros, debería presentarse como un ejemplo de ilustrado patrio* 
tismo digno de ser imitado por todos lOs demás de la república. 



376 — 






Hállase aquella obra colosal próxima a su terinai- 
nacion, i ha costado 30 años de trabajos (desde 1854) 
i 30 mil pesos en dinero, sin contar los pleitos, mxas 
duros enemigos de las obras de irrigación, en ChiJe, 
que las rocas. Cada pleito equivale a un socaven- 
de una legua, cada artículo a uno de legua i meclia. 

Concluyese hoi dia a gran costo la primera sec- 
ción, que es solo de cinco leguas pero de incalcixla- 
ble costo, porque perfora la primera cadena infccr- 
media de la costa (los cerros de Prado) con t>res 
túneles, uno solo de los cuales, el de la Patagil¿lht 
mide cerca de media legua (1,500 metros) i que Inoi 
atacan varias perforadoras-Sommeiller, para llagar 
a Curacaví con el agua en la boca para la próxi ma 
pascua sino antes. 

Desde Curacaví hasta Ibacache, término d^ la 
jornada, i siempre en el departamento de Melipi 31a, 
pasando por las Mercedes, que han dado su nonxT:)re 
al canal, quedan todavía ocho o diez leguas que re- 
correr, peio esa será obra de pocos meses porque es 
a tajo abierto. 

El canal de las Mercedes, que estruja las prima- 
ras reventazones del Mapocho, es una de las obras 
hidráulicas de mayor importancia acometidas en 1^ 
América del Sud i hace p-ran honor a sus esfor^^* 
dos propietarios. La merced del Caiud de las Mc7*^^' 
des es de doscientos regadores de agua, de 1^ 



377 — 



lales ya se han vendido por valor de doscientos 
lÍI pesos" a diversos propietarios. El agua ya no es 
^ua, es plata; luego será oro. 



* 



Acostumbraba decir a su séquito el presidente 
Dn Ambrosio O'Higgins, de tan gloriosa memoria 
xvsl Chile como su ilustre hijo, cuando practicó su 
.niosa visita (1789), que cada gota de agua de 
uestros rios que cayera al mar era "un diamante 
3 Golconda que se perdia en las arenas.'' 

El ensueño del grande hombre está, pues, cum- 
ido hoi dia. 



* 



No tenemos urjencia de proseguir esta rápida és- 
u*sion por los campos irrigados de Chile central, 
ucho mas allá del sitio en que hemos fijado nues- 
os reales de cronistas i de observadores. Pero de 
ios es sabido que las dilatadas llanuras de la Re- 
ínoa, de San Fernando, de Curicó, Comalle, 
tuco, el Guaico, las planicies sin horizonte que 
"ren desde el Claro al Maule i forman su delta, 
uben en competencia el caudal casi entero de 
estros rios meridionales. Tan solo al último de 
ios liase abierto en época reciente doce bocas-to- 
Ls: un canal por aüo! Pero qué decimos? El agua 

los rios está jti apotrerando de alfalfa los ce^ri- 
? de Teño, i al sur i al notte del Nuble, tan de- 
juado ya como el Maule, el liviano trumao que 



— 378* — 

el viento del verano arrastraba en sofocantes pol- 
varedas amarillea ahora en campes de trigo que di- 
viden sotos de álamos como en Maipo i Lombardía* 
Solo el taimado Biobio, encajonado como dentro^ 
de un ataúd de granito, con su soberbia de rei, 
resiste todavía en entregar sus túmidos senos al 
teodolito i la barreta. Pero aun así, cuentan la^ 
viejas leyendas, como para hacer mofa de su orgu- 
llo, que los dos montículos que coronan su salida, 
'las tetas del Biobio,''- fueron dos lavanderas qua* 
Jesucristo, cuando viajó por el nuevo mundo, con- 
virtió en rocas en castigo de haber rehusado enjua- 
gar su polvorosa túnica... 

Resulta, por tanto, i toda figura aparte, de este 
hecho vasto i sencillo de la irrigación artificial en 
las áridas llanuras que antes cobijaban el espino, 
el guayacan i el litre, que las fuentes de evapora- 
ción local, lejos de haberse disminuido por la tala 
de los bosques inferiores, se ha aumentado con cre- 
ces bajo nuestro cielo. I así se esplica, mediante 
una lei natural de compensación, que aun atribu- 
yendo a los arbolados en su mayor latitud las 
peculiaridades higrométricas que poseen, la evapo- 
ración del suelo irrigado i recalentado en seguida 
por el peculiar ardor i la duración regular i pro- 
longada de nuestro estío, si no es dos o tres veces^ 
mas activa jeneratriz de humedades, es por lo mé- 



— 379 — 

líos igual a los de los siglos mas ponderados como 
lluviosos. 

I así Lácese a la vez fácil de comprender, porque 
^n realidad el clima del pais no se ha alterado de 
una manera visible en los últimos cincuenta años, 
a, pesar de la sistemática, absurda i desoladora des- 
trucción de sus bosques, que continúa ahora, des- 
pués de la lei, con la misma ostensión, con el mis- 
nio capricho i con la misma barbarie que antes de 
la lei i durante la lei (1). 



(1) La lei (le bosques de 13 de julio de 1872 i el reglamento de 3 de 
^'^^yo de 1873, a que dio orí jen, son un verdadero í no poco divertido 
«ainete. 

Í23 cierto que la lei consigna un precepto salvador en su artículo 3.<>, 

P^^ cuanto prohibe la tala de los árboles i arbustos a doscientos metros 

^^ los cerros o quebradas donde hubiera manantiales, i es cierto también 

^Ue esa misma lei señala la zona de las montañas hasta donde debe llegar 

®^ *i£tcha i la roza, que es la medianía de las fqbldaa de los cerros o cordi- 

■'^i'^s respectivas. Pero al propio tiempo se deja a los propietarios por 

^ ^iiáculo 3.* del reglamento calcular por sí mismos la medianía de la 

*^^^* de esplotacion, lo que en un pais como el nuestro es simplemente 

*^^íoulo i equivale a que una lei sobre aguas, por ejemplo, dejara a los 

^t»efanos la facultad de calcular por ellos mismos el tamaño de sus 

'^^^ircos... ¡Cómo serian ellos! 

Se señala también de una manera uniforme i pareja la parte del terri- 
•^i'io en que se prohibe la roza del monte por el fuego, entre el Desierto 
**^ Norte i el Biobio, i lo que es mas curioso, para vijilar por el cum- 
P«iOQÍento de esta disposición se nombra al presidente de la Sociedad 
^*^ .Agncaltura inspector jeneral de hosqxtes de toda la república, inspec- 
^^^^8 a todos los gobernadores, i guarda-bosques a los subdelegados. De 
^ <|^iie resulta que bajo esa esquisita vijUancia. se ve arder las fogatas de 
^^* rozas día i noche en toda la zona en que es prohibida la tala por el 
^^gOw Para completar esta enorme pantomima legal, donde quiera que 
'^^'^tra una roza de bosques debe el juez letrado del de^^ttasDivii^Q <í«>pb&- 



<^ 



80 



* 



Porque es preciso que se tenga presente, cuando 
esto último decimos, repitiendo lo que hemos ase- 
gurado toda la vida, que si bien la conservacioa 
de los bosques no influye de una manera jencral i 
absoluta en la formación de las lluvias, su coopera-^ 
cion local, parcial i relativa en la repartición, coa- 
serva cion i aprovechamiento de ese fenómeno anual, 
no es menos evidente. Líbrennos los dioses dal 
cielo pagano, que adoraban las bosques porque 
en ellos tenian su mansión, de incurrir en su cólersi*, 
i líbrenos el Dios de los cristianos de la de los hacen. - 
dados-dioses de esta tierra que ellos mismos d^ - 
voran pidiendo al propio tiempo al cielo las aguii-^ 
que su desperdicio agota. No conocemos en Chil^ 
un solo hacendado que en materia de bosque » o 
sea *'un diablo predicador." Decimos mal. Conoce- 
mos tres entre treinta mil que no lo son, i apostei-* 
riamos, hoi que vivimos entre pescadores, una 



ituirse en el acto para levantar una sumaria del crimen i castigarlo 
con una multa de 50 a 500 pesos... 

Esto en cuanto a la teoría. 

Respecto de la ejecución de la leí en los cinco años que lleva de exis- 
tencia, ¿ha sabido alguien de algún sumario, de alguna multa, de algnn 
denuncio del guarda-bosque, de algún acto del insj^ector jeneral o de lo» 
inspectores departamentales? Lo que ee nosotros, solo sabemos, de vü 
caso electoral del departamento de Limachc en que un guai'úa'hovp^' 
subdelegado puso a tasa de votos la chamiza de los campos, i así logr*^ 
por el frío lo que otros sacaban de los infelices ciudadanos electores por 
el cepo o el fuego del azote. Para algo Labia de servir en Chile lató »^ 
vadora de sns boques! 



— 381 — 

anoa de boldo que no hai mas que esos *'tres." 
íl resto manda los hacheros a la leña con el luce- 
del alba, o vende en diez o veinte pesos el mas 
ndo boldo de su monte, i después restrega con 
na punta de su poncho el cristal taimado del ba- 
5metro. 

No es este un libro de doctrinas, según lo hemos 
5i;ampado en diversas de sus pajinas, sino un epí- 
:>me de hechos. I por esto no volveremos a insistir 
:>bre la manera cómo cooperan indirectamente a 
**s humedades de la tierra i de la atmósfera los 
osques, su follaje sombrío, sus hojas vivas, que son 
tros tantos microscópicos pulmones, sus hojas cai- 
^s, que son capaí sucesivas de fertilizante humus 
"ejetal, sangre arterial de la vejetacion, sus raices 
^ue obran como otras tantas esclusas, su tempera- 
Tira jeneralmente mas baja que la de las abiertas 
lanuras, una infinidad de causas, en ima palabra, 
[uímicas las unas, materiales i mecánicas las otras. 



* 



Bastará sobre esto volver a citar los ejemplos de 
icarios paises en que las lluvias, convertidas en 
isoladores torrentes por la destrucción de los bos- 
ques que las absorbian lentamente como esponjas 
m las cuencas montañosas de sus valles o en las 
tildas de abruptas laderas, han vuelto a su pri- 
mitiva regularidad i a su blando, gradual i benéfico 



— 382 — 

estruje sobre los campos desde que lia vuelto a^ 
repliintarse la zona asolada por el hacha. — Vese 
esto todos los dias en los cantones de la Suiza; ea 
los Pirineos, en las cabeceras alpinas de la Lom- 
bardía, tan trabajada por impetuosos aluviones eu 
el presente siglo de devastación, i en las que derra- 
man las aguas de sus vertientes al lado de Francia. 
-"Las mas hermosas propiedades de los alrededores 
de Emher, dice un moderno métereolojista (Clavó, 
1875), en el departamento de los Alpes altos, de 
ua valor de mas de trescientos mil francos, una 
carretera imperial con su puente, cuyo importe era 
de mas de doscientos mil francos, un camino veci- 
nal de gran tráfico, todo ha estado constantemente 
amenazado o destruido por el torrente de Santa 
Marta, cuya cuenca estaba completamente desnuda 
de arbolado. Pero desde 1865 se ha replantado su 
curso, sosteniendo su cauce con pequeñas represas 
i macizos de árboles, i esto ha bastado para que en 
diez años, aun las mas violentas tempestades, ven- 
gan a estrellarse en su hoya de recepción sin mas 
efecto que el de hinchar sus aguas, pero sin causar 
ninguno de los desastres que antes se esperimenta- 
ban ni arrastrar en su corriente materia alguna es- 
terilizante 

Era esta la misma opinión que el ilustre Francis- 
co Arago habia sostenido en las Cámaras francesas, 
cuando en 1836 un diputado propuso la libre es- 



— 383 — 

plotacion i tala (défrichement) de los bosques i una 
«omisión lejislativa pi'esidida por el conde de Jau- 
í)erfc aceptó el propósito. El eminente astrónomo 
puso de manifiesto que la tala excesiva de los bos- 
ques era tan nociva al clima como su excesiva 
abu r^dancia, por cuanto uno i otro estremo orijina- 
ba lo que BuíFon habia llamado climas excesivos ^ 
<5ual lo son hoi dia, por ejemplo, el de Valdivia i el 
de ^Estados Unidos. Por esto se opuso al proyecto, 
«eciindando la ilustrada resistencia del ministro de 
baoienda Passy, i por esto hai todavía bosquejen 

Fra^ncia. (1) 

* 
* * 

i 

No son diferentes las conclusiones a que arribó 
-©n un concienzudo estudio sobre la influencia de. 
Jos bosques el conocido hacendista Moreau de 
^'^onnés, i que en 1873 condensó con su raro talento 
de dilucidación el autor del preámbulo del regla- 
mento de bosques de ese año en las siguiente? con- 
clusiones, aparte de otras muchas mas o monos 
^n.álogas: 

**La influencia de los bosques sobre la cantidad 
^^^Taál d% lluvias es débil i nula en los países llanos^ 
del litoral, sea del interior de los continentes. 



(X) "Avant le reboissement, les hivers etaient beaucoup plus rudes et 
etés plus chaads. " — Discurso de Francisco Arago, diputado por los 
"■^^"fcos Alpes, en la sesión del 25 de febrero de 1836 en las Cámaras fran- 
Wvres de Frcmciaco Arago, vol. XII, páj. 434.) 



-^ 384 — 



*'E1 desmonte de las partes hcfjas de un territorio 
no disminuye la cantidad de lluvias que recibe, i si 
la disminución coincide con el desmonte, ello debe 
atribuirse a alguna otra causa." 






En cuanto a la acción preservadora de las ver- 
tientes que ejecutan los árboles, es ése un asunta 
tan rudimental de agronomía, que es de maravi- 
llarse haya necesitado de una lei escrita para ser 
consagrado "comó precepto, i es todavía objeto de 
mayor admiración i aun de asombro, que siendo 
lei i siendo tan obvio i útil principio, nadie se 
preocupe de cumplirlo, sino precisamente de hacer 
todo lo contrario. 

No conocemos un solo rincón de Chile, ni en el 
norte, ni en el centro, ni en el sur, ni en parte al- 
guna, donde se haya cumplido ni siquiera en apa- 
riencias la lei de 1873, escepto cuando se atraviesa 
algún denuncio de bosques para leña de hornos, en 
cuyo caso todo es cuestión de precio, pero nó de lei 

Cualquiera que viaje por nuestras líneas férreas 
podrá persuadirse, por sus ojos, de esta abominable 
incuria de las autoridades i de los particulares, i es- 
to que en Chile el arbolado tiene usos especiales de 
agronomía, como el abrigo del ganado, el ra?nonco, 
etc., que nadie desconoce. — Decíanos el sabio doc- 
tor Vijil, cuando rejentaba la pobre biblioteca de 
Lima, "que no encontraba otro arbitrio para llamar 



t>*J'J 



sobre ella la protección de los belicosos gobiernos da 
su patria que zahu)?iarla con pólvora^ I no conven- 
dría hacer algo por este estilo para que las autori- 
dades de Chile cumplieran su deber con los árboles? 
— darles, por ejemplo, voto? Así no solo vivirían, 
sino que serian cuidados con esquisita solicitud no 
solo los bosques sino los mas pobres matorrales. 
Pero, por el camino que hoi lleva el hacha, i los go- 
bernadores, intendentes i hacendados, el combusti- 
ble de Chile, como el de Londres, ha de venirle en- 
tero a vela i a vapor, aun para el perol estañado de 
los peones en las faenas de la siembra i la cosecha. 

Presentase aquí tal vez, en'su'*mas verdadero pun- 
to de vista, la grave cuestión de la sequedad de 
xiuestro clima i do sus verdaderas causas reales i 
aparentes. Porque lo que acontece en realidad, i en 
ello debian fijar su mente los hombres de poder o 
pensamiento, los estadistas i los simples agrónomos, 
es que lo que se está acabando en Chile, no son los 
aguaceros sino los rios, porque se están acabando 
las sombras que cubren sus vertientes, las. cepas 
que detienen en suspensión skis nieves i sus raudales 
subterráneos. 

Llueve, a la verdad, hoi dia tanto como llovia de 
antaño i acaso llueve más; pero montada la agricul- 
tura moderna, que es casi esclusivamente la pro- 
ducción de cereales i de pastos exóticos, en el pié 



tfKJ\J 




de necesitar con mucha mayor vehemencia la^ 
aguas de los riegos del estío, no son ya tanto la^-^ 
lluvias invernales, sino el curso regular i la aliraei 
tacion prolongada de sus canales, las que preocí 
pan, apuran i estravian al agricultor. I por esto ^^l 
huaso, que se asemeja al resto de los frájiles moi 
tales en que todo lo ponen a la cuenta de Dios i 
su '^santísima voluntad," levanta, involuntariamei 
te talvez, un falso testimonio a nuestro cielo, qic » e 
continúa siendo tan dulce i clemente como en lc=5S 
primitivos tiempos, en vez de reprocharse a sí pr<a"*5- 
pio la imprevisión con que recojo las aguas qig ' e 
aquél periódicamente le envia, dejándolas, corr^^sr 
como aluviones al mar, para disputarse mas tarc^We 
sus vestijios con el revólver de la desesperación e ^^ 
las boca- tomas. 

Una cuestión legal enunciada de paso. 

El derecho reconoce la servidumbre de estelicí - 
dio, pero la limita, la compensa i la renueva po^:' 
el daño que produce el tejado vecino al derramaiT 
en el ajeno sus aguas lluvias. I no tendrían lo^ 
predios sirvientes de los rios el derecho de recla- 
mar contra la tala dé los bosques en los predio^ 
dominantes, sobre todo en los que ocupan su cuen- 
ca de recepción, por cuanto la desaparición del ar-^ 
bolado convierte cada aguacero en espantoso i dea — 
tructor aluvión? 



OQ4 



Con los ríos de Chile debe hacerse lo contrario 
de las acequias de Santiago. En éstas es prohibido 
poner rejas a lo largo del cauce. En los ríos debian 
ponerse, no solo rejas, sino compuertas en las cordi- 
lleras. 






Condúcenos esta última i natural reflexión a un 
punto capital, que es talvez la solución del proble- 
ma que hoi preocupa, casi tanto como la vida, a la 
gran mayoría de nuestros compatriotas durante la 
mitad al menos de cada año, lo que en realidad es 
la mitad de la vida. 

Tal es la construcción de represas artificiales en 

los boquetes de las hoyas jeolójicas de nuestros 

principales rios, esteros i sus afluentes, ya que no 

Seria sensato enviar hoi un alguacil a dar tajos a 

las lagunas de que algunos de aquéllos, como el 

Mapocho, arrancan su oríjen, cual ló hicieran en 

oasos de gran apuro nuestros abuelos. 



* * 



Desde que la cuestión agraria mas importante i 
anas vital que domina hoi los ánimos serios, no es 
propiamente la de las lluvias sino la de los rios, la 
de la irrigación artificial i no la de los riegos natu- 
Tales; no la cuestión del sol, de la luna i de las nu- 
iles, sino de los canales de alimentación permanente, 
base esencial de toda buena agronomía, en un pais 



— 388 ^ 

cálido como el nuestro, resalta como primordial la 
cuestión de las represas artificiales, como la única 
salvación estable, segura i verdaderamente eficaz. 
Los moros habían ensenado j^a a nuestros mayores 
el secreto de esa solución, i los cJmrcos de España, 
especialmente los de Valencia, Granada i Alicante, 
eran, i sen todavía, monumentos de previsión i de 
ciencia hidráulica, que no aprendieron los cristia^ 
nos viejos que vinieron a poblar los rulos de esta 
tierra de moros. 

Se. nos perdonará, por tanto, que consagremos 
un breve capítulo por separado a recapitular lo po- 
co que en ese sentido se ha hecho en nuestro pais, 
no para modificar su clima sino para aprovechar sus 
admirables beneficios naturales, i lo mucho que se- 
ria dable emprender en ese jénero de obras, para 
salvar, no el porvenir, todavía lejano, sino el pre- 
sente de hoi i de mañana, que es el pan de cada dia 
del hogar individual i la abundancia i la prosperi- 
dad de la república en todos los hogares. 



■^^^m^m^^ 



CAPÍTULO XY. 

Represas i canalizaciones. 



"f'ntre tocios descollnha la vega tíe Ginnada, pei*- 
petiio vcijel cuajado do estaiKiiiea i atiirjeiie «lue . 
ropavtiaii el agxM» i>or tollas partes, niercod a la ac- 
ti\idaddela raza aiAbiga que fertilizaba lias ta la . 
cumbre de los cerroa iíiíwí tivjados i mas esoalifoíos 
délas Alpujarraa..." (Janer, Loá Mo, 'incoa de Es- 
iHítio, púj. IK)). 

huerta del reino de Valencia en España i el llano de Maix)0 en Chile; 
• — El trlhunalde los acequieros haciendo justicia en la puerta de la Ca- 
tedral de aquella ciiidal en 1859. — Las obras hidráulicas i represas 
en el Jucar. La charca del Tibi en Alicante i las represas del as Al- 
pujarras que riegan la vp(ja de Granada. — Las alhufercts de los roma- 
nos en Eátremadura. — Las tres represas de la huerta do Murcia. — 
El ¿pantano de Lorca i estragos que causó su rotura en el siglo pasa- 
do. — Semejanzas de la irrigación de Granada i la de Chile. — Respe- 
to tradicional por los derechos de agua deade el tiempo de los 
moros. — Los robos de agua en Chile. — La campana déla te /a que 
regula los turnos en (¿ranada. — ¿Necesita la irrigación de Chile un 
Jinés de Lillo? — El canal de Lozoya en el Guadarrama. — Represas 
en el mediodia de Francia. — La ucequia de Draguitlan. — La irriga- 
ción de Lombardía comparada con la de Chile. — Las represas colo- 
sales de la India. — Cómo los ingleses almacenan los rios en Madras 
i resultados de este sistema. — líí canal de Cuddapah trabajado ac- 
tualmente por cincuenta mil obreros.— Represas en el Rknac. — Lc- 
jislacion de aguas en España i base sobre que reposa. — Materiales 
que existen en Chile para su organización. — Trabajos de Lastarria, 
Lemuhot i A. C. Gallo. — Cómo los españoles i los chilenos son árabes 
en materia de irrigación. — Entusiasmo por el agua i sus deleites de 
Las tres razas. — "El primsr aguacero!" — Deducciones. — Aberracio- 
nes del espíritu de empresa en Chile. — Desden de las obras agríco- 
las industriales por las aventuras del ajio o de las minas estranje- 
ras. — Inevitable tendencia futura del capital i de la industria en 
dirección de las empresas agrarias. — Agota-miento sucesivo de los 
recursos de las lluvias i de los rios por la dilatación de los cultivos. — 
Un millón de cuadras que piden agua a los rios que las surcan. — El 
canal del Porvenir i el canal de las Canteras. — Cálculos curiosos del 
agricultor Tagle en 1852. — Ya no es tiempo de canales sino de repre- 
sas. — L» primera represa científica en Chile en 1838.— Represas en- 
-el departamento de Casablanca i sus resultados. — Presas de agua en 
«1 departamento de Illai>el i sus litijioa. — La gran represa de Cata* 
pilco. — Los estanques de Viña del Mar i sus desastres en el último 
temj)oral de julio. — Esploracion de Laginuí yey^'a i del valle del Yeso 
«n 1873. — La última palabra sobre la canali ación del Mapocho. 

Cuando el que "estas mal formadas líneas traza/' 
para el uao de Jos campesinos sub ^amiios, visitó 



— 390 — 

hace ya de ello veinte años mal contados, el famo- 
so reino de Valencia, tan semejante al reino de 
Chile en el temple de su clima i en la asombrosa 
fertilidad de sus riegos, como en sus "pollos con 
arroz", sus sandías i su luna de Valencia, que es en 
el firmamento lo que en nuestro suelo el pago i^ 
Chile, presenció un espectáculo de mucha nove- 
dad que no se ha borrado todavía de su memoria, 
como no se olvidará el reflejo de su luna de noviem- 
bre entre los olorosos naranjales de su hiierta. 



1^ 
I» 






m f 



Era un dia jueves a la hora de las doce, i mi^^^' 
tras la plaza del mercado al aire libre hervia d^ 
gritos, empellones i de rubias cabelleras femeninas» 
sueltas sobre los hombros o atadas con graciosos JX^^' 
dos de* pañuelos, vi que se sentaban en la puerta. ^^ 
la Catedral, que ahí estaba i en cuyo pulpito pf^' 
dicó San Vicente Ferrer, tres labriegos de anct>-^^^ 
calzoncillos de algodón, el pió descalzo, o cubiet" *^ 
apenas con raidas alpargatas [de totora, abuela J> ^^ 
línea trasversal, de la ojota de Chile i del Peí "" 
faja a la cintura, descubierta la cabeza, cual el á.i^ * 
be, el araucano i el chileno primitivo. 

Preguntó quiónes eran aquellos hombres q^*^^^ 
así se instalaban en \2^ puerta del perdón de la Ca't^^^^ 
dral, sobre un sofá tan despotricado que tenia m -^^ 
agujeros que parches. — "Es el tribunal de los aceq^^^^^' 
ros, nos dijo un comedido, que cada juóves a 1- -^^ 



— 391 — 

doce del dia en punto viene a hacer justicia sin 
abogados i sin escritos, sin papel i sin plumas, tan 
solo por su recta conciencia i leal saber, sin apela- 
ción ni escribano, en todas las cuestiones que so- 
bre el riego de la huef)*ta se 'suscitan. — I como vos 
lo veis, añadió el amable valenciano, así lo hacen i 
ejecutan con avenimiento de todos desde los tiem- 
pos del sabio Kalifa Alhaben-AhnonstasiTy que creó 
Kace seis siglos esos jueces para los moros." 

* * 

Estuve un largo rato presenciando aquella admi- 
nistración de justicia primitiva, i si bien no enten- 
día ni el lenjuaje de los querellantes, ni el de los 
patriarcas, porque hablaban el valenciano, que es 
el antiguo limosino, caí en cuentas de que todo 
aquello era mui sabio, porque era simple, esp^dito i 
barato, precisamente los tres principales atributos 
que debe tener la administración de justicia uni- 
versal, i por los' cuales probablemente carece la 
justicia de Chile totalmente de ellos. 

I esto sucede en Valencia, porque allí el agua es 
Miaterial mente plata líquida, de la cual no es lícito 
<lesperdiciar una sola gota, al pió del delicioso na- 
:ranjo o en el huerto de melones que revueltos con 
los azahares crecen en aquel paraíso. Estirad i es- 
parcird la calle larga de Qaillota en todo el ámbito 



— 392 — 

del llano de Malpo entre San Bernai-do, Peñaflov i 
Santiago, i tendréis una imájen apropiada de la 
Hmrta de Valoicui, de cayos melones decia un res- 
petable hacendado chileno que había risto de a dos 
por carga, porque mas n5 podian en sus lomos ni los 
mulos ni los borricos valencianos. 

Otro tanto hemos oido contar de las síindías de 
Estremadura, cual se da en la Serena, patria de 
don Pedro de Valdivia. Digamos también de paso 
que aquello de quedarse a la luna de Valencia, viene 
de que esa ciudad fué la primera que en España, 
gracias a su apacible clima, estableció la policía noc- 
turna llamada alli serenos) i como estos guardianes 
pasaban la noche entera en su desamparado puesto 
se decia de los que la pasaban mal en alguna em- 
presa que se quedaban a la luna de Valencia. 

Aquella parte de la España vive en verdad ab- 
solutamente de la irriofcicion artificial, i de las aofuas 
de sus charcos, jycmtaíios, aUjufe?rís, que así llaman sus 
admirables obras hidráulicas i especialmente sus 
represas, debidas algunas a los moros i muchas a 
los reyes mas despóticos incluso Felipe II. 

Los tres reinos de Valencia, Murcia i Granada, 
podrían compararse en un sentido hidrográfico a las 
provincias de Santiago, de Aconcagua i de Coquim- 
bo, por la sequedad de su clima, sus escasas corrien- 
tes i el calor verdaderamente africano del estío. El 



— 393 — 

Guadalaviar que riega a Valencia haría una pare- 
ja feliz con el Mapocho prímitivo, mientras que el 
Jucar, el Darro ir el Jenil reunidos, no alcanzarian 
a hinchar con sus asfuas un solo brazo del rio de Chi- 
k en sus buenos dias estivales, por la pascua de 
Natividad o la de lleves. 

* « 

De aquí ha venido que represando esas aguas i dis- 
"tribuyéndolas por millares do compuertas i canales,, 
"tienen aquellas provincias de áridas colinas la ma» 
a^ica vejetacion de Europa, a la que sirven de arbole- 
da, de recreo i de refresco. Casi todas las naranja» 
cgne se comen en Europa son de aquellos tres reinos i 
ciel reino algo mas húmedo de Andalucía. I asi co- 
xno Valencia está irrigado por las maravillosa», 
obras hidráulicas del Jucar, en Alcira, así lo estala, 
liuerta de Murcia por el pantano de Almansa i la 
"vega de Granada por innumer¿ibles represas en las 
Alpujarras que alimentan desdo los tiempos de 
Boabdil los lánguidos raudales del Jenil. 

* 

No entraremos en detalles minuciosos sobre es:- 
tas obras maravillosas de injeniería hidráulica. Bas 
te decir, con respecto a la irrigación artificial, o co- 
mo sería mas propio decir, a la irrigación venosa d& 
la htertadiQ Valencia, que ésta presenta en los planos 
que de sus acequias levantó a fines del siglo pasa- 



UOT 



acIo el iojeniero i agrónomo Jaubert.de Passa el 
mismo aspecto que un diagrama del cuerpo huma- 
no i de las entrañas que lo nutren: cada canal es 
una arteria: cada acequia una vena: el Guadalaviar 
es el estómago: la ciudad i sus tortuosas vías el 
cerebro. Como son dos los rios que empapan la es- 
paciosa huerta, el Jucar i et Turia, o Guadalaviar, 
ha sido aquel detenido para ser paulatinamente 
sangrado a la altura de la aldea de Alcira por una 
represa de cal i canto de cerca de dos cuadras de 
largo (240 metros), al paso que el último vaabrien- 
<io sus boca- tomas delante de ocho presas esparci- 
das en el espacio de tres leguas de su curso. 

Encuéntrase la primera represa del Turia a 11 
kilómetros de Valencia, i la última de las ocho a 
.tres kilómetros, i de esta suerte ni una sola gota, 
ni un solo átomo de agua, se escapa ocioso hacia el 
mar. De esta suerte también el tribmial de los ace- 
quieros no tiene que mandar patrullas ni dar palos en 
las boca- tomas, porque la previsión ahorra toda 
«disputa entre aquellos labriegos-hormigas. 



* 



Las represas o charcas de Murcia son mas ¡Deque- 
ñas, porque la de Almansa, construida en tiempo de 
Felipe II (1586), solo tiene 20 metros de elevación, 
la de Elche 23 metros i la de Nijar 30 metros. Pe- 
ro con las aguas así detenidas i distribuidas con. 
^admirable parsimonia en la época de la sequía, so- 



^ 



OVO 



tran para la lozanía de la huerta de Murcia, que es^ 
una mitad mas reducida que la del reino vecino» 

Pero las represas verdaderamente memorables- 
dó aquellas provincias africanas, son las de Alican- 
te, es decir, la del Tibí, que ya hemos nombrado, i 
el famoso pantano de Lorca, que reventó por defecto 
de construcción en 1792, causando horribles estra- 
gos en las aldeas i ciudades vecinas, según cuenta 
lastimosamente el príncipe de la Paz en sus Me- 
morias. 

El ¿>antano de Tibi o de Alicante fué construida 
por sus propios acequieros mediante empréstitos 
sucesivos durante 15 años de trabajos en el siglo 
XVII (1579-94.) Mide 33 pies de espesor en su ba- 
se, 7 en su parte superior, i tiene una altura de 43 
metros, todo de piedra de cantería primorosamente 
ajustada. Cuando está lleno contiene 3.700,000 
metros cúbicos de agua, representando una pirámi- 
de líquida en forma triangular que tendría cerca de 
quince cuadras de elevación (1800 metros) i mas de 
dos cuadras (300 metros) por cada uno de sus tre»^ 
costados. 



* 



El pantano de Lorca era aun mas espacioso i 
formidable que el de Alicante su vecino, presen- 
tando su muralla una altura de 46 metros i dos cua- 
dras i media de estension (282 metros), en tres pla- 
nos sucesivos. Alcanzó a estar lleno once años (no^ 
como dice Ford en su Guia de España^ un solo dia)^ 



— 396 — 

pero habiéndose construido con poco cuidado los 
cimientos en la parte central del crucero, apoyado 
-en los costados sobre dos cerros o colinas calizas, 
rompió g1 agua un portillo el 30 de abril de 1792, i 
se precipitó en una sola masa en forma de herra- 
dura hacia el valle i ciudad de Lorca, destruyendo 
807 casas i ahogando no menos de G08 personas, i 
entre éstas a su propio injeniero don Antonio Ro- 
bles. El tajo por donde se precipitó la laguna tenia 
solo 17 metros de ancho i 33 de alto. El que dio 
paso a las aguas del estanque de Viña del Mar el 
17 de julio último i que hemos inspeccionado eu 
varias ocasiones, tendrá, la mitad de esas dimensio- 
nes, pero como el material era de tierra la escava- 
cion fué haciéndose gradualmente durante dos o 
tres horas, lo que ahorró a la aldea vecina una ca- 
tástrofe como la de Lorca. 

No seria por esto una cosa desautorizada que el 
gobierno i sus injenieros tomasen cierta participa- 
ción legal i científica en la construcción de las re- 
presas situadas en las cercanías de las ciudades, i 
aun los propietarios de los predios inferiores ten- 
drían ciertos derechos de vijilancia que hacer valer 
sobre las obras de ese jónero en los predios do- 
minantes, como sucede respecto de los canales. 

En cuanto al reino de Granada i su famosa irri- 
gación artificial, completamente árabe en su oríjea 



— 397 — 

i en su organización, aseméjase mucho mas a la de 
Chile que a la de ningún otro pais del globo. La 
irrigación de la Vega de Granada es la irrigación 
del llano de Maipo, cuyas dimensiones mas o me- 
nos tiene, esto es, 360 mil marjales, equivalentes a 
19,000 hectáreas, tendidas como un tapiz de ver- 
dura al pié de las A Ipu jarras en un llano que mide 
7 leguas de largo i 4 de ancho. Granada, como San- 
tiasfo, está a la cabecera de ese llano. 

Ahora, en cuanto a las semejanzas de aquel sis- 
tema con el nuestro, he aquí lo que dice un escritor 
moderno sobre la irrigación de la Vega de Grana- 
da. "Durante una considerable parte del año no se 
guarda el menor orden en los riegos. Cada cual to- 
ma el agua que necesita, porque hai de sobra para 
todo el mundo. — Cuando llega el mes de mayo, i 
la época en que el caudal de los ríos comenzaría a 
declinar a consecuencia de la disminución de las 
lluvias, sobreviene el derretimiento de las nieves, 
que los hace aun mas caudalosos, sobrando las aguas 
hasta fines de julio." 

¿No habria podido escribirse este preciso párrafo 
sobre Chile, cambiando el nombre de mayo por el de 
oiovienibre i el á^ julio por el de enero? "Pero llega se- 
tiemhrc^ es decir nuestro viarzOy i comienzan los tur- 
nos, con tanto rigor i respeto por el derecho de cada 
cual, que para formarse concepto de esto es preci- 




— 398 — 

so tomar en consideración la presión sobre los espí 
ritus de diversos siglos. En Granada los derecho 
de agua se miran con el mismo respeto que los 
deslindes entre una propiedad i otra propiedad." 

I en esta última parte comienza la diversida(^^^4 
respecto de nuestro pais sediento, en que el agua d^^ Je 
los canales se parece a la de las pilas benditas .eEimr «n 
que todos meten los dedos i sin santiguarse s^ -^e 
la roban... A cuyo propósito es bueno recordemoi^ ^s 
que en Granada rijen desde hace trescientos aiio^ -^s 
unas célebres ordenanzas llamadas de Loaiza, por r 
el nombre del consejero de Felipe II que las hizo — ^^ 
i en las cuales los turnos son regulados por el toqu< 
de la famosa campana de la vela, que en lo alto de L 
torre de este mismo nombre suena cada diez minu- 
tos desde hace cuatro siglos en el silencio de la 
noche, marcando a cada regador el minuto i los se- 
gundos del turno, de su azada i de su taco, pues 
óyese claramente su plateada voz en toda la redon- 
dez de la vega. 

* 

Al paso que llevan las aguas i las irrigaciones en 
Chile, necesitarán alguna vez nuestros biznietos 
construir sobre sobre las rocas del Santa Lucía la 
to)Te de la vela, tan famosa desde los tiempos de 
Isabel la Católica i de Boabdil el chico? 

No lo sabríamos decir; pero lo que sí ha de ve- 
nir casi de seguro i se hace menester casi como un 
Mecías es algún paciente Loaiza que, como el oidor 



-^ 399 — ^ 

Oacitúa en Copiapó, regule los turnos de agua ent 
los canales por horas i por tomas como la homeo- 
patía en las copas de cristal. 

En los primeros anos del siglo XVII se hizo 
tina revisión jeneral de todos los títulos de propie- 
dad rústica en el reino de Chile, i el famoso Jinós de 
Lillo retazó i midió otra vez todas las heredades i 
mercedes otorgadas, siendo solo respetadas hasta 
el presente dia la que bajo su dictado i mensura 
rivalidó la Real Audiencia. Jinés de Lillo corrijió 
la plana a Pedro de Valdivia. 

I la irrigación de Chile en la hora presente, en 
que el agua vale mas que la tierra, como que sue- 
len venderse separadas, i a mas alto precio aquella 
que la última, no está necesitando ya con urjencia^ 
su Jinés de Lillo, que revise todas las mercedes 
verdaderas i supuestas que han hecho botin i saco 
de los rios? 

Mas volviendo a España i a sus obras, ng podrá, 
menos el lector sincero que inclinarse con respeta 
delante de esas represas,costosas es verdad, pero en 
sí misma benéficas en sumo grado i aun salvadoras^ 
porque dan vida a una población tan grande o ma- 
yor que la de Chile, i sin las cuales sus campo» 
serian páramos desiertos como los de Atacama. 

Mas, no se crea que es solo la España atrasada 
e ignorante de otros siglos la que ha emprendida 
esos trabajos jigantescos, porque aun en el tiempo 



— 400 — 



de Isabel II han labrado injenieros españoles ^=^ 
famoso canal i represa de Lozoya en el Guadarr 
ma, con el cual se surte a Madrid, mediante un co 
to de millones (inclusos los farftosos cargos de pied^^ra 
de Sartorious), de una agua abundante i delicios ^^sa. 



> 






En el mediodía de Francia, donde el calor exc^zzíe- 
sivo del estío requiere ya los riegos artificiales c^ien 
abundancia, se construyen represas considerabl es 
como la de Bois que mide 27 metros de elevacic^Ji, 
ía de Saint Fereol 31 metros i la de Fureris, ^3n. 
actual construcción cerca de Saint Etieme, que n» ^- 
dirá 50 metros de altura. La primera acequia c3í3 
riego europeo que vimos con verdadero regocijo ^^^ 
nuestra juventud, recordando a Peñaílor, sus can 
les i sus baños, fué la que atraviesa el valle i alde- 
de Draguiñan, patria de -nuestro viejo amigo do 
Claudio Gay, entre Tolón i Niza, casi al borde d- 
Mediterráneo. 




■X- 



No nos ocuparemos aquí del sistema de irrigacio — ^ 




de la Lombardia, considerado el mas perfecto 
mundo después del de Valencia, porque ese sist> 
ma no es de represas sino de canales, ¿pei'o qué c 
nales? todos navegables, a la vez que sembrados cl - ^ 
compuertas para el mas vasto i prolijo sistema 
riego^ mui aemejanto este último al de Chile, co 



1 



— 401 — 

-SUS verdes potreros i alamedas, escepto en la incu- 
rable imprevisión i desperdicio i en el declive de 
las aguas, que en Chile es siempre vertijinoso i en 
los paises bien irrigados apenas^ sensible a la vista. 
El canal de San Carlos tiene veinte i siete varas de 
cuelga en su trayecto, i sin embargo, pudo traerse 
cómodamente por el nivel de las Perdices, que está 
íil menos un kilómetro mas arriba de las faldas que 
aquél rebana en sus últimos declives. 

En la India, los ingleses, que tan admirablemen- 
te combinan el injenio i la magnificencia, han res- 
catado, en los últimos treinta años, millones, así, 
millones de cuadras, por un sistema misto de cana-* 
les i represas, en que guardan materialmente bajo 
de llave ríos caudalosos en las épocas de abundan- 
cia. De esta suerte habian llenado, en abril últi- 
mo (1877), cinco de los grandes estanques en que 
depositan el rio Permair en la presidencia de Ma- 
dras, i los nueve restantes iban a ser llenados en 
mayo, según el último informe de la sociedad de 
irrigación, titulada MtfAras Irriíjation Company, cuyo 
importante documento tiene fecha mayo 8 de 1877. 

Esas obras portentosas, dirijidas por un eminen- 
te, injeniero hidráulico, Sir Arturo Cotton, han cos- 
tado mas de ocho millones de pesos, pero, gracias a 
ello, se cosecharon en el último verano 84 millones 
de libras de arroz, en medio de una población densa 



402 — 



\ 



i hambrienta, que se moría a razón de 930 por ca- 
da mil, i esa sola cosecha importa tres millones i 
medio de pesos (700,000 £). 






Las obras análogas del rio Soné, en Madras, tam- 
bien han rescatado 160 mil acres de tierra (mas de 
cuarenta mil cuadras), cuja cosecha anual importa 
dos i medio millones de pesos, i las del rio Toom- 
buddra, en el distrito de Kurnohol, al oeste de Ma- 
drad, 400 mil acres, o sea cien mil cuadras, con un 
costo de 1.600,000 £, pero que ya han hecho rendir 
al suelo, antes tostado por el sol e infestado por la 
muerte, 400,000 £ en arroz, es decir, la cuarta par- 
te del costo. Actualmente 50 mil obreros trabajan 
un canal de 190 millas entre Kurnohol i Cuddapah. 



•9Í- 



Pero, aun sin ir tan tójos i en medio de esos bár- 
baros imperios, ¿no hemos visto que en un pais veci- 
no i amigo, cuya incuria, con poco criterio i monos 
conocimiento de los hechos, nos hemos acostumbra- 
do a motejar, en el Perú, un injeniero chileno (don 
Aurelio Lastarria) ha casi triplicado el caudal de 
aguas del Pimac, por medio de una serie de repre- 
sas i lagunas artificiales en sus cordilleras? Aun la 
vertiente de agua potable que hoi surte las diez i 
siete pilas de Lima i su vecindario, i que hace po- 
cos años enviaba a la ciudad solo dos millones ga* 



403 — 



Iones dé agua potable diariamente, ¿no la provee hoi, 
mediante trabajos de captación e injeniería, de cua- 
tro veces esa cantidad? 



* 



Agreguemos un último dato de reciente data. 
Municipalidad de Manchester acaba de comprar, 
<^n el solo propósito de aumentar su provisión or- 
<iiiiaria de agua potable, uno de los lagos de Cum- 
l>erland, i las obras que ha emprendido para con- 
<iucir 50 millones de galones de agua diariamente 
^ su ciudad, le importaron, como en la India, 8 mi- 
llones i medio de pesos (1.700,000 <£). 



4f * 



En cuanto a la lejislacion que regla las distribu 
<^ioxies del agua de las represas, es casi la misma en 
I^spafia, en la India, en todas partes. En Valencia 
^ijen los turnos; en Alicante se compra el agua por 
los chacareros en remate público cuando llega la esta- 
•oiotí de los riegos; en Murcia se compra el agua, como 
^1 "trigo, por^medidas en grandes estanques que cada 
^Ua,l tiene en su heredad i que la sociedad de acequias 
ll^na por un tanto, como los toneles microscópicos 
^vie la represa de la Quebrada Verde surte en Val- 
paraíso. En la India, donde la indolencia de los 
^J^yos rechazaba al principio aquel beneficio que 
^s su vida, hoi se disputan el agua de los riegos 
^^tno si fuera la de la bebida, i las grandes compa- 



nías que lian realizado aquellas obras comienzan a 
recibir pingües beneficios. 

Pero el pais sin dada mas adelantado en materia 
de lejislacion de aguas es la atrasada España, perla 
sola razón de que lia sido, como Chile, la mas se- 
dienta. ''Al ver la antigüedad de las obras hi- 
dráulicas, dice el injeniero Aymard en su intere- 
sante obra sobre la irrigación artificial en España, i 
el culto respetuoso de las tradiciones, se siente una 
dispuesto a creer que una inmovilidad absoluta 
pesa sobre'todas estas instituciones. Pero, con es- 
cepcion de Granada, donde las cosas se conservan 
en el pié que las dejaron los moros a fines del siglo 
XV, se opera en todas partes un trabajo incesante 
de transformación. Estas reformas no han alterado 
jamás los principios fundamentales, pero han afec- 
tado, de siglo en siglo, todo lo que era relativo a la 
policía i administración, i este trabajo se continúa 
sin interrupción, perfeccionando ya un detalle, ya 
otro, i realizando esta singular anomalía, mui ver- 
dadera, sin embargo, del progreso en la inmovili- 
dad." (1) 



4f 



(1) Mauricio Aymard Irr'igaüons du Midi de VEspagne, páj. 6. 

M, Aymard es un distinguido injeniero de puentes i caminos residen- 
te en Arjel, i habiendo sido enviado a España en 1862 por el mariscal 
Pellissier, gobernador jeneral de esas colonias, a estudiar el sistema de 
irrigación de España con el objeto de aplicarlo al África, publicó en 1864 
una obra sumamente curiosa acompañada de un atlas, do diseños de re- 
presas i detalles de ejecución de gran interés para los que quisieran 



— 405 — 

La Península posee ademas, desde hace 17 años, 
una excelente lejislacion de aguas jeneral para to- 
do elpais (lei de 29 de abril de 1860), en que se 
consultan no solo los principios primordiales sino los 
mas mínimos detalles; i entre aquellos no está de 
mas señalar aquí el orden de preíerencias concedi- 
das al uso de las aguas, que es eil esta forma, se- 
gún su artículo 5. ""r 1.° El consumo de las ciudades 
(agfLias potables); 2,"" El servicio de los caminos de 
fierro; 3.*" Los riegos agrícolas; 4."* Los canales de 
navegación, i 5.° Las fábricas. 

* * 

En Chile existen también acopiados excelentes 
^^teriales para formar una lejislacion homojénea 
^ aguas, necesidad premiosa del momento, porque 
^n ciertas épocas del año no hai un solo labrador del 
P^is, al norte del Maule, que no esté dispuesto a 
^'^cibir de buen grado aquel castigo, por el cual, eno- 
jada la luna (Latona) con ciertos villanos que le 
•^"^husaron un vaso de agua para saciar su sed noc- 
^^^fna, convirtiólos en ranas... 

Ademas de las excelentes disposiciones del Códi- 
S'o civil sobre canales i sus servidumbres, de los 
Preceptos todavía mejores del proyecto de Código 



^Cometer en grande escala estos trabajos. Existe un ejemplar ele ese li- 
*^íX> en la Dirección de Obras municipales de Santiago, por encargo de 

*^ entendido jefe don Belisario Díaz. 

14 



— 406 — 

rural del señor Lastarria, existen dos trabajos espe- 
ciales de gran valor, i son la memoria que sobre 
irrigación escribió hace veinte años el hábil inje- 
niero Lemuhot, hoi triste inválido, memoria que 
mereció un premio especial de la Universidad, i el 
interesante libro que en 1875 publicó sobre la mis- 
ma materia don Anjel Custodio Gallo en su calidad 
de delegado del Congreso agrícola, con el siguiente 
título: Lejislacion de agitas. — Estudio presentado al 
Cmigreso de Agricidtura, 

No sería fuera de tiempo a nuestro juicio que a 
^sas disposiciones se agregasen algunas sobre re- 
presas i aun sobre pozos artesianos, pues existen en 
el pais hacendados entusiastas i patriotas que aun 
esta última solución buscan a los problemas de la 
irrigación. *'Las llanuras de España, escribia hace 
dos meses un injeniero de aquel pais, tendrán ar- 
bolado cuando las sierras, con las hojas i raices de 
sus árboles, detengan el deshielo de las nieves i la 
humedad de las lluvias, criando España se decida a 
hacer una presa en cada barranco que detenga i cmsem 
las aguas, cuando las hai, para citando no las Mp] 
cuando se hagan canales de riego que impidan a 
nuestros rios llevar una gota de agua al mar/' (l) 



(1) Ricardo Villanueva. — Artículo sobre irrigación i bosques en lA 
Bpoca de Madrid de 14 de iunio de 1877. 



_ 407 — 

*'E1 porvenir de Chile, escribía a sa turno a un 
amigo nuestro i a propósito de la presente obra, en 
curso de publicación, un ilustrado hacendado de Ca- 
sablanca i poseedor de sus mejores estanques, el 
porvenir de la agricultura de Chile estriba en sus 
represas i será necesario •insistir por la fuerza, por« 
que así es desgraciadamente la índole de la jenera- 
lidad de nuestros hacendados. TJn poco de des- 
prendimiento de parte de los últimos, i habrá cente- 
nares de jóvenes activos i emprendedores que en 
poco tiempo transformen todos los desiertos cen- 
trales de nuestras secas costas en fértiles valles con 

abundantes riegos." 

* * 

Ha dicho con razón un espiritual viajero ingles 
que la raza mas sedienta de la Europa es la espa- 
ñola, porque es raza de árabes, es decir morisca, 
que bebe i come, pero no engorda ni se sacia. No 
hai por esto conversación mas sabrosa en la lengua 
castellana que la del agua, "la agua pura," "la 
agua fresca," "la agua rica," i sobre todo la agua 
de las tomas i de los esteros. I a la verdad que 
Jos españoles heredaron de los moros todos los nom- 
bres de hidráulica i de irrigación que conocemos, 
como la noria de la antigua anoura, el canal del 
muncañal, la acequia de la siquia; i verdad es tam- 
bién que en aquella tierra de cántaros, inventaron 
los panales i los merengues, los alfijores i las hoja- 
rascas para beber el agua con deleite 



— 408 — 






Por esto el chileno es hidrópico como sus ante- 
cesores, i ama desde la * cuna la lluvia i el caballo, 
cuya última afición pondera maravillado eljesuita 
O valle. '*Ver llover..." ^'sentir llover..." saber por 
cartas que han ''corrido ías quebradas"... son pla- 
ceres especiales de Chile i no sabemos posque Zo- 
robabel Hodriguez ha escluido de su interesante 
Diccionario de Chilenismos, esos chilenismos de 
primera magnitud. 

I esa alegría de la primera lluvia que en nuestra 
tierra parece estenderse hasta las bestias que pacea 
en el campo, no es moderna en Chile, porque nació 
junto con la primera sopaipilla del hogar alboroza- 
do, en el pecho del primero que sembró un puñado 
de trigo en la falda de la loma, del que envió a pas- 
tar en la dehesa la primera vaca parida con su cria... 
Y ese es un dato mas, si bien no sea sino inductivo, 
para justificar que las lluvias fueron siempre escasas, 
puesto que siempre fueron esperadas con ansiedad 
i recibidas con intenso regocijo. 

No existe por esto causa justa de estrañeza en 
la afición desmesurada que todos padecemos bajo 
nuestro enjuto cielo, ni razón por que se mire como 
cosa rara, sino natural i justa, el que las lluvias se 
comuniquen por telégrafo de gobierno a gobierno 
como acontecimientos nacionales. 






— 409 — 

) si tenemos la misma o mayor sed que los 
e los reinos moros de la península española, 
IOS todavía pruebas ni de su cautela ni de 
7Ísora intelij encia. 

la verdad que hai en nuestro suelo cosas que 
eramente asombran, porque asi como nunca 
n grueso capital para enterrarlo en un pozo 
1 de quinientos o mil metros, persiguiendo un 
problemático de carbón de piedra, i asi como 
ro visan sociedades por millones para escavar 
las metálicas pero subterráneas del desierto, 
ios visto surjir ni siquiera insinuarse en el 
leríodo de sequía que hemos atravesado una 
ipresa colectiva de irrigación, esta mina de 
lei que está '^al sol" como las filones que el 
Ossorio i el tropero Juan Godoy descubrie- 
Tres Puntas i en Chañarcillo. Ni tenemos 
ío noticia que se haya adelantado el pensa- 
do formar una sociedad anónima por accio- 
:a construir una presa de agua en los mas 
ados valles de nuestra zona central. Todo lo 
ío. Todo canal acaba jeneralmente en ub 
como toda solicitud anónima acaba en lo que 
in terminar los canales— en una liquidación, 
la empresa del señor Lisímaco Jara i de los 
fcados padres de Peldehüe para dotar de 
ipresa el valle de Colina, no hemos vuelto 
ablar. I para qué, si el diluvio ha caído so- 
valJe^ i ya se ofrecen talajes exv (^x^SV'^'^^níxl 



— 410 — 

i en Huechun, dos tipos de menesteroso rulo? 
En el último de esos fundos daban sin embargo el 
año último de beber al ganado en bateas, como 
cuando se pone a media ración la tripulación de 
un buque. Por esto, cuando sea otra vez tiempo 
de bateas, volverá a serlo de represas... 

Asi somos los chilenos! jente guardosa de metá- 
lico, pero pródiga incurable de todo lo que en otros 
paises es riqueza, la previsión i la esperiencia, el 
tiempo i sus enseñanzas. 

Aun las últimas esploraciones de las lagunas que^ 
alimentan los rios de Copiápó, Coquimbo, O valle,. 
Putaendo i el Maipo, o han sido hechas por la 
autoridad o por simples curiosos sin capital i sin. 
mandato. 

* * 

I sin embargo, los chilenos han de tener que^ 
llegar allí forzosamente, como llegaron los laborio- 
sos moros en el mediodía de la España, como llegó 
el cálido i seco Felipe II, como llegó el manso e in- 
dolente Carlos IV, porque es esa una lei ineludible 
del desarrollo siempre creciente de su agricultura 
i su riqueza. 

Las épocas sucesivas están, a la verdad, perfec- 
tamente marcadas. 

En la primera, que fué la edad de la ganadería, 
se desprendían sin esfuerzo las lluvias del ciek 
para hacer brotar los suculentos i olorosos pastos^ 
JPrimera, etapa. 



— 411 — 

Tué esa la época de las rogativas. 

Pero sobrevino el cultivo de los cereales, al prin- 
3Ípío en medianas proporciones, después en escala 
jigantesca, i fué preciso ocurrir a los r¿a9. Segun- 
da etapa. 

Fué esa la época de los canales. 

Pero dilatándose de dia en dia la estension de los 
campos irrigados, i exijiendo la tien'a, cansada por 
la sucesión de los cultivos, mayor suma de hume- 
dades i de tomas, es decir, requiriendo cada vez una 
aiayor suma de agua, no solo de las nubes sino de 
os rios i sus disolucioiies, hácese preciso, forzoso, 
nevitable tomar uno de dos partidos: o cruzarse de 
>razos i decir a la industria nacional: — "Hasta 
^quí no mas llegareis,'' o como los moros en Va- 
encia, los romanos en Mérida i Segovia, i los in- 
rleses en la India, hemos de recurrir a las charcas, 
' los pantanos, a las represas artificiales. 

Hal en el dia dentro de Chile irrigado un pe- 
u.eño Chile de secano que mide mas de un millón 
^o cuadras i que está pidiendo a gritos el agua que 
^ naturaleza dejó suspendida sobre sus planicies. 

Sin contar veinticinco mil cuadras que regarán 
Os cuatro canales recientemente abiertos: el del 
Gúrmen en Colina; el de las Mercedes en Curacaví i 
^n. Ibacache; el de Mallaraitco en el vínculo de este 
hombre i el canal Adelaida en Culipran, quedan to- 
^avia enjutas otras veinticinco mW cw^^\^^ ^\:i\^ 



— 412 — 

costa del feraz departamento de Rancagua desde Co- 
calan a Bucalemu i desde Popeta a los llanos de San 
Pedro. Otras veinticinco mil cuadras están esperan- 
do en el valle de Nilahue i en el de Loló las agua» 
ociosas que lleva el caudaloso Mataquito al mar. 

No hacemos cuenta de las dilatadas llanuras de: 
Talca, porque el Maule empieza poco a poco a em- 
paparlas; pero entre este rio i el Bio-bio personas 
intelij entes en canales calculan que no existen me- 
nos de seiscientas mil cuadras susceptibles de in- 
mediato regadío. Las inmensas llanuras de San 
Carlos no tienen sino un canal organizado, el de la 
hacienda del Poo'vaiir del señor José Santos Ossa. 
Todos los demás están en pleito. La isla de la 
Laja, que es una provincia de migajon como la 
palma de la mano, no tiene propiamente sino el ca-. 
nal recientemente abierto por la sociedad que posee 
la haciendr histórica de las Canteras: suma redon- 
da, de ochocientas mil a un millón de cuadras, cuya 
irrigación costaría, hablando con prodigalidad, diez 
pesos por cuadra, es decir, ocho o diez millones de 
pesos en su totalidad, i cuyo aumento inmediata 
de valores seria diez veces superior: cien pesos por 
cuadra como mínimun (1). 



(1) Se ha hecho un cálculo curioso por un hombre profesional délo 

que produciria Chile si se pusiera en cultivo por medio del riego arti« 

ficial las 7.188,000 cuadras que, a juicio de aquel perito, son susceptibles 

de esa mejora. La décima parte (la masa decimal) de la producción que 

en tal caao se tendria importaría 86.336,000 pesos, i el catastro produciría 



— 413 — 



Todo esto respecto de la réjion del sur de Chile, 
-entre el Cachapoal i el Bio-bio. 






Por esto la alternativa que arriba señalábamos 
<ie cruzarnos los brazos o de empuñar la barreta, 
que constituye ya una tercera época para nuestra 
-agronomía, es urjente, a menos que los hacendados 
Kie Chile consientan en tapar sus tomas con cuerpos 
-de autos i querellas infinitas de despojo en todos 
los fundos del norte i centro de la república. 

Hanlo comprendido por fortuna algunos pocos 
Jiombres previsores desde hace mas de un cuarto de 
43iglo, i cabe a un departamento, comparativamente 
-secundario de la república, al departamento de 
Oasablanca, el honor de haber sido el primero 
jen iniciar desde hace cuarenta años esa tr^nsfor- 
anacion salvadora. 



* 
* ^ 



El sistema de represas para poner en guarda las 
pequeñas vertientes de nuestras serranías del 



■25.600,000 pesos, lo que haria por esa sola contribución i la del diezmo una 
entrada total para el fisco de 140.936,800 pesos! Pero aun imponiendo 
.solo un dos por ciento de contribución sobre los valores de la producción 
.agrícola, en lugar del nueve que hoi los grava, el Estado percibiría una 
.renta mas que doble de la que hoi disfruta por todos sus ramos, esto es, 
42.668,000 pesos. lestes eran cálculos de hace un cuarto de siglo! — 
ff Memoria presentada a la Facultad de Matemáticas por el agrimensor 
jéneral don José Santiago Tagle al tiempo de incorporarse como miembro 



— 414 — 

norte, es tan antiguo como los puquios o bebedero»- 
del desierto, porque los peruanos, que habían hecho 
en la Nasca trabajos de ese j enero tan maravillo- 
sos como los de los romanos en España (las char- 
cas de Albufera i de Conalvo en Estremadura), 
los enseñaron a la raza conquistada. Por mañera 
que no hai cañada al norte del Mapocho donde la 
pala del labriego no haya amontonado un peque- 
ño terraplén para represar, siquiera por gotas el 
precioso líquido. 

* 

Mas, el primer ensayo científico i de mediano 
alcance fué hecho en 1838 en una quebrada déla 
hacienda de Tapihue llamada La Retama^ por el 
padre del apreciable dueño de ese fundo hoi dia, 
don Juan José Pérez, con el objeto de cultivar una 
vnia. 

Consistía esa represa de aguas en una sólida mu- 
ralla de ladrillos, i como llenara satisfactoriamente 
los fines para que fué construida, dióse cuenta de 
ella en aquellos años a la Sociedad de Agricultura 
por uno de sus miembros activos, el señor Domingo 
Esplñeira, que aún existe. 

Con la publicidad i el buejí éxito tomaron ejem- 
plo los vecinos, i en esa feliz iniciativa se copiaron 
las diversas represas que irrigan una parte consi- 
derable de la hacienda de Orozco, fértilísima en. 
jDapas^ gracias al agua así guardada. La cosecha. 



— 415 — 



-^el señor Vives fué, si no estamos mal informados, 
-4e catorce mil fanegas de ese valioso tubérculo >el 
Año 75, Sin sus represas no habría cosechado el 
<Üezmo del fruto recojido en sus valiosas trojes. 



* 



Siguió en pos la represa de la hacienda de la 

Fimlla, construida por el señor Fermin del Solar, 

rico minero de Tamaya, i ya por el año de 1848, en 

qiie nosotros la conocimos, daba agua suficiente 

psLX'a. mantener lozanas cuarenta cuadras de chá- 



* 

^ * 



lias represas de Quebrada Verde, que sirven me- 
dia, uamente a Valparaíso como surjideros de agua, 
^ Ilación de buque en tiempo de escorbuto, son 
tarabien de aquel modelo i de aquella época. 



^ 
^ * 



Cundió en seguida hacia el Norte aquel útil mo- 
'^J-cniento, i sabemos que en el departamento de 
Combarbalá i en el de Illapel se han emprendido 
*'^abajos serios de ese jénero, especialmente en el 
^^e de las Vacas, cuya noticia tenemos por las 
'Sentencias de los tribunales en los pleitos de los ve- 
^^i^os, que, como los perros hortelanos de la fábula, 
^onxbaten toda invención en lugar de copiarla para 
^^ propio beneficio. No hai por esto lev isi^^ "^v^^- 



— 416 — 

rosa i mas inútil en nuestra amada patria que la de 
privilejios esclusivos, porque solo sirve para los ilu- 
sos i los embelequeros que pagan los 50 pesos del 
invento. En cuanto a las mejoras de verdadera im- 
portancia nacional, esas nos encargamos de sepul- 
tarlas nosotros, ayudados de jueces i abogados, de 
receptores i escribanos, i para esto pagamos gusto- 
sos i de buena gana, no solo cincuenta, sino quinieiv 
tos, mil, cinco mil i cincuenta mil pesos. 



* 
* « 



Pero el trabajo verdaderamente colosal que en 
ese ramo se ha hecho en Chile bajo principios^ 
científicos, fué el que, sometido a la dirección de im 
competente injeniero hidráulico de nacionalidad 
inglesa (Mr. Collier), emprendió en su hacienda de 
Catapilco por los años de 1848-50 el laborioso i 
progresista hacendado del departamento de la Li- 
gua don Francisco Javier O valle. 

Tiene la muralla de sosten de la represa de Cata- 
pilco, que es de greda en su centro i en su base, no 
menos de cuatro cuadras de ostensión, entre dos 
cerrillos que forman hondanada en la llanura; la 
altura máxima es 52 pies, su ancho en la base de 
136, i en la cúspide de siete, de manera que puede 
atravesar por el camino de su cima de banda a ban- 
da una carreta o una dilijencia. Un tubo de fierro 
de 142 pies de largo i 5 de* diámetro da salida al 
agua medida, si se quiere por regadores, si se quie- 



— 417 — 

re por adarmes, creándose así una de las condicio-" 
nes mas esenciales de la irrigación, cual es la pro- 
porcionalidad i la oportunidad, lo que no es fácil 
obtener en los canales. Irrigo 7iihil est elittius agro, 
decian los romanos. Eso no lo han hecho los chilenos 
ni cuando hablaban en latin... 

El lecho destinado a la laguna de Catajnlco es 
bastante espacioso, porque mide una área no menos 
de 110 cuadras, capaces de contener ampliamente 
350 millones de pies cúbicos. 

Desgraciadamente, la cuenca de recepción dis- 
puesta para hacer aquella acumulación de lluvias 
en una zona comparativamente escasa, fué en es- 
ti^emo deficiente i aun absurda, porque no se llevó 
su radio sino en una estension de diez millas, de 
lo cual ha resultado que a pesar del injente gasto 
de 50 a 60 mil pesos que se hizo, se recoje apenas 
el agua necesaria para los menesteres domésticos 
de la estancia. La represa de Catapilco no es char- 
ca como las de Valencia i Alicante, sino charco, 

* * 
Las últimas obras de este jénero de que tenga- 
mos noticia cierta son las represas que para el cul- 
tivo de las viñas construyen los diversos propieta- 
.rios de Malga-Malga, i las que en los últimos cinco 
años habia formado de gruesos terraplenes en su 
valiosa hacienda de Viña del Mar don José Eran- 



— 418 — 

cisco Vergara. Pero, por desgracia, el mas consi- 
derable de estos estanques, cuando contuvo mas 
de millón i medio de metros cúbicos de agua, rom- 
pió sus diques en el aluvión del 17 de julio, i a 
nuestra vista se vació en el espacio de dos hoYB,s, 
yéndose al mar hasta su última gota de agua. 

Provino este fracaso de un defecto que, al pare- 
cer, es común a todas las obras allegadizas que de 
este jénero existen en el pais, sin la suficiente con- 
sulta del arte hidráulico, porque jeneralmente su 
injenieros, que son los propios hacendados, abre 
los desagües sobre la misma muralla de sosteni- 
miento, que es una masa artificial, i así basta 
mas lijera grieta en el canal de salida para qu 
aquella se devore en pocas horas. 

I eso fué precisamente lo que tuvo lugar en 1 
represa grande de Viña del Mai', i lo que, segu 
parece, ha acontecido en las de Orozco i otras par 
tes. 




4f 



No parecerá estraño al lector no hagamos esp 
cial mención aquí de los trabajos de alguna magni 
tud que se emprendieron en el valle del Yeso er: 
1873 para represar en esa localidad maravillo 
las aguas del Maipo, que hoi se desperdician 
tan lastimoso desdew. 1 \a t^-Lots. de nuestro sile; 





— 419 



cío no se escapará al lector, ademas de que todo» 
eso corre impreso en dos distintas ediciones, con 
planos, diseños i abultados presupuestos. 






Ni creemos tampoco que el agricultor chileno, ni 
los hombres de gobierno, ni siquiera los antiguos 
aficionados, se preocupen por ahora, ni tal vez ma- 
ñana, de este arduo problema. "Ha llovido tantol 
I cómo sujetar a los rios que todo lo han arrastra- 
do en sus corrientes tras un muro de mampostería? 
Cómo aprisionar un torrente entre compuertas de 
fierro i de madera?" Esa es la argumentación de 
las ''jente sensata" de Chile i la ^'manera de apear- 
se" de sus huasos. 

Pero, entre tanto, dejamos nosotros llenado el de- 
ber que estos apuntes nos imponen i que estienden 
la esfera de nuestros trabajos a todos los puntos- 
que se rosan con el clima del^oais i tienden a me- 
jorarlo, transformando su suelo por el pico o por la 
azada, i a multiplicar su riqueza por el sudor deí 
labriego, o el monos rudo pero mas ingrato trabajo 
del obrero que jima con las prensas, sobre el yun- 
que de acero de la indiferencia pública. 






Pcjro si estamos dispuestos a ahorrar al lector el 
fastidio de cargar su memoria con los detalles de 
la espío ración de la Laguna Negra i del Valle dkl 



— 420 — 

Yeso, ejecutada en marzo de 1873, nos perdonará 
que, en cambio de nuestra humildad, digamos una 
última palabra, a propósito de construcciones hi- 
dráulicas, sobre la ya envejecida cuestión de la ca- 
nalización del Mapocho. 

No haremos la historia de ese proyecto científi- 
co como un libro, i llano, a la vez, como una carreta; 
ni recordaremos su primera insinuación por un 
viajero, chileno que regresaba del viejo mundo 
en 1855, ni el plano de la superficie del rio que 
levantó el escelente injeniero don Juan Las- 
íleras, por órdenes del intendente Echáurren, ni el 
de canalización, propiamente tal, que trabajó, hace 
diez años, otro modesto facultativo, el injeniero don 
José Antonio Aris. Nos detendremos únicamente 
en los trabajos que en 1873 llevó a cabo, por cuen- 
ta del municipio i del malogrado patriota don Luis 
Cousiño, el injeniero de ciudad don Ernesto Ánsar t, 
i que rectificó i mejoró, dos años mas tarde, el há- 
bil injeniero, alumno de la Escuela Central de Fran- 
cia, M. Chapron. 






Según esos estudios/puede rescatarse (empleare- 
mos solo números redondos) mas de medio millori 
de metros de terrenos hoi perdidos, i con un gasto 
máximo de millón 1 medio d.e ^^^o^^^ ^w^de obte- 



— 421 — 

nerse un provecho mínimo de otro millón i medio 
por el municipio, dotando a mas a la ciudad con 
•diez puentes i dos hermosas avenidas laterales de 
^'einte metros de ancho i dos quilómetros de largo, 
<iue serian el lujo, el orgullo i el paisaje favorito 
<ie la capital. 

En cuanto al cauce destinado al rio, fuera que tu- 
\^iese las dimensiones de Ansart (GO metros); fue- 
ran las de la comisión municipal que estudió ese 
proyecto en 1873 i que suprimió diez metros en la 
anchura del canal; fuera de la ostensión mínima fi- 
jada por Chapron, de 37 metros en el fondo i 40 
metros en la superficie, es, de todas maneras, un 
hecho probado hasta la evidencia que ese cauce 
contendria, por su mayor profundidad i la velocidad 
•del agua, cinco veces la cantidad que pasó por los 
íircos del puente en el último aluvión de julio, cuyo 
máximum llegó, según el intelijente director de 
obras municipales don Belisario Diaz, a 700 metros 
•cúbicos por segundo, i tanta o más agua cuanta el 
rio arrastró por sus tres cauces del Mapocho, la 
Cañada i la Cañadilla en Isiavenidu grande de 1783. 



■if- 



Ahora bien. 

Dos son las condiciones primordiales que deben 
determinar la ejecución de e^a oV>Ya ^tl Q.\\aS»^^^ 



— 422 — 

tiempo que se intente acometerla: esto es, 1.* la se- 
guridad completa de la ciudad, i 2.* el provecho 
pecuniario del municipio. 

I si está probado por la ciencia mas minuciosa, 
por los esperiméntos mas exactos, que la canaliza- 
ción, aun en su mas ínfima proporción de espacio, 
va a aumentar en el doble, en ol triple, en el cuddru- 
plOf en el quíntuplo, si se quiere, las seguridades que 
su condición actual ofrece, i si asimismo queda evi- 
denciado, por cálculos prácticos, prudentes i justi- 
ficados, que el municipio puede echar a sus vacíos 
cofres un millón, medio millón, un cuarto de millón 
de pesos, si quiere bajarse a este nivel, ¿por qué se 
deja lo que solo ajuicio del vulgo necio i perezosa 
es locura i embeleco? 

''La canalización del Mapocho (decia la líltima 
comisión de la presente laboriosa Municipalidad que 
adjudicó el premio de tres mil pesos al señor Cha- 
pron en el certamen del 10 de setiembre de 1876) 
seria una obra de ornato, de salubridad i de comedí- 
dad para la población, i a mas una brillante especula- 
ción, aun emprendida en los momentos actuales." 

Esa es la última palabra. 

Lo que la ciudad espera ahora es el ^;r¿?/¿er hecho 
aun en los momento actuales. 



CAPITULO m 

Los aluviones de 1877. 

"The climate is indeed health and wealth 
for the poor: it economises fire, clotlies, and 
lodgins, three oiit of the four great wants 
of ñumanity. " — (Ford, Guide of Spairiy páj, 
18o). 

IJaracterea metereolójicos del verano de 1877. — El aguacero del 9 de fe- 
brero. — Temporales de abril. — Sobreviene el terremoto de la costjt 
del Perú el 9 de mayo. — Dislocación del centro inicial del movimien- 
to hacia el sur, respecto del de 13 de agosto de 1868. — Irradiación 
casi simultánea del fenómeno en Chile, las islas Sandwich, la Aus- 
tralia i la Nueva Zel- ndia. — La onda del 10 de mayo en las Mar- 
quesas i en Otahiti. — Influencia sobre las humedades de la atmós- 
fera en las diversas zonas del terremoto. — Invierno lluvioso eii 
Austndia después de larga i ruinosa sequía. — Fenómenos correla- 
tivos. — Laguna espontánea en Catamarca i erupción acuosa del Co- 
topaxi. — Calma relativa que sobreviene en mayo i junio. — Iniciase 
el !.• de julio una intensa variación atmosférica, producida por un 
viento tibio del norte. — Elevación jeneral de la temperatura que 
acompaña a la lluvia. — Pronósticos cabalísticos del 15 de julio he- 
cros en Santiago el 8 de febrero. — Tempestad eléctrica en la noche del 
14 de julio, seguida de una inundación jeneral i casi instantánea del 
territorio entre el Mapocho i el Bio-Bio. — Concentración aparente del 
huracán en la zona del Maule i sus estragos. — La inundación del Mau- 
le en 1876 i la de la laguna de Riñihue en 1576.— Horrores del tem- 
poral. Pérdidas de centenares de vidas. — El Eten, — Pedro Pablo 
Canales. — Fenómenos especiales del huracán en Valdiviai en Chiloé. 
— La zona del centro. — La crece del Mapocho el 15 i el 17, i cómo 
queda justifícada su canalización en la forma en que se acordó en 1863. 
— Singular inversión de la aparición del temporal en la zona del norte. 
— Llueve en Atacama i en Coquimbo antes que en Santiago. — Con- 
tinúan los aguaceros en esa re j ion mucho después que el temporal 
ha calmado e i el resto del pais. — Proximidad de ese territorio al 
núcleo del terremoto de mayo i serie de temblores que lo ajitan has- 
ta fines de julio. — Temporal en el desierto de Atacama e inundación 
de Chañaral por el Salado. — Nevazón en las rejiones sub-andinas de 
Atacama. — Lluvias coetáneas en Caracoles i Buenos Aires. — Ulti- 
mas reflexiones i últimos votos. 

El año verdaderamente fenomenal, cuya penosa 
travesía hace la parte del globo en que vivimos los 
chilenos, entre terremotos i aluviones, se presentó 



— 424 — 



desde el estío presajiando una era de gruesas hu- 
medades, porque llovió líntes del otoño, como en 
los. años históricamente lluviosos de 1827, 33, 41, 
50 i 5G. 

En 1827 cayó el primer aguacero el 17 de abril. 
En. 1833 „ „ ;, el 14 de abril. 

En 1841 „ „ „ el 21 de febrero. 

En 1850 „ „ „ el 30 de marzo. 

En 1856 „ „ „ el 10 de marzo. 

En 1877 „ „ „ el 9 de febrero. 






En el período mas o menos abundante eu IIu- 
vías de 1824 a 1850 (27 años), solo conocemos cua- 
tro años en que . haya llovido en enero (1830, 37, 
43 i 48), i en tales casos, solo de una a tres horas, 
con escepcion de 1830, en que cayó el penúltimo 
dia de enero un aguacero de diez horas. 

En febrei-o ese período es mucho mas restrinji- 
do, porque solo aparecen marcados dos años entre 
treinta, el de 1835 (el año del terremoto) i el de 
1841, en cuyo estío, del 21 al 30 de ese mes, hubo 
un temporal que produjo 30 horas de lluvia. 



* 
*• * 



El presente año de 1877 entró también en fe- 
brero como el de 1835 i 1841, porque en la tarde i 
parte de la noche del viernes 9 cayó un grueso 



— 425 



chubasco que vació en el pluviómetro de la Bolsa 
de Valparaiso 38 centesimos de pulgada. 






El 9 de abril, dos meses justos mas tarde, volvió 
llover una cantidad ínfima (un centesimo de pul- 
gada); pero la proporción de las humedades con- 
<densadas de la atmósfera fué aumentándose de una 
xnanera gradual, i con tan inesperada graduación, 
durante los días 10, 11, 17, 20, 24 i 25 de ese mes, 
cjue en esta última fecha, dia martes, cayó doble 
cuantidad de agua a la i'ecojida en Valparaiso en la 
xioche del último i reciente gran aluvión de nues- 
"tros rios. El 25 de abril el agua precipitada de las 
üaubes por un furioso i sostenido norte fue de tres 
pulgadas. La del 15 de julio fué solo la mitad: una 
pulgada i 52 centesimos. Solo el 17 de julio, que 
será memorable en Chile por la profusión con que 
diluvió el cielo, cayeron cerca de cuatro pulga- 
das (3.78). 






Según los diarios de la capital, cayeron en 24 
Ilioras 4 pulgadas i 4 centesimos en el gran agua- 
cero de fines de abril, i se recordó que en abril del 
^ño precedente solo habiaa caido 15 centímetros de 
3)ulgada, i en el año anterior "ni siquiera una go- 
-ta." (1) 

(1) FeíTOcarril del 2(5 de mayo de 1877. 



— 426 






De todas suertes, habia llovido en abril un tercio 
más que en todo el ano de 1863, i los raudales que 
habían empapado los campos agostados de la costa 
equivalían a la mitad de los que en todo el curso 
del año de 1876 habían fecundado las llanuras 
(12.96 pulgadas). 

El Observatorio Astronómico do Santiago llega- 
ba a conclusiones aun mas avanzadas en el paran- 
gón de las humedades que habían visitado al país 
en los dos últimos años, porque la cantidad de llu- 
via caída en Santiago durante todo el año de 76 
fué de 215 milímetros, i la recojida en abril fué de 
130.6 milímetros, es decir, mucho mas de la mitad. 

Según el boletín mensual de ese establecimiento, 
se contaron también en abril doce días de lluvia, 
uno de garúa, dos de nieblas, catorce nublados, diez 
entre nublados i solo seis completamente limpios. 
El risueño abril había trocado su turno de guardia 
con el zañudo junio. Por la inversa había aconte- 
cido igual fenómeno en Inglaterra con el merry ju- 
nio i el boisteroits marzo. 

Decididamente, el año en que vivimos ha traído 
trocados los frenos, i por eso corre todavía, al pa- 
recer, desbocado por entre cielos, nubes i diluvios. 






— 427 — 

Otra coincidencia curiosa. Después de un largo- 
período de sequías en la Australia, cuya parte me- 
jor cultivada hace frente, a mil leguas, a nuestros po- 
treros de alfalfa i trigo, habia caído en el presente 
año, desde el 20 de abril, en que sobrevino el primer 
aguacero, al 15 de mayo, tanta agua como en Chile 
(11.48 pulgadas). En 1876 solo llovió en aquel pais 

fronterizo del nuestro, en igual proporción de tiem- 
po, 6.98 pulgadas. 

Fué en consecuencia nuestro abril, por la pri- 
mera vez en su larga vida, un mes de ^^aguas mil" 
como el abril de la Europa central, porque cayeron 
ocho aguaceros i seis pulgadas i un cuarto de agua, 
lo que es enorme. En esta vez abril no habia robado 
a su predecesor su cordero marzal. En el período de 
30 años que acabamos de citar solo hemos encon- 
trado ocho en que hayan caido chubascos de una, 
dos i tres horas en abril. Nunca mas. 

Llovió también con fuerza considerable e inusi- 
tada, en esa época del año, el 1.°, el 2, el 3 i el 4 de 
mayo, en que terminó el temporal que habia comen- 
zado el 24 del precedente mes. 

En los cuatro primeros dias de aquél cayeron 
2.89 pulgadas, i sumando todas las cifras del tjIul- 



— 428 — 

vióraetro se alcanzaba, en esa última fecha, la enor- 
me cantidad de nueve pulgadas i media de agua 
<9.52). 

Este resultado era verdaderamente asombroso i 
equivalía casi a la cantidad total de agua que habia 
llovido en todo el año de 1869 (10.65 pulgadas) i 
en el de 1875 (11.85 pulgadas), i era ciertamente 
^1 doble de la humedad precipitada en los doce me- 
ses del año calamitoso de 1863 (4.48 pulgadas). 

Bajo la presión de estos antecedentes metereoló- 
jicos, verdaderamente estraordinarios, i que era in- 
dispensable recordar con alguna minuciosidad, tuvo 
lugar en la hora de prima de la noche del 9 de mayo 
el terrible fenómeno que asoló las costas meridiona- 
les del Perú i el litoral de BoUvia, i que sacudió de 
una manera lenta pero sensible la mayor parte de 
nuestra zona jeográfica hasta el Bio-Bio. 

* 

No es nuestro ánimo entrar a analizar en sus de- 
talles esa catástrofe, repetida con no poca frecuen- 
cia en nuestras propias costas hasta hace siglo i 
medio, o mas propiamente hasta una época compa- 
rativamente cercana, cual fue la salida del mar i 
levantamiento de nuestra costa en febrero de 1835. 
Decíamos siglo i medio solo, porque la última irrup- 
ción del océano, en la costa central sobre que pre- 



— 429 — 

valece este estudio, tuvo lugar el 8 de julio de 1730. 
Talcahuano i el antiguo Penco fueron inundados i 
destruidos en el año recientemente mencionado i en 
el de 1751 por grandes olas salidas del fondo del 
Pacífico, cuyas últimas cubrieron también gran par- 
te del litoral de Juan Fernandez, haciendo perecer 
su guarnición i su jefe, a media noche. Pero Val- 
paraiso i la parte media del litoral quedaron inmu- 
nes, como en 1835, 1868 i 1877. Nos bastará decir 
que el centro terráqueo de aquella convulsión no 
parecía haberse desviado sino ocho o nueve grados 
hácm el sud del núcleo mas fuertemente atacado 
por el cataclismo de 18G3, hacia apenas nueve años. 
El punto céntrico de aquella catástrofe pareció ser 
--¿\rica (13^25 latitud sur). El de 1877 ha sido Co- 
■fc^ija (22^30). 

* * 

La impulsión física impresa por el sacudimiento 

e^ la parte del continente que habitamos fué mas o 

órnenos la misma en ambas catástrofes. Un lijero vai- 

"ven en las olas, eso fué todo. — ''De caprichos ha 

astado hoi el mar," decia casi festivamente el rejis- 

"tro de las novedades locales en el Mo^cii/rio del 14 

^e agosto de 1868; i no fueron diversos los térmi- 

xios en que la prensa anunció el mismo fenómeno 

^n la mañana del 10 de mayo, dia festivo de la 

Ascención: tan olvidadizo se muestra por lo co- 

Tnun el hombre de los horrores c^ue le visitan^ Guarvr 



_ 430 - 

do no es el rayo del cielo el que fulgura la desolé. Xl^ 
<5Íon que nos rodea. En esta vez el rayo nos trajo 7 /. 
infausta nueva con mayor rapidez que la de W __!o8 
meteoros del cielo; pero como la centella venia e=^=^, 
condida entre las húmedas sinuosidades del océaiki_ o, 
ya estamos otra vez olvidados del pavoroso esca^r- 
miento (l). 

Mas, volviendo al fenómeno natural, para consi- 
derarlo en sí mismo, ha sido propiamente la tieirTm 
o el océano, en sus remotas latitudes, el verdad© mr"0 
punto culminante del cataclismo, cual sucede 
bablemonte en la mayor parte de estas ocasiono 



(1) El Mercurio del 10 apenas mencionó una lijera conmoción eia -^as 
olas de la bahía; jíero en esa misma mañajia anunciaba la destrucción. "^^ 
Iquique comunicada por el telégrafo. El barómetro pronosticaba ese <:i3ia 
lluvia en segundo grado i por la noche (la del 10) hizo un intenso frió. 

Sin mas que por ser un objeto de curiosidad reproducimos en segn»- ^ 
del Diario de avisos núm. 8. " publicado en Santiago el 8 de febrero ^3^el 
presente año, el siguiente pronóstico de los aluviones que tuvieron lu^^§*r 
bnjtiUoy heclio por el carpintero Emanud (no Manuel) Adriasola, i^c_aa- 
tural de Santiago, «en uno de cuyos climas» nació en 1837. El augt»- ^^^^ 
dice testualmente así copiado del aviso del 8 de febrero: 

«Emanuel. El primer centinela nacido en uno de los climas de la ^^a- 
pital de Chile. 

Hoi se presenta ante todos los pueblos soberanos que componen to *^3as 
las naciones del Nuevo i Viejo Mundo. 

Ya pasa a alegar de bien probado el que yo E. Manuel poseo un sm 

igual descubrimiento según la sin igual prueba demostrativa como lo 

han visto en los diarios de ayer i predicción, fué publicada el 15 d^ <"■ 

ciembre del 76; i por lo tan cambia'do el estado atmosférico no pt.^^^^ 

decirles cuando es el grande, afjuacero ea fe\ o^vx» cTeo «jTamÍAs iaundcícC^^^^ 



— 431 — 



* 



Eso será, sin duda, lo que está llamado a preci- 
sar la investigación i la ciencia en lo futuro. Por lo 
que alcanza a nosotros, llanos espositores de lo que 
el vulgo toca i palpa, pero tan de prisa olvida, nos 
contentaremos con hacer notar simplemente el he- 
cho de que la onda destructora ha sido sentida con 
corta diferencia de horas en el inmenso triángulo 
que forman en el Pacífico estos tres apartados vér- 
tices: — Valparaiso, al naciente, — Honolulo en el 
norte, i Nueva Zelandia en el poniente, es decir, 
no en un tercio, sino en la mitad del mundo. Val- 
paraiso dista apenas 11 grados de Cobija, i allí se 
sintió el estremecimiento peculiar e inquieto de las 
olas en la madrugada del jueves 10, i sin embargo 



de Chile; lo que si he podido columbrar es que las escalas tocan de lluvipLj, 
temblores, nieves, truenos i relámpagos, es después de los diae 13 de los 
meses i\o% que quieran tener cuidado, téngalo en hs planes bajos, en la 
cordillera i el !Mar tres 



> >>> 



A los Meteorojistas Chilenos si quieren hacer algo por.su nación, ca- 
Ue de San Pablo, n." 113. » 

Hasta aquí el curioso aviso cabalístico. 

Debemos agregar que, según Adriasola, se presentó al señor Freiré, in- 
tendente de Santiago, el 20 de abril para pedirle hiciera limpiar el cauce 
del Mapocho, de cuya fecha sacó certificado. 

En cuanto a la profecía del aguacero del 9 de febrero del presente año 
no hemos visto otra constancia que la que él apunta como hecha el 15- 
•de diciembre. Por lo demás, el agorero del Mapocho, que estudia la at- 
mósfera por climas, es decir, por las distancias de los cerro3 entre sí, su 
altura, etc., se propone esplicar públicamente su teoría, i cuando esto 
llaga el lector podrá apreciar mejor su mérito. 



— 432 — 

en Honolulo, que está a cuatro vece^ mayor dis- 
tancia (20^ 30' latitud norte), el fenómeno apareció 
en forma de una ola, tan crecida como la que des- 
truyó a Cobija, a las 4 de la mañana del mismo 
jueves, esto es, siete horas después de la catástrofe. 
¿Podría la onda haber recorrido mil leguas en ese 
espacio de tiempo? 

Según una carta de Waiakea, pequeño puerto 
de las islas Sandwich, de fecha 11 de mayo i pu- 
blicada en el Honolulo Register^ la ola que invadió 
la costa de esa porción de la isla tenia 13 pies i tres 
pulgadas de elevación (medidas en el poste de un 
farol en la playa), i cubrió a aquella en un espacio 
de mas de cien yardas, destruyendo almacenes, 
fuertes i sólidas bodegas. "Cinco vidas se perdie- 
ron, dice aquella correspondencia, i muchos esca- 
paron con sus miembros rotos. El cuerpo de una 
mujer fué encontrado en las aguas mas allá de 
Honolulo, i el capitán del Pacifico salvó seis per- 
sonas que nadaban en la bahia por su vida. El 
Pacífico, buque ballenero, estaba fondeado a cuatro 
brazas de agua i quedó en seco, dando vueltas co- 
mo en un remolino, a medida que las olas iban i 
venian." El mismo estrano i terrífico fenómeno 
que acababa de visitar aquella noche todos los 
puertos de la costa vecina del desierto de Ata- 
cama! 

* 



En Nueva Zelandia i en Australia el movimien- 

"to apareció 24 horas justas mas tarde, porque, se- 

:gun noticias llevadas a California por el vapor 

^an Francisco a principios de julio, levantáronse 

Jas olas en continua sucesión durante todo el día 

viernes 11 de mayo desde las 5 veinte minutos de 

ii mañana, en que se observó el primer vaivén de 

tíos pies i seis pulgadas de oscilación en Fuerte 

-C^^nison. En Nueva Zelandia, cuya latitud corres- 

pc>'mde a la de la Araucanía, la altura de la ola fué 

^i ^oble mayor, talvez por su mayor proximidad a 

íi^-=M. 'estro continente. El empuje mas altó alcanzó a 

s& i s pies, como en Lebu. 






INo entramos en estos detalles por mera curiosi- 

d^^^d jeográfica, pues ese vasto tema nos alejaría de 

n^^^ estro propósito único, civcunscrito al estudio del 

clima del pedazo de tierra en que nacimos i en que 

deseamos morir i ser cristianamente sepultados, 

sÍTXo porque el estraordinario cambio metereolójico 

ocurrido en nuestro suelo antes idespues del terre- 

lí^oto i salida del mar de 9 de mayo, se ha hecho 

sentir con la misma intensidad en el pais lejano que 

sirve de muro al Pacífico por el occidente. "Lluvias 

abundantes, dice una correspondencia de Austra- 

"^ del 1.^ de junio, han caido en toda la colonia, 

P'^^ociviciendo una gran mejora en el aspecto de la 

. ^^icaltara, especialmente en los vaWe^ (5i^\\Wi^> 



— 434 — 

después de la esterilidad de la época reciente. En 
las montañas de Kiandra, las mas altas de Aus- 
tralia, ha caido también la nieve." 

Observóse este mismo fenómeno en las islas 
Marquesas, donde no llovía hacia tres años; la onda 
del ocaóno subió en Nukahiva a la altura enorme 
de catorce pies, causando tantos desastres como 
en Cobija i en Honolulo, a lo cual siguió un tem- 
poral de agua que a la salida del últitimo ballenera 
de aquel puerto, el bergantín Pomona, a fines de 
marzo, duraba ya doce dias con intensa furia. 

Es digno también de llamar la atención de los 
jeólogos i de los merejeorolistas que en la deliciosa 
isla de Otahiti, situada casi en el centro de aquella 
gran revolución, no se hubiese sentido ni sus sín- 
tomas, al decir del capitán del barco que acabamos 
de nombrar. 



* 



Ahora preguntamos. — ¿Ha influido en esta va- 
riación atmosférica en lugares situados a mas de 
cien grados jeográficos de nuestra costa, el terre- 
moto de mayo, como indudablemente parece haber 
influido en el nuestro? — ¿Es esa una lei común a 
todos los terremotos que afectan el fondo i la masa 
húmeda del Pacífico, como también parece haberlo 
demostrado la ciencia? — He allí problemas cien- 



— 435 — 

tíficos que no están a nuestro alcance ni entran 
en nuestro plan.^ Agregaremos solo, para los que 
en Chile consagran alguna atención a esas mani- 
festaciones de la naturaleza universal, el recuerdo 
de los singulares fenómenos coetáneos del cata- 
clismo del Perú que ha llegado a la noticia de 
todos: — la ajitacion escepcional de las aguas de los 
lagos de Estados Unidos, la apai^cion de un vol- 
can *^un pequeño Vesubio" en las colinas de Ari- 
sona, la estraña escavacion espontánea de un lago 
en las áridas llanuras de Catamarca, como la que 
ocurrió cerca de la Paz en el paraje llamado Tem- 
hladerani poco después de la catásfrofe de 1868, 
i especialmente la estupenda erupción acuosa del 
Cotopaxi, ocurrida el 25 de junio, que hizo subir el 
lecho de algunos ríos a la altura de "media cua- 
dra," cual si el Amazonas entero salido de madre 
hubiese por su cráter. 

* 

No omitiremos tampoco decir que el temporal de 
abril fué sumamente abundante en nieves, intercep- 
tando todo comercio con la República Arjentina en 
la época mas frecuentada del año, "en el mes de 
los provinciales." xAun a la altura semitropical de 
Copiapó cayeron grandes masas de nieve en las 
sierras de la banda vecina. "El temporal de abril, 
decia una correspondencia de Chilesito, provincia 
de la Rioja, fechada el 15 de junio, a un diario de 



— 436 



Córdoba, ha sido formidable. Estamos en plena 
Paisia" (1). 






Diseñado de esta suerte en globo i solo en m 
s uperficie, vasto como la mitad del mundo, el ca- 
taclismo terráqueo precursor de mayo, correspón- 
denos proseguir en la reseña del cataclismo atmos- 
férico de julio, jemelo de aquel i del cual se guar- 
dará larga memoria entre los chilenos que no se 
acuestan cada noche en la blanda almohada del 



egoísmo. 



^ 

* ^ 



Al temporal que acabó el 4 de mayo sucedió 
en nuestra atmósfera una larga época de compa- 
rativa calma i de sosiego. La naturaleza inerte,, 
pero indómita como los seres vivos, necesita re- 
poso después de sus procelosas ajitaciones. 



5r * 



Así, en el resto de mayo, llovió mui poco, solo 
en dos dias diferentes, esto es, el 12 en que caye- 
ron 31 centesimos de pulgada i el último dia del 
mes en que el pluviómetro de Valparaíso marcó 
solo un centesimo, como en Ejipto, el Perú del 
Mediterráneo. 

(1) Eco (k CánhhaM 24 de ^\m\o de ISIT. 



— 437 — 

Junio, fie] a su canje con abril, se mostró toda- 
ía mas beniofno. De sus tres chubascoís del 10, 
el 20 i del 30, escalonados por decenas de dias, 
penas logró juntarse una pulgada i cuarto do 
gua (1.23.) 

Pero el domingo 1.° de julio, i cuando los hidró- 
icos hacendados de Chile comenzaban a restreofar 
I barómetro con inquietas manos, apareció en el 
orizonte un cambio preñado de presajios. Negros 
ubarrones entoldaban desde la mañana el cielo, i 
espues de medio dia* comenzó a soplar en ráfagas 
bias e intensas un tenaz viento del norte. Era la 
>rriente del ecuador que se precipitaba en enor- 
^es masas víiporosas hacia el polo. Faltaba solo que 
s tocase el frió hálito del sur con sus labios de 
^ve para que comenzara la condensación i el es- 
uje en esta colosal taza de pórfido i basalto lla- 
nda Chile, surcada de venas de lápiz lázuli, que 
n sus rios. 






íln efecto, al siguiente dia, lunes 2 de julio, con- 
atnoracion de la Visita de la Vírjen a Santa 
abel, que era por acaso el de las antiguas roga- 
^Ues oficiales de la Iglesia chilena para alcanzar 
beneficio de los aguaceros, amaneció cayendo 
pesas mangas de agua. A las ocho de la mañana 
> habían precipitado 33 centesimos de pulgada* A. 



— .438 — 

las cuatro de la tarde habia snbido el pluviómetro 
1.23 pulgada más. El 3 descendió la lluvia a 74 
centesimos de pulgada durante el dia, i el 9 volvió 
a subir a una pulgada i una débil fracción (1.08). 
Escampó otra vez dos dias. Pero era ésa solo la 
segunda etapa del reposo. 

El jueves 12 de julio, al caer la tarde, se arre- 
molinaron^ los dos vientos que enjendran con su 
poderosa mistión las lluvias de nuestra zona i 
tienen por lo común como lecho la fria noche des- 
heredada del sol. Llovió a cántaros en la de ese dia 
en Santiago, i en Valparaiso, a las ocho de la 
xnañana del siguiente dia, habian caido en el reci- 
piente de la azotea de la Bolsa seis pulgadas i 
veintidós centesimos de agua. 

El temporal amenazaba desde esa hora hacerse 
violento i jeneral. 

El barómetro del Observatorio de Santiago, que 
se habia mantenido en la altura media de 720.73 
milímetros, siendo 717.20 su promedio ordinario de 
bonanza i estabilidad, bajó el 14 a 713.14, al pro- 
pio tiempo qtie el termómetro subiapor la influen- 
cia del cálido viento del norte a un grado de tem- 
peratura verdaderamente estival. La temperatura 
niddia de Santiago en el verano es de 18** 47, i ese 



— 439 — 

dia el instrumento del Observatorio marcaba 18.30. 
Parecería esto asombroso, pero esa paridad del 
descenso del barómetro i del alza del termómetro 
son en realidad el único signo infalible de las llu- 
vias gruesas i prolongadas en nuestro clima. Esos 
dos instrumentos, sin el acuerdo del uno con el otro, 
son para el observador como dos sordo- mudos 
cuyos signos se hacen inintelijibles. Mas apenas 
las calientes ráfagas de los trópicos entibian las 
capas superiores de la atmósfera i el grueso i feroz 
viento del sur las perturba en su vorájine, se oye 
clara i sonora la voz del oráculo. Tenemos por esto 
como cosa cierta que las mas grandes avenidas de 
nuestros rios se han producido bajo la presión de 
una atmósfera densa pero recalentada. Por esto 
mismo las riadas del Mapocho mas temidas de nues- 
tros abuelos ocurrían en el tibio otoño. Por esto 
todavía, cuando reina cierto hielo seco i pene^ 
trante en el ambiente, los santiaguinos no esperan 
lluvia. Las nubes de Cbile son como los pañales 
de sus hijos, que solo condensan sus vapores cuan- 
do los estienden las solícitas nodrizas sobre el se- 
cador,.. 

* 

Debemos recordar también que la temperatura 
media de julio se mantuvo dos grados mas alta que 
la ordinaria, porque fué aquella de 9.64, siendo que 
el tipo del invierno en la capital está representado 
por esta proporción 7** 39 de calor cetvU^^^o, 



— 440 — 



* ^ 



Después de estos aprestos, que habian durado 
ciertamente dos semanas, desde el domingo, víspera. 
de la Visitación, desatóse definitivamente el tempo- 
ral a las diez de la noche del sábado 14 de julio, 
. abriéndose de par en par todas las cararatas del 
cielo en medio de una espléndida iluminación arti- 
ficial de azulados relámpagos, que desvanecían con 
su viveza las mas enérjicas retinas. 

Fué aquella la 'noche triste de Chile. 

Llovió con tan apretado grano de agua, que la 
atmósfera se convirtió en una especie de onda flo- 
tante confundida con las nubes, i descuajada aque- 
lla por su fondo como una tina colosal, caia con ta- 
les torrentes de agua que en solo cuatro horas hizo 
salir de madre todos los rios de Chile central, desde 
el Mapocho, que corre colgado como una flecha so- 
bre la ciudad, hasta el Biobio, emparedado en su 
féretro de cerros. 



* 



A la una de la noche de ese dia fué inundado el 
barrio de la Chimba en Santiago, por la calle, o 
mas bien, por la ranchería de Bellavista. A esa 
misma hora los guardianes del elegante puente 
de Pirque suspendido sobre el Maipo sentían de- 
tonaciones como de gruesa artillería que les llena- 
ban de espanto: eran los peñascos que el rio turbio, 
desaforado, espantoso en su crece de diez metros, 



— 441 — 

arrastraba como guijarros, haciéndolos chocar con- 
tra las barrancas pedregosas, o dándose entre sí 
batalla, a manera de titanes, debajo de las corrien- 
tes. A esa misma hora caia el monumental puente 
del Claro, orgullo de la albañilería chilena, i los 
viaductos del Maule, del Nuble i del Biobio, cons- 
truidos provisoriamente, pero con carácter perma- 
Qiente (así dice la lójica i la injeniería de estos 
tiempos), fueron barridos al océano, como la plu- 
milla del cardón que el viento del verano amontona 
en los(^ cercados. 

Al amanecer del 15 de julio los rios habian de- 
saparecido de la superficie de Chile: no habia sino 
mares. El Maipo tenia en su embocadura, entre 
las lomas de Bucalemu i las de LloUeo, cerca de 
Una legua; el Maule habia llegado hasta Bobadilla, 
arrollando en su cauce una ostensión de cuarenta 
Cuadras de terrenos mas o menos cultivados. , El 
niobio i el Vergara formaban a esa hora en las 
Vegas de Nacimiento una laguna comparable solo 
a. las de nuestra zona de Valdivia i de Llanquihue. 
luos mas grandes vapores del Estrecho i los blinda- 
dos mas poderosos de Inglaterra habrían maniobra- 
cio a sus anchas en aquella arteria madre del diluvió. 

Las grandes islas cultivadas que los brazos de 

% 



— 442 — 

esos rios en su descenso natural o por desvíos arti- 
ficiales habian dejado desde largos años en alto i 
al parecer incólume relieve, fueron aquella noche 
teatros solitarias de desgarradoras escenas. — Al dia 
siguiente el Ñuhle arrojaba a su mar jen izquierda 
una familia entera de campesinos sorprendidos en 
el sueno, i fué preciso enterrar una madre con su 
hijo asido en los brazos, porque los sepultureros del 
cementerio de Chillan no pudieron desprender la 
criatura de aquella última desgarradora convulsión 
del amor i la agonía. ^ 






En la embocadura del Maule desaparecía sepuU 
tada en uña crece furiosa la mitad de la población 
mas pintoresca de Chile: un daño de medio millón 
de pesos, perdiéndose todos los buques de comer- 
cio, vapores i cascos de velas que en aquella aciaga 
noche allí yacian como dentro de una dársena de 
piedra. Por los cuerpos muertos que habian abando- 
nado las aguas en su recojida i por los trozos de ma- 
deros enrielados de fierro, calculaban los infelices 
moradores de aquella ciudad la desventura ajena i 
median la propia. 



* 
* * 



Habria de creerse, en efecto, que la raayoi inten- 
sidad de la boiTasca i del desbordamiento habia te- 
nido lugar hacia el centro del pais, porque no hai 
memoria ni tradición de una crece mas súbita i es* 



— 443 — 

pantosa del Maule, al paso que la del Bio-Bio no 
alcanzó a romper como en 1850 los diques del bra- 
zo por el cual, junto al pintoresco Cbepe, se vaciaba 
en siglos anteriores en las vegas de Talcahuano, que 
eran parte de su delta natural. 

En Concepción llovió esta vez 22 dias de segui- 
do i cayeron 12 pulgadas de agua en el pluvióme- 
tro del vecino don Guillermo Lawrence, pero ni la 
ciudad sufrió ni hizo el rio grande estrago, respe- 
tando los raudales aun el puente del Vergara. 

Mas en el Maule todo fué espantoso i lóbrego 
como el caos. — ''Según dicen los antiguos vecinos 
<le los rios Claro, Lircai i Maule, cuenta al minis- 
tro del interior en su informe post mortem del 7 de 
agosto el injeniero en jefe del ferrocarril del sur, 
jamas han conocido creces mayores i que hayan 
arrastrado tantos terrenos.! tan gran cantidad de 
maderas." La crece en Constitución fué de doce 
pies. 

Mas doloroso que esto eran, sin embargo, las pér- 
didas de numerosas vidas de niños, de ancianos, de 
madres desvalidas. Refieren los diarios de Talca 
<jue hasta leones pasaban revueltos con el ganado 
<ie cuerno en los turbiones impetuosos, i que de 
los techos de los ranchos flotantes los náufragos 
pedian a gritos socorro a los que ni a riesgo de su 
Vida podian llevárselo. Aseméjanse estas escenas a 



— 444 — 

la reventazón de la laguna de Riñihue, cuna del rio 
de Valdivia, de que hablan viejos autores, i cuyo 
último, represado durante cuatro meses por el de- 
rrumbe de un terremoto, rompió la barrera por abril 
de 1576, i así, "salió bramando i hundiendo el mun- 
do, dice un testigo de vista, sin dejar casa de cuanta» 
hallaba por delante que no llevase consigo. I no e& 
nada decir que destruyó muchos pueblos circunve- 
cinos, anegando a los moradores i ganados, mas tam- 
bién sacaba de cuajo los árboles, por mas arraigado» 
que estuviesen. I por ser esta avenida a media no- 
che (como la del Maule en 1877) cojió atoda la jen- 
te en lo mas profundo del sueño, anegando a mucho» 
en sus camas i a otros al tiempo que salian de ella» 
despavoridos. I los que mejor libraron eran aque-^ 
líos que se subieron sobre los techos de sus casas, 
cuya armazón era de palos cubiertos de paja i to- 
tora, como es costumbr-e entre los indios. Porque 
aunque las mesmas casas eran sacadas de su sitio, i 
llevadas con la fuerza del agua, con todo eso, por 
ir muchas de ellas enteras como navios, iban nave- 
gando como si lo fueran, i así los que iban encima 
podian escaparse, mayormente siendo indios, que e» 
jente.mui cursada en andar en el agua. 

"Cuando llegó la furiosa avenida puso a la jente 
en tan grande aprieto, agrega el historiador de es- 
tas remotas i dolorosas similitudes de nuestro cli- 
ma, que entendieron no quedara hombre con la vi- 
da, porque el agua iba llegando cerca de la altura 



— 445 — 

de la loma, donde está el pueblo; i por estar todo 
cercado de agua no era posible salir para guarecerse 
én los cerros sino era algunos indios, que iban a 
iiado, de los cuales morían muchos en el camino, 
^topando en los troncos de los árboles i enredándo- 
se en sus ramas; i lo que ponia mas lástima a los 
españoles era ver a muchos indios que venian en- 
cima de sus casas i corrian a dar consigo a la mar, 
aunque algunos se echaban a nado i subian a la 
-ciudad como mejor podian. Esto mismo hacian los 
-caballos, i otros animales que acertaban a dar en 
^quel sitio, procurando guarecerse entre la jente 
<5on el instinto natural que les movia" (1). 

(1) MaeiSto de Lovera. — Historia, páj. 314. El soldado cronista era. 
correjidor de Valdivia i habla como testigo de vista. 

Entre otras numerosas ruinas causadas en la zona comprendida entre 
elCachapoal i el Maule, mencionaremos con especialidad la del puente del 
Olaro con sus siete bóvedas de doce metros de claro que habia costado 210 
mil pesos, i la de los puentes del Maule, del PirquiHy pai*te de el del T-^ 
'jiiOy el del Longavi, el del Pirqiiilauquen i del Achibmno, que se juntó con 
-su vecino, el pintoresco estero de Atieoaf i amenazaron entre ambos tra- 
erse la población de Linares, uno de los pueblos inas húmedos de Chile 
porque se halla situado en un bajo. Del valle populoso de Llepu, deciaun 
diario de aquella localidad (El Conservador ), que **habia desaparecido por 
^completo, quedando en su lugar un inmenso pedregal. '* 

Análogos estragos habia hecho el Tinguiririca en el valle feracísimo 
que riega entré San Fernando i Nancagua, cuya antigua aldea aurífera es- 
capó milagrosamente de ser arrasada, i el Cachapoal, junto a la población 
del Peumo, donde dejó el turbión cien familias sin hogar. En el primero 
de aquellos valles los raudales de la lluvia pusieron en movimiento por sí 
solas la maquinaria de un molino de importancia que de esa suerte que- 
dó destrozado como en una especie de mecánico suicidio... 

El terreno inundado por el Maule en el departamento de San Javier 
«ooapabanna área de 2,300 cuadras, de las cuales 735 se creían perdidas 
j^ara 1» agnoiútnra, hahienáo sufrido 121 proi^i^tmo^X 



— 446 — 






No fueron monos de cien, por nuestro cómputo^ 
las vidas que se tragó la inundación jen eral del 
14-15 de julio entre el Bureo i el Mapocho, i como si 
aquel desastre no hubiese bastado para sacudir de 
su torpor i su letargo el corazón de los chilenos, 
aquella misma nefasta noche era arrojado por co- 
rrientes imprevistas, vestijios invisibles del terre- 
moto de mayo, el vapor Uten, ofreciendo el espec- 
táculo de uno de los mas horrorosos i patéticos ñau - 
frajios de que haya memoria en los anales del Pa- 
cífico. — Sobre doscientos pasajeros solo salvaron su 
vida treinta i cinco que naufragaron de nuevo en- 
tre horrores mas duros que las rocas de la playa 
que los recojia moribundos. Nunca sé habia visto 
ni oído en esta tierra, que un buen ánjel parecía cu- 
brir con sus dos alas estendidas, del monte al mar, 
sacrificios tales acumulados por el destino en una 
sola hora. Solo faltó a la lobreguez de la noche del 
14 de julio la llamarada de la pira del ocho de di- 
ciembre para que el cuadro del horror se hubiera 
asemejado al caos en la hora predicha del acaba- 
miento del mundo i su linaje (1). 



(1) El naufrajio del E^erij destrozado por ana roca, hace recordar el que 
hacia solo dos meses habia tenido lugar cerca de Acapulco del vapor San 
Francisco, capitán James Waddell, de la línea de Panatná i California. 
Estrellóse éste también contra una roca el 16 de mayo del presente afto,. 
p^o gracias a que todo estaba en orden a bordo no se perdió una sohk. 



— 447 — 






Entre las víctimas desventuradas de la crece del 
Maule hemos recojido un nombre oscuro que no 
queremos pase al olvido sin que lleve siquiera el 
homenaje de un póstuno saludo. Fué éste un man- 
cebo de veinte años que habia ido de San Javier a 
Talca para traer una medicina destinada a su padre 
moribundo. El rio venia horrible, dando espantosos 
vuelcos como un monstruo; pero aquel héroe ^hu- 
milde se echó desnudo a su cauce, llevando en una 
mano la brida i en la otra el medicamento que pro- 
piciaría, por lo menos, alivio al techo amado, i 
así, como un gladiador sublime, desapareció entre 
las espumas del piélago. Su nombre era Pedro Pa- 
blo Canales. Salve a su memoria, i que todos los 
hombres de esta tierra que tienen hijos, la bendi- 
gan!... 






Al sud del Bio-Bio los desastres de la inundación 
fueron también de considerable entidad, porque, a 
juzgar por los detalles oficiales de Valdivia i de 



El 13 de febrero último naufragó también cIifAMindo contra nna roca en 
«1 gofo de Túnez el vapor ingles KingJU Templar, i ahora se annneia la 
pérdida del vapor Ccishemere, de la línea . inglesa de la India, la cual no 
MsL podido menos de ser una inmensa catástrofe. 

Decimos esto en descargo del infeliz capitán del Eten, que no ^ndo 
-conocer de noche el falso rumbo de su buque, según las observaciones 
ique el capitán Mills, del vapor Lima^ iba haciendo en esos mismos dias 
«n las corrientes de U oosítaen sti viaje de Volparaiio al Callaor 



— 448 — 

Chiloé, imperó en esas latitudes un huracán terri- 
ble de viento i de agua. En Ancud, la vorájine 
arrebató la torre de la capilla del Seminario, derri- 
bó la escuela de Quetalmahue, i descuajando un 
robusto árbol en CaipuUi, aplastó con su follaje 
una pobre niña de corta edad que se habia refujia- 
do probablemente a su abrigo. Pero .el mayor daña 
causado en Valdivia no fué precisamente por causa 
de.inundaciones, sino por la fuerza del aquilón del 
norte* h^gclio ovillo con el sur, que echó por tierra 
el matadero público i otros edificios 

Empujadas por ese mismo recio soplo del norte 
las olas^del mar, despedazaron la vasta i costosa 
esplanada del puerto en Talcahuano e inundaron 
las casas de la calle principal por su parte poste- 
rior. En Coronel fue a la misma hora inundada 
por las olas la calle de mejor aspecto en el pueblo, 
la '*de los Carrera," i en Lebu quedaron inutiliza- 
das bodegas i oficinas que el mar habia respetado 
en sus mas altas mareas. 

En cuanto a Santiago, de cuyo centro nos hemos 
apartado solo por tratarse de un fenómeno tan 
raro e inusitado, pero que forzosamente ha de vol- 
ver a visitarnos, solo . agregaremos que creció la 
intensidad del aluvioíu el dia 17, después de ha- 
berse reposado algunas horas el furioso vendaval 
durante el domingo 15 i el lunes 1 6. 



— 449 — 

La caída de agua, que el domingo habia sido 
de 1.52 pulgada, subió el martes a 3.74, i esto 
hizo temer a los habitantes i a las autoridades 
que al cabo de un siglo iba a repetirse talvez la 
avenida grande del año 83 con sus tajamares arran- 
cados desde los cimientos i sus casas inundadas, 
desde el zaguán a la cocina. 

Mas, quedó patentizado otra vez, con una vera- 
cidad que no admite replica, que los sustos de San- 
tiago son casi siempre imajinarios como su pobreza, 
porque aunque corrían mares de furiosas corrientes 
por el lecho de su rio, todavía cabia el doble o tri- 

_ple raudal en los ojos de su puente, aun dejando 

seco el que nunca se ha mojado. 

Por los siete ojos libr'éS de aquél pasaban ese dia 
TQO metros cúbicos de agua por segundo, según ya 
dijimos, midiendo cada arco ocho metros de claro 
i c3ando paso a un caudal de dos metros de espe- 
en cada uno, con una corriente media de 5.30 
etros por segundo. Por manera que el total de 
Isi- sección de atravieso en esta parte capital de la 
<^iiidad era de 56 metros, esto es, la quinta parte 
¿1^ lo que tendría a su disposición el Mapocho si se 
IxXibiera llevado a cabo la canalización conforme a 
1 03 planos del injeniero Ansart, tan criticados por 
^átas dos clases de hombres que son en Chile las 
^s^njas i las pircas que por todas partes sujetan i 
'^^^Vielcan el carro del progreso — los tontos, que son 



— 450 — 

todos los envidiosos, i los ponderativos, que son to- 
dos los tontos. 

Con relación al peligro que ofrecían a la ciudad 
los tajamares de Badaran, allí está su resistencia 
i especialmente su admirable dirección jeomótrica 
para justificar las obras del verdadero i»jenio. Sus 
cimientos solos, aun sin los- parapetos esteriores, 
habrían sido suficiente reparo para la ciudad, i así 
habría acontecido, si la corriente, aun desviándose 
de los pretiles de hierro que le marcó el injeniero 
español, hubiese socavado el terraplén que se' ha 
llamado mas tarde Plaza, de la vega. La mejor prue- 
ba de ello es que el agua d^bordó por los boque- 
rones de salida que el Mapocho tiene desde remo- 
tos tiempos junto a la plaza de las Ramadas: pero 
no salió una gota por los portillos posteriormente 
abiertos después de estudios serios de la localidad. 
El gran botador de Badaran, que corre recto hacia 
los arcos del puente, es mejor reparo que los ma- 
lecones mismos para esa sección de la ciudad. 

Curioso caso i coincidencia: el Mapocho no ame- 
nazó salir de su cauce en la noche del 17 de julio 
sino por donde habia salido de hecho en las inun- 
daciones de 1783, 1827 i 1856, esto es, por el ca- 
llejón de las Urbinas i hacia el barrio bajo de la 
Cañadilla. 






No habrán pasado desapercibidos a los ojos del 
lector curioso los accidentes. especiales que marcajv 
el aluvión del Mapocho de 1877 con el de 1827, su 
•predecesor de medio siglo, lo cual antes insinua- 
mos. La rapidez casi inverosímil de la creciente, 
por la densidad de la lluvia en la cuenca andina; 
la hora de la invasión a media noche; la estación 
invernal; los bancos de la ciudad amagados ei« uno 
1 otro caso; los celajes atmosféricos i eléctricos que 
precedieron a la inmediata precipitación de la llu- 
via, i particularmente la temperatura baja i casi 
estival de la noche en uno i otro fenómeno,, hacen, 
en verdad, que el uno no haya sido sino una repe- 
tición mas intensa i desastrosa del otro. 






Pero donde el fenómeno metereolójico del mes 
de julio se presentó con caracteres mas interesan- 
tes, no solo por sus benéficos efectos sobre la agri- 
cultura i la minería, lo que acontece siempre en 
los años que llamamos lluviosos, i formaba en ésta 
ocasión un consolador contraste con la desolación 
del resto del pais, sino por sus propios accidentes 
naturales de gradación inversa en su marcha, tem- 
blores contundidos con sus aguaceros i copiosas 
nevazones en sus tierras altas, fué en la zona del 
norte, que en un sentido agrícola i climatolójico 
nos hemos acostumbrado a medir los que habita- 



— 452 — 



mos en el valle del Mapoclio solo desde el rio de 



la Ligua al norte. 

* 



\^ 



Cuando parecía, en efecto, haber entrado el tem — 
poral iniciado en el centro el 9 de julio en un pe 
ríodo de reposo i de agotamiento, el dia martes 1 
de julio, en que cayó solo un centesimo de pulgad: 
en el pluviómetro de Valparaíso, desprendióse d 
las nubes un grueso aguacero que empapó las do 
provincias de Atacama i da Coquimbo* en toda 
sus áridas lomas de la costa, en sus deliciosos valle 



casi tropicales, en sus páramos sub-andinos d^ — e 
oculta i fenomenal riqueza, i cubrió de espesas» -^j.s 
capas de nieve sus exhaustas cordilleras, almacenen ^s 
de vida para su agricultura. El aguacero comenzí"^^ -ó 
en la ciudad de Copiapó a las 12 de la noche de^e^sel 
9 i se prolongó con fuerza hasta la una del dia 10" 
^^Nuestras calles, decia un diario de aquella ciudad 
en esa mañana se empaparon, i en algunas el agu^ -la 
corria con mas fuerza que lo que acostumbra ha 
cerlo en la acequia que nosotros tenemos la fanta- 
sía de llamar rio" (1). 



•X- 



La mayor intensidad del aguacero habia tenidí 
lugar a las 7 de la mañana, en que cayó una apre 



o 



(1) Atacama del 11 de julio de 1877* 



i 



— éd:^ — 

tada manga, pero su duración fué en realidad de 
13 horas, porque solo después del medio dia se 
serenó completamente el cielo. Es en Copiapó ver- 
daderamente fenomenal ese jénero de aluviones, i 
según Pliilippi no hacen su aparición en esas lati- 
tudes sino tres o cuatro veces en un siglo. En la 
parte superior del valle cayó también nieve en 
abundancia, especialmente en el alto cerro llamado 
el Checo. 

El agua caida en el pluviómetro del liceo de 
Copiapó habia subido a 17.5 milímetros. 

En el interior la lluvia se habia anticipado un 
dia, porque en Chañarcillo caia agua en abundan- 
cia desde el sábado 8 a las tres de la mañana. I el 
domingo siguiente, cuando apenas aparecían los 
primeros presajios del cambio de la temperatura 
benigna que habia sucedido a los temporales de 
abril en la zona del centro, corrían en abundancia 
las quebradas de aquellas sierras a las diez i media 
de la mañana. 

Pero lo que constituye la mas notable pecuUa- 
lidad del aguacero del 10 de julio en Atacama, no 
es que lloviese en essjp rejiones cuando en el sur 
iiabia escampado totalmente, ni que durase mas 
de doce horas cada uno de'^sus aguaceros^ sino que 



— 454 — 

ñxx marcha fuera inversa, de norte a sur, como sí 
su núcleo jenerador hubiese estado en el desiertOy 
es decir, en latitudes donde jamas llueve. He aquí, 
en efecto, cómo daba cuenta de esa estraña ano- 
malía en las leyes de nuestro clima el intendente 
de Coquimbo en un telegrama al ministro del in- 
terior. 

Serena, Julio 11 de Í877, 
Señor Ministro: 

Ayer ha tenido lugar una lluvia, no tan grande como bené- 
fica, la que parece ha sido mayor hacia el norte^ pues por Ibs 
* telegramas que he recibido del sur de la provincia, esa lluvia 
ha sido menos en lilapel que en Ovalle, i en Ovalle míenos que 
en la Serena. 

En Eiqui el aguacero ha sido mayor que en la Serena i la 
nevada cai da parece abundante. 

Dios guarde a V. S. 

Antonio Alfonso, 

* * 

Esplica estas singularidades aumentándolas, i 
arroja un dato precioso para estudiar las analojías 
posibles entre el terremoto de la costra terrestre 
ocurrido el 9 de mayo i la vasta conmoción atmos- 
férica que comenzó al sur de la zona perturbada 
por aquella en un dia análogo del mes de julio^ 
la circunstancia de haberse sucedido en el espacio 
de territorio que cubrió la lluvia, una serie de tem- 
blores locales, que pasaron casi totalmente desa- 
percibidos en el centro i sud de nuestro dilatado 
pero compacto territorio 



— 4oo — 






En la noche del jueves 12 de julio sintiéronse, 
en efecto uno en Copiapó i en la Serena dos fuertes 
remezones que alarmaron a la población, recelosa 
de las cat'ástrofes ocurridas en su vecindad poco 
tiempo hacia, i sobrevinieron el primero a las 9 i 
inedia de la noche i el seofundo tres minutos des- 
pues de las 10. El primero sintióse en Copiapó 
como un ruido sordo i ronco, seguido de un violen- 
to choque que obligó a los habitantes a agolparse 
en las calles. El seofundo vaivén fué mucho mas 
leve. 



* 



Al pasar la primera oscilación por la Serena, a 
las 9.34 de la noche, supusieron sus vecinos alar- 
mados que habria ocurrido en el norte otra ruina 
<5omo la de mayo, porque atribuyeron esa dirección 
a su sacudimiento, lo que (sea dicho de paso) se afir- 
ma siempre por los observadores, pero cuya circuns- 
tancia no es posible precisar sino con delicados ins- 
trumentos que en el pais no existen sino en su 
Observatorio. El remezón fué fuerte i prolongado, 
pero sin ruido, como el que habia anunciado la 
catástrofe del 9 de mayo, i durante toda la nooke 
el mar vecino no dejó de hacer sentir un ruido 
siniestro, precursor de formidables tempestades. 
Muí pocos durmieron aquella noche en la Serena 
ni en su puerto. En este -último a media noche 



— 456 — 



caldeó por precaución' sus calderos la fragata de 
guerra Ametliysth, de triste nombradla. 



« 
* * 



Nos hemos detenido un tanto en la relación de 
aquella conmoción parcial de la tierra por su loca- 
lismo, reducido al ámbito de sus lluvias, en cuan- 
to no nos es desconocida la teoría que atribuye 
al influjo de vapores acuoso'S, puestos en actividad 
por fenómenos eléctricos, los temblores i los terre- 
motos.. Pero nosotros no vamos mas allá que de 
fijar de trecho en trecho, como lo hemos varias ve- 
ces prometido en nuestro sendero, aquellos postes 
de señales que guiarán mas tarde a los esplorado- 
res que busquen las soluciones en la agrupación 
continua i en la analojía constante de los hechos. 

Por esto agregaremos todavía sin comentarios 
los siguientes hechos. 






El 15 de julio, cuando habia escampado por al- 
gunas horas en el centro, cayó una garúa de cua- 
tro horas en la Serena que se convirtió en un re- 
cio aguacero de diez horas en la noche del 17 por. 
toda la provincia al norte de Combarbalá. 

En O valle sobrevino un cuarto aguacero de trece 
horas, desde la noche del domingo 22 a las 11 de 
la mañana del dia 23, hinchando sus aguas el ria 
limarí hasta ponerlo invadeable como en la noche 



*0/ 



del 17 precedente.' Medido su caudal por ojos ines- 
pertos en la hidráulica, como son todos los del nor- 
te, el rio arrastraba en su cauce mas de seiscientos 
regadores de agua. Probablemente serian dos mil. 
Un recio temblor siguió a aquellos trastornos 
atmosféricos alas 11 "i media de la noche, i éste 
fué sentido con mayor o menor intensidad en el 
resto del pais. Su dirección, rejistrada en el Ob- 
servatorio, era de norte a sur i su -duración llegó 
a 70 segundos, lo que i'epresenta un temblor se- 
rio i jeneral. El núcleo de conmoción parece ha- 
ber yacido sin embargo en el valle de Limarí, 
donde rasgó las murallas de muchas casas, sentó 
minas, derribó tapiales i causó los daños que je- 
neralmente acompañan a los mas violentos sacu- 
dimientos de la zona central. Un diario de la lo- 
calidad (El Tamaya) lo llama con la ponderación 
del susto "temblor horrorosamente bárbaro."... 






No es monos digno de notarse que al norte del 
valle de Copiapó se desarrollara otra serie de sacu- 
dimientos locales de la tierra, porque la Voz de 
Chañaral del 25 de julio habla de dos temblores 
ocurridos el 10 i el 13 de julio, este último a las 
dos i media de la tarde, i de los cuales no he- 
mos encontrado especial mención ni en la prensa 
de Atacama ni en la de Coquimbo. 






i 



— 458 — 

Siguióse a esas ajitaciones de la costa terrestre 
tin copioso e inusitado aguacero de 15 horas en el . 
<iesierto de Atacama, que hizo correr el tradicio- 
nal rio Salado, inundando algunas habitaciones i 
establecimientos industriales del pueblo de Chaña- 
ral, situado en su embocadura. Lá jente se salvaba 
de sus chozas con el agua a la rodilla. No se habla 
visto nada semejante desde hacia 30 años, cuando 
^sa población minera era solo una esparcida ran- 
-chería. El aguacero duró 15 horas. 

4 

El 23 de julio volvió a llover en el valle de Co- 
piapó con abundancia (22 centesimos de pulgada) 
i el 31 de julio a las 4 de la mañana comenzó a 
43aer en el distrito interior de Lomas Bayas una es- 
pesa nevazón que cubrió el suelo con mas de un 
metro de espesorj alentando a los moradores de 
aquellos páramos a emprender faenas agrícolas i 
hasta sembradíos en época tan avanzada del año (1). 



ti) Este mismo aguacero se estendió a toda la provínola de Coquimbo, 
aegun el siguiente boletín de un diario de la Serena de aquel mismo dia: 

"Desde las once de la noche hasta las diez de la mañana de hoi, ha 
llovido con bastante fuerza en nuestra ciudad. 

**El agua caída en el pluviómetro es de veintiocho milímetros, mucho 
mas que en los otros aguaceros. 

"Parece, pues, que el año está ya completamente as^oirado, porqne, 
según las observaciones pluviométricas practicadAS en el liceo de eti» 
ciudad, el agua caída alcanza, en lo que va corrido del año, a la no des- 
jpreeiable cifra de noventa i cucUro mUlm^tro8* 



del 17 precedente.' Medido su caudal por ojos ines- 
pertos en la hidráulica, como son todos los del nor- 
te, el rio arrastraba en su cauce mas de seiscientos 
regadores de agua. Probablemente serian dos mil. 
Un recio temblor siguió a aquellos trastornos 
íitmosféricos a las lln media de la noche, i éste 
fué sentido con mayor o menor intensidad en el 
Testa del pais. Su dirección, rejistrada en el Ob- 
servatorio, era de norte a sur i su duración llegó 
a 70 segundos, lo que representa un temblor se- 
rio i jeneral. El núcleo de conmoción parece ha- 
ber yacido sin embargo en el valle de Limarí, 
donde rasgó las murallas de muchas casas, sentó 
nci-xnas, derribó tapiales i causólos daños queje- 
J^^ralmente acompañan a los mas violentos sacu- 
d-ixnientos de la zona central. Un diario de la lo- 
^stlidad (El Tamaya) lo llama con la ponderación 
^ol susto "temblor horrorosamente bárbaro."... 



* 



No es monos digno de notarse que al norte del 
"^^le de Copiapó se desarrollara otra serie de sacu- 
dimientos locales de la tierra, porque la Voz de 
^hafiaral del 25 de julio habla de dos temblores 
Ocurridos el 10 i el 13 de julio, este último a las 
^08 i media de la tarde, i de los cuales no he- 
iXioB encontrado especial mención ni en la prensa 
de Atacama ni en la de Coquimbo. 






iT^^A- .■ 



— 460 ~ 

ma, esto es, el 29, habla temblado dos veces en aque- 
lla latitud, sintiéndose dos remezones, el uno a laS 
doce i media de la noche i el otro mas recio dos ho - 
ras mas tarde, es decir, a las 2.45 de la mañana (2^ • 
Las colinas de la costa sur del Perú, , páramos ha^ - 
rribles a la vista, deleitan hoi con vistosos panorafc-- 
mas de verdura i flores los ojos de los viajeros q»- « 
surcan las vecinas aguas, como si la naturales -a 



a 



Si es exacta la versión que hau dado los diarios del sud de la canti< 
de agua medida en el pluviómetro del señor Lawrence eii Concepción» 
cantidad es igual para una i otra zona — 14 pulgadas en 22 dias de 
cero. 

Los aguaceros de la zona central contados por dias lian sido solo osktc^'i- 
ce, es decir, una pulgada de agua por cada aguacero o por cada día ^^ 
lluvia. 

(2) Conditayente del 30 de julio de 1877. 

No será fuera de propósito agi'egar aquí que el 24 de julio ocurrier^ -^^^ 
espantosas inundaciones i borrascas eléctricas en las pampas arjentins^-^ i 
especialmente en las i)rovincias de Buenos Aires i Santa Fé. 

Habia calles en el pueblo de la Boca, vecino a Buenos Aires, donde ^ '^ 
preciso andar en canoas. "Malas noticias de la campaña, decía un dia^^^^ 
de Buenos Aires defl 25 de julio. Parece que este año no podrán faeiu ^^^ 
las graserias." 

I esto tenia lugar en circunstancias que una seca horrible despoblíu'^-^ 
por el hambre el norte del Brasil. 

El 1.* de agosto cayó también en Caracoles, al norte del desierto ^^^ 
Atacama, una comosa lluvia que podia rivalizar, según las cartas deaqr^^I 
mineral "con los aguaceros del sur de Chile." 

Ahora, a fin de completar las nociones puramente vulgares, que de pir*^' 
pósito i para hacer comprensible a todos este trabajo, sin pretensión t¡^' 
guna de empirismo ni de sabiduría, hemos compendiado i exhibido, paréc?^' 
nos acertado reproducir aquí el boletín científico del ObservcUorio de Sai»^^* 



tiago correspondiente al mismo período, a fin de que pueda servir de 
tudio a unos i de comparación a otros. Kos permitimos agregar únic?^' • 
mente que el barómetro A, O: quiero decir oorrejido^a la temp^Fator» 



— 4G1 — 

ibiese querido comprobar con sus mejores ^alas 
bella teoría de Paulino del Barrio ''de que repa- 
ioras lluvias empapají siempre el radio en que 
n conmovido los terremotos, a la vez que apla- 
1 sus estragos." 



> i que en la anotación de los vientos se marca las veces de la observa- 
i, pero no la duración en dias ni horas de los vientos, sn rapidez etc. 
*oletin del Observatorio de Santkujo corresi^ondlente al mes de jidio de 



t m 



• BARÓMETRO A O'. 

m. m. 

xtcion media « 2.71 

Ifi. estreñía IH.ú ( 

í-íx m;ixima , 72i>.()8 (clia 20). 

fíl. media 720.73 

M. míuima 71.?.14 (dia 14), 

TERMÓiIV.TR() CENTÍGRADO. 

•n^ioii media •. .. 6.12 

tíi. extrema '. ltí.30 

t>eratiir!> milxima 18.30 (dia 14). 

[d. metlia 9.G4 

Ul. mínima 2.10 (diix 21). 

HUMEDAD RELATIVA DEL AIRE. 

Lmiim 07 (varios dias). 

uun 80 

innm 04 (dia 7 i 21). 

TEXaiON DEL VAPOR DE AGUA DEL AIRE. 

* m. m. 

imnm p lO.Oó (dia 14). 

iiim *. * 8.00 

inmii 5.39 (dia 21). 

leio de dias despejados , • . . 1 

de id. nublados &n partye. 8 

nublados ' 22 

en que habido helada i 1 

en que hiibido niebla ;.,».', ......«^^ 5 

en que habido garúa O 

en que habido Uuvia h 1(> 

■Ya total del agua caída en el mes 264.2 

N 1 NE....--- O 

2 NO 7 



de 


id. 


de 


id. 


de 


id. 


de 


id. 


de 


id. 



i: 

lo. 



•^'^•^- 1 SO 10 

2 Calma 64 



i^XBi^REs. — Solo ha híibido uno, que tuvo lugar el dia 26 a las 11 lis. 40 ms. Dirección 
forte a Sur; duración, 70 sumidos, i el movimiepto (precedido de raido) fné jimtorio 
Intensidad suave. . 

mtiago, ngosto 1. ® de 1877. 



— 462 — 






Tal liabia sido hasta su último dia, donde termi- 
:tia la presente relación, el tormentoso mes de julio, 
-de riqueza i alegría para los pobladores de un 
tercio del pais, de esperanzas i reparación para otro 
tercio, de miseria, desolación i de hambre para el 
resto. 






En sí mismo el fenómeno habia tenidp caracte- 
teres de intensidad i violencia que lo harán escep- 
€Íonal en los rejistros de la metereolojía jeneral de 
nuestro clima. Pero no por esto ese largo catacÜB- 
mo de la atmósfera habia perturbado i menos des- 
truido las leyes antiguas e inmutabtes a que el úl- 
timo se halla sometido desde tiempo inmemorial í 
<\ne ha sido la tarea de ente ensayo exhibir ante el 
criterio público, esclarecer con documentos i justifi- 
car con hechos diarios i períodos seculares. El tiem- 
po dulce i tranquilo que ha sucedido en agosto a 
los furores de su predecesor, no es todavía una 
pi'enda más adquirida en favor de la inmutable teo- 
ría de equilibrio que desde la primera pajina de 
<este libro hemos venido sosteniendo? 



•3f 



Los temporales del jénero del que apareció con 
^jautos estragos en julio de 1877 han pasado al mo- 
nos sobre nuestro pais con una periodicidad mas o" 



— 463 — 

menos fija, i si es cierto que han de sobrevenir mas^ 
adelante, de lo cual nosotros no hemos de cuidar- 
nos por nosotros mismos ni por nuestros hijos, (pues 
es esa la condición moral de nuestra tierra de duro 
secano, i sin riego de escarmiento) no habremos por 
esto de agravar el justo castigo de nuestra incu- 
rable incuria con augurios funestos. Porque al con- 
trario, parecería aleccionarnos el pasado, demostrán- 
donos que a estos años calamitosos de humedad 
excesiva sehan sucedido siempre largos períodos de 
bonanzas. Por esto i sin asumir ni la actitud ni la 
responsabilidad de profetas, sino la de amigos, pone- 
mos fin a este apresurado bosquejo, deseando a nues- 
tros agricultores la plenitud de sus cosechas- en el 
presente i en los venideros años, como acaba de su- 
ceder en la Europa central, después de un invierno 
borrascoso, a fin de que el pais prosiga próspero i 
feliz en el camino de su bienestar que comienza en 
la choza del labriego humilde i acaba otra vez 
en ella. 

'^El clima, ha dicho en efecto el escritor ilustre 
a cuya pluma hemos pedido prestadas las dos ad-^ 
mirables líneas que sirven de epígrafe a este capí- 
tulo, es salud i riqueza para el pobre, porque le eco- 
nomiza fuego, vestido i hogar, que son tres de las 
cuatro mas grandes necesidades de la humanidad.'^ 

La cuarta, que el autor ingles omite, es el ham- 
bre. Pero el hambre no es también en Chile tribu- 
taria de su clima? 



CAPÍTULO XVIL 



Conclusión. 

Importancia de agrupar metódicamente las indicacionús jenerales de 
clima de uu pais. — Conclusiones a que hemos llegado en el presente 
•ensayo i que consignamos con el carácter de simples indicaciones i 
temas posteriores de estudio. — I, La estabilidad^ regularidad, armo- 
nía i dulzura del clima de Chile, es la regla jeneral de su metereolojía, 
comprobada por la esperiencia de tres siglos i por los resultados de 
las ciencias esperimentales. — II. JjOS secas son escepciones antiguas, 
pero periódicas i alternadas, del estado normal del clima de Chile i 
han ido disminuyendo en intensidad con el trascurso de los años. — 
III. Los períodos de humedad del clima han sido mas numerosos i 
frecuentes que los de sequía, especialmente en el presente siglo. — IV. 
Que los años de aluviones guardan cierta proporción progresiva en 
los períodos de sequías, interrumpiéndolas, precediéndolas o siguién- 
dolas. — V. Los períodos de humedad se presentan como agrupacio- 
nes de años i los de sequía como fenómenos aislados, violentos e 
interrumpidos, i la concentración de las lluvias en una estación de- 
terminada, del mismo modo qal la forma escepcional como aquellas 
obran sobre el suelo, constituye un privilejio de valía para la agricul- 
tura del pais, — VI. Las lluvias del clima deshile obedecen a leyes 
jenerales, esteriores i lejanas de metereolojía universal. — VIL Los 
temblores de tierra i los movimientos de la luna pueden considerarse 
en Chile como pronósticos importantes de las variaciones atmosféri- 
cas i especialmente de las lluvias. — VIII. La topografía del pais 
modifica, pero no domina, las leyes jenerales que acarrean las lluvias 
a su suelo. — IX. Los bosques solo tienen una influencia i participa- 
ción local e indirecta en la formación de las lluvias en todas las 
zonas del pais. — X. La irrigación artificial ha reemplazado en gran 
manera i aan aumentado las fuentes de evaporación en el territorio 
cultivado. — XI. Lo que peligra de acabarse en Chile no son la« llu- 
vias sino los rios. — XII. La solución de la actual crisis agraria está 
en la adopción de un vasto sistema de represas de agua i en la 
reforma de la lejislacion vijente. — XIII. Debe darse al Observatorio 
nacional i a las oficinas metereolójicas del pais una organización mad 
práctica i eficaz. 

Eu la dilatada área del presente ensayo hemos 
recorrido una línea no interrumpida de trescientos 
cuarenta años (1536-1877), cuyo período mayor de 
remotísiraos^ tiwjpos yacia en las tinieblas de ua 



— 468 — 

^que condensamos en seguida nuestro pensamiento, 
no tienen ni remotamente las pretensiones de un 
dogmatismo escluaivo. Son simples hidicaciones d& 
la esperiencia de los siglos, reducidas a relieves 
tanjibles i precisos para el uso de la escritura i de 
la prensa i para el uso del labi-ador i la campaña. 
En ese solo carácter, helas aquí en el orden en 
que hemos venido desarrollándolas. 

I. 

" Que la estabilidad, la regularidad i una blanda 
armonía de todas las estaciones entre sí i respecto 
del período de las lluvias, es el tipo tradicional, fijo^ 
casi inalterable del clima de Chile, i por tanto su 
mejor definición, desde que así lo describió Pedro 
de Valdivia hasta el último promedio metereolójico 
del tiempo comprobado por los metereolojistas, 
como Pissis i Moesta, i por el postrer boletin del 
Observatorio nacional. 

IL 

Que el fenómeno de las sequías del tiempo es an- 
tiguo, periódico, coetáneo con la época prehistórica 
como con la presente, pero a la vez alternado i su- 
cesivo, por lo cual no reviste los caracteres .de una 
mutación atmosférica permanente ni siquiera dura- 
ble i alarmante, ni para la agricultura, ni para la 
salud pública, ni para ninguno de los progresos na- 



^íoiíál«a' qué e^tét Viácñdádos á h^ leyes de nÉésiírd 
clima i dtis ferióriiéíroé. i i 

III. 

Que esos mismos periodos 4e s^uíai auu.ea su 
forma,. transitpria, eran mucho mas prolongados, te- 
naces e intensos en époQas íemotas,. cuando el. te*: 
rritorio . . que ahtaza, espeoialiñ^^íte , este , leatudio. 
estaba cubierto de arboilados dé. una., ptaturalezíi; 
especial, i careoia, al propio tiempp, casi por «eom- 
pljsto de irrigación artificial, recordándose qonpar-? 
ticulariiiad en; el siglo pasada s^ms que durajoa, con; 
cortasí intermitencias, 20 i.;30 aiaoa;,(1705r-l723 i 
1770-1?97), i determinándose nun^berosas aftoá eft 
que e^ sequía tomó un cariicfeer calatiaitosp p8[rár,la^ 
salud pública i la agronomía (1705,:;10,!17, 27, i3r 
70, 71,73,. 77,, 81, 82, 84, 91, 97, 99). JPu^ei¥Í0. 
^gjregarsQ xji^e m el pres^ijte ságlos, en que Jas caci-; 
jencia^ de humedades para la ,lfLb]c^n;zííi,^^^ 
que decuplado, junto con el ensanche dp. sus cultí,-. 
"VOS, se encuentran en parangón de esos quince años 
conocidos i comprobados- ^or documentos auténti- 
cos, solpt/cí^ que hajyji^n. ^ido cor^p^arables a.aqTje- 
iíos-'el de íé32iel de 1863. ', . ; :. 

i ; • ■ 

'•■ti-tir' ■■■:.'■■: ^ ..•■■' . '*••■ 

■ ' IV. . , . ■ 

• • .... ..,.i .... .•- . 

. • * C- 

l€4 piBma . periodicidad qu^' j|¡aig( eáme^if^o ^'mpAt 
í^ics »uoho roas íí^jJartsíd^ jdjer (traaec^qiv ^íftwóSás 



— 470 — 

a veces a una serie de aüos de sequía, signiéiKlolos 
en otras, pero sin modificar susta^cialmente aqué- 
llas, así como también han ocurrido en épocas nor- 
males de bonanza^ especialmente en otoño. Puéde- 
se oponer eii consecuencia^ a ^n de sostener i justi- 
ficar el principio i regla jeneral de la regularidad i 
aft'monía constante del clima de la zona central del 
pais (que es la que hemos tomado como promedio i 
tipo), a los afios lluviosos i de aluviones del siglo 
pasado, tatito o mayor número de períodos de grue- 
sas humedades en los que van corridos del presen-^ 
te. Los años mas marcados (K)mo lluviosos de aquel 
siglo i que vinieron jeberalmente acompañados de 
aluviones, fueron los 1723, 44, 46, 48j 64, 79, i es- 
pecialmente el de 783, llamado de la avenida grande^ 
siete en todo, al paso que en los dos tercios venci- 
dos del presente ' siglo ese número es el mismo — 
1827, 38, 50, 58, 64, 68 i 77. La regla de la armonía 
jeneral siempre prevalece. Las secas! los aluviones 
soii la eécepdon. 

Que obedeciendo a estos niismos' principios, los 
años lluviosos se presentan casi siempre en grupos, 
formando períodos de humedad mas o menos lar- 
gos ihomojéneos de tres, cinco o mas años, al paso 
que las secas intensas aparecen como fenómenos 
aislados, en un solo año, sin llegar a constituir una 
isérie absoluta, por mas que las épocas de sequía 89 



— 471 — 

hayan prolongado largo tiempo, porque han sido 
interrumpidas por aluviones violentos o años nor- 
males de bonanza. I que asimismo foriñan uno de 
loB elementos constitutivos de la atmósfera de Chi- 
le i mas favorables a la regularidad de su labranzas 
i a la prosperidad de su agricultura, la nianera es- 
pecial i paulatina como iae derraman Ito lluvias* én 
su fiuelo i la concentrauion de éstas en un período 
fijo de las estaciones, aventajando, de esa mañera, 
estraordinariámente a los paises que ejercen aná- 
logas industrias en competencia actual o futura con; 
laB nuestras. 

VI. 

Que las leyes que rijen las lluvias en todas las 
zonas de nuestro pais tienen el mismo orljen univer^ 

■ . ■ ■ • 

sal de las humedades que saturan la atmósfera del. 
globo en sus dos hemisferios^ i vienen, por consiguien-. 
te, de lejos, sin ser enjendradas directamente. ^n nues- 
tro territorio, ni por su topografía, ni por sus bos- 
ques, ni por su océano, ni por sus^ cordille.ras, por ^ 
lo cual los años estremos de humedad i sequía pro- 
vienen de causas jenerales i estranjeras, que por lo 
mismo se hacen sentir coetáneamente en diversos 
parajes del universo. De aquí la importancia de 
continuar las observaciones apenaS iniciadas^ por la 
tradición vaga del vulgo de la metereolojía compa- 
rada del viejo mundo como pronóstico de la nues- 
tra, de que citamos lina serie larga de ejemplos. 



-m- ■ 

VIL 

Que oovfxo^pri^stv(^os del tietapo^ mas seguro, 
vatieinip el de loS; sacudwi^ntoa de: la co^ira de Ji& 
tierra qm laa perturbaciones paramente atm/osfári* 
cas, atribuidas a laa &ces de la lun^; pero qu^ la ob*; 
^ívacion constante del vulgo ei;i, nuestro pais i en 
todo el universo sobre esta última leí xnetereólojica, 
la autoriza suficiei^temente como doctrina, es decir, 
como simple pronóstico en nuestro territorio, i esto 
contra la opií^on de sabios eminentes. 

VIII. 

Que nuestra topografía especial i sus rqlieyes mas 
pronunciados rnodífícan i reparten de una ip añera 
desigual lá lluvia en las diversas zonas delpais des- 
de tiempo inmemorial, pero sin modificar las leyes 
eternas que rijen aquélla, i que por consiguiente 
fí"o hai razones jenéralesñi lócales para atvíbuir mü- 
danzad en él' clima de unft zona respecto de otra o 
el desequilibrio del principio árüiónico éh que repo- 
sa aquél en toda la estension de nuestro territorio. 

IX. 

Que por la misma razón, si es cierto que los bos- 
ques i su congervapion tienen una influencia benéfi- 
ca, importante, i permanente en la distribución, 
conservación i reparto local de las humedades, ca- 



^ 478 -^ 

receh de la acción directa, jeneral i abádltitá que se 
lee ha atribuido en la jeneraeioñ de las lluvias, por 
la Tazón que ésta no depende en lo absoluto dé he- 
chos ni de fénxStóenóé qñe sé i-éálizah dentro de sü 
territorio, como queda demostrado cóií las íjrueles 
seqtiíeb que áflijían ténaznienté al pais cuando sus 
atbolkdód éettábañ casi intáctosi. 

- • X. 

.Que la irrigación artificial i la replantacion de 
árboles exóticos, i especialmente del álamo, empa- 
pando todas las áridas llanuras centrales i valíes^ 
lonjitudinales del pais, han reemplazado con equi* 
dad i talvez con usura las fuentes de evaporación 
que los bosques, ánt^s d.eBu.tala;iTOÍyer8al i lasti- 
mosa^ ofreciai;! Ipcalmente a la atmósfera, cooperan- 
do, no a la.formacion de las lluvia^, pero a sus efec- 
tos, a su distribución, disminuyendo por absorción 
los peligros de las inundaciones i conservando los 
manantiales que alimentan loa ríos en las épocas 
estivales en que se hace mas necesario i urjente su 

uso. 

XL 

Que la verdadera fórmula de la dura crisis por 
que atmviesa con frecuencia nuestra agriculíñirá 
en la presente época de su estraordinario desárro^- 
llo> no es él de la dismitíucion de hífinédáídeS ' . 
atmmíéricaiBy es décir^ lá escasez de lluAím^^<st<^ 



— 474 — 

queda probado que sus fuentes locales de produc- 
clon son al presente mas considerables que las de 
los páramos antiguos, sino el agotamiento de sus rios, 
por la. funesta destrucción de los arbolados en las 
cuencas jeolójicas en que aquellos nacen, por las 
e^ijencias centuplicadas de la labranza moderna, 
por el cultivo de los cereales en reemplazo de la 
antigua ganadería i pastoreo natural, i especial- 
mente por la falta de una lejislacion equitativa de 
repartos i un sistema de riegos económicos que evi- 
te las prodigalidades aestructoras de los predios 
dominantes i el agotamiento de los inferiores en 
las llanuras i en los valles. 



. r ■ 



'Que la verdadera solución del sistema de irriga- 
ción artificial i el ensanche progresivo de la agri- 
cultura en él pais, no depende tanto de un aumen- 
to qué podría ser harto funesto como mundanza 
meteorolójica permanente de la proporción de las 
humedades atmosféricas, sino en el oportuno al- 
mácenam,iento de las aguas sobrantes de esas mis- 
mas lluvias, que hoi desoían el paLs en ciertas 
épocas, por la bajada de aluviones invernales o 
por el violento derretimiento de las nieves en el 
verano^ i se pierden lastimosamente entregadas a 
su, curso, i en consecuencia, la obra de patriotismo, 
de sensate^s i de enriquecimiento positivo i seguro 
que fylta, por acometer a loa chilenos, no es tanta 



— 476 — 

la de lá apérfciífa dé nüevob cañales ñi él de'sk^e 
dé sus lagunas andinas, sino, al contrario, la orga- 
nización de un sistema dé represas, desde ías ínás 
ínfimas en la zona de la costa hasta las mas colosales 
de las cabeceras de los rios, para lo cual nuestras 
cordilleras se prestan en todos sus valles i gargan- 
tas, cómo los Alpes, él Hiínaláya, los Pirineos i las 
Alpurjarras, con admirable economía i abiíndancíá. 



xni. 



^"k 



Que los esfuerzos de la ciencia, de la observación 
i de la práctica diaria de la agronomía, de la hijie- 
ne jeneral i aun la de la salubridad de las ciuda- 
des, necesita ser auxiliada por una organización 
práctica i útil de sus establecimientos metereoló- 
jicos, tanto en los Liceos de las cabeceras de provin- 
cia como en el Observatorio central, constituido hoi 
en un pié esclusivamente científico i sin participa- 
ción alguna en la comunicación de las diarias trans- 
formaciones i pronósticos de la atmósfera, como se 
ejecuta actualmente con gran provecho de cada co- 
munidad en todos los pueblos medianamente ade- 
lantados de Europa i de la América del Norte. 



I haciendo este último voto, damos fin a esta 
ya larga tarea sin mas satisfacción que la del empeño 
que hemos puesto en cumplirla debidamente, con- 
forme a una promesa improvisada* ^xx^víakv^^v ^svax^ ^ 



— 476 — 

colmada recompensa de ella seria para nosotros si 
sus humildes pajinas fuesen consideradas, siquiera 
por el intelijente agrónomo i el humilde campesino, 
como otras tantas gotas de agua caldas en campo 
eriazo, cuyo cultivo ejecutarán después manos mas 
espertas, pero cuya cosecha en mieses i en bendi- 
ciones habrían de recojer, mas que los dichosos, los 
que trabajan, los que sufren i los que esperan. 



Fin. 



FE DE ERRATAS. 



Como las pruebas de esta obra han sido 
correjidas por el autor en la distancia, no es 
difícil que se hayan escapado algunos pe- 
queños errores, pero de tan leve nota que 
no merecen una especificación determinada 



•^■•••••i«i«M«««*>iw«<W«M4ta 



índice. 



Páj. 

Dedicatoria. v 

Una promesa cumplida. , vn 

CAPITULO I. 

LOS AGUACEROS DE DON PEDBO DE VALDIVIA. 

Pedro de Valdivia define el clima de Cliile con los mismos caracte- 
res atmosféricos que hoi tiene. — Pruebas inductivas de la tem- 
planza i sequedad del clima en la época prehistórica. — Los 
aboríjenes se agrupan a lo largo de sus lebas, — Sus rulos i sus 
guapi8, — Escasísima población de los valles de Chile, de Co- 
piapó al Maule. — ^El Mapocho en los primeros años de la con- 
quista i excesiva escasez de sus aguas. — Le dividen los españo- 
les en bateas.— Se establece el tumo casi desde la fundación 
de Santiago. — B.eghunentos severos. — Diputados de agua, — ..; 
Canales de regadío. — Los proverbios de España i al clima de . . 
Chile. — Abril aguas miU — "El mes de los provinciales." — 
"Para mayo!" — Escasez de datos metereolójicos de la era co- 
loniaL — lia estabilidad es la primera condición i regla fija del 
clima de Chile. — Los aluviones i las secas forman la escepcion. 11 

CAPITULO II. 

LOS PRIMEROS ALUVIONES. 

Bigoroso invierno de 1536. — Padecimientos de Diego de Almagro i 
sus compañ^^os. — Nevazón en el valle de la Ligua i crece de 
los ríos del sur en ese año. — La crudeza del clima desalienta a 
Almagro tanto como la escasez del oro.—Horríble temporal de 
1544, según Pedro de Valdivia. — ^Tradiciones que conservaban 
los indios en esa época sobre otro gran aluyion, — ^Reminiscen- 
cia del diluvió universal en Chile, según Rosales. — Las ser- 
. pientes Tenten i CaicaL — Orijen de los calvos. — Señales de la 
universalidad del diluvio. — Gran avenida de 1609. — Plaga de 
ratones que le sucede. — Quién fué el que trajo los pericotes i 
ratones caseros de España a Chile, — Aluvión 6a \^\^ \ %m% ^üí- 



— 480 



Páj. 



tragos. — inundación de la Cañada i traslación de las monjas 
Clarisas ala catedral. — £1 gobernador don Lope de Ulloa mue- 
re de melancolía. — El presidente García Eamon encarga a Ji- 
nés de Lillo la construcción de los primeros tajamares. — Dis- 
posición i proporciones dé eaa oí)r».-*-Hrdiogr»fía del Mapocho 
1 su cuenca jeolójica,-*-Su ^sta-aircÉnaiífo desnivel i su fácil 
canalización. — El curso el rio nasta la ciudad. — Un espolón 
del San Cristóval forma de hcaso de la Cafíaday i otro del 
Santa Lucia el de la Cañadilla. — **E1 alto del puerto" — Ves- 
tijios de los tajamares de Jinés de Lillo. — Kiada del Mapocho 
después del gran terremoto de 1647. — Rigoroso invierno que 
sucede a este cataclismo. — La nevazón i la bola de fuego que 
precedieron al terremoto. — Destrucción del puente de Maipo. 
-^TSl ayuúitámiento propone véndei* lá Üácienda dé Ja Dehesa 
para i*éedifícarlo.-^Kiádá' dé Gieirro e inundación jeñerál de 
1697. — Se aproxima un periodo de grandes secas ,. ... 17 



CAPITULO IIL 



LAS SECAS HISTÓRICAS. 



£1 clima de Chile, no obstante los aluviones^: conserva süttádicio'nal 
uniformidad. -^Testimonio qué de ésta dan el padfé' Ovalle i el 
ieéüita Rosales en la píimera mitad del siglo XVII. — Lo que 
los españoles llamaban a<;Maccro. -^Acertada teoría del padre . . 
O'^aUe sobre la formación de éstos. ^-Es la misma del padre 
Pissis. — ^Es^erimentós de Dómeyko i Capélletti. — Peculiaridad, 
de los aluviones en medio de grandes sequías. — Porqué los' 
agrónomos chilenos d^ siglo XVI no tomaron en cuenta las' 
' secas de esa píimera época. — Lento desarrollo de la agricultu- 
ra. — El trigo en el siglo XVII. — Sin el sebo i los cordobanes, 
los españoles habrían despoblado i probablemente a Chile. — 
Primera sequía histórica de 1637 a 1640. — Toma nota de ella 
la Inquisición. — Aluvión de 1647. -^Continúan las épocas de 
la seca en la segunda níitad del siglo XVII.— La seca de 1705 
i el dedo de San Saturnino. — La seca de 1718 amenaza con 
hambres a Santiago. — Rogativa i procesión a lá vfrjen del So- 
corro. — Las calamidades de esta época despiertan la primera 
idea del canal de Maípo; acuerdo que el cabildo celebra sobre 
el particular. — Invierño'lluvióso de 1723. — La sefca de 1725. — 
Ni IOS aluviones ni las secas alteran la estructura suátancial 
del clima dé Chile.— Testimonios sobre este particular de Fre- ' 
sier, La Feuillée, Lor^ Byron, Jorje Juan i Antonio dé Ulloa. 
— Una aijécddta súizj»;.. ....;........ .'.... 39 



— .461 — 



CAPITULO ly. ,■/' 

LA TASA. DB AMAT. 

■ f . • ' • " ■ * - . ' • • * 

'El clima de Chile consenra sus caracteres 1({pioo8 doraate el siglo 
XVIIL — Graii seca i milasro de 1743^ -^Periodo lluvioso de 
1746.-r'Iia inundación i epidemia de la bola de ftteeo,->-Impe- 
tuosa avenida de 1748 que destruye los tajamares de Jinós de. 
LUIo. — Los reedifica el presidente Ortiz de Bosas. — Terremo* 
tos de 1730 i 1751 i su influencia en las manifestaciones : del 
clima» — Nuevo período Uuvioso i pérdida de las- cosechas. — 
''Año seco, año de trigos."^ — La tsisa de Amat.-^La riada de ■ 
Cronzaga en. 1764. — Prosperidad pasajera. — -£1 puente de Za- 
ñartú. — Comienza un período de casi completa esteñlidad at- 
mosférica en 1770.r~Cran seca de 1771. — Rogativa del 3 de : 
. agosto. a la virjen del Socorro para evitar el hambre i los te- 
rremotos por la seca. — Rogativa a la vírjen de Mercedes el 7 
de setiembre i caracterísitica cuestión de . los capitulares i los 
frailes sobre la cera de lá procesión^ -^£í promedio de las llu- 
vias en el siglo XVIII. — El promedio del siglo presente es el 
duplo de aquel.— Arrecia la seca en 1773. — Los santiaguinos 
piden permiso para comer carne eú. ctiferesn^a; por la carencia 
de pastos no puede acarrearse el .pescado de la costa. — Conti- 
núa la seca i el cabildo ocurre en 1777. al Señor de la AgmU^* .. . 
— El centenario de 1777. — ¿tífimb^arián los hacenda.dós ^íhile-. ' 
nos un siglo por otro?-T-Períodos fijos díp las rogaciones públi- 
cas por las lluvias, las secas i los temblores. -^£]l cabildo dé 
Santiago estudia la convt^niencia dé vaciar eñ el' Mapocho él . 
rio Colorado. — Aluvión de 17791, seguido de un invierno seco. 
— epidemia del ma^i^o.— ^-Rogativa del 3 de agosto de ; ese año ' 
a la yírjen del Socorro por las muertes repentinas. — Seca i 
mortaUdad de gallado r en ' 178^'. — Auméntase' lili esterilidad eñ 
178^,1 n9 hú agua con qué d^cir misajQn lá iglesia pati*oquial 
dé fieñca.T— Víspera de la. avenida grande,.,'.....- •?•> ...".». 63 

•'■• i". *•*. 

CAPITÜW).T, 

LA AVENIbA GRÁKDE. 

Temblor que .precede a 1& avenida grande de 1783.— Copleláis llu- 
vias del fajes de m¿yo.^^Las defensas de la ciudad. — Pontos 
débiles. —La CaHüda^ la» Cafiadillk i las calles paralelan al t^o. . 
— ^La. calle dp Sá¿to J)oiningoi las feormÍMs.-^Ntiieve día» ■ 
cdnseeutivos de lluvias.. — EstóOa ¿a avenida grande el 16^ de 
;wnt<?,-r-;H*vieutií los tajaüinres dé Ortlt di© Ro^ua, \\v5^«StóAK ' 



— 482 — 

PáJ. 

corre como tm rio invadeable. — ^Inundación de las calles prin- 
cipales de la ciudad. — £1 rio ocupa las calles de San Pablo, las 
Bosaa i Santo Domingo. — Inunda la Cañadilla i el llano de 
Santo Domingo. ---Iniainente . peligro que corren las monjas 
del Carmen Bajó i son sacadas a caDallo de la iglesia en que se 
refujiaron. — £1 romance de una monja. — Aspecto de la du- 
dad en la tarde del 16 de junio. — ^El brazo de la Cañada sa 
une con el cauce principal ^—Terror áéí recindaria^— La.cin- 
dad queda ineognotible, — lEÍ . cabildo enCerino de incurable po- 
breza i el presidente Benayides de un violento cólico. — ^£1 
arquitecto Toesca reúne algunos peones i se los quitan los par- 
ticulares. — Manda el presidente cortar cinco mil estacones pa- 
ra tapar loe portillos de los tajamares, i el cabildo i vecindario 
resisten esta medida. — ^El injeniero militar Badaran forma los 
planos i presupuestos de los actui^es tajamares.— Siguen nue- 
ve años de auto si traslados. ~^£1 presidente O'Higgins acomete 
vigorosamente la obra, secundado por don Manuel fíalas i el 
arquitecto Toesca. — £1 salario de este hombre ilustre. — iSe 
canalijsará alguna vez detinitivamente«lMapoclu>?.«.*««. 97 

CAPITULO VI. 

SL CANAL DE SAN CARLOS, 

Continúa la sequía en 1784, i se acuerda sacar las rejas de las ace- 
quias de Santiago, por la fetidez de la ciudad. — Intensidad de 
la sequía en 1791 i rogativa a la Vírjen del Bosario "la gran- 
de." — Invitación en verso al vecindiio i sus buenos efectos. — 
£1 cabildo manda limpiar el cauce de las lagunas de que nace 
el Mapocho en 17d2. — l^bajoe i cortes ^ue se habia hecho en 
esos parajes en época desconocida, — Viaje del teniente Verdu- 
go a las cordilleras i su curioso honorario. — £1 rio toma agua 
en 1793, i se defiende las tomas de la ciudad con pifs de gaUo, 
— Espantosa sequía de 1797 i rogativa a San Isidro. — ^Deduc- 
ciones. — Parangón de épocas. — San Lorenzo i San Isidro. — > 
La uniformidad de nuestro clima según don Manuel Salas. — 
Las tres placas de ratones que nos han visitado hasta la fecha. 
— £1 cabildo solicita con grandes clamores la continuación del 
canal de Maipo, iniciado por el presidente Cano de Aponte en 
1726. — Quiénes fueron los primeros injenieros del canal i cómo 
erráronlos niveles.— Gorbea i el canal de Pirque. — Quién fué 
el. piloto i como erró la boca-toma. — £1 contratista Ugareta 
i la. PwUa de los imposibles. — Pleito i estravio de los autos. — 
£1 presidente Aviles ofrece albricias en 1796 al que dé noti- 
cias de éstos o de los planos deí piloto» — Se picorde hasta la 
huella del. primitivo canaL— Cabalgata de nótame» de Santiago 
Que sale a buscarla con el arquitecto Toesca.— El injepiero 
óahaülero hace el primer traaado c\ieiiiáU<io del canal i su presu- 
puesto, 70 afiOfl después de eom^qa3^^<c)a Vm^ \¡ti^Y»ík«— ^<:fdb«^ 



— 488 



Pái. 



la obra i la continúan el brigadier Atoro i el injeniero Olagner 
Feliú. — Noble oelo del presidente Gozman. — Por qué el canal 
de San Carlos debería llamarse canal O'Higgina,---^ álamo 
aparece con el primer riego en el llano de Maipo...... .*• •• 125 

CAPITULO VIL 
1827. 

Los primeros aftos del siglo XIX. — "El afio del eclipse.*' — ^Tém- 
planza habitual del clima, desde 1804 a 1824, según el viajero 
1 agrónomo Miera. — 1812. — Los Carreras i los humedades. — £1 
barómetro de Castillo Albo i su historia. — £1 invierno de 1813 
i el otoño de 1814. — La Reconquista i su clima. — Años lluvio- 
sos de la Patria nueva.— Milagro de San Isidro en 1819. — £1 
exceso de las lluvias pierde las cosechas. — Influencia del polvi- 
lio en la caida del director O'Higgins. — Carta del jeneral 
Freiré. — ^La estabilidad del clima según todos los virjeros ob- 
servadores de la época. — ^Temblores de 1822. — Los mviemos 
de 1825 i 26. — "¡Qué buen afio para Chacabucó!" — Aprestos 
de la avenida de 1^27. — ^Avenida del 5 de junio i sus daños. — 
Tasación de los perjuicios que causó en la Chimba. — ^Acuerdos 
del cabildo. — ^Marcna del temporal hacia el norte.— -Considera* 
ble aluvión derla Serena el 10 de julio de 1827 157 

CAPITULO VIH. 

LA CBÓNICA I LA CIENOIA. 

Carácter mlstíoo de la metereolojia durante la colonia. — La ciencia 
confirma empero todas sus doctrinas i revelaciones. — D09 gra- 
ves objeciones al sistema desarrollado en el juresente ensayo, 
i su examen. — Se prueba que la labranza del coloniaje necesi- 
taba infinitamente menos humedades, i por consiguiente, menos 
lluvias que la presente. — La esportacion de cereales en 1789 i 
en 1874. — Los valores déla esportacion agrícola a fines del pa- 
gado siglo i en el último tercie del presente, r— La producción 
de afrecho equivale hoi a la esportacion de cereales durante la 
colonia. — División agraria de la provincia de Santiago según 
el oidor Lastarria en 1790, i la forma i población que hoi tiene. 
— Subdivisión infinita de la propiedad i aumento al quíntuplo 
de la población en 90 años. — Segunda objeción i su examen. — 
La comarca de Santiago es el promedio metereolójico del pais 
i el punto mas adecuado de observación jeneraL — ^Por qué este 
ensayo no habría tenido utilidad práctica si hubiera aií;^ «v»v 
Xo i estndMo en onalqnier otiro punto d.^ ^Tt>í^TV^«— -^^j^sifis^ 



— 484 ~ 

Páj. 

' obra la,metei:^l.ojÍ£^ j9neral.de Ua Uuyias eA la sona atmoafé- 
riéa dé Chile. — I^ últitoaaí téónaa ciént(fleás de Pi¿^íát^ 
dhcifnüoBj. Mn las miffioH» del padre Ovalle i del jeKirita Kósa- 
letL-^AdflÉrablé aeiaeMo de los principióB -dé. la ciencia i do 
- - losíenómenoBde diaria éHeervWciim en nnestrb clima. — Apli- 
cación a nuestra topo^afia del principio de los vientos domi* 
nantes en todo el ai|i|refsO|-r-^eii^p^os ca^^ros. — Escepciones 
fundadas en causas tbpográficais especiales. -^Cómo se ha logra- 
do hacer un mapa-mundi de las lluvias, fijo i permanente. — 
Camino Que se abren en ChileUi|r&^ ideas modernas de metereo- 
lojia. — El último libro de FkmMnorion en Talca. — Por qué 
leen mas en las provincias que los santiaguinos. — Las obras 
trunofhs i la tf»iMpitía de .^Tvif en Saji^gp «egun 4pi) ÁfH^JiOt . 

• ■■•' '•' • '. • 

CAPITULO IX; 
I 

Los píxmóstiooB djal tiempo i dé la. temperatura diaria. ^-«Oorrela- 
cion de los periodos lluviosos ^ie Buropa i de Chile. — 'Confron- 
tación de los a&o^. de :1828v A&¡ 49, 56, 60 iAi& en los dos hemia- 
ferios. — Los inviernos de 1864 i 76-77 en Francia i en C ile.— 
Disparidad en los aüos de sequí^^.— Observaciones de ocho 
casos comparativos.4H¿t)braiÍ 'las iséquiisf dé distinta manera 
a los períodos lluviosos en ambos hemisferios?— Lueve mas 
en Chile de noche que de dia? — Curiosas observaciones de 
Boussingault ed lOóIanibiat:-^IiDpOrta¿cil¿'áe'l¿ organización 
práctica de los observatorios científicos para la agricultura i la 
navegación, — La hora ^el meridiano en todos ^os puertos de ■ 
Inglaterra. — - Oficina : dé señales éh' el' obáérvatbrio de Washín^gf- 
tori. — El holetiñ de inedia noche én los. Estados Unidos. — ^Anun- 
cio matinal é indicación de lia. tempérátú'ra del dia. — ^Los bo- 
letines de hi tempérkturtí Jenéral de Estados Unidos durante 
los dias de nuestras últimá<r borrascas.— La organización esclu- 
sivamenté ci«7i¿í/íca del observatorio de Santiago. — Anécdot¿is 
metereolójicas. — Oportuna iñdicaicioñ dé la Facultad de Mate- 
máticas.^ — Los sabios en Etú'opa'i la grandeza de sus enseñan- 
zas. — ^M. Thiers estudia química a los 80 años.— liñprevifiion 
absoluta a qué vivimos entregados. ^-La. política i la astrono- 
mía. — Infidelidades del barómetro i curiosas observaciones del 
señor Domeyko. — Imperfección de los instrumentos que se 
espenden en el comercio. — Los instrumentos metereolójicos 
de la3olsa Comercial de Valparaíso i cómo se anuncia al públi- 
co Jos pronósticos del tiempo. — La inflüenciia. de la luna como 
pronü^ico dé lluvia. ^-rLa (iteeacáa. \xAi\víX^^\\sw\sífc\ft.d^^ 



— 485 — 

Páj. 
de los sabios. — Francisco Arago i el mariscal Bugeand. — La 
teoría del profesor Falb sobre £i luna i las lluvias.— rOpinion 
del padre Uapelletti 213 

CAPITULO X. 
II. 

LEYES FIJAS I FENÓMENOS. 

Los movimientos de la tierra considerados como pronósticos del 
tiempo — Catorce terremotos i grandes temblores seguidos de 
llifvias o violentos cambios atmosféricos. — Los dos terremotos 
del siglo XVL — Los dos terremotos del siglo XVIL — Los dos 
grandes terremotos del siglo XVIII, acompañados de salidas 
del mar. — ^Terremotos de 1822 i 1835, i grandes temblores de 
1829, 37, 51, 73 i 74. — Doscientos setente i dos temblores en 
21 años. — Casos comprobadas de lluvia en los últimos diez 
años después de movmiientos de la tierra. — Pronósticos do- 
mésticos sobre los temblores. — Los pronósticos de Falb en 1868 
i los de la "beata de las tinieblas" en 1873.-— Conclusiones cien- 
tíficas a que llega Paulino del Barrio en 1855 sobre los temblo- 
res i las lluvias. — Cantidad media de agua que cae en Santiago 
i en las principales capitales de Europa. — Distribución de las 
lluvias de Chile en sus tres zonas. — Escasez tradicional en los 
campos del norte i en sus ciudades con techos de barro. — 
Cantidades prodijiosas de agua que caen en Valdivia. — Prome- 
dio de lluvia en la zona del centro. — Distribución de las lluvias 
por estaciones, por meses, por horas i por milímetros en las 
diversas zonas del pais. — Benéficos resultados para la agricul- 
tura de Chile de la concentración de las lluvias en un pedodo 
de tiempo determinado. — Votos patrióticos, pero equivocados, 
del naturalista Gay. — ^Admirable i benéfica lentitud con que 
las lluvias obran sobre los terrenos i sobre el temple jeneral 
del pais 249 

CAPITULO XI. 
(1827-1856.) 

EL ÚLTIMO MEDIO SIGLO I SUS COMPROBACIONES. 

Período de humedad que sucede a las inundaciones de 1827. — 
Sigúese un corto período de sequía. — Afio calamitoso de 1832 
i sus tardías lluvias en agosto. — Los * *años de Portales" i abun- 
dancia de trigos, que provocaron la guerra del Perú. — Copiosos 



— 466 — 



agaaeerofl de 18S7 i sn inflnenoia en los acontecimientoB mOi- 
tures de esa época. — Mantiénese, a pesar de todo, la leí de 
armonía que preside al clima del pais. — El año del gran come- 
ta i sus tempranas lluvias. — ^Aparición del comel» de 1843, 
que es visto por la primera vez en Chile antes que en ningún 
otro punto del globo, su marcha, su belleza i su influencia en 
los espíritus i en las letras.— Los poetas i el cometa. — El relo- 
jero Mouat establece el primer observatorio astronómico en 
Valparaíso, cuvo edificio especial existe todavía. -^Plaga de * 
langostas en el llano de Maipo i singular arbitrio que se propo- 
ne para esterminarlas. — Comienza otro gran período de hume- 
dades en 1845 i se estiende hasta 1850. — Grandes temporales 
de este último año e inmensa mortalidad de ganados en los 
campos del Sud. — ftiada del Mapocho el 24 de junio de 1860 
i pérdidas de vidas en el puente de palo, — ^Las lluvias i la revo- 
lución de 1851. — Nueve años continuos de humedades. — ^La 
gran nevazón del 18 de agosto de 1848. — El gobierno de Estados 
Unidos establece un observatorio astronómico en el Santa 
Lucía i su jefe constata la toudanza de los períodos antiguos 
de sequedad a una lar^a serie lluviosa. — ^Adquiere el gobiemo 
de Chile el observatorio astronómico norte-americano i lo tna- 
lada a su actual sitio Si 



CAPITULO XII. 

EL ÚLTIMO HEDIÓ SIGLO I SITS COMPROBACIONES. 

(1856-1876.) 

El año 1856 culmina el período mas largo de humedades observado 
en el presente siglo. — ^Terrible temporal del 10 de marzo i su 
marcha destructora de sud a norte. — Ochenta horas de lluvia 
en la Serena. — Desastres en Valparaíso i en Santiago. — Pérdi- 
da jeneral de las cosechas. — Declina la zona de humedades, i 
en 1860 bajan por la última vez los ríos del norte. — La seca de 
1863 i sus estragos. — Los últimos grillos de San Isidro. — ^Es- 
pantosas heladas. — Beaparece el cometa de 1865 junto con la 
Comisión Científica de España. — Comienza i3n largo período de 
sequías relativas. — Sus continuas i violentas interrupciones.— 
El invierno de 1864 i el gran temporal de la apertura del Con- 
greso. — Destrucción del ferrocari-il del centro i prolongada 
incomunicación de Santiago i de Valparaíso. — ^Los "años de 
Echáurren". — Ultima rogativa por las secas en 1872. — Loa 
grandes temblores de 1873 i 74, i sus copiosas lluvias. — ^Tem- 
poral eléctrico del 9 de febrero de 1875. — ^Prevalece en el con- 
junto de medio siglo el principio jeneral de equilibro que he- 
mos comprobado en épocas anteriores. — ^Engañosos prismas de 
las observaciones interesadas.— El sueño de Faraón i lossuefloe 
de los hacendados chilenos. — Aplicación de la estadística* 



— 487 — 

Páj. 

Iqs aguaceros. — Excesos de los años lluviosos sobre las secas..— 
Los años lluviosos se agrupan entre si i forman zonas mas o 
monos largas de humedad. — Peculiar aislamiento de los años 
de sequía. — Lo que nos queda todavía de nuestra tarea 311 

CAPITULO XIIL 

Jí TALA DE LOS BOSQUES I LA IBRIGACION ARTIFICIAL. 

(Los canales del Norte). 

Las comarcas centrales de Chile no fueron propiamente boscosas. — 
Tipos arbóreos de la vejetacion antigua. — Al norte del Maule 
imperan los árboles resinosos de secano. — En lo que consistían 
los «bosques impenetrables» que rodeaban a Santiago. — El exce- 
sivo cuidado i severas ordenanzas de los colonos prueban la es- 
casez de la madera de construcción. — La raza española es des- 
tructora i asoladora como la chilena. — Opini(m de Garcilazo. — 
Grandes autoridades que niegan en lo absoluto la influencia 
de los bosques en las lluvias. — Belgrand i Marié-Davy. — El 
ministro Fould propone la enajenación de los bosques del Esta- 
do en Francia, fundándose en estas teorías. — Asombrosa rapi- 
dez con que se hace actualmente en Francia la replantacion 
artificial de árboles i sus efectos locales. — Ejemplos en Malta, 
Madera, Santa Elena i las Canarias, de la influencia local del 
arbolado. — Esperimentos recientes demostrativos de que en 
los bosques llueve mas que en las llanuras. — En Chile, los bos- 
ques no participan de una manera directa i jeneral en la for- 
mación de las lluvias. — Su cooperación es puramente mecánica, 
local i comarcana. — Opiniones de Ara^o i de Moreau de Jones. 
— Ejemplos en el norte. — Jotabeche i los techos de barro en 
Copiapó. — Por qué se han secado los canales del Huasco i la 
Serena, i por qué volverán a correr 343 

CAPITULO XIV. 

LA TALA DE LOS BOSQUES I LA IRRIGACIÓN ARTIFICUL. 

(Los canales del centro i del Sud). 

^ irrigación artificial del llano central ha reemplazado las fuentes 
de evaporación! local, agostadas por la tala brutal de los bos- 
ques. — La lei de 1872 i sus ridículos efectos. — Lo que era la 
irrigación artificial en la época prehistórica i en la colonial.—; 
Los canales de los jesuítas. — La irrigación artificial en el valle 
de Chile. — Reminiscencias i parangones. — Los tres canales de la 
xojiSk inferior del Aconcagua: Waddingtonf Urmeneta i Fucalan^ 



— 488 — 

— Los canales de la zona del centro: CcutemUj Ocoa i Llaillau — 
Los canales tranques del departamento de los Andes en la re- 
jion andina. — El agua que trae el canal de Maipo i las peripe- 
cias por que ha pasado desde su apertura en 1820. — Los remo- 
linos de fuego i los chavalongos antes del canal de SanCárlos. — 
La rutina i el espino se oponen a la irrigación del llano de 
Maipo. — Canales que se abren con dirección al -valle de la costa. 
-f'El canal de Cubaran, el de MallaroMco i el de las Mercedes. — 
una palabra de don Ambrosio O'Higgins. — Canales de los ríos 
meridionales de Chile i aspecto de Tos campos que riegan. — 
«La teta del Bio-Bio». — Lo que tiene que hacer todavía la irrí- 

Í ración al sud del Maule. — Manera como los bosques protejen 
as vertientes i el curso primitivo de los ríos i evitan los aln- 
viones. — Cuestión legal de estelicidio aplicada al curso de los 
ríos. — Manera como los particulares i las autorídades cumplen 
la lei de 1872.— Único arbitrío para hacer fructuosas las leyes 
en Chile. — No son las lluvias las que han disminuido en nues- 
tro clima, sino los ríos i los cursos naturales de agua que ríegan 
BU territoria — Dónde está la salvación del presente i la abun- 
dancia del porvenir? 361 

CAPITULO XV. 

EEPRESAS I CANALIZACIONES. 

La huerta del reino de Valencia en España i el llano de Maipo en 
Chile. — El tribunal de los acequieros haciendo justicia en la 
puerta de la Catedral de aquella ciudad en 1859. — Las obras 
hidráulicas i represas en el Jucar. La charca del Tibi en Ali- 
cante i las represas de las Alpu jarras que riegan la vega de 
Granada. — Las alhirferas de los romanos en Estremadura. — Las 
tres represas de la huerta de Murcia. — El pantano de Lorca i 
estragos ^ue causó su rotura en el siglo pasado. — Semejanzas 
de la irrigación de Granada i la de Chile. — Respeto tradicional 
por los derechos de agua desde el tiempo de los moros. — 
Los rohos de agua en Chile. — La campana de la vela que 
regula los turnos en Granada. — ¿Necesita la irrigación de Chile 
un Jinés de Lulo? — El canal de Lozoya en el Guadarrama. — 
Represas en el mediodia de Francia. — La 'acequia de Dragui- 
ñan. — La irrigación de Lombardía comparada con la de Chüe. 
— Las represas colosales de la India. — Cómo los ingleses alma- 
cenan los ríos en Madras i resultados de este sistema. — El ca- 
nal de Cuddapah trabajado actualmente por cincuenta mil 
obreros. — Represas en el Rimac. — Lejislacion de aguas en Es- 
paña i base sobre que reposa. — Materíales que existen en Chile 
para su organización. — Trabajos de Lastarría, Lemuhot i A. 
C. Gallo. — Cómo los españoles i los chilenos son árabes en mate- 
ria de irrigación. — Entusiasmo por el agua i sus deleites de las 
trea razas. -^**E1 primer agaaceto^" — V^^dx^acíones. — Aberrar 
eionea del e&píritw de empxeaíi. en. Cj\¿1l^<— Ví^'^^^ti ^^\a»» O^tm. 



— 489 — 

Páj. 

agrícolas industríales por las aYentnras del ajio o de las minas . 
estranjeras. — Inevitable tendencia futura 'del capital i de la 
industria en dirección de las empresas agrarias. — Agotamiento 
sucesivo de los recursos de las lluvias i de los ríos por la dilata- 
ción dé los cultivos. — Un millón de cuadras que piden £^ua A .. 
los rios que las surcan. — El canal del Porvenir i el canal de las 
Canteras. — Cálculos curiosos del agricultor Tagle en 1852. — Ya 
no es tiempo de canales sitío de represas. — La primera represa 
científica en Chile en 1838. — Represas en el departamento de 
Casablanca i sus resultados. — Presas de agua en el departamen] 
to de lllapel i sus litijios. — La gran represa de. Catapilco. — Los 
estanques de Viña del Mar i sus desastres en el último tempo- 
ral de julio. — Esplorácion de Laguna Negra i del valle del Yeso 
en 1873. — La última palabra sobre la canalización del Ma- 
pocho ^ 389 

CAPITULO XVI. 

LOS ALUVIONES DE 1877. 

Caracteres metereolójicos del veranoVde 1877. — El aguacero del 9 
de febrero. — Temporales de abril. — Sobreviene el terremoto 
de la costa del Perú el 9 de mayo. — Dislocación del centro ini- 
cial del movimiento hacia el sur, respecto del de 13 de agosto 
de 186*8. — Irradiación casi simultánea del fenómeno en Chile, 
las islas Sandwich, la Australia i la K'ueva Zelandia. — La onda 
del 10 de inayo en las Marquesas i en ÓtahitL — lUyAuencia so- 
bre las humedades de la atmósfera en las diversas zpiias del 
terremoto. — Invierno lluvioso en Australia después de larga 
i ruinosa sequía. — Fenómenos correlativos. — Laguna espontá- 
nea en Catamarca i erupción acuosa del Cotopaxi. — Calma 
relativa que sobreviene en mayo i junio. — Iniciase el 1." de julio 
una iutensa variación atmosférica, . producida por. un viento 
tibio del norte. — Elevación jeneral déla temperatura que acom- 
paña a lá lluvia. — Pronósticos cabaüsticos del 15 de juho hechos 
en Santiago el 8 de febrero. — ^Tempestad eléctrica en la noche 
del 14 dB julio, seguido, de una inundación jeneral i casi instan- 
tánea del territorio entre el Mapocho i el Bio-Bio. — Concentra- 
ción ajparente del huracán en la zona del^Maule i sus estragos. ~- 
La inundación del Maule en. 1876 i la de la. laguna de Biñihue 
en 1576.— Horrores del temporal. Pérdidas de centenares de 
vidas. ^ — El JZ^íi.— Pedro Pablo Canales. — Fenómenos especia- 
les dotliiiiracan en Valdivia i en Chiloé. —La zona del centro. — 
La cré¿id del Mápocho el 15 i el 17, i cómo, queda justificada su 
canalización enjA forma en que se acordó en 1863. — Singular 
inversión dé i^A aparición del temporal en la zona del norte. — 
Llueve en -j£ttftiima i en Coquimbo antes que en Santiago. — 
Continúan los aguaceros en esa rejion wi;cho después aue el 
temporal ha^^caEnado ea el resto del psás. — ^PtqisÍ!xív3ai<¿L ^^ ^ak^ 



•_ 490 — 

terntono al núcleo del terremoto de mayo i serie de temblores 

que lo ajitan hasta fines de julio. — Temporal en el desierto de 

Atacama e inundación de Ohañaralpor eí Salado. — Nevazón en 

^ las rejiones sub-andinas de Atacama. — Lluvias coetáneas en 

/^ Caracoles i Buenos Aires.-— Ultimas reflexiones i áltimos vo- 

_ tos. 423 

- ^ CAPITULO XVII. 

CONCLUSIÓN. 



Importancia de agrupar metódicamente las indicaciones jenerales 
del clima de un jtais. — Conclusiones a que hemos llegado en el 
presente ensayo i que consignamos con el carácter de simples 
indicacUmea i temas posteriores de estudio. — I. La estabilidaa, 
regularidad, armonía i dulzura del clima de Chile, es la regla 
jeneral de su metereolojil^ comprobada por la esperiencia d& 
tres siglos i por los resultados de las ciencias esperimentales. 
— 11. Las secas son escepciones antiguas, pero periódicas i 
alternadas, del estadb normal del oHma de Cnile i han ido dis- 
minuyendo en intensidad con el ffiíscurso de los años. — ^IIL 
Los periodos de humedad del clima han sido mas numerosos i 
frecuentes que los de sequía, especialmente en el presente siglo. 
— IV. Que los años de aluviones guardan cierta proporción pro- 
gresiva en los períodos de sequías, interrumpiéndolas, prece- 
diéndolas o siguiéndolas. — V. Los períodos de humedad se pre- 
sentan como agrupaciones de años i los de sequía como fe- 
nómenos aislados, violentos e interrumpidos, i la concentración 
de las lluvias en una estación determinada, del mismo modo 
qae la forma escepcional como aquellas obran sobre el suelo, 
constituye un privilejio.de valía para la agricultura del pais, — 
VI. Las lluvias del climu de Chue obedecen a leyes jenerales, 
esteriores i lejanas de metereolojía universaL — VIL Los tem- 
blores de tierra i los movimientos de la luna pueden considerar- 
se en Chile como pronósticos importantes de las variaciones 
atmosféricas i especialmente de las lluvias. — VIH. La topo- 
grafía del pais modifica, pero no domina, las leyes jeneraleis oae 
acarrean las lluvias a su suelo. — IX. Los bosques solo tiéflki 
una influencia i participación local e indirecta en la formación 
de las lluvias en todas las zonas del pais. — X. La irrigación 
artificial ha reemplazado en gran manera i aun aumentado las 
fuentes de evaporación en el territorio cultivado. — ^XI. Lo 
que peligra de acabarse en Chile no son las lluvias sino los rtos,^. ' 
— XII. La solución de la actual crisis agraria está en laadOOr' 
cion de un vasto sistema de represas de agua i en la refor 
ma de la lejislacion vijente. — XIII. Debe darse al Ohaervatorio 
nacional i a las oficinas metereolójicas del pais una oi^giiiizacion 

JDM práctica i eficaz 465 

■■»